PRESIDENTE THOMAS S. MONSON
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Podemos, con la ayuda del Señor, tender una mano de auxilio y rescatar
a aquellos de los que somos responsables.
Mis queridos hermanos, es una lección de humildad estar ante ustedes en esta ocasión y pensar que, además de la imponente congregación que hay aquí, en el Centro de Conferencias, muchos cientos de miles de poseedores del sacerdocio están también reunidos por todo el mundo.
Mientras meditaba en la responsabilidad de dirigirles la palabra, recordé la
definición de la autoridad delsacerdocio que dio el presidenteStephen
L Richards. Él dijo: “Por logeneral, el sacerdocio se define
sencillamente como ‘el poder de Diosdelegado al hombre’. Creo
que esadefinición es correcta, pero, por razones prácticas,
me gusta definirloen términos de servicio y con frecuencia lo llamo
el ‘plan perfecto delservicio’”1.
Ya sea que poseamos el oficio de diácono en el Sacerdocio Aarónico
o el de élder en el Sacerdocio de Melquisedec, el deber nos obliga
por la revelación del Señor que se encuentra en la sección
107 de Doctrina y Convenios, versículo 99: "Por tanto, aprenda
todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en
el oficio al cual fuere nombrado".
Cuando mi hijo menor Clark estaba por cumplir doce años de edad, él
y yo salíamos del Edificio de la Administración de la Iglesia
cuando el presidente Harold B. Lee se acercó a saludarnos. Le mencioné que
Clark pronto cumpliría doce años, por lo que el presidente
Lee se volvió hacia él y le preguntó: "¿Qué te
ocurre cuando cumples doce años?".
Aquél fue uno de esos momentos en los que un padre ruega que el hijo
sea inspirado y dé la respuesta correcta. Clark, sin vacilar, dijo
al presidente Lee: "¡Seré ordenado diácono!".
La respuesta fue la que el presidente Lee buscaba. Entonces aconsejó a
mi hijo: "Recuerda que es una gran bendición poseer el sacerdocio".
De niño, yo esperaba con gran anhelo servir la Santa Cena a los miembros
del barrio. A los diáconos nos enseñaban con respecto a nuestros
deberes. Uno de los hermanos del barrio, Louis, padecía de una parálisis
que le hacía temblar la cabeza y las manos con tal violencia que no
podía por sí mismo participar de la Santa Cena. Todos los diáconos
sabían que su deber al servir a Louis era sostenerle el pan en los
labios para que participase de él y, del mismo modo, llevarle el vaso
de agua a la boca con una mano y sostenerle a la vez la cabeza con la otra;
mientras tanto, otro diácono sostenía la bandeja. Louis siempre
decía: "Gracias".
En esta conferencia se cumplen cuarenta años desde que el presidente
David O. McKay me llamó a ser miembro del Quórum de los Doce
Apóstoles. En la primera reunión de la Presidencia y los Doce
a la que asistí, en la que se servía la Santa Cena, el presidente
McKay anunció: "Antes de que participemos de la Santa Cena, quisiera
pedir al más nuevo de los miembros de este grupo, al hermano Monson,
que tenga a bien hablarnos a la Presidencia y a los Doce sobre el sacrificio
expiatorio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo". En aquel
momento comprendí en verdad el antiguo adagio que dice: "Cuando
el momento de la decisión ha llegado, el tiempo de la preparación
ha pasado". También fue la ocasión de recordar el consejo
que se encuentra en 1 Pedro: "...estad siempre preparados para presentar
defensa... ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay
en vosotros"2.
Para comenzar mencioné una carta que había recibido de uno
de los militares de nuestro barrio que se hallaba en el frente de batalla
en Corea durante aquella a veces olvidada guerra. En ella me contaba que,
en medio del bombardeo un domingo por la mañana, varios hombres del
pelotón participaron del pan y del agua, los cuales sirvieron en un
casco. Cada uno recordó la trascendencia de la bendición que
se pronunció sobre los sagrados emblemas y su responsabilidad individual
de guardar los mandamientos del Señor y de seguir el ejemplo del Señor
de servicio al prójimo.
El recuerdo de aquella experiencia especial con la Primera Presidencia y
el Quórum de los Doce no se ha empañado en los cuarenta años
que han pasado.
A los que no han estado en casa con la familia, por haberse encontrado en
el servicio militar, en el campo misional, o por otras razones, los días
festivos les hacen sentir anhelo, o mejor dicho, una intensa añoranza
de estar junto a los seres queridos. Oír la risa de los niños,
presenciar la expresión del cariño de los padres y fundirse
en un abrazo con los hermanos y las hermanas nos brinda una sinopsis del
cielo y del regocijo eterno que reina allí.
Una noche de diciembre, mientras esperábamos para subir al avión
que nos llevaría a los Estados Unidos, mi esposa y yo estábamos
en el sofocante calor y la humedad de Singapur cuando por los altavoces del
aeropuerto de pronto se hizo oír la conocida y agradable melodía
de la canción que cantaba Bing Crosby, cuya letra dice:
Estaré en casa,
para Navidad.
Que haya nieve y guirnaldas,
y regalitos, ¿sí?
Y en nochebuena,
de celebración,
estaré en casa,
aunque sea de ilusión3.
La Primera Presidencia ha hecho hincapié desde hace largo tiempo
en la aseveración: "El hogar es el fundamento de una vida recta
y ningún otro medio puede ocupar su lugar ni cumplir sus funciones
esenciales"4.
Hay familias compuestas de madre y padre, hijos e hijas que, por comentarios
irreflexivos, se han distanciado unos de otros. El caso de una tragedia de
ese tipo que estuvo a punto de concretarse ocurrió hace muchos años
a un joven al que, por conservar el anonimato, llamaré Jack.
Durante su vida, Jack había tenido serias diferencias con su padre
y, un día, cuando Jack tenía diecisiete años, tuvieron
una discusión muy violenta. Jack dijo a su padre: "¡Ésta
es la gota que colma el vaso; me voy de casa y no regresaré jamás!".
Acto seguido, se fue a hacer su maleta. La madre le suplicó que se
quedase, pero estaba demasiado enojado para escucharla y la dejó llorando
a la entrada de la casa.
Tras haber cruzado el jardín y casi al momento de pasar a la acera,
oyó las palabras de su padre que le decía: "Jack, reconozco
que en gran parte es mi culpa que te vayas de casa y, sinceramente, lo siento
muchísimo. Quiero que sepas que si alguna vez deseas volver a casa,
siempre serás bienvenido. Procuraré ser un mejor padre y recuerda
siempre que te quiero".
Jack no contestó y siguió camino a la terminal de autobuses,
donde compró un boleto para una ciudad distante. Mientras viajaba
en el autobús y veía que la distancia se iba haciendo más
larga, se puso a pensar en las palabras de su padre. Comenzó a darse
cuenta del gran amor que hacía falta para hacer lo que su padre había
hecho. Se había disculpado; le había invitado a regresar y
había dejado resonando en el aire estival las palabras: "te quiero".
Entonces Jack comprendió que el próximo paso debía
darlo él. Concluyó que el único modo de hallar paz consigo
mismo era manifestar a su padre el mismo grado de madurez, de bondad y de
amor que su progenitor le había puesto de manifiesto a él.
Se bajó del autobús, compró un boleto de vuelta a casa
y regresó.
Llegó poco después de la medianoche, entró en la casa
y encendió la luz. Allí, en la silla mecedora, estaba su padre
con la cabeza entre las manos. Al ver a Jack, se levantó y ambos se
abalanzaron a abrazarse. Jack solía decir: "Esos últimos
años que estuve en casa se cuentan entre los más felices de
mi vida".
Podríamos decir que ése fue un muchacho que se hizo hombre
de la noche a la mañana y que ése fue un padre que, gracias
a que ejerció el autodominio y a que superó el orgullo, rescató a
su hijo antes de que se convirtiese en integrante de ese numeroso "batallón
perdido", que se origina por la desintegración de la familia.
El amor fue el lazo de unión, el bálsamo sanador. El amor,
que tan a menudo suele sentirse y que tan pocas veces suele expresarse.
Desde el monte Sinaí resuena con estruendo en nuestros oídos: "Honra
a tu padre y a tu madre"5. Y posteriormente, de ese mismo
Dios, el mandamiento: "Viviréis juntos en amor"6.
Hermanos, nuestra es la responsabilidad, sí, el deber solemne, de
tender una mano de ayuda a los que se han vuelto inactivos en la Iglesia
o que se han apartado del círculo familiar.
Recuerden, junto conmigo, las hermosas palabras de la revelación
del Señor de la sección 18 de Doctrina y Convenios: "Recordad
que el valor de las almas es grande a la vista de Dios...Y si acontece que
trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento
a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán
grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre! Y ahora,
si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído
al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo
si me trajereis muchas almas!"7.
En calidad de presidencias de los quórumes del Sacerdocio Aarónico,
de asesores de esos quórumes, podemos, con la ayuda del Señor,
tender una mano de auxilio y rescatar a aquellos de los que somos responsables.
Hombres Jóvenes, con una sonrisa en el rostro y con determinación
en el corazón, ustedes sí pueden llevar, con amistad, a un
muchacho menos activo, junto con ustedes a la reunión del sacerdocio
a aprender del Señor y de lo que Él ha preparado para que ustedes
hagan. Ustedes tienen derecho a recibir Su ayuda divina, puesto que Él
ha prometido: "...iré delante de vuestra faz. Estaré a
vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en
vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para
sosteneros"8.
Hermanos del Sacerdocio de Melquisedec, ustedes tienen el mismo y sagrado
mandato y obligación referente a sus deberes para con los demás
varones y para con la familia de ellos. Y tienen también esa misma
promesa del Señor con respecto a sus labores.
Al cumplir satisfactoriamente su deber, darán respuesta a la oración
de una madre, a los delicados aunque no expresados sentimientos de los niños;
y sus nombres serán honrados para siempre por aquellos a quienes hayan
tendido una mano de ayuda.
Quisiera contarles una historia más bien privada pero de feliz resultado
de mi propia experiencia.
Cuando era obispo, me preocupaba por los miembros inactivos, los que no
asistían ni tenían cargos. Pensaba en ello el día en
que pasaba por la casa donde vivían Ben y Emily Fullmer. Los achaques
de su avanzada edad les habían hecho retirarse de la actividad al
refugio de su hogar, aislados, apartados, separados de la corriente del diario
vivir y de todo trato social. Ben y Emily no habían ido a la reunión
sacramental desde hacía años. Ben, que había sido obispo,
se sentaba constantemente en la sala de su casa a leer y a aprender de memoria
el Nuevo Testamento.
Me dirigía desde mi oficina de ventas que estaba en el centro de
la ciudad a la planta situada en "Industrial Road". Sin saber por
qué, había conducido el coche por la vía "First
West", una calle que nunca había tomado antes al ir a la planta.
Entonces sentí la inconfundible inspiración de estacionar el
auto y visitar a Ben y a Emily aun cuando iba en camino a una reunión.
No hice caso de la impresión al principio y seguí conduciendo
dos calles más; pero cuando volví a sentir la misma impresión,
regresé a su domicilio.
Era una tarde soleada de entre semana. Me dirigí a la casa y llamé a
la puerta. Oí ladrar al perrito fox terrier cuando me acercaba. Emily
salió entonces y, al verme, exclamó: "Todo el día
he esperado oír sonar el teléfono; pero no ha sonado. Esperaba
que el cartero me trajese una carta, pero sólo trajo facturas. Obispo, ¿cómo
sabía usted que hoy es mi cumpleaños?"
Le respondí: "Dios lo sabe, Emily, porque Él la ama".
En la quietud de la sala, dije a Ben y Emily: "No sé por qué fui
conducido a su casa hoy, pero nuestro Padre Celestial lo sabe. Arrodillémonos
a orar y preguntémosle por qué". Oramos y recibimos la
respuesta. Cuando nos pusimos de pie, dije al hermano Fullmer: "Ben, ¿quisiera
ir a la reunión del sacerdocio, en la que se reunirá todo el
sacerdocio, para contar a los jovencitos del Sacerdocio Aarónico de
la ocasión que usted me refirió cuando yo era un muchacho,
de cuando usted y un grupo de muchachos iban al río Jordan a bañarse
un domingo, y usted sintió que el Espíritu le indicaba ir a
la Escuela Dominical, y lo hizo, y que uno de los chicos no obedeció al
Espíritu y se ahogó aquel domingo? A nuestros muchachos les gustaría oír su testimonio".
"Lo haré", me dijo.
Entonces dije a la hermana Fullmer: "Emily, sé que tiene usted
una hermosa voz. Mi madre me lo ha dicho. La conferencia de nuestro barrio
se efectuará en unas pocas semanas más. ¿Se uniría
usted al coro e iría a la conferencia del barrio para cantar, quizás,
un solo?"
"¿Qué himno habrá que cantar?", me preguntó.
"No lo sé", le dije, pero me gustaría que usted
lo cantara".
Ella cantó. Él se dirigió al Sacerdocio Aarónico.
Muchos se alegraron con el regreso a la actividad de Ben y de Emily. Rara
vez faltaron a una reunión sacramental desde
ese día en adelante. Se había hablado el lenguaje del Espíritu.
Se conmovió el corazón de personas y se salvaron almas. Ben
y Emily Fullmer habían vuelto a casa.
Una de las obras musicales que más se ha llevado al escenario es Los
Miserables. La historia se desarrolla en el periodo de la Revolución
Francesa. El personaje principal de la obra es Jean Valjean. Con su honda
preocupación por el joven Marius, que se va al campo de batalla,
expresa en una canción una sincera oración:
Oh mi Dios, óyeme;
Tú que siempre me has ayudado.
Él es joven,
tiene miedo;
Cálmale, bendícele.
Tráele a casa.
Dale paz y alegría.
Él es joven,
casi un niño.
Tú que das y que quitas,
déjale existir,
déjale vivir.
Si yo muero,
que muera,
pero a él
dale vida.
Tráele a casa9.
Hermanos, al seguir adelante como poseedores del sacerdocio, aprendiendo
nuestro deber y en seguida ayudando a nuestros hermanos que necesitan nuestra
ayuda, dirijamos la mirada a lo alto, a nuestro Padre Celestial que es el
Padre de todos nosotros. Tal vez no oigamos Su voz, pero recordemos Su saludo:
"Bien, buen siervo y fiel"10.
Y dentro de nuestra alma reconoceremos su callada súplica: Tráele
a casa. En el nombre de Jesucristo. Amén.
NOTAS
1. En Conference Report,
abril de 1937, pág.
46.
2. 1 Pedro 3:15.
3. Kim Gannon y Walter
Kent, "I'll Be Home for Christmas", 1943.
Traducción.
4. Clark, J. Reuben, Jr.,
reunión
general de oficiales ejecutivos de las organizaciones auxiliares, 29 de marzo
de 1940; véase también "Carta
de la Primera Presidencia", Liahona, diciembre de 1999.
5. Éxodo
20:12.
6. D. y C. 42:45.
7. D. y C. 18:10, 15-16.
8. D. y C. 84:88.
9. "Bring Him Home",
de Les Miserables;
letra de Herbert Kretzmer. Traducción.
10. Mateo
25:21.