ÉLDER LYNN A. MICKELSEN
De los Setenta
La promesa del Señor es que Él blanqueará nuestros
vestidos con Su sangre... Él nos puede redimir de nuestra caída
personal.
Mientras viajaba en su auto por un pueblito de México, un hombre
atropelló y mató a un perro que se le atravesó. A partir
de aquel día, al hombre se le conoció como el mataperros.
No se tomó en cuenta el origen del apodo; simplemente era el "mataperros".
Las personas que vivieron allí después, sin saber las circunstancias,
se imaginaban una terrible escena de lo que el hombre había hecho.
La fama basada en rumores, en la realidad, o en lo que se establece mediante
un apodo, es casi imposible de superar. El refrán que dice: "No
sacar los trapos al sol" es un sabio consejo. No es necesario, ni apropiado
ni saludable dar a conocer nuestros errores privados o pecados familiares
para el escrutinio público. Cuanto más se conozca el pecado,
más difícil será el arrepentimiento o el cambio.
Esto no significa que los pecados se deban cubrir, aunque ése sea
el impulso natural de cualquiera que cometa un pecado. En vez de arrepentirnos,
queremos esconder cualquier error o pecados cometidos, pero, como Caín
descubrió cuando mató a Abel: no no le fue posible esconder
sus pecados del Señor1, porque todas las cosas están
presentes delante de Él2. Él ve todo error que cometemos,
pero, a diferencia de la gente en general, con el conocimiento que Él
tiene de nuestros pecados nos brinda la promesa específica de que Él
no los recordará más si nos arrepentimos3.
El sacar los trapos al sol y el arrepentimiento están íntimamente
unidos. El pecado acarrea una suciedad delante del Señor que debe
reconciliarse. Sin embargo, hay un momento y un lugar para confesar y pedir
perdón. El alcance de estos dos factores depende de la naturaleza
y de la magnitud del pecado. Donde haya habido una ofensa pública
o una violación de la confianza pública, la responsabilidad
sería de confesar el error en público y pedir perdón.
Con respecto al arrepentimiento, nuestra responsabilidad se extiende hacia
el Señor, hacia Sus siervos y hacia aquellos a quienes hayamos ofendido.
Hay un paralelo entre nuestros vestidos que son blanqueados mediante la
sangre del Cordero y la forma en que lavamos nuestra ropa sucia. Por medio
del sacrificio expiatorio de Él, nuestros vestidos serán blanqueados.
La referencia de las Escrituras acerca de los vestidos abarca todo nuestro
ser. La necesidad de ser purificados surge al mancharnos con el pecado. El
juicio y el perdón son derechos del Señor4, porque
sólo Él puede perdonar y lavar nuestros pecados.4
Cuando el rey Benjamín pronunció su gran sermón en
Zaharemla5, hubo un cambio en el corazón de los santos6,
y hubo paz y prosperidad en toda la tierra. Pasó el tiempo y Alma
fue llamado a presidir la Iglesia. Algunos miembros, absortos en su prosperidad,
cayeron en el pecado y el corazón de Alma se turbó cuando fueron
llevados a su presencia. Al no saber cómo resolver el problema, los
llevó ante el rey Mosíah, quien de nuevo los mandó a
Alma para que los juzgara.
Alma, temiendo hacer lo malo a la vista de Dios, derramó su alma
entera a Dios y le rogó que le diese respuestas en cuanto a cómo
tratar a los transgresores. Debido al gran amor que Alma sentía hacia
el prójimo y su ferviente deseo de hacer la voluntad de Dios, el Señor
lo bendijo sobremanera, aun con la promesa de la vida eterna. Luego el Señor
le explicó por qué su súplica había sido tan
importante; Él dijo: "...ésta es mi iglesia; mediante mi nombre
serán salvos; es mediante mi sacrificio; soy Yo quien
juzgará"7.
¿Cuántas veces nos olvidamos de quién tiene el derecho
de juzgar? El perdón de los pecados depende de Él, no de nosotros,
así que la próxima vez que seamos tentados a sacar los trapos
al sol, recordemos:
Primero: ir al Señor.
Segundo: ir a la persona que hayamos ofendido.
Tercero: si es necesario, ir al juez de Israel.
Y cuarto, después dejémoslo en paz.
Otro aspecto de sacar los trapos al sol es el insaciable apetito carnal
que algunos tienen de dar a conocer las faltas de los demás. Cuando
Job se estaba quejando de su sufrimiento, el Señor le preguntó: "¿Me
condenarás a mí, para justificarte tú?" 8.
Esto puede ocurrir aun en la familia, cuando alguien, suponiendo que protege su buen
nombre, hace públicos, con lujo de detalles, las faltas y los errores
de sus hermanos y hermanas, de sus hijos, de sus padres, en forma de autojustificación,
para aliviar su dolor personal.
En la parábola del hijo pródigo, éste fue rescatado
por un padre fiel que hablaba del valor de su hijo, no de sus faltas.
Cada vez que hablamos de los pecados o de los errores de otras personas,
en realidad estamos juzgándolos. Una vez escuché a un hombre
decir a su hijo que no volvería a contratar a cierta persona porque
le había cobrado mucho por un trabajo, a lo cual el hijo respondió: "Me
sorprende que digas eso papá, porque tú nos has enseñado
otra cosa".
El padre estaba juzgando sin tener en qué basarse. ¿Qué debió haber
hecho? Si tenía dudas acerca de lo que se cobró por el trabajo,
debió haber hablado de ello con la otra persona para resolver sus
diferencias y poner fin al asunto sin murmurar ante otra gente. El Señor
enseñó: "No juzguéis, para que no seáis
juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados,
y con la medida con que medís, os será medido"9.
Cuando los escribas y los fariseos llevaron a la mujer sorprendida en adulterio
ante Jesús, Él se agachó y escribió con el dedo
en la arena para que los demás no pudiesen ver ni oír.
Luego dijo: "El que de vosotros esté sin pecado sea el primero
en arrojar la piedra contra ella". Cuando sus acusadores se retiraron
avergonzados de sus pecados, Él dijo a la mujer: "Vete; y no
peques más"10.
¿Qué debemos hacer cuando tenemos conocimiento de los problemas
de los demás?
1. No juzguemos; dejemos el juicio al Señor, el juez perfecto. No
examinemos ni exploremos los pecados de los demás, sino que consideremos
sus cualidades divinas. No es de nuestra incumbencia involucrarnos en los
problemas de los demás sino más bien percibir la grandeza de
su bondad.
2. Debemos perdonar. Aunque se nos haya herido personalmente, el Señor
dijo: "Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad
perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres"11.
3. Tercero: Olvidémoslo. Una memoria implacable carcome el espíritu
más fuerte. Hay que olvidarlo, abandonarlo y dejarlo en paz.
Si les sobreviene la ola de tentación de revelar los pecados de otras
personas, no lo cuenten a su vecino, ni a su mejor amigo. Vayan a su obispo;
déjenle el asunto a él. Si es necesario, infórmenlo
a las autoridades civiles o policiales, y luego déjenlo así.
Creo que para recibir la hermosa promesa que Alma recibió se requiere
el mismo espíritu y acción que él tomó con sus
propios trapos sucios así como con los de los demás.
Pero, ¿qué sucede si nosotros tenemos la razón y ellos
están equivocados? ¿No debemos dar a conocer nuestra opinión
para que otros no piensen que cometimos un error? El Señor ha sido
bien claro en Su enseñanza con respecto a este dilema. No tenemos
derecho a juzgar. No debemos medir la paja porque la viga de nuestro ojo
obstruye nuestra capacidad para ver. Por más delgada que sea, no hay
tortilla que no tenga dos caras. Esto requiere empatía, o sea el don
de sentir lo que otros sienten y entender lo que otros experimentan. La empatía
es el producto natural de la caridad; estimula y aumenta nuestra capacidad
de servir; la empatía no es tener lástima, sino entendimiento
y compasión; es la base de la verdadera amistad. La empatía
despierta el respeto y abre la puerta a la enseñanza y al aprendizaje.
Los indios Sioux entienden este gran principio cuando, al orar, dicen: "Gran
Espíritu, ayúdame para nunca juzgar a nadie hasta que haya
caminado dos semanas en sus mocasines".
Entonces, ¿qué debemos hacer con nuestra ropa sucia? El proceso
empieza con el arrepentimiento. El Salvador está a la puerta y llama; Él
está listo para recibirnos de inmediato12. Nuestra responsabilidad
es llevar a cabo la obra del arrepentimiento; debemos abandonar nuestros
pecados para que empiece la purificación. La promesa del Señor
es que Él blanqueará nuestros vestidos con Su sangre13. Él
dio Su vida y sufrió por todos nuestros pecados. Él nos puede
redimir de nuestra caída personal. Por medio de la Expiación
del Salvador, que se dio a Sí mismo como rescate por nuestros pecados, Él
autoriza al Espíritu Santo que nos purifique en un bautismo de fuego.
Al morar el Espíritu Santo en nosotros, Su presencia purificadora
quema toda la impureza del pecado. Tan pronto como se establece el cometido,
se inicia el proceso de purificación.
Nuestro compromiso con el Señor empieza cuando concentramos nuestra
atención en Él. Hace poco asistimos a una conferencia de estaca
en Nauvoo, Illinois. La música del coro fue excepcional; el director,
músico de profesión que enseña en una universidad local,
fue un gran maestro que cautivó tanto al coro como a la congregación.
Cada movimiento de su cuerpo estaba íntimamente ligado a la música.
Nosotros queríamos cantar tal como él dirigía; todos
los ojos estaban puestos en él. Pensé en el Salvador. Él
nos ha invitado a ser como Él es. Si le prestáramos la misma
atención que le brindamos al director del coro, rápidamente
seríamos transformados en la imagen del Salvador.
La transformación que ocurrió mientras cantábamos fue
momentánea; estábamos donde teníamos que estar y todos
teníamos el gran deseo de seguir. Si nos encontramos en los lugares
donde debemos estar, con el ferviente deseo de seguir al Señor, Él
tocará nuestras vidas y nos purificará para que vivamos en
Su presencia en forma permanente. No hubo coerción por parte del director
para hacernos cantar, sino más bien conexión. El verdadero
arrepentimiento viene con dicha conexión con el Salvador. Consideremos
nuestras oraciones personales y pensamientos diarios; todos tenemos que esforzarnos
por establecer la conexión que el Señor requiere.
Le pregunté al hermano Nelson, el director del coro, qué hizo
para que le respondiéramos de tal forma, y con humildad respondió: "Sus
corazones son puros".
"¿Y qué más?", pregunté.
Él
respondió: "Es por medio del Espíritu; es la única
manera de comunicarnos a ese nivel".
Entonces, ¿dónde debemos concentrar nuestra atención? "Y
si vuestra mira está puesta únicamente en mi gloria, vuestro
cuerpo entero será lleno de luz y no habrá tinieblas en vosotros;
y el cuerpo lleno de luz comprende todas las cosas"14. Eso
puede suceder si asumimos la responsabilidad de lavar nuestra ropa sucia
por medio del arrepentimiento y nos aseguramos de que esté limpia.
Que disfrutemos de la promesa que el Señor dio por medio de Moroni: "Levántate...
y vístete [de] tus ropas hermosas... venid a Cristo... y [amad]
a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza... para que por su gracia seáis
perfectos en Cristo... mediante el derramamiento de la sangre de Cristo,
que está en el convenio del Padre para la remisión de vuestros
pecados, a fin de que lleguéis a ser santos, sin mancha"15.
En el nombre de Jesucristo. Amén.
NOTAS
1. Véase Génesis 4:9-10; Moisés
5:34-35.
2. Véase Moisés 1:6.
3. Véase D. y C. 58:42.
4. Véase Alma 5:21-27; D. y
C. 64:10.
5. Véase Mosíah 2-5.
6. Véase Mosíah 5:2.
7. Véase Mosíah 26:10-24.
8. Job 40:8.
9. Mateo 7:1-2.
10. Juan 8:7, 11.
11. D. y C. 64:10; cursiva agregada.
12. Véase Apocalipsis 3:20.
13. Véase Apocalipsis 7:14.
14. D. y C. 88:67.
15. Moroni 10:31-33.