“Que ‘La Familia: Una Proclamación para el mundo se convierta en la guía y la norma por la que vivamos en nuestro hogar y criemos a nuestros hijos.”
Ruego con humildad que el Espíritu de verdad nos acompañe a fin de que podamos “comprendernos el uno al otro, ser edificados y regocijarnos juntamente”.
Tal como Nefi, yo también “nací de buenos padres y recibí, por tanto, alguna instrucción en la ciencia de mi padre y he sido altamente favorecido del Señor todos mis días” ( 2 ).
Mi padre fue un maravilloso ejemplo de amor, de fe, de integridad y de dedicación al Evangelio. Mi madre murió cuando yo tenia siete años; pero en mis primeros años, ella me enseñó las verdades del evangelio; era una mujer de gran fe. Debido a su fe y a sus oraciones, así como a una curación
milagrosa, hoy veo por mi ojo izquierdo. Mi padre estaba de viaje y yo me queme severamente la pupila del ojo con la palanca de metal para levantar las tapaderas de nuestra cocina de leña. Mi madre ejercitó la fe y oró con fervor a nuestro Padre Celestial mientras me sostenía amorosamente entre sus brazos; sus oraciones se escucharon y mi ojo sanó. Estoy muy agradecido por haber sido criado por buenos padres en un hogar de amor.
Hoy el hogar se halla amenazado y desafiado mas que nunca; hoy menos de la mitad de los niños nacidos en los Estados Unidos y en muchos otros países del mundo pasaran toda su niñez en una familia con un padre y una madre ( 3 ). La infidelidad, el divorcio, el aborto y los hogares abandonados están en aumento; el padre esta rápidamente perdiendo su papel tradicional de encargado, de proveedor, de protector, de educador moral y de cabeza de familia.
Durante el periodo de 1960 a 1990, los nacimientos fuera del matrimonio se han incrementado en un quinientos por ciento y el divorcio ha aumentado un cuatrocientos por ciento. ( 4 ). Como miembros de la Iglesia, no estamos al margen de estas practicas pecaminosas.
El hogar y la familia son la unidad fundamental de la sociedad así como son los hogares y las familias, así serán la comunidad, la ciudad, la provincia y la nación. No existe la moralidad publica sin la virtud privada. Como Santos de los Ultimos Días se nos ha dado mucho, y mucho se espera de nosotros; se nos ha enseñado lo que es correcto y verdadero; “por lo tanto, seamos hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándonos a nosotros mismos” ( 5 ).
Como marido y mujer y como padres, ¿como podemos evitar los peligros y las tentaciones del atribulado mundo en que vivimos? Ofrezco unas pocas maneras que han resistido la prueba del tiempo y que, a la vez, demuestran como podemos ser hacedores y no solamente oidores.
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Los padres y los miembros de la familia deben amarse, honrarse y respetarse el uno al otro.
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Asistan juntos a las reuniones de la Iglesia regularmente.
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Lean las Escrituras y oren juntos a diario.
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Realicen la Noche de Hogar y diviértanse juntos.
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Vivan vidas de virtud e integridad para que al llegar la noche duerman bien sabiendo que han hecho lo mejor, con una conciencia sin ofensa ante ninguno; una vida de virtud se construye paso a paso, ladrillo tras ladrillo. Estén al tanto de los pequeños pecados que erosionan la integridad.
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Comuníquense, hablen, dediquen tiempo el uno al otro. Cuando un adolescente llega a casa después de una cita y parece estar preocupado, ¡es una gran oportunidad para que los padres amorosos escuchen y ayuden!
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Paguen sus diezmos y sus ofrendas con fidelidad.
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Eviten las deudas innecesarias.
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Nunca hagan compras de gran envergadura ni tomen decisiones sin orar y sin acuerdo mutuo, como compañeros iguales, es decir como marido y mujer.
Los Profetas de la antigüedad y los profetas modernos nos han enseñado que: “El establecimiento de un hogar no es solo un privilegio, sino que el matrimonio y la capacitación apropiada de los niños es un deber del mas alto orden” ( 6 ).
Los Profetas de Israel enseñaron: “Y les enseñareis a vuestros hijos los mandamientos cuando te sientes en tu casa” ( 7 ).
Isaías enseñó: “Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicara la paz de tus hijos” ( 8 ).
“Te doy el mandamiento de enseñar estas cosas a tus hijos” ( 9 ).
“Lehi exhorto a su familia con todo el amor de un tierno padre” ( 10 ).
El presidente Harold B. Lee dijo: La mejor obra del Señor que ustedes y yo podemos realizar será la que efectuemos dentro de las paredes de nuestro propio hogar.” ( 11 ).
Siempre debemos recordar la advertencia que, desde este púlpito, dio el presidente David O. McKay hace treinta y tres años: “Ningún otro éxito puede compensar el fracaso en el hogar. La choza mas humilde donde el amor prevalece sobre la unidad familiar es de mayor valor para Dios y de la futura humadad que cualquier otra riqueza. En tal hogar, Dios puede obrar milagros, y obrara Milagros” ( 12 ).
La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles, a quienes sostenemos como Profetas, Videntes y Reveladores, hace dos años proclamaron solemnemente al mundo nuestras creencias concernientes al matrimonio, a los padres y a la familia. Desafío a cada uno de ustedes a leer, a estudiar y a vivir bajo esa proclamación inspirada; que se convierta en la pauta y en el modelo por los que vivamos en nuestro hogar y criemos a nuestros hijos.
Nuestro hogar puede y debe ser un refugio y un santuario que nos proteja del mundo atribulado en que vivimos; que se convierta en tal, merced a nuestro diario esfuerzo por guardar sagrados los santos convenios que hemos hecho.
Que nos unamos al Juan de antaño, quien dijo: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad” ( 13 ). Lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.
Mostrar referencias
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1. Véase Doctrina y Convenios 50:22.
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2. Véase I Nefi 1:1.
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3. Barbara Dafoe Whitehead, “Dan Quayle Was Right”, Atlantic Monthly, abril de 1993, pág. 47.
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4. Alexander B. Morrison Zion: A Light in The Darkness, 1997, pág. 15.
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5. Véase Santiago 1:22.
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6. Ezra Taft Benson, The Teachings of Ezra Taft Benson 1988, pág. 496.
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7. Véase Deuteronomio I 1: 19.
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8. Isaías 54:13.
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9. Moisés 6:58.
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10. Véase I Nefi 8:37.
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11. En Conference Report, abril de 1973, pág. 130; Véase de Joseph B. Wirthlin, “El sacerdocio de Dios”, Liahona enero de 1989, pág. 42.
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12. Cita de J. E. McCulloch, Home: The Savior of Civilization, 1924, pág. 42; Véase de Rex D. Pinegar, “Primero el hogar”, Liahona julio de 1990, págs. 13-14.
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13. 3 Juan 1:4.

