Debemos nacer del agua y del Espíritu
Nosotros creemos que tenemos que ser bautizados y recibir el don del Espíritu Santo (mediante la ordenanza de la confirmación) para ser salvos en el reino de los cielos. El Salvador enseñó: “El que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5).
El Señor también enseñó que la ordenanza del bautismo, como todas las demás ordenanzas del Evangelio, la debe efectuar un digno poseedor del sacerdocio: “El que es llamado por Dios y tiene autoridad de Jesucristo para bautizar, entrará en el agua con la persona… Entonces la sumergirá en el agua, y saldrán del agua” (D. y C. 20:73–74).
El bautismo por inmersión simboliza la sepultura del pecador y el renacimiento espiritual de la persona para vivir “en vida nueva” (Romanos 6:4). Mediante el bautismo dejamos atrás nuestra antigua vida y comenzamos una vida nueva como discípulos de Jesucristo. Cuando se nos confirma, llegamos a ser miembros de Su Iglesia.
El bautismo también incluye un convenio sagrado, una promesa, entre el Padre Celestial y la persona que es bautizada. Nosotros hacemos convenio de guardar Sus mandamientos, de servirlo a Él y a Sus hijos, y de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo. Él promete perdonar nuestros pecados, “[derramar] su Espíritu más abundantemente sobre [nosotros]” (Mosíah 18:10), y nos ofrece la vida eterna.
El Salvador mismo cumplió con el mandamiento de ser bautizado aun cuando Él era sin pecado (véase Mateo 3:13–17). Se bautizó, para ser obediente, para darnos el ejemplo y para “cumplir con toda justicia” (véase 2 Nefi 31:5–9). Por consiguiente, aquellos que son bautizados están siguiendo el ejemplo del Salvador.
Quienes deseen ser bautizados deben “[humillarse] ante Dios… [testificar] ante la iglesia que se han arrepentido verdaderamente de todos sus pecados, y [estar] dispuestos a tomar sobre sí el nombre de Jesucristo” (D. y C. 20:37).
“Creemos… [en el] bautismo por inmersión” (Artículos de Fe 1:4).
Después del bautismo se nos confirma miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y recibimos el don del Espíritu Santo.
El bautismo y la confirmación permiten que la expiación de Jesucristo lleve a cabo una purificación espiritual en nuestras vidas, incluso la “remisión de… pecados” (D. y C. 33:11).
Mediante el bautismo y la confirmación llegamos a ser “conciudadanos con los santos” en “la familia de Dios” (Efesios 2:19).
Para mayor información, refiérase al capítulo 2 de Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Lorenzo Snow, 2012.
Un convenio sagrado
“El bautismo… es una ordenanza que simboliza entrar en un convenio sagrado y vinculante entre Dios y el hombre. Los hombres prometen renunciar al mundo, amar y servir a su prójimo, visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, proclamar la paz, predicar el Evangelio, servir al Señor y guardar Sus mandamientos. El Señor promete derramar ‘su Espíritu más abundantemente sobre’ nosotros (Mosíah 18:10), redimir a Sus santos, tanto temporal como espiritualmente, contarlos con los de la primera resurrección, y ofrecer la vida eterna”.
Élder L. Tom Perry, del Quórum de los Doce Apóstoles, “El evangelio de Jesucristo”, Liahona, mayo de 2008, pág. 46.
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