Tus amigos te sostienen

Élder Ronald A. Rasband
De la Presidencia de los Setenta


Élder Ronald A. Rasband,  “Tus amigos te sostienen” 

Charla fogonera del SEI para jóvenes adultos • 7 de marzo de 2010 • Universidad Brigham Young

Estimados jóvenes amigos, es un gran privilegio y un honor poder dirigirme a ustedes en esta charla fogonera del SEI. Agradezco la oportunidad de estar aquí en el Marriot Center de la Universidad Brigham Young, y de hablarles a los que están reunidos en distintos lugares del mundo, que viven en diversas circunstancias y hablan diferentes idiomas. Gracias por asistir, ustedes honran al Señor Jesucristo al dejar de lado otros asuntos para poder estar aquí reunidos. Estoy agradecido de estar aquí con mi esposa Melanie, y con algunos integrantes de nuestra familia y amigos.

Ruego que mi mensaje sea guiado por el Espíritu Santo y que sientan en su corazón que lo que voy a decirles es relevante y se aplica a las situaciones que están afrontando y les están sucediendo ahora en su vida.

La importancia de amistades rectas

Hace muchos años, en marzo de 1839, el profeta José Smith había sido encarcelado injustamente con muchos de sus compañeros en la cárcel de Liberty, por varios meses. Muchos escritores de la historia de la Iglesia han asegurado que esa experiencia fue uno de los períodos más difíciles y sombríos en la vida del Profeta. Sus palabras “Oh Dios, ¿en dónde estás?” (D. y C. 121:1) —según se encuentran en la sección 121 de Doctrina y Convenios— refleja una soledad desesperante bajo las circunstancias más sombrías.

El Señor no se le apareció ni le envió ángeles; no destruyó a los guardias ni hizo que la puerta de la húmeda y sucia celda se abriera de par en par. En pocas palabras, Él no hizo que las circunstancias cambiaran, pero consoló y tranquilizó a José como nadie hubiera podido hacerlo: “Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento” (D. y C. 121:7). Fue como si el Señor hubiese abrazado a José al decirle: “Hijo mío”. Qué palabras tan preciosas y tiernas. Luego, estableció un lapso de tiempo para las penurias de José con “un breve momento”. Qué gran lección para que todos la recordemos. Nuestras penurias serán breves —desde una perspectiva eterna— y el Señor estará allí.

Después, el Señor dijo: “tus amigos te sostienen, y te saludarán de nuevo con corazones fervientes y manos amistosas” (D. y C. 121:9).

José estaba encarcelado por la traición de hombres, algunos de los cuales habían sido sus más cercanos colaboradores; pero el Señor fue muy claro al decir, “tus amigos te sostienen”. Cuán reconfortante fue esa declaración para el profeta José; cuán reconfortante es para nosotros. Consideren por un instante lo que significa para ustedes el saber que cuentan con alguien que los apoya; alguien en quien pueden confiar, que es su amigo en las buenas y en las malas, alguien que los aprecia y respalda aunque se encuentren separados.

Nuestro amigo más preciado es Jesucristo mismo. ¿Acaso hay palabras más reconfortantes que éstas: “Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88)? A menudo, esos “ángeles alrededor” son nuestros amigos.

Mi mensaje de esta noche se centra en la importancia que tiene para cada uno de nosotros tener amistades rectas. Cuando era joven, un inspirado patriarca me puso las manos sobre la cabeza y mediante revelación, abrió mi entendimiento acerca de mi potencial, mi verdadera identidad y le marcó el rumbo a mi vida, al igual que su patriarca lo ha hecho por la mayoría de ustedes. A mí se me dijo que no me faltarían amigos ni compañeros; que la amistad de ellos sería una bendición especial para mí, tanto temporal como espiritual; se me aconsejó que seleccionara como amigos cercanos a personas rectas que tuviesen el deseo de guardar los mandamientos de Dios.

Ese pasaje de mi bendición patriarcal y el versículo de la sección 121 han sido una fuente de consuelo a lo largo de mi vida. En ocasiones, sobre todo cuando he vivido lejos de casa, esas palabras me han brindado paz y fortaleza, mis amigos me han sostenido, a pesar de estar separados por una gran distancia. En tales ocasiones, aprendí una de las lecciones más importantes, que no importaba el tiempo que me ausentara o cuán grande fuera la distancia, siempre que me volvía a reunir con mis amigos, todo era como si nada hubiera cambiado. Seguíamos con nuestra amistad donde la habíamos dejado y era como si el tiempo se hubiese detenido.

¿Por qué hago hincapié en ello? Porque en la actualidad, muchas personas gustosamente cambian sus amistades por personajes de video y mensajes de texto; pasan el tiempo identificándose con personajes de la televisión, quienes para ellos son sólo caras en una pantalla. Optan sólo por “pasar el rato” en lugar de comprometerse a una relación seria y significativa que pueda sellarse en el templo por la eternidad. Piensen al respecto, las verdaderas amistades se basan en el amor de Dios y en compartir ese amor con los demás. Ése fue uno de los mensajes que se impartió en la cárcel de Liberty.

Desde mi infancia, crecí en la estaca Cottonwood en el Valle del Lago Salado y mis amigos han sido una bendición especial para mí. Los amigos más cercanos que tuve en mi juventud continúan siendo mis amigos hasta ahora. Algunos de ellos se encuentran aquí esta noche, y siempre ha sido así; siempre nos hemos apoyado el uno al otro. Además, me siento agradecido de haber hecho nuevos amigos que también han sido una fortaleza y una bendición para mí.

Al pensar en la amistad, considero el ejemplo del presidente Thomas S. Monson. Escuchen esta enseñanza de nuestro amado profeta. Él dijo:

“Los amigos les ayudan a determinar su futuro. Ustedes tenderán a ser como ellos y a ir adonde ellos decidan ir. Recuerden, el camino que sigamos en esta vida conducirá al camino que seguiremos en la venidera.

“En una encuesta efectuada en estacas y barrios seleccionados de la Iglesia, aprendimos un hecho muy importante: las personas cuyos amigos se casan en el templo; por lo general, contraen también matrimonio en el templo, mientras que las personas cuyos amigos no se casan en el templo; por lo general, ellos tampoco lo hacen. El mismo hecho se aplicaba al servicio misional de tiempo completo. La influencia que ejercen los amigos en uno parece ser un factor predominante, e incluso igual a la exhortación de los padres, la instrucción en el salón de clases o el vivir cerca de un templo.

“Los amigos que elijan les ayudarán a lograr el éxito o el fracaso”1 Esas palabras dan en qué pensar.

¿  no escogería al   como amigo? Él regala sus trencitos en Navidad; regala su ropa y sus zapatos a los que no tienen; le dedica innumerables horas a las personas que viven olvidadas en asilos o que luchan por su vida en los hospitales, y comparte con nosotros el gozo que siente por la vida cuando mueve las orejas.  ¿Cómo no lo vamos a querer? Cuando a un grupo de misioneros se le pidió que mencionara uno de los más grandes atributos del  , casi todos ellos eligieron el amor que él siente por la gente. Incluso, uno de ellos dijo que le gustaría ser vecino del profeta porque sabía que podrían llegar a ser buenos amigos.

He descubierto que el consejo de las Autoridades Generales en cuanto a las amistades ha resultado cierto en mis experiencias, y que en particular se aplica en la actualidad. El élder Neal A. Maxwell dijo: “Tanto los jóvenes como los adultos debemos ser buenos amigos, pero también debemos escoger a nuestros amigos cuidadosamente. Si escogemos al Señor primero, el escoger amigos es más fácil y más seguro. Consideremos el contraste que existía entre las amistades en la ciudad de Enoc y en las ciudades de Sodoma y Gomorra. Los habitantes de la ciudad de Enoc escogieron a Jesús y optaron por un estilo de vida, llegando a ser así amigos eternos. Es mucho lo que depende de a quién y qué escogemos en primer lugar2.

Amigos mentores

Algunos amigos son mentores sabios y confiables; son amistades especiales, tienen más experiencia y conocen el camino; y ellos también nos “sostienen”. ¿Quiénes fueron los mentores de José Smith? Moroni, es el primero que acude a mi mente; discípulos de la antigüedad como Juan el Bautista, Pedro, Santiago y Juan; Pablo; sus padres, su hermano Alvin, la lista es impresionante. Bien se puede decir que estaba en buena compañía.

Piensen por un instante en las personas que han sido mentores de cada uno de ustedes. ¿Desean ser el mentor de otras personas a medida que se presenten las oportunidades en el futuro? ¿Se están preparando para compartir su testimonio del Evangelio y su entendimiento para lograr el éxito en la lucha diaria?

La historia y las Escrituras están llenas de ejemplos de hombres y mujeres que han sido mentores rectos. Quizá el más obvio es nuestro Señor Jesucristo, ya que Él estableció Su Iglesia en el meridiano de los tiempos. Al comenzar Su ministerio, Él seleccionó a doce hombres aparentemente comunes y corrientes que abandonaron sus ocupaciones normales y lo acompañaron por tres años. Viajaron con Él, escucharon Sus sermones, comieron con Él, fueron testigos de los milagros que Él realizó y recibieron instrucción en privado en muchas ocasiones. Qué incomparable bendición fue para ellos ser instruidos personalmente por nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Cada uno de ellos cambió de manera personal gracias a esa amistad privilegiada.

Otro ejemplo, en lo que quizá fue un intercambio poco común de sus funciones, es José Smith, que se convirtió en el guía espiritual de su hermano mayor Hyrum; quien era humilde, se dejaba enseñar y se mantuvo del lado de José. Estuvo con él en la cárcel de Liberty y fue el primero que cayó en Carthage. Hyrum escogió al profeta de Dios como su mentor, y escogió bien.

En la actualidad, y durante mi servicio como Autoridad General, los miembros del Quórum de los Doce se interesan realmente por nosotros, nos transmiten generosamente su experiencia y nos enseñan con eficacia la forma de llevar a cabo nuestros sagrados llamamientos en este ministerio. Recuerdo un comentario que hizo Brigham Young al referirse al profeta José: “Siento como si siempre quisiera exclamar, ‘¡Aleluya!’, al pensar en que llegué a conocer a José Smith, el Profeta”3. Yo me he sentido así con muchos líderes de nuestros días.

En cada caso, personas con más experiencia y confiables sirven eficazmente de guía a otras con menos experiencia, ayudan a moldear el entendimiento de éstas, y les enseñan principios que les ayudarán a ser más eficientes, fuertes, sabias y valiosas en el servicio de Dios.

Ahora piensen por un minuto: ¿Quién ha sido su mentor? ¿Qué han aprendido de esa persona que ha cambiado su vida? ¿En qué forma ha cuidado de ustedes? ¿Cómo podrían seguir ese ejemplo y ahora ser mentores para sus hermanos menores, para sus amigos y colegas, esas personas que tal vez necesiten y deseen una relación de ese tipo?

Un ejemplo de amigos mentores

Permítanme darles un ejemplo de mi propia vida. He tenido la bendición de tener en mi vida esa clase de amigo y mentor en la persona del élder Jon M. Huntsman, Setenta de Área, filántropo, benefactor y fundador del grupo de empresas Huntsman, y mi amigo.

Conocí a Jon Huntsman en 1975, cuando yo tenía 24 años, y era presidente del quórum de élderes de un barrio de estudiantes casados de la Universidad de Utah y Jon Huntsman era mi asesor del sumo consejo. Nos hicimos amigos y, durante mi último año de estudios, mientras me preparaba para terminar la universidad, el hermano Huntsman me contrató como representante de ventas de su empresa de plásticos.

Una de mis primeras asignaciones fue la cuenta de Avon, un gigante de los cosméticos cuya sede está en la ciudad de Nueva York. Para comenzar con ese importante cliente, el hermano Huntsman me acompañó a Nueva York para presentarme por primera vez. Con la emoción del nuevo trabajo y ansioso por causar una buena impresión, me puse mi mejor traje estudiantil marrón, una corbata y unos mocasines del mismo color. Al reunirnos en el aeropuerto, noté que el Sr. Huntsman me observaba de una forma rara. ¡Pero no me comentó nada!

Cuando llegamos a Nueva York, me dijo que teníamos que pasar por un lugar antes de ir a las oficinas de Avon, y nos dirigimos directamente a la famosa tienda de ropa para caballeros Brooks Brothers, en la exclusiva avenida Madison. En el camino, recuerdo que él dijo: “Mira Ron, si vas a trabajar de vendedor en mi empresa y si me vas a representar con Avon, vas a tener que aprender a vestirte, a comportarte y a saber cómo actuar en tus nuevas funciones”. Y luego agregó: “¡En un ambiente empresarial como el de Nueva York, uno no se pone traje marrón!”. ¡Por lo menos si vas a representar a Jon Huntsman!

Jon conocía a los empleados de Brooks Brothers y observaba mientras me probaba un hermoso traje gris a rayas, estilo diplomático, el mejor traje que jamás había visto y sin duda el mejor que he tenido. Después que se lo llevaron para ajustarlo, escogimos una camisa, unas corbatas, un cinturón y todos los demás accesorios. Enseguida fuimos al departamento de zapatos donde Jon me compró mi primer par de zapatos negros de vestir de marca.

Supongo que la cuenta del hermano Huntsman en Brooks Brothers le otorgaba privilegios especiales, ya que después del almuerzo, regresamos a la tienda y mi nuevo vestuario de negocios ya estaba listo, como cortesía de Jon M. Huntsman.

Recuerdo la gratitud que sentí hacia Jon por salvarme de la vergüenza innecesaria de presentarme con mi ropa universitaria. Al echar, y eso es exactamente lo que hice, mi traje marrón en una bolsa, ¡me di cuenta de que él se había asegurado de que yo vistiera correctamente! Después nos dirigimos a Avon donde Jon me presentó como el nuevo representante financiero de su empresa. Jon me estaba enseñando mucho más que la importancia de la apariencia; me estaba dando a conocer una nueva forma de pensar, de hacer las cosas y de presentarme ante los demás. Estaba haciendo de mentor. Ésa fue la primera de muchas lecciones que aprendí de él.

Años más tarde, mientras trabajaba como ejecutivo en la empresa del hermano Huntsman, me dedicaba por entero a cumplir con mis responsabilidades, las cuales me llevaron alrededor del mundo. Al regresar de uno de esos viajes de negocios, el hermano Huntsman, presidente de estaca en ese momento, me preguntó qué hacía en la Iglesia. Le dije que estaba muy feliz enseñando la clase de Doctrina del Evangelio en la Escuela Dominical. Me preguntó qué tipo de experiencias en liderazgo había tenido en la Iglesia; le dije que había disfrutado prestando servicio en varias presidencias, pero lo que me había hecho muy feliz había sido la enseñanza.

Luego de haberle explicado eso al hermano Huntsman, él me dijo que había tenido una época similar en su vida cuando se le había llamado a servir en una estaca de estudiantes, primero como miembro del sumo consejo y luego como obispo, lo cual lo consideró ideal, dada su apretada agenda. De hecho, como ya lo mencioné antes, fue en ese tiempo que conocí a Jon Huntsman.

Me dijo que conocía a un hermano en la Universidad de Utah, que prestaba servicio como presidente de una de las estacas de estudiantes casados, que podía asignar posiciones de servicio en la Iglesia con hermanos de cualquier lugar del Valle del Lago Salado. El hermano Huntsman me preguntó si podía llamar a ese presidente y darle mi nombre. Estuve de acuerdo y no pensé mucho al respecto, sabiendo lo ocupado que él estaba.

Pero al poco tiempo, recibí una llamada de Robert Fotheringham, el presidente de la que en ese entonces era la Estaca Uno de la Universidad de Utah. Me preguntó si él y sus consejeros podían ir a mi casa y hablar con mi esposa y conmigo. A los pocos días, los tres miembros de la presidencia de estaca fueron a nuestra casa y nos preguntaron sobre nuestra situación y nuestro testimonio. Después de una breve entrevista con cada uno de nosotros, los tres se miraron con complicidad y el presidente de estaca me extendió el llamamiento para servir como miembro del sumo consejo de la Estaca Uno de la Universidad de Utah. Dijeron que ya habían hablado con el presidente de mi estaca y que éste estaba de acuerdo con el llamamiento, si ellos deseaban extendérmelo.

Acepté el llamamiento y comencé a prestar servicio en la Estaca Uno de la Universidad de Utah. Como parte de mis asignaciones, mi esposa y nuestra joven familia disfrutaban de la maravillosa oportunidad de cultivar una hermosa relación centrada en Cristo con los jóvenes estudiantes casados. Luego de prestar servicio por un tiempo   sumo consejo, fui llamado como obispo del Barrio Diez de esa misma estaca.

Después me enteré, que el hermano Huntsman llamó al presidente Fotheringham y sencillamente le sugirió que conocía a alguien que se adaptaría muy bien a trabajar en una estaca o en un barrio de estudiantes universitarios. De ahí, mi estimado amigo y mentor, Jon Huntsman, tan solo con mencionar mi nombre para una posible entrevista, me proporcionó la oportunidad de tener otro tipo de experiencia de servicio en la Iglesia.

Pienso en los jóvenes maravillosos que conocí en ese barrio de la universidad y en la oportunidad que tuve de ayudar a muchos a encontrar empleo, uno de ellos nos acompaña esta noche; pero lo más importante, es que he tenido el privilegio de compartir el testimonio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo y establecer una amistad recta; en cierta forma, del mismo modo que lo hizo por mí el hermano Huntsman.

Luego, cuando mi esposa y yo fuimos llamados a presidir la Misión Nueva York, Nueva York Norte, disfruté del privilegio de trabajar con muchos misioneros fieles, y pudimos ayudarlos no sólo a cumplir con más eficacia sus llamamientos como siervos del Señor Jesucristo, sino que nuestra relación continúa hasta el presente al ayudarlos con cartas de recomendación, consejos, brindarles aliento y todo nuestro amor. Tengo que admitir que a ninguno le he comprado un traje nuevo ni zapatos de vestir… ¡todavía!

Como lo demuestran estos ejemplos, creo firmemente   hecho de ser mentor y amigo.

Aceptar consejo de mentores

El élder Neal A. Maxwell que sirvió de mentor de muchos, incluyéndome a mí, dijo: “De vez en cuando, todos tenemos que tener mentores, y al mismo tiempo, tener nosotros mismos esa misma oportunidad. Por experiencia sé que frases verídicas y comprensivas que se intercambian en tales relaciones edificantes, ¡perduran por mucho tiempo! Quizá recuerden tres o cuatro ejemplos de cómo ciertas personas dijeron algo, tal vez una frase o expresión, la cual no olvidan y que todavía los conmueve y emociona”4.

Pienso en la madre joven que siempre les dijo a sus hijos en momentos difíciles: “Lo lograremos”, y ellos le creyeron; o el misionero que le dijo a su nuevo compañero recién llegado del CCM: “Espere un milagro cada día”, y él lo hizo, y esa fe marcó la senda de la misión del nuevo élder; o el  , que al finalizar su mensaje, reconoció a un jovencito que estaba sentado a ocho filas de distancia, entre una muchedumbre de 5.000 jóvenes congregados, en una reunión de escultismo Jamboree de la Costa Este. Ese jovencito era mi hijo de 12 años, a quien él había visto en varias ocasiones, y créanme que mi hijo nunca olvidará que el   lo llamó por su nombre y le dijo: “Chris Rasband, ven acá y saluda”. Y que mejor ejemplo que el del Salvador, cuando escogió a un humilde grupo de pescadores y les dijo estas sencillas palabras: “Venid en pos de mí” (Mateo 4:19).

En esta época descrita por el apóstol Pablo, como “tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1), registrada por el profeta José Smith como “día de calamidad” (D. y C. 136:35), señalada por Nefi en el Libro de Mormón como el día en el que el adversario “enfurecerá los corazones de los hijos de los hombres” (2 Nefi 28:20), le sugiero, mis amados jóvenes amigos, la importancia de cultivar amistades sólidas y buenas con mentores sabios y dignos de confianza.

A veces, somos renuentes a recibir consejo y rechazamos a las personas que nos brindan sugerencias. Tenemos la idea de que ya sabemos todo lo que necesitamos y el orgullo se interpone. Cuando eso sucede, nos privamos de obtener sabiduría, información o experiencia que de otra manera pudo habernos bendecido. Imaginen qué diferente habría sido mi amistad con el hermano Huntsman, o en qué forma habría afectado mi carrera, si mi orgullo me hubiera impedido aceptar su generoso obsequio de un  .

A menudo eso sucede en la relación que tenemos con nuestros padres cuando somos jóvenes, que pensamos a veces que ellos son anticuados, no están bien informados, o que sencillamente “¡no están en la onda!” A veces es fácil rechazar sus enseñanzas como irrelevantes para nosotros. Podríamos aprender de la frase: “Cuando yo tenía 14 años, mi padre era tan ignorante que casi no podía soportar su presencia; pero cuando llegué a los 21, me sorprendí al ver todo lo que ese hombre viejo había aprendido en siete años”. Aun cuando no sepamos quién escribió esa cita, su mensaje es una gran enseñanza para cada uno de nosotros. Las madres y los padres, y las abuelas y los abuelos tienen mucho que ofrecer. No pasemos por alto lo que sus experiencias les han enseñado ni el amor que tienen por ustedes. Quizá ellos sean sus mentores terrenales primordiales. Mi esposa y yo tenemos ahora la hermosa oportunidad de ser abuelos. Es una gran emoción cuando nuestros nietos nos hacen preguntas o buscan nuestra guía en algún asunto importante de la vida.

Otras personas que pueden aportarnos mucho, pero a quienes tenemos la costumbre de hacer caso omiso, son nuestros suegros. Su experiencia con frecuencia es tan pertinente como la de nuestros padres. Nos iría mejor si respetáramos su opinión y escucháramos su consejo. Muchos de ustedes aún no tienen suegros, ¡pero estoy seguro que los tendrán algún día! Aprendan de ellos y pídanles su opinión; y al hacerlo, tendrán más sabiduría.

A todos ustedes que me están escuchando y a los que leerán este mensaje posteriormente, existen muchos otros posibles mentores a los que pueden acudir. Déjenme sugerirles algunos: los obispos, presidentes de estacas, presidentes de misión, líderes de quórum, profesores, maestros de seminario e instituto, amigos y colegas de confianza, las hermanas de la Sociedad de Socorro y muchas otras personas más. ¡He aprendido mucho de sus ejemplos y enseñanzas, y sé que ustedes también! Saquen el mayor provecho de sus ideas y dejen también que su influencia les inspire y les bendiga.

Sean buenos amigos

Es difícil exagerar la importancia que tiene el ser buenos amigos, lo cual no siempre es fácil. Ralph Waldo Emerson dio un gran consejo cuando dijo: “La única manera de tener un amigo es también serlo uno mismo”5. El viejo refrán: “Dios los cría y ellos se juntan” sigue siendo verdad. Para tener amigos que vivan normas elevadas, que defiendan la virtud y la bondad, y que sean fieles y verídicos a sus convenios, ustedes también deben ser esa clase de persona para ellos.

En este mundo tan lleno de sordidez, permisividad e inmoralidad, el contar con buenos amigos realmente nos ayudará a tener capacidad para enfrentar las maldades del presente. A los que estén solteros, el tener buenos amigos los colocará en una posición que les permitirá atraer a la pareja eterna que anhelarán encontrar. Eso fue lo que sucedió con mi esposa, primero fuimos grandes amigos y recién después, vino la propuesta de matrimonio.

Jesucristo es un ejemplo de amistad para nosotros

Al pensar en la amistad, recordemos lo que el profeta José Smith vio en una visión y escribió en cuanto a los apóstoles que predicaban en Inglaterra: “Vi a los Doce Apóstoles del Cordero, que en la actualidad se hallan sobre la tierra y tienen las llaves de este último ministerio. Estaban en países extranjeros y los vi juntos en círculo, muy fatigados, sus vestidos hechos pedazos, sus pies hinchados y la mirada fija en el suelo; y Jesús estaba en medio de ellos, mas no lo vieron. El Salvador los miró y lloró”6.

Aunque no lo vieron, Jesús estaba junto a ellos sosteniéndolos. Debido a que conocía su difícil situación y comprendía su tribulación, fue Su amoroso apoyo lo que los sostuvo en la misión y trajo a cientos y a miles de nuevos conversos a la Iglesia. El Salvador dijo a Sus discípulos, “Sois mis amigos” (D. y C. 84:63). Y fue Él quien enseñó: “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). El Salvador también señaló, “Venid a mí” (Mateo 11:28). En la amistad, como en todos los principios del Evangelio, Jesucristo es nuestro Ejemplo.

Mis queridos jóvenes y nuevos amigos reunidos en todo el mundo, testifico que éste es el evangelio de Jesucristo, testifico que un elemento muy importante de su experiencia en el Evangelio son las amistades que cultiven y los mentores que sigan, del mismo modo que se me prometió a mí en mi bendición patriarcal cuando tenía 19 años.

Concluyo con lo que comencé, con el versículo que contiene las palabras de Dios dichas al profeta José Smith cuando estaba en la cárcel de Liberty, y pienso que también se podrían aplicar a nosotros, cualquiera sea nuestra situación en este momento: “Tus amigos te sostienen, y te saludarán de nuevo con corazones fervientes y manos amistosas” (D. y C. 121:9).

Les reitero esa promesa dada por el Señor en los primeros días de la restauración de esta Iglesia. Ruego que cada uno de nosotros tenga el privilegio de disfrutar de amistades rectas y encontrar mentores a medida que progresemos juntos en el evangelio de Jesucristo.

Les dejo estos pensamientos y estas palabras esta noche, en el nombre del Señor Jesucristo, nuestro Amigo. Amén.

© 2009 por Intellectual Reserve, Inc.  Todos los derechos reservados. Aprobación del inglés: 10/09. Aprobación de la traducción: 10/09. Traducción de Thy Friends Do Stand by Thee. Spanish. PD50020993 002

1. Véase Thomas S. Monson, “En aguas peligrosas”, Liahona, julio de 1998, pág. 50.

2. Véase Neal A. Maxwell, “Los artificios y las tentaciones del mundo”, Liahona, enero de 2001, pág. 43.

3. Brigham Young, citado en Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 528.

4. Neal A. Maxwell, “Jesus, the Perfect Mentor”, Ensign, febrero de 2001, pág. 8

5. Ralph Waldo Emerson, en Bartlett’s Familiar Quotations, 17º ed., 2002, pág. 455.

6. Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 125.