La verdad y la tolerancia

Devocional del SEI para jóvenes adultos • 11 de septiembre de 2011 • Universidad Brigham Young


 

Mis queridos jóvenes hermanos y hermanas, Kristen y yo nos sentimos privilegiados de estar con ustedes en esta significativa ocasión. Nos hallamos reunidos hoy, 11 de septiembre, cuando se cumple el décimo aniversario de un suceso que ha afectado profundamente nuestra vida y nuestra forma de pensar y lo seguirá haciendo por muchos años más. Es algo relacionado con las Torres Gemelas.

He sentido la inspiración de hablarles esta noche acerca de otro conjunto de gemelos: los conceptos gemelos de la Verdad y la Tolerancia. No se han escogido estos temas porque sean inquietudes exclusivas de los jóvenes adultos; como los son las salidas en pareja, el juntarse para pasar el rato y el matrimonio; los cuales describí ante esta audiencia hace unos años. Mi enfoque de la verdad y la tolerancia les invitará a considerar y enseñar estos dos temas gemelos porque son vitales para la nueva generación, de la que ustedes son los miembros mayores.

Creemos en la verdad absoluta

Primero: la verdad. Creemos en la verdad absoluta, lo que incluye la existencia de Dios y del bien y del mal, como se han establecido en Sus mandamientos. Nosotros cantamos:

Aunque cielo y tierra dejaran de ser,
la verdad, la esencia de todo vivir,
Seguiría por siempre jamás1.

En palabras del presidente Joseph F. Smith:·“Creemos en toda la verdad, pese al asunto que se refiera. Ninguna secta o denominación religiosa del mundo posee un solo principio de verdad que no aceptemos o que rechacemos. Estamos dispuestos a recibir toda verdad, sea cual fuere la fuente de donde provenga, porque la verdad se sostendrá, la verdad perdurará”2.

La existencia y la naturaleza de la verdad es una de las preguntas fundamentales de la vida mortal. Al gobernador romano Pilato, Jesús le dijo que Él había venido al mundo “para dar testimonio de la verdad”. “¿Qué es la verdad?”, le respondió ese incrédulo (véase Juan 18:37–38). Anteriormente el Salvador había declarado: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida” (Juan 14:6). En la revelación moderna Él declaró: “La verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser” (D. y C. 93:24).

Mis jóvenes hermanos y hermanas, sabemos que la existencia de Dios y la existencia de la verdad absoluta son fundamentales para la vida sobre esta tierra, bien sea que se crea en ello o no. También sabemos que existe el mal y que algunas cosas son simple, grave y perpetuamente incorrectas. Ustedes, a quienes me dirijo, evitan el mal y buscan la verdad. Reconozco sus obras rectas y sus deseos justos. Como Apóstol del Señor Jesucristo, procuro ayudarles a tomar decisiones correctas en un mundo que se polariza más y más entre la fe y la incredulidad, entre el bien y el mal.

Las impactantes noticias de los últimos dos meses acerca de robos y engaños a gran escala en las sociedades civilizadas dan indicios de que hay un vacío moral en el que muchas personas poseen poco sentido sobre el bien y el mal. El mes pasado, los masivos disturbios y saqueos en Inglaterra, y las trampas en los exámenes estatales ampliamente difundidas que hicieron los maestros de primaria y secundaria en Atlanta, Georgia, hacen que muchos se pregunten si estamos perdiendo el cimiento moral que el mundo occidental obtuvo de su herencia judeocristiana3.

Cuídense del relativismo moral

Está bien que nos preocupemos por nuestro cimiento moral. Vivimos en un mundo donde cada vez hay más personas de influencia que enseñan y actúan con la creencia de que no hay un bien y un mal absolutos; que toda autoridad y toda regla de comportamiento constituyen decisiones que hace el hombre y que pueden anteponerse a los mandamientos de Dios. Muchos cuestionan incluso que hay un Dios.

La filosofía del relativismo moral, que sostiene que cada quien es libre de determinar por sí mismo lo que es bueno y malo, se está convirtiendo en el credo extraoficial de muchas personas en los Estados Unidos y en otras naciones occidentales. En su grado extremo, las perversidades que antes se localizaban y ocultaban como una llaga, ahora se legalizan y exhiben como un estandarte. Persuadidos por esta filosofía, muchos de los de la nueva generación —jóvenes y jóvenes adultos— están atrapados en los placeres autocomplacientes, las perforaciones y los tatuajes paganos de las partes del cuerpo, el lenguaje soez, la vestimenta atrevida, la pornografía, la deshonestidad y la indulgencia sexual degradante.

Existe un alarmante contraste entre las generaciones jóvenes y las anteriores en cuanto a la creencia fundamental en el bien y el mal. De acuerdo con los datos de encuestas de hace dos décadas el “79 por ciento de los estadounidenses adultos [creían] que ‘existen pautas claras sobre lo que es bueno y malo que se aplican a todos independientemente de la situación’”4. En cambio, un sondeo más reciente entre estudiantes universitarios indica que “tres cuartas partes piensan que las diferencias entre el bien y el mal son relativas”5.

Muchos líderes religiosos enseñan la existencia de Dios como Legislador Supremo, por cuya acción cierto comportamiento es absolutamente correcto y verdadero, mientras que otro comportamiento es absolutamente incorrecto y falso6. Los profetas de la Biblia y El Libro de Mormón predijeron esta época cuando los hombres serían “amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:4) y, de hecho, cuando negarían a Dios ( véase Judas 1:4; 2 Nefi 28:5; Moroni 7:17; D. y C. 29:22).

Ante estas difíciles circunstancias, los que creemos en Dios y en la consiguiente verdad del bien y del mal absolutos, tenemos el desafío de vivir en un mundo ateo y cada vez más inmoral. En esta situación, todos nosotros —y en particular ustedes los de la nueva generación— tenemos el deber de levantarnos y hablar para afirmar que Dios existe y que hay verdades absolutas establecidas por Sus mandamientos. Al actuar así, los Santos de los Últimos Días nos apoyamos sobre la verdad que cantamos en el himno que cité anteriormente:

Mas eterno será el pilar de verdad,
Y su firme baluarte jamás caerá,
Para siempre tendrá gran poder7.

Al dirigirme a una audiencia de jóvenes dedicados, sé que algunos de ustedes estarán preguntándose por qué estoy hablando de algo que les resulta obvio y que piensan que es obvio para los demás. Recuerden los resultados de la encuesta que mencioné, que indican que tres cuartas partes de los estudiantes universitarios creen que las diferencias entre el bien y el mal son relativas.

He escogido hablar sobre la verdad porque los maestros en las escuelas, academias y universidades están enseñando y practicando la moralidad relativa. Esto está moldeando las actitudes de muchos jóvenes estadounidenses que van ocupando los puestos de maestros de nuestros hijos y los formadores de actitudes públicas a través de los medios de comunicación y del entretenimiento popular. Esta filosofía del relativismo moral es una negación de lo que millones de creyentes cristianos, judíos y musulmanes sostienen como fundamental, y esa negación genera serios problemas para todos nosotros. Lo que los creyentes deben hacer al respecto, da pie al segundo de mis temas gemelos: la tolerancia.

La tolerancia

Se define la tolerancia como una actitud amistosa y justa hacia las opiniones y prácticas poco comunes o hacia las personas que las sostienen o practican. Tenemos una mayor necesidad de tolerancia, toda vez que los medios de transporte y comunicación nos han acercado a todos a pueblos e ideas diferentes. Cuando yo era un adulto joven, hace 60 años, la mayoría de los estadounidenses sólo podía enterarse sobre las grandes diferencias entre culturas, valores y pueblos por medio de libros y revistas. Hoy en día, vemos tales diferencias en la televisión, internet y muchas veces en relaciones interpersonales directas en nuestros vecindarios y supermercados.

Esta mayor exposición a la diversidad, por un lado enriquece, y por otro complica nuestra vida. Nos enriquece el contacto con pueblos diferentes, al recordarnos la maravillosa diversidad de los hijos de Dios. Pero las diferencias en culturas y valores plantean el desafío de identificar aquello que podemos adoptar que sea congruente con nuestra cultura y valores del Evangelio, y lo que no podemos adoptar. De esta forma, la diversidad incrementa las probabilidades de conflictos y exige que seamos más conscientes de la naturaleza de la tolerancia. ¿Qué es la tolerancia, cuándo se aplica y cuándo no?

Ésta es una interrogante más difícil para los que afirman la existencia de Dios y la verdad absoluta, que para aquellos que creen en el relativismo moral. Mientras uno tenga menos fe en Dios y menos valores morales absolutos, menores serán las ocasiones en que las ideas o prácticas de los demás le presente a uno el reto de ser tolerante. Por ejemplo, un ateo no tiene que decidir qué tipos de obscenidades o blasfemias, y qué ocasiones en las que se practiquen, pueden tolerarse y cuáles deben confrontarse. Las personas que no crean en Dios ni en la verdad absoluta en asuntos morales, pueden verse a sí mismas como las personas más tolerantes. Para ellos, casi cualquier cosa está bien. “Usted hace sus cosas y yo hago las mías”, es el argumento popular. Este sistema de creencias puede tolerar casi cualquier conducta y persona. Desafortunadamente, algunos de los que creen en el relativismo moral parecen tener dificultades para tolerar a quienes insisten que hay un Dios que debe respetarse y ciertas verdades morales absolutas que deben observarse.

Tres verdades absolutas en cuanto a la tolerancia

No diré nada más sobre la tolerancia o la intolerancia de los no creyentes. Me dirijo a una audiencia de Santos de los Últimos Días que creen en Dios y en la verdad absoluta. ¿Qué significa la tolerancia para nosotros y para otros creyentes, y cuáles son nuestros desafíos particulares al ejercerla?

Comenzaré con tres verdades absolutas. Las expreso en mi condición de Apóstol del Señor Jesucristo, pero creo que la mayoría de estas ideas las comparten todos los creyentes.

Primero, ante Dios todas las personas son hermanos y hermanas y han sido enseñadas en sus diversas religiones a amar y hacer el bien el uno al otro. El presidente Gordon B. Hinckley expresó este concepto a los Santos de los Últimos Días: “Cada uno de nosotros (de diversas denominaciones religiosas) cree en la paternidad de Dios, aunque podamos diferir en nuestras interpretaciones de Él. Cada uno de nosotros forma parte de una gran familia, la familia humana, en calidad de hijos e hijas de Dios, por lo tanto, de hermanos y hermanas. Debemos esforzarnos más por edificar el respeto mutuo y una actitud de indulgencia con tolerancia del uno por el otro, sin importar las doctrinas y filosofías que podamos sostener”8.

Noten que el presidente Hinckley hablaba sobre el “respeto mutuo”, así como de tolerancia. Hablando en BYU una década más tarde, el erudito musulmán, Dr. Alwi Shibah, de Indonesia, expresó esa idea en estas palabras: “Tolerar algo es aprender a vivir con eso, aun cuando piense que es incorrecto y completamente malo… Pienso que debemos ir más allá de la tolerancia, si hemos de lograr armonía en nuestro mundo”.

Apoyándose en las enseñanzas del Corán, el Dr. Shihab continuó: “Debemos respetar esa dignidad divina de cada ser humano, incluso de nuestros enemigos, ya que la meta de toda relación humana, sea religiosa, social, política o económica, debe ser la cooperación y el respeto mutuo”9.

La convivencia dentro de un clima de respeto mutuo hacia las diferencias, es un desafío en el mundo actual. Sin embargo, y aquí expreso una segunda verdad absoluta, el vivir con las diferencias es lo que el evangelio de Jesucristo nos enseña que debemos hacer.

Jesús enseñó que el reino de los cielos es semejante a la levadura (véase Mateo 13:33). La levadura se esconde en la masa hasta que toda queda leudada, es decir, es elevada por su influencia. Nuestro Salvador también enseñó que Sus discípulos tendrán aflicción en el mundo, que sus números y dominios serán pequeños (véase 1 Nefi 14:12) y que serán aborrecidos porque no son del mundo (véase Juan 17:14). Pero ésa es nuestra función. Somos llamados a vivir con otros hijos de Dios que no comparten nuestra fe ni nuestros valores, y que no tienen las obligaciones que hemos asumido por convenio. Así fue que al término de Su ministerio, Jesús oró al Padre: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15). Debemos estar en el mundo, pero no ser del mundo.

Puesto que se manda a los seguidores de Jesucristo a ser como levadura —que no se les quite del mundo sino que permanezcan en él—, debemos procurar la tolerancia de aquellos que nos aborrecen por no ser del mundo. Como parte de ello, algunas veces tendremos que desafiar las leyes que afectarían nuestra libertad de practicar nuestra fe, apoyándonos en los derechos constitucionales del libre ejercicio de la religión. Como lo dijo un abogado que representa una escuela luterana en un caso que está ahora ante la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, la preocupación principal es “la habilidad que las personas de todo credo tengan de desarrollar su relación con Dios y con los demás, sin que el gobierno tenga que estar vigilándolos”10. Por eso necesitaremos comprensión y apoyo, incluso de ustedes, cuando tengamos que defender la libertad religiosa.

También debemos practicar la tolerancia y el respeto hacia los demás. Como enseñó el apóstol Pablo, los cristianos deben “[seguir] lo que conduce a la paz” (Romanos 14:19) y, en lo posible, “[tener] paz con todos los hombres” (Romanos 12:18). Por consiguiente, debemos estar alerta para reconocer lo bueno que veamos en todas las personas, y en muchas opiniones y prácticas que difieren de las nuestras. Como enseña el Libro de Mormón:

“…todo lo que es bueno viene de Dios…

“…de manera que todo aquello que invita e induce a hacer lo bueno, y a amar a Dios y a servirle, es inspirado por Dios.

“Tened cuidado…, de que no juzguéis… que lo que es bueno y de Dios sea del diablo” (Moroni 7:12–14).

Esta actitud hacia las diferencias producirá tolerancia y también respeto.

Nuestra tolerancia y respeto hacia los demás y sus creencias no nos lleva a abandonar nuestro compromiso con las verdades que comprendemos y los convenios que hemos hecho. Ésta es una tercera verdad absoluta: Nosotros no abandonamos la verdad ni a nuestros convenios. Somos enviados a ser combatientes en la guerra entre la verdad y el error. No hay terreno neutral. Debemos defender la verdad, aun cuando practiquemos la tolerancia y el respeto hacia las creencias e ideas que difieran de las nuestras y hacia las personas que las sustenten.

Si bien debemos ejercer la tolerancia y el respeto hacia otras personas y sus creencias, incluso hacia su libertad constitucional para exponer y defender sus posturas, no se nos requiere respetar ni tolerar la conducta incorrecta. Nuestro deber para con la verdad exige que busquemos librarnos de algunas conductas que son incorrectas. Es fácil visualizarlo cuando ello implica conductas extremas que la mayoría de los creyentes y no creyentes reconocen como malas o inaceptables. Por ejemplo, todos debemos deplorar el asesinato y otras actividades terroristas, aun cuando las realicen extremistas en nombre de la religión. Asimismo todos debemos oponernos a la violencia y al robo.

La moneda de dos caras: la tolerancia y la verdad

Resulta mucho más difícil definir la naturaleza y el grado de lo que debemos tolerar en aquellas conductas menos extremas, donde aun los creyentes no concuerdan en si son malas o no. Por ello, una reflexiva mujer SUD me escribió acerca de su preocupación porque “la definición que da el mundo de ‘tolerancia’ parece tender a usarse cada vez más para justificar estilos de vida inicuos”. Ella preguntó cómo definiría el Señor la “tolerancia”11.

El presidente Boyd K. Packer hizo una inspirada introducción a este tema. Hace tres años, ante una audiencia de alumnos de instituto, él dijo:“La palabra tolerancia no se sostiene sola. Precisa de un objeto y una respuesta para que pueda considerársele una virtud… La tolerancia es muy demandada pero rara vez correspondida. Estén atentos de la palabra tolerancia. Es una virtud muy inestable”12.

Esta inspirada advertencia nos recuerda que para las personas que creen en la verdad absoluta, la tolerancia a la conducta es como una moneda de dos caras. En una cara están la tolerancia o el respeto, pero en la otra está siempre la verdad. No pueden poseer o utilizar la moneda de la tolerancia sin ser consciente de las dos caras.

Nuestro Salvador aplicaba este principio. Al dirigirse a la mujer sorprendida en adulterio, Jesús habló las palabras consoladoras de la tolerancia: “Ni yo te condeno”. Luego, al despedirla, Él dijo las imperiosas palabras de la verdad: “Vete, y no peques más” (Juan 8:11). Todos debemos edificarnos y fortalecernos con este ejemplo sobre el expresar tanto la tolerancia como la verdad: amabilidad en la comunicación, pero firmeza en la verdad.

Cómo hacer frente a las obscenidades, la cohabitación (concubinato) y la violación del día de reposo con la verdad y la tolerancia

Consideremos cómo aplicar ese ejemplo a otros comportamientos. Otro juicioso miembro SUD escribió:

“En Mosíah 18:9 Alma nos dice que al bautizarnos hacemos convenio de ‘ser “testigos” de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar que estuvieseis…’ ¿Qué significa este pasaje en nuestros días y cómo lo pueden aplicar los Santos de los Últimos Días?

“Por vivir en el campo misional, escucho a menudo cómo se toma el nombre de Dios en vano y tengo conocidas que me cuentan que conviven con su novio. He visto que la observancia del día de reposo está casi obsoleta. ¿Cómo puedo cumplir con mi convenio de ser un testigo sin ofender a estas personas?”13.

Las obscenidades, la cohabitación y la violación del día de reposo son excelentes ejemplos para ilustrar cómo los Santos de los Últimos Días pueden equilibrar los deberes encontrados que tienen para con la verdad y con la tolerancia en esas difíciles circunstancias.

Comenzaré por nuestra conducta personal, incluyendo la enseñanza de nuestros hijos. Al aplicar las demandas, a veces en conflicto, de la verdad y la tolerancia a estos tres comportamientos y otros más, no debemos ser tolerantes con nosotros mismos. Debemos regirnos por las demandas de la verdad. Debemos ser fuertes en guardar los mandamientos y nuestros convenios, y debemos arrepentirnos y mejorar cuando fallemos.

El presidente Monson nos enseñó en la conferencia en que fue sostenido como profeta: “Mis jóvenes amigos, sean fuertes… Hoy día, la cara del pecado muchas veces lleva la máscara de la tolerancia. No sean engañados; detrás de esa fachada está la congoja, la desdicha y el dolor. Ustedes saben lo que es bueno y lo que es malo, y ningún disfraz, no importa cuán atractivo sea, puede cambiar ese hecho. El carácter de la transgresión sigue siendo el mismo. Si los que supuestamente son sus amigos los instan a hacer algo que ustedes saben que es malo, sean ustedes los que defiendan lo correcto, aunque tengan que estar solos”14.

Asimismo, nuestro deber para con la verdad es primordial en lo referente a la enseñanza de nuestros hijos y de otros a quienes tenemos el deber de enseñar, como en los llamamientos de la Iglesia. Desde luego, los esfuerzos por enseñar principios sólo dan fruto por medio del albedrío de otros, por lo que se debe actuar con amor, paciencia y persuasión.

Hablaré ahora de las obligaciones hacia la verdad y la tolerancia en nuestras relaciones personales con compañeros que dicen obscenidades en nuestra presencia, que conviven con una pareja fuera del matrimonio o que no observan el día de reposo debidamente. ¿Cómo debemos reaccionar y comunicarnos con ellos?

Nuestro compromiso con la tolerancia implica que ninguna de esas conductas, ni ninguna otra que consideremos como apartadas de la verdad, deben causar jamás que reaccionemos con comunicaciones llenas de odio ni acciones descorteses. Pero nuestro compromiso con la verdad tiene su propia lista de requisitos y su propia lista de bendiciones. Cuando hablamos “verdad cada uno con su prójimo” (Efesios 4:15) y “[hablamos] la verdad en amor” (Efesios 4:15), como enseñó el apóstol Pablo, estamos actuando como siervos del Señor Jesucristo y estamos haciendo Su obra. Los ángeles estarán con nosotros y Él enviará de Su Santo Espíritu para guiarnos.

En este tema delicado, debemos primero determinar si debemos conversar con nuestros compañeros sobre la verdad que sabemos sobre su comportamiento. En la mayoría de los casos, esa decisión dependerá de cuán directamente estemos afectados por ello de forma personal.

Las obscenidades que se dicen constantemente en nuestra presencia, constituyen una causa adecuada para manifestar el hecho de que nos resulta ofensivo. Las obscenidades que expresen los incrédulos en nuestra ausencia quizás no sean una ocasión para que confrontemos a los ofensores.

Sabemos que la cohabitación [o concubinato] es un pecado grave, en el que los Santos de los Últimos Días no deben involucrarse bajo ninguna circunstancia. Si se practica en nuestro entorno, puede tratarse de una conducta privada o algo que se nos pida tolerar, auspiciar o facilitar. En el balance entre la verdad y la tolerancia, puede dominar la tolerancia cuando esa conducta no nos involucra personalmente. Pero si la cohabitación nos involucra de forma personal, debemos regirnos por nuestro deber hacia la verdad. Por ejemplo, una cosa es ignorar pecados graves que se cometan en privado, y otra muy distinta es que se nos pida que los auspiciemos o los aprobemos implícitamente, por ejemplo, al alojarlos en nuestro hogar.

En cuanto a la observancia del día de reposo, los Santos de los Últimos Días saben que se nos enseña a guardar ese día en forma diferente a muchos otros cristianos. La mayoría de nosotros se aflige al ver los centros comerciales repletos y otras actividades comerciales en el día de reposo. Quizás debamos explicar nuestra creencia de que guardar el día de reposo, que incluye el tomar la Santa Cena, nos restaura espiritualmente y nos hace mejores para el resto de la semana. Podemos manifestar gratitud a otros creyentes por el hecho de tener en común asuntos fundamentales, porque cada uno de nosotros cree en Dios y en la existencia de la verdad absoluta, aun cuando difiramos en nuestras definiciones de esos principios fundamentales. Por lo demás, debemos recordar la enseñanza del Salvador de que debemos evitar la contención (véase 3 Nefi 11:29–30) y que nuestro ejemplo y predicación sean “la voz de amonestación, cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad” (D. y C. 38:41).

En todo esto no debemos emitir juicios sobre nuestros semejantes o compañeros en cuanto al efecto final de sus comportamientos. Ese juicio es del Señor, no nuestro. Aun Él se abstuvo de emitir un juicio final en la mortalidad sobre la mujer sorprendida en adulterio. La tolerancia exige que nos abstengamos igualmente de juzgar a los demás.

Cuatro principios de la verdad y la tolerancia al procurar acciones gubernamentales

Habiendo analizado el equilibrio entre la verdad y la tolerancia en nuestra conducta personal y en la relación con nuestros compañeros, prosigo ahora con otro aspecto que es más complejo. Cuando, motivados por su fe, los creyentes entran en el debate público para tratar de influir en la promulgación y administración de leyes, ellos deben aplicar algunos principios diferentes.

Como jóvenes adultos, quizás se estén preguntando por qué les estoy hablando acerca de los principios que debemos seguir cuando procuramos acciones gubernamentales, tales como las que podría tomar el poder legislativo. Ustedes podrán decir: “Ése es un asunto que concierne a las Autoridades Generales de la Iglesia”. Les describo estos principios, jóvenes adultos, porque ustedes son miembros actuales y futuros líderes de la Iglesia de Jesucristo y tendrán que decidir sobre este tipo de temáticas más pronto de lo que piensan. Es preciso que comprendan cómo nuestro accionar en el debate público está regido por el balance entre la verdad y la tolerancia.

Los minutos finales de mi discurso no alcanzarán para tratar apropiadamente el tema de si deberíamos procurar la creación de leyes que impongan o influyan en algún comportamiento que consideremos deseable por motivo de nuestra creencia en Dios y en Sus mandamientos, y cómo deberíamos hacerlo. Me limitaré, por tanto, a describir cuatro principios primordiales que deben regir tales esfuerzos.

Primero, cuando los creyentes en Jesucristo llevan sus opiniones de la verdad al debate público, deben procurar la inspiración del Señor para ser selectivos y sabios al escoger los principios verdaderos que desean fomentar por medio de acciones legislativas o ejecutivas. Por lo general, deben abstenerse de procurar leyes o acciones administrativas que favorezcan creencias que son particulares de los creyentes, tales como el imponer actos de adoración, aun por implicación. Los creyentes pueden ser menos cautos al procurar acciones gubernamentales que sirvan a principios más amplios que la mera facilitación del ejercicio de sus creencias, tales como leyes relacionadas con la salud pública, la seguridad y la moral.

En todo caso, como defensores de la fe, los creyentes pueden y deben procurar leyes que preserven la libertad religiosa. Junto con el aumento del relativismo moral, en los Estados Unidos se está experimentando una preocupante disminución de la estima pública por la religión. Aunque antes formaba parte de la vida del país, la religión ahora causa desconfianza en la mente de muchos. Para ellos se ha convertido en algo que debe probar su legitimidad como parte de nuestra vida pública. Algunas voces influyentes incluso cuestionan el alcance de la protección que nuestra constitución debe brindar al libre ejercicio de la religión, aun al derecho de practicar y predicar principios religiosos.

Éste es un asunto vital en el que debemos unirnos las personas que creemos en un Ser Supremo que ha establecido en forma absoluta el bien y el mal en el comportamiento humano, a fin de insistir en nuestro derecho consagrado en la constitución de ejercer nuestra religión, ejercer el derecho al voto en asuntos públicos y de participar en elecciones y debates en la palestra pública y en las cortes de justicia. Al proceder de este modo, los ángeles nos acompañarán. También debemos unir nuestro esfuerzo al de otros creyentes, a fin de preservar y fortalecer la libertad de defender y practicar nuestras creencias religiosas, sean cuales fueren. Por este motivo debemos andar juntos por la misma senda para asegurar nuestra libertad de poder seguir caminos diferentes, cuando sea preciso, de acuerdo con nuestras creencias independientes. Guiados por los cielos en esta causa justa, nuestras palabras serán dulces y serán acogidas en el corazón de muchos.

Segundo, cuando los creyentes procuren fomentar sus posiciones en el debate público, en sus métodos y en su defensa deben ser siempre tolerantes en cuanto a las opiniones y posiciones de los que no comparten sus creencias. No debemos contribuir al extremismo que divide a nuestra sociedad. Como creyentes, siempre debemos expresarnos con amor y mostrar paciencia, comprensión y compasión por nuestros adversarios. Los cristianos deben cumplir el mandamiento de amar a su prójimo (véase Lucas 10:27), deben perdonar (véase Mateo 18:21–35) y hacer el bien a aquellos que les ultrajan (véase Mateo 5:44), deben recordar siempre la enseñanza del Salvador de “bendeci[r] a los que [n]os maldicen, hace[r] bien a los que [n]os aborrecen, y ora[r] por los que [n]os ultrajan y [n]os persiguen” (Mateo 5:44).

Como creyentes debemos formular nuestros argumentos y posiciones de forma tal que contribuyan al análisis y al ajuste razonables, que son esenciales para el gobierno democrático en una sociedad pluralista. Por esos medios contribuiremos al civismo que es imprescindible para preservar nuestra civilización.

Tercero, los creyentes no deben desalentarse ante la acusación frecuente de que están tratando de legislar la moralidad. Muchos ámbitos de la ley se basan en la moralidad judeocristiana y esto ha sido así por siglos. Nuestra civilización se basa en la moralidad y no puede existir sin ella. Como lo declaró John Adams: “Nuestra Constitución fue concebida únicamente para un pueblo moral y religioso. Es totalmente inadecuada para el gobierno de otro [tipo de pueblo]”15.

Cuarto, los creyentes no deben retraerse de procurar leyes que preserven las condiciones públicas o políticas que les ayuden a practicar las exigencias de su fe, donde estas condiciones o políticas sean igualmente favorables para la salud, la seguridad o la moral públicas. Por ejemplo, si bien las creencias religiosas están en el trasfondo de muchas leyes penales, y algunas relacionadas con la familia, tales leyes tienen una larga historia de idoneidad en las sociedades democráticas. En los sitios donde los creyentes son mayoría, éstos deben ser considerados con los puntos de vista de las minorías.

A los Santos de los Últimos Días a veces se nos acusa de ser petulantes e intolerantes hacia los demás, especialmente cuando representamos una mayoría o cuando otros son mayoría y nuestras creencias nos hacen contrariarlos. Seguramente los Santos de los Últimos Días tenemos que ser más sabios y diestros para explicar y defender nuestras opiniones y al ejercer nuestra influencia cuando la tenemos.

Éste es el espíritu de la moneda de dos caras de la verdad y la tolerancia. El presidente Thomas S. Monson ha brindado un excelente ejemplo del ejercicio de esas virtudes gemelas. A lo largo de su vida ha sabido abordar a miembros y líderes de otros credos religiosos y coordinar esfuerzos cooperativos con ellos en materias de interés común y en el hermanamiento y la preocupación cristianos que superan cualquier frontera confesional16.

Por último, el espíritu del equilibrio que debemos tener entre la verdad y la tolerancia se aplica en estas palabras del presidente Gordon B. Hinckley: “Acerquémonos a aquellos en nuestras comunidades que no son de nuestra fe. Seamos buenos vecinos, amables, generosos y misericordiosos. Participemos en buenas causas en la comunidad. Puede haber situaciones, habrá situaciones, en las que estén en juego serios asuntos morales y donde no podemos ser flexibles en materia de principios. Pero en tales casos, podemos mostrar cortésmente nuestro desacuerdo, sin ser desconsiderados. Podemos reconocer la sinceridad de aquellos cuyas posiciones no podemos aceptar. Podemos hablar de principios, en vez de personas influyentes”17.

El don de saber y el don de creer

Concluyo con esta convicción y este testimonio:

La Biblia enseña que una de las funciones de un profeta es ser un “atalaya” para advertir a Israel (véase Ezequiel 3:17; 33:7). En una revelación el Señor agregó esta parábola para la Sión actual: “…edificad una torre para que uno… sea el atalaya,” para ver “al enemigo cuando todavía est[é] lejos;” y dé la advertencia para salvar la “viña de la mano del destructor” (D. y C. 101:45, 54).

Les he hablado, como uno de esos atalayas, sobre el tema que el Espíritu me ha asignado. Les aseguro que mi mensaje es verdadero. Si tienen dudas al respecto, o si tienen inquietudes en cuanto a la aplicación de estos principios en su propia vida, les exhorto a que procuren la guía de la misma fuente.

En cuanto al tema más amplio que los ateos de nuestros días tanto revuelven, ¡yo proclamo mi conocimiento de que Dios vive! Sus creaciones dan testimonio de Su existencia y Sus siervos escuchan y proclaman Su voz. La revelación moderna enseña que algunos tienen el don de “saber que Jesucristo es el Hijo de Dios… que fue crucificado por los pecados del mundo” y a otros les es dado “creer en las palabras que aquéllos” (D. y C. 46:13–14). Como uno que sabe, les invito a creer en mis palabras.

Testifico de Jesucristo, el Señor de la viña. Él es nuestro Salvador y Él se acerca a cada uno de nosotros con la invitación permanente a recibir Su paz, al aprender de Él y andar en Su camino (véase D. y C. 19:23):

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

“Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30).

En el nombre de Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.   1.

    “¿Qué es la verdad?” Himnos, Nº 177.

  2.   2.

    Véase Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, 1978, pág. 1.

  3.   3.

    Véase “Anarchy in the UK”, The Economist, 13 de agosto de 2011, pág. 14; Patrick Jonsson, “Is the US a Nation of Liars?” The Christian Science Monitor, 25 de julio de 2011, pág. 20.

  4.   4.

    Stephen L. Carter, The Culture of Disbelief: How American Law and Politics Trivialize Religious Devotion, 1993, pág. 225.

  5.   5.

    “Campus Confidential”, The Wall Street Journal, 5 de julio de 2002, pág. W11.

  6.   6.

    Véase, por ejemplo, John Paul II: The Encyclicals in Everyday Language, tercera edición, editado por Joseph G. Donders, 2005, págs. 210–213; Harold Kushner, Who Needs God, 1989, págs. 83–84.

  7.   7.

    “¿Qué es la verdad?” Himnos, Nº 177.

  8.   8.

    Gordon B. Hinckley, Teachings of Gordon B. Hinckley, 1997, pág. 665.

  9.   9.

    Alwi Shihab, Building Bridges to Harmony Through Understanding, ponencia en un foro en la Universidad Brigham Young, 10 de octubre de 2006, http://speeches.byu.edu/reader/reader.php?id=11324.

  10.   10.

    Eric Rassbach, citado en William McGurn, “Religion and the Cult of Tolerance,” The Wall Street Journal, 16 de agosto de 2011, pág. A11.

  11.   11.

    Correspondencia a Dallin H. Oaks, 14 de mayo de 1998.

  12.   12.

    Boyd K. Packer, “Be Not Afraid”, discurso pronunciado en el Instituto de Religión de Ogden, 16 de noviembre de 2008, pág. 5; véase también Bruce D. Porter, “Defending the Family in a Troubled World,” Ensign, junio de 2011, págs. 12–18.

  13.   13.

    Correspondencia a Dallin H. Oaks, 22 de diciembre de 1987.

  14.   14.

    Thomas S. Monson, “Ejemplos de rectitud”, Liahona, mayo de 2008, pág. 65.

  15.   15.

    John Adams, de un discurso dirigido a los oficiales de la milicia de Massachusetts, 11 de octubre de 1798, en The Works of John Adams, Second President of the United States, editado por Charles Francis Adams, 10 tomos, 1856, Tomo. IX, pág. 229.

  16.   16.

    Véase Heidi S. Swinton, To the Rescue: The Biography of Thomas S. Monson, 2010, especialmente los capítulos 25 y 28, y las págs. 462–463.

  17.   17.

    Gordon B. Hinckley, Teachings of Gordon B. Hinckley, pág. 662.