El sacerdocio es el poder y la autoridad eternos de Dios. Mediante el sacerdocio, Dios creó y gobierna los cielos y la tierra; por medio de ese poder, redime y exalta a Sus hijos, llevando a cabo “la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (
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Los varones miembros de la Iglesia pueden iniciar su servicio en el sacerdocio cuando alcanzan la edad de doce años. Primero se les otorga el Sacerdocio Aarónico, y más tarde pueden reunir los requisitos para que se les confiera el Sacerdocio de Melquisedec. En distintas etapas de su vida y al prepararse para recibir distintas responsabilidades, poseen diferentes oficios en el sacerdocio, tales como diácono, maestro o presbítero en el Sacerdocio Aarónico y élder o sumo sacerdote en el Sacerdocio de Melquisedec.
Para que un varón miembro de la Iglesia posea el sacerdocio, un poseedor autorizado del sacerdocio debe conferírselo y ordenarlo a un oficio en ese sacerdocio (véase Hebreos 5:4; D. y C. 42:11; Artículos de fe 1:5).
Aunque la autoridad del sacerdocio sólo se otorga a los varones dignos que sean miembros de la Iglesia, las bendiciones del sacerdocio se hallan disponibles para todos: hombres, mujeres y niños. Todos nos beneficiamos por la influencia de líderes del sacerdocio rectos, y todos tenemos el privilegio de recibir las ordenanzas salvadoras del sacerdocio.
El ejercicio más importante del sacerdocio se lleva a cabo en la familia. Todo esposo y padre de la Iglesia debe esforzarse por ser digno de poseer el Sacerdocio de Melquisedec. Con su esposa, y como compañeros iguales, él preside con rectitud y amor, y presta servicio como líder espiritual de la familia; además, él dirige la familia en la oración diaria, en el estudio de las Escrituras y en la noche de hogar. Se esfuerza con su esposa para enseñar a los hijos y prepararles para recibir las ordenanzas de salvación (véase D. y C. 68:25-28); también da bendiciones del sacerdocio para guiar, sanar y consolar.
Muchos miembros no cuentan con poseedores fieles del sacerdocio de Melquisedec en el hogar; sin embargo, a través del servicio que prestan los maestros orientadores y los líderes del sacerdocio, todos los miembros de la Iglesia pueden disfrutar de las bendiciones del poder del sacerdocio en su vida.
Quórumes del sacerdocio
Un quórum del sacerdocio es un grupo organizado de hermanos que poseen el mismo oficio del sacerdocio. Los propósitos primordiales de los quórumes son servir a los demás, edificar la unión y la hermandad e instruirse unos a otros en la doctrina, los principios y los deberes.
Existen quórumes en todos los niveles de la organización de la Iglesia. El Presidente de la Iglesia y sus Consejeros integran el Quórum de la Primera Presidencia; los Doce Apóstoles también forman un quórum; los Setenta, tanto los que son Autoridades Generales como los que son Autoridades de Área, están organizados en quórumes. Todo presidente de estaca preside un quórum de sumos sacerdotes integrado por todos los sumos sacerdotes de la estaca; todo barrio o rama por lo general tiene quórumes de élderes, de presbíteros, de maestros y de diáconos; los sumos sacerdotes también están organizados en los barrios, y prestan servicio en grupos de sumos sacerdotes.
Orientación familiar
Desde el momento en que los poseedores del sacerdocio son ordenados al oficio de maestro, tienen la oportunidad y la responsabilidad de servir como maestros orientadores. De esa manera se esfuerzan por cumplir con el deber que tienen de “velar siempre por los miembros de la Iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos” (D. y C. 20:53).
Los maestros orientadores tienen el deber sagrado de ser el primer recurso de ayuda en la Iglesia para las personas solas y las familias, y visitan por lo menos una vez al mes a los miembros que se les hayan asignado. Al servir y al visitar a dichos miembros, apoyan a los padres en sus responsabilidades como tales, enseñan el Evangelio a todos los miembros de la familia, nutren amistades y ayudan a los miembros a prepararse para recibir las ordenanzas del templo y a vivir de tal manera que sean dignos de las bendiciones del Evangelio.
Los líderes de barrios y de ramas se aseguran de que se asignen maestros orientadores a toda familia o persona; además, se mantienen en contacto con los maestros orientadores para ayudar a cumplir las necesidades espirituales y temporales de cada uno de los miembros.
Llaves del sacerdocio
El ejercicio de la autoridad del sacerdocio en la Iglesia lo gobiernan los que poseen las llaves del sacerdocio (véase D. y C. 65:2; 124:123), quienes tienen el derecho de presidir y dirigir la Iglesia dentro de cierta jurisdicción. Por ejemplo, el obispo, posee las llaves del sacerdocio que le permiten presidir su barrio; por lo tanto, cuando un niño de ese barrio esté preparado para ser bautizado, la persona que lo bautiza debe recibir la autorización del obispo para hacerlo.
Jesucristo posee todas las llaves del sacerdocio. Él ha dado a Sus apóstoles las llaves necesarias para gobernar Su Iglesia. Únicamente el apóstol de mayor antigüedad, el Presidente de la Iglesia, puede usar esas llaves (o autorizar a otra persona para que lo haga) a fin de gobernar toda la Iglesia (véase D. y C. 43:1–4; 81:2; 132:7).
El Presidente de la Iglesia delega las llaves del sacerdocio a otros líderes del sacerdocio a fin de que presidan en sus áreas de responsabilidad. Las llaves del sacerdocio se otorgan a los presidentes de templos, misiones, estacas y distritos; y a los obispos; a los presidentes de rama; y a los presidentes de quórum. La persona que presta servicio en uno de esos llamamientos posee las llaves únicamente hasta que es relevada. Los consejeros no reciben llaves, pero sí reciben autoridad y responsabilidad en virtud de su llamamiento y asignación.
Ejercer el sacerdocio rectamente
Los poseedores del sacerdocio deben recordar que el sacerdocio debe ser una parte integral de su persona en todo momento y en toda circunstancia. No es como un abrigo que se pone y se quita cuando uno lo desee. Toda ordenación a un oficio del sacerdocio es un llamado a toda una vida de servicio, con la promesa de que el Señor capacitará a los sacerdotes para hacer Su obra de acuerdo con su fidelidad.
Los sacerdotes deben ser dignos para recibir y ejercer el poder del sacerdocio. Las palabras que usen y su conducta diaria afectarán su capacidad de prestar servicio. Su conducta en público debe ser intachable, pero su conducta en privado es aún más importante. Por medio del profeta José Smith, el Señor declaró que “los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud” (D. y C. 121:36).
Véase también Administración de la Iglesia; Ordenanzas; Sacerdocio Aarónico; Sacerdocio de Melquisedec; Restauración del Evangelio
—Véase Leales a la fe, 2004, págs. 163-168
Referencias de las Escrituras
Materiales adicionales para el estudio
-
“Las responsabilidades y el orden del sacerdocio”
Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: John Taylor, Capítulo 14 -
“La restauración del sacerdocio”
Deberes y bendiciones del sacerdocio, Parte A, Lección 3 -
“¿En qué se diferencian las creencias de los mormones a las de otros cristianos?”
Newsroom.lds.org -
“El sacerdocio”
Principios del Evangelio, Capítulo 13 -
“El llevar a cabo las ordenanzas del sacerdocio”
Deberes y bendiciones del sacerdocio, Parte B, Lección 5 -
“La importancia del sacerdocio”
La Mujer Santo de los Últimos Días, Parte A, Lección 11 -
“El sacerdocio: 'el poder de la divinidad' ”
Doctrina y Convenios y la Historia de la Iglesia, Doctrina del Evangelio: Manual para el maestro, Lección 25 -
“Sacerdocio”
Encyclopedia of Mormonism -
“Las llaves del sacerdocio”
Deberes y bendiciones del sacerdocio, Parte B, Lección 2 -
“Llaves del sacerdocio”
Encyclopedia of Mormonism -
“La organización del sacerdocio ”
Principios del Evangelio, Capítulo 14 -
“La restauración del sacerdocio”
Doctrina y Convenios y la Historia de la Iglesia, Doctrina del Evangelio: Manual para el maestro, Lección 8 -
“Sacerdocio”
Guía para el Estudio de las Escrituras -
“La organización y el gobierno de la Iglesia”
Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Brigham Young, Capítulo 20

