OBISPO RICHARD C. EDGLEY
Primer Consejero del Obispado Presidente
La fortaleza de la Iglesia reside en los millones de humildes miembros que
se esfuerzan día a día por realizar la voluntad del Salvador.
Hace
tiempo, en una reunión de mi quórum de sumos sacerdotes, el
maestro presentó la lección preguntándonos quién
era nuestro héroe y por qué lo era. Al contestar, las respuestas
de cada hermano eran de esperarse. Por supuesto que alguien nombró al
Salvador, el Redentor del mundo; otro habló de Abraham Lincoln, que
dio libertad a los esclavos, dirigió a Estados Unidos durante la guerra
civil y finalmente unificó al país; otros escogieron al profeta
José Smith y a nuestro amado profeta actual, Gordon B. Hinckley. A
medida que cada uno nombraba a su héroe, silenciosamente coincidí en
que todos aquellos hombres eran dignos de ser emulados y que yo sería
una mejor persona si poseyera algunas de las cualidades que los hicieron
grandes.
Cuando llegó mi turno de contestar, giré hacia mi derecha
en dirección de un hermano que estaba sentado unas cuantas sillas
más allá, y dije: "Mis héroes son Ken Sweatfield
y su esposa Jo Ann". Durante 20 años observé la forma
en que ellos han cuidado a su hijo que se encuentra en estado de coma, con
todo el amor y la paciencia que los padres pueden brindar. A menudo, he meditado
acerca de la esperanza y los sueños destrozados que con seguridad
ellos tuvieron para Shane, antes de que él sufriera un terrible accidente
de automóvil, apenas dos semanas antes de que empezara su misión
en Leeds, Inglaterra. He visto a Ken y a Jo Ann empujar a Shane en su silla
de ruedas hacia la luz del sol, o llevarlo por el vecindario, describiendo
el paisaje, con la esperanza de que pudiese oír y sentir, y con la
esperanza de que el aire fresco y la luz solar aliviaran su reprimido espíritu.
Durante 20 años no hubo vacaciones de este cuidado, pocas salidas
por la noche, pero siempre hubo un espíritu de fe, optimismo y gratitud,
nunca una señal de enojo, de desesperación o de poner en duda
los propósitos de Dios.
Después giré hacia un hermano a mi izquierda y dije: "Mis
héroes son Jim Newton y su esposa Helen". Poco después
de que su hijo Zach recibiera su llamamiento misional al Perú, falleció en
un accidente de automóvil. Cuando me enteré de lo que había
sucedido, fui deprisa al hospital con la esperanza de oír que Zach
estuviese vivo y que se iba a recuperar. Los padres, de la manera más
circunspecta y tranquila, me explicaron que Zach serviría su misión
en el otro lado del velo. Al ser testigo de la calmada determinación
de estos fuertes padres, me di cuenta de que en medio del dolor y de la angustia
había una paz que sólo emana de la fe profunda y perdurable
en un Padre amoroso y en un Salvador que llevó a cabo la Expiación.
Mi fe se fortaleció y, por medio de la inspiración que me brindaron
Jim y su esposa Helen, mi determinación de seguir su ejemplo para
enfrentarme a pruebas y tragedias similares se reafirmó.
También hubiese dicho que mis héroes son Tom Abbott y su hijo
John, mis fieles maestros orientadores, que nunca faltaran a su asignación
como tales, aunque a menudo nuestra familia es difícil de encontrar
en casa. Hubiese nombrado a decenas de personas a quienes admiro, a las cuales
llamaría héroes. Muchas de ellas no tienen lo que algunos llaman
cargos prominentes en la Iglesia, pero todas ellas son dignas de tener cualquier
posición. Ninguna es ampliamente conocida por los miembros de la Iglesia
en general, pero estoy seguro de que nuestro Padre Celestial las conoce a
todas.
En las ocasiones en que puedo asistir a la reunión sacramental en
mi barrio, a menudo medito al mirar a la congregación y ver los mismos
rostros domingo tras domingo. A algunos los he visto en forma habitual durante
más de 20 años. Repito, la mayoría no son el centro
de atención dentro de la Iglesia, pero todos, en forma constante,
asisten a sus reuniones y se enfrentan a los desafíos de la vida en
forma privada.
Estos son los muchos miembros que veo, admiro y por los que estoy agradecido.
No aspiran a ninguna posición ni preeminencia ni fama, pero cada cual
se gana un lugar en el reino de nuestro Padre al ocuparse de los asuntos
de la vida cotidiana. Con constancia realizan el trabajo que pasa desapercibido,
que no es espectacular, pero con humildad y rectitud llevan a cabo lo que
es importante. Tienen desafíos, pero en sus amargas vicisitudes son
capaces de hallar la dulzura que tan a menudo es la silente compañera
de la adversidad. Este cuadro se repite cientos de veces en miles de barrios
de todo el mundo. Ellos constituyen La Iglesia de Jesucristo de los Santos
de los Últimos Días.
Sí, la fortaleza de la Iglesia reside en los millones de humildes
miembros que se esfuerzan día a día por realizar la voluntad
del Salvador, un paso a la vez. Estos humildes miembros provienen de todas
las nacionalidades, de todos los niveles sociales y de todas las situaciones
económicas. Están incluidos lo que tienen mucha educación
así como los que viven en las aldeas más pequeñas en
las áreas más remotas del mundo, pero en todos ellos late dentro
su corazón un vivo testimonio de Jesucristo y el deseo de servir al
Señor.
Al meditar sobre estos fieles miembros, me impresionan dos cualidades que
todos tienen. Primero: sin importar su situación o posición
económica, su humildad los lleva a ser sumisos a la voluntad del Señor.
Y segundo: a pesar de las dificultades y de las pruebas de la vida, son capaces
de mantener un sentimiento de gratitud por las bendiciones de Dios y por
la bondad de la vida. La humildad y la gratitud son, en verdad, las características
gemelas de la felicidad.
Se cuenta la historia de una reunión entre el profeta José Smith
y Brigham Young. En presencia de un grupo grande de hermanos, el profeta
José reprendió en forma severa al hermano Brigham por no haber
cumplido con su deber en algo. Me imagino que todos, algo aturdidos, esperaban
ver cuál sería la reacción de Brigham. Después
de todo, el hermano Brigham, quien años más tarde sería
conocido como el León del Señor, no era una persona tímida,
ni mucho menos. Brigham lentamente se puso de pie, y con palabras que en
verdad reflejaron su carácter y su humildad, simplemente inclinó la
cabeza y dijo: "José, ¿qué quieres que yo haga?" Entre
sollozos, José corrió desde el púlpito, abrazó a
Brigham y dijo algo así: "Pasaste la prueba, hermano Brigham,
la pasaste" (en Truman G. Madsen, "Hugh B. Brown— Youthful
Veteran", New Era, abril de 1976, pág. 16).
Muchos de nosotros vivimos o trabajamos en un ambiente donde a menudo la
humildad es malinterpretada y considerada como una debilidad. No hay muchas
corporaciones o instituciones que incluyan la humildad como una declaración
de valores o como una característica entre los administradores. Pero,
a medida que aprendemos la manera en la que Dios lleva a cabo Sus obras,
el poder de la humildad y de la sumisión llega a ser palpable. En
el reino de Dios, la grandeza empieza con la humildad y la sumisión.
Estas virtudes compañeras son los primeros pasos críticos para
abrir la puerta a las bendiciones de Dios y al poder del sacerdocio. No tiene
importancia quiénes seamos o lo sobresalientes que sean nuestros títulos:
la humildad y la sumisión al Señor, aunadas a un corazón
agradecido, son nuestra fortaleza y esperanza.
Cuando el Señor dio los requisitos para ser miembros de Su Iglesia,
declaró: "Todos los que se humillen ante Dios... y vengan con
corazones quebrantados y espíritus contritos... [esos son los
que] serán recibidos en su iglesia por el bautismo" (D. y C.
20:37).
Y así, entre los miembros de la Iglesia, vemos a hombres y mujeres
de diversas experiencias que con humildad se someten al consejo de Dios.
Vemos a prominentes ejecutivos de negocios que con bondad y humildad reciben
a un humilde y a veces temeroso maestro orientador para que les enseñe.
Vemos a miembros con mucha educación que siguen el consejo de sus
obispos quienes a veces tienen poca educación formal; a ex obispos
y ex presidentes de estaca que con bondad y humildad aceptan llamamientos
para enseñar en la Primaria, ayudar en la guardería o preparar
los paquetes de ayuda humanitaria que serán remitidos a los necesitados
de todo el mundo. Vemos a miles de matrimonios misioneros maduros que dejan
sus cómodos hogares para vivir en circunstancias a las que no están
acostumbrados con el fin de servir a la gente afligida por la pobreza y lo
hacen una y otra vez. Vemos a los afligidos por la pobreza del mundo que,
con humildad, se sacrifican para compartir sus escasos recursos con aquellos
que son aun más pobres. Y cada uno, en su humildad, sirve y da con
un corazón agradecido y alaba a Dios.
El rey Benjamín advirtió que debemos "[volvernos]
como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto
a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre [nosotros]" (Mosíah
3:19).
Cuando nos sometemos con humildad a la voluntad del Padre, se nos otorga
el poder de Dios, o sea, el poder de la humildad, el cual es el poder para
enfrentarnos a las adversidades de la vida, el poder de la paz, el poder
de la esperanza, el poder de un corazón que late con fervor con el
amor y el testimonio del Salvador Jesucristo, a saber, el poder de la redención.
Por eso, el Salvador es nuestro ejemplo supremo del poder de la humildad
y de la sumisión. Después de todo, al someter Su voluntad al
Padre llevó a cabo el más grande y aun el más poderoso
acontecimiento de toda la historia. Tal vez, unas de las palabras más
sagradas en las Escrituras son sencillamente: "Pero no se haga mi voluntad,
sino la tuya" (Lucas 22:42).
Así es que tenemos miles de corazones fervorosos, incluso millones
a quienes creo que se les puede llamar héroes, aunque una descripción
más apropiada sería sencillamente los humildes seguidores del
Salvador Jesucristo, quienes, tal como el presidente Hinckley nos ha pedido,
hacen lo mejor, un día a la vez.
Que un corazón humilde y sumiso sea el poder que nos otorgue Dios
con todas las bendiciones correspondientes, es mi humilde oración;
en el nombre de Jesucristo. Amén.