PRESIDENTE GORDON B. HINCKLEY
¡Qué formidable trabajo realizan ustedes, fieles Santos de
los Últimos Días en todo el mundo, que llevan en su corazón
un testimonio firme e inquebrantable!
¡Cuán
espléndidos los momentos que hemos pasado juntos, mis amados hermanos
y hermanas! De cierto, es maravilloso distanciarse del mundo, por así decirlo,
y apartar dos días para reflexionar sobre cosas divinas.
Todos estamos ocupadísimos con nuestras actividades rutinarias, las
cuales nos llevan de una cosa a otra. Necesitamos, el mundo entero necesita,
la oportunidad de meditar y reflexionar acerca de las cosas de Dios y de
escuchar palabras que inspiren y ayuden.
Nuestros testimonios se han fortalecido, lo cual es bueno, porque, como
en cierta ocasión dijo el presidente Harold B. Lee: "Nuestros
testimonios necesitan renovación diaria"1.
Estoy convencido de que los Santos de los Últimos Días tienen
en su corazón el deseo de hacer lo correcto, de vivir de acuerdo con
lo que el Señor ha establecido para nosotros. Durante esta conferencia
se nos han recordado muchas de esas cosas.
Espero que cuando regresemos a casa y antes de acostarnos, cada uno de nosotros
nos pongamos de rodillas para expresar nuestro agradecimiento y pedir la
fortaleza necesaria para vivir el Evangelio más plenamente como resultado
de esta conferencia.
Estoy tan agradecido por la hermosa música del coro que ha cantado
maravillosamente. El coro es una organización tan grandiosa y dedicada
y agradecemos a todos lo que dan en forma tan generosa de su tiempo y talentos
a esta gran obra. Estoy agradecido por la música de ayer a cargo del
coro de adultos solteros; fueron una inspiración. Y el grandioso canto
de anoche a cargo de los jóvenes misioneros del Centro de Capacitación
Misional quienes vinieron y nos cantaron con gran poder. Muchas gracias por
lo que nos han brindado.
Ahora, para concluir, me gustaría leer sólo algunas palabras
de Moroni:
"¡Y despierta y levántate del polvo, oh Jerusalén;
sí, y vístete tus ropas hermosas, oh hija de Sión; y
fortalece tus estacas, y extiende tus linderos para siempre, a fin de que
ya no seas más confundida, y se cumplan los convenios que el Padre
Eterno te ha hecho, oh casa de Israel!
"Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos
de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis
a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente,
para que por su gracia seáis perfectos en Cristo; y si por la gracia
de Dios sois perfectos en Cristo, de ningún modo podréis negar
el poder de [Cristo]" (Moroni 10:31-32).
Como resultado de esta gran conferencia, cada uno de nosotros debe ser un
mejor hombre o una mejor mujer, un mejor jovencito y una mejor jovencita.
Muchas gracias, mis hermanos y hermanas, por su gran servicio al llevar adelante
esta obra. ¡Qué formidable trabajo realizan ustedes, fieles
Santos de los Últimos Días en todo el mundo, que llevan en
su corazón un testimonio firme e inquebrantable de la realidad del
Dios viviente y del Señor Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor
y de la aparición del Padre y del Hijo en esta dispensación,
y de nuevo empezar una gran era en la historia del mundo en preparación
para cuando el Hijo de Dios venga a reinar como Señor de señores
y Rey de reyes!
Ruego que las bendiciones del cielo reposen sobre ustedes, mis queridos
amigos. Ruego que lo que hayan escuchado y visto influya para bien en su
vida y que cada uno de nosotros sea un poco más amable, un poco más
considerado, un poco más cortés, que refrenemos nuestras lenguas
y no permitamos que el enojo nos lleve a decir cosas de las que después
nos arrepintamos. También ruego que tengamos la fortaleza y la voluntad
para volver la otra mejilla, para ir la segunda milla al levantar las rodillas
débiles de quienes estén afligidos.
Este Evangelio es un asunto personal. No se trata de un concepto distante.
Se trata de algo que se puede aplicar a nuestra vida y que puede cambiar
nuestra naturaleza misma.
Que Dios los bendiga, mis maravillosos y fieles consiervos, en esta gran
obra; que Su paz y Su amor descansen sobre ustedes y que consagren su vida
con la esencia de la piedad.
Al volver a nuestros hogares, ruego que llevemos en el corazón la
determinación de vivir juntos en forma más plena como lo debemos
hacer, en calidad de Santos de los Últimos Días. Les dejo mi
amor y mi bendición, en el nombre del Señor Jesucristo. Que
Dios esté con ustedes hasta que nos volvamos a ver otra vez. Gracias.
Amén.
NOTA
1. Véase Gordon B. Hinckley, Faith: The Essence
of True Religión, 1989, pág. 93.