Israel, Jesús os llama

Élder Jeffrey R. Holland

Del Quórum de los Doce Apóstoles


 
Miembro del Quórum de los Doce

Dondequiera que estén en esta gran Iglesia, bienvenidos a la transmisión del servicio devocional. Gracias por interesarse lo suficiente para asistir, incluso ustedes que están aquí en mi pueblo natal en el campus de Dixie State College.

Se han hecho muchos llamados a salir de Babilonia

Para invitar la presencia del Espíritu, pedí el himno que cantamos: “Israel, Jesús os llama”. Es uno de los grandes himnos clásicos de la Restauración y establece el fundamento de mucho de lo que quiero decirles en esta ocasión. Podríamos haber agregado “Oh élderes de Israel” con el mismo propósito. Me encanta escuchar a los misioneros en todo el mundo cantar a plena voz, “Adiós, oh Babilonia; vamos ya a marchar. Iremos al monte de paz a morar” 1. El mensaje de esos dos himnos es esencialmente el mismo: que Dios siempre llama a los hijos de Israel a un lugar donde, al final, todo estará bien.

Israel, Jesús os llama
de las tierras de pesar.
Babilonia va cayendo;
Dios sus torres volcará.
A Sión venid, pues, prestos;
en sus centros paz gozad…
A Sión venid, pues, prestos,
y cantad a Dios loor2.

En efecto, esa ha sido la historia de Israel a través de las épocas. Cuando se volvía muy pecaminosa o había demasiada corrupción o la vida con los gentiles destruía el código moral y los mandamientos que Dios había dado, se mandaba a los hijos del convenio huir al desierto para restablecer Sión y comenzar de nuevo.

En el Antiguo Testamento, Abraham, padre de este convenio, tuvo que huir de Caldea, literalmente Babilonia, para salvar su vida y buscar una vida consagrada en Canaán (que ahora llamamos la Tierra Santa)3. En pocas generaciones los descendientes de Abraham (y de Isaac y Jacob), que para entonces eran israelitas, perdieron su Sión y eran esclavos en el lejano Egipto pagano4. Entonces el Señor tuvo que levantar a Moisés para llevar a los hijos de la promesa al desierto de nuevo, esta vez a medianoche sin siquiera tener tiempo para que la masa de pan leudara. Seguramente cantaron a su manera, “Israel, Jesús os habla; escuchad al Salvador”5.

Pocos siglos después, se desarrolla una historia de interés especial para nosotros cuando a una de esas familias israelitas, encabezada por el profeta Lehi, se le mandó huir de la amada Jerusalén porque Babilonia estaba de nuevo a las puertas6. ¡Y lo mismo volvió a pasar! Ellos no sabían que irían a un continente totalmente nuevo para establecer un concepto enteramente nuevo de Sión7, pero así sucedería, ni tampoco sabían que ya antes había ocurrido algo similar con un grupo de sus antepasados llamados los jareditas8.

Como se dijo, ésta es una transmisión mundial a una Iglesia cada vez más internacional, pero para todo el que celebra la Restauración del Evangelio es de interés el que la colonización de América se originara con un grupo que huía de su patria para adorar como deseaba hacerlo. Un erudito distinguido de la colonia puritana de América describió esa experiencia como la “misión [del cristianismo] en el desierto”, el esfuerzo de los israelitas de nuestros tiempos por librarse de la impiedad del Viejo Mundo y buscar de nuevo los caminos del cielo en una tierra nueva9.

Para los fines de esta noche, les recuerdo una última huida, para la cual se compuso el himno que cantamos. Fue nuestra propia Iglesia, guiada por nuestros propios profetas y dirigiendo a nuestros antepasados religiosos. Al ser perseguido José Smith en los estados de Nueva York, Pensilvania, Ohio, Misuri, y al ser finalmente asesinado en Illinois, vemos la representación en los últimos días de los hijos de Israel que de nuevo buscaban aislamiento. Brigham Young, el Moisés americano, como se le ha nombrado con admiración, llevó a los santos a los valles de las montañas mientras los santos cansados cantaban:

Hacia el sol, do Dios lo preparó,
buscaremos lugar
Do, libres ya de miedo y dolor,
nos permitan morar10.

Sión. La tierra prometida. La Nueva Jerusalén. ¿Dónde se encuentra? No estamos seguros, pero la hallaremos. Durante más de 4.000 años de historia de hacer convenios, éste ha sido el modelo: huir y buscar. Correr y poblar. Escapar de Babilonia. Edificar los muros de protección de Sión.

Hasta ahora. Hasta esta noche. Hasta nuestros días.

Nuestro llamamiento es el de edificar Sión donde estemos

Una de las muchas características singulares de nuestra dispensación de la plenitud de los tiempos —la última y la más grande de todas las dispensaciones— es la naturaleza cambiante de la forma en que establecemos el reino de Dios sobre la tierra. Algo emocionante de esta dispensación es que ya es la hora del cambio grande y acelerado. Y algo que ha cambiado es que la Iglesia de Dios nunca más huirá. Nunca más partirá de Ur para luego salir de Harán, y luego de Canaán, y después de Jerusalén, para no volver a salir de Inglaterra, para salir de Kirtland, ni para salir de Nauvoo, para ir a quién sabe dónde. No, como dijo Brigham Young por todos nosotros: “Nos han lanzado de la sartén a las llamas, de las llamas al suelo, pero aquí estamos, y aquí nos quedaremos”11.

Claro que ese comentario no se refería sólo al Valle de Salt Lake ni a la zona de las montañas Wasatch en general; sino que llegó a ser una declaración para los miembros de la Iglesia en todo el mundo. En los últimos días, en nuestra dispensación, llegaremos a ser lo suficientemente maduros como para dejar de correr, para afirmar los pies y las familias y poner los cimientos en toda nación, tribu, lengua y pueblo permanentemente. Sión estará en todas partes, dondequiera que esté la Iglesia. Y con ese cambio —uno de los potentes cambios de los últimos días— ya no pensamos en Sión como un lugar dónde vamos a vivir sino en cómo vamos a vivir.

Tres incidentes que ocasionaron tres lecciones

A fin de ilustrar esa tarea, quisiera mencionar tres incidentes que hemos vivido mi esposa y yo recientemente. Si hubiera suficiente tiempo, podría citar muchos casos más, y sin duda, ustedes también.

Primer incidente: Hace unos años un joven amigo mío —ex misionero— jugaba en uno de los equipos universitarios en Utah. Era un gran joven y muy buen jugador de básquetbol, pero no estaba jugando tanto como quería. Sus talentos y habilidades no eran exactamente lo que necesitaba ese equipo en la etapa de desarrollo en que estaba él y el equipo. Así ocurre en los deportes. De modo que, con el pleno apoyo y los mejores deseos de sus entrenadores y compañeros, mi joven amigo se trasladó a otra universidad donde esperaba contribuir un poco más.

Sucedió que las cosas marcharon bien en la nueva institución, y mi amigo llegó a formar parte del equipo principal. Dio la casualidad, que según el calendario (establecido años antes de estos eventos), ese joven regresó a jugar contra su equipo anterior, en el entonces Delta Center de Salt Lake City.

Lo que ocurrió en ese partido me ha molestado hasta el día de hoy, y aprovecho este momento inusual para desahogarme. El maltrato cruel que los espectadores vertieron sobre ese joven esa noche —ese joven Santo de los Últimos Días, ex misionero, recién casado, que pagaba el diezmo, que servía en el quórum de élderes, prestaba servicio caritativo a los jóvenes de su comunidad, y con entusiasmo esperaba el nuevo bebé que tendrían él y su esposa— lo que se le dijo y se le hizo esa noche a él, a su esposa y a sus familias, no debió haberlo vivido ningún ser humano en ningún momento ni en ningún lugar, cualquiera que fuera su deporte o su universidad, cualesquiera que hubieran sido sus decisiones personales al respecto.

Pero lo peor es lo siguiente. El entrenador de ese equipo de fuera, que era una leyenda en la profesión, lo miró después de un partido espectacular, y le dijo: “¿Qué está pasando aquí? Eres el joven de esta zona que ha logrado el éxito”. “Esta es tu gente. Estos son tus amigos”. Pero lo peor fue que después dijo, totalmente consternado: “¿No son miembros de tu Iglesia la mayoría de estas personas?”

Segundo incidente: Me invitaron a hablar en un devocional de adultos solteros de estaca para los mayores de 18 años. Al entrar por la puerta de atrás del centro de estaca, una joven de unos 30 años entró al edificio más o menos al mismo tiempo. Aún entre el gentío que avanzaba hacia la capilla, hubiera sido difícil no notarla. Según recuerdo, tenía un par de tatuajes, varios aretes en las orejas y la nariz, cabello de punta de todos los colores del arco iris, una falda demasiado corta y una blusa muy escotada.

Se me ocurrieron tres preguntas: ¿Era esta mujer un alma atribulada, no de nuestra fe, que había sido guiada, o mejor aún, que alguien había traído, a este devocional bajo la guía del Señor en un esfuerzo por ayudarle a encontrar la paz y la dirección que el Evangelio traería a su vida? ¿O era quizás un miembro que se había apartado un poco de algunas de las esperanzas y las normas que la Iglesia sugiere para sus miembros pero que, gracias a Dios, seguía afiliada y había decidido asistir a esa actividad esa noche? O la tercera opción era: “¿Es ésta la presidenta de la Sociedad de Socorro de estaca?” (Estaba seguro de que no lo era).

Y éste es mi tercer ejemplo: Hace unos meses, al participar en la dedicación del Templo de Kansas City, nos atendió el hermano Isaac Freestone, oficial de policía de profesión y un sumo sacerdote maravilloso de la Estaca de Liberty, Misuri. En nuestras conversaciones mencionó que una noche, ya muy tarde, lo llamaron a investigar una queja en una parte bastante peligrosa de la ciudad. Por encima de música estruendosa y con el olor a mariguana en el aire, encontró a una mujer y a varios hombres con bebidas alcohólicas y que usaban palabras soeces, todos ellos al parecer totalmente ajenos a los cinco niños —de unos dos a ocho años de edad— acurrucados juntos en una habitación tratando de dormir en un piso sucio sin cama, sin colchón ni almohadas ni nada. El hermano Freestone revisó los armarios de la cocina y el refrigerador para ver si había una sola lata o paquete de alimentos de alguna clase, pero literalmente no halló nada. Dijo que el perro que ladraba en el patio tenía más comida que esos niños.

En la habitación de la mamá encontró un colchón, el único en la casa. Buscó hasta hallar unas sábanas (o algo parecido), las puso en el colchón y arropó a los cinco niños en esa cama improvisada. Con lágrimas en los ojos se arrodilló y ofreció una oración al Padre Celestial pidiendo que los protegiera y se despidió.

Al levantarse y caminar hacia la puerta, uno de los niños, de unos seis años, saltó de la cama y corrió hacia él, tomándolo de la mano, y le suplicó: “¿Podría adoptarme?, por favor ”. Con más lágrimas en los ojos, volvió a poner al niño en la cama, encontró a la madre drogada (los hombres ya habían huido hacía un rato), y le dijo: “Mañana regresaré, y que Dios le ayude si no veo cambios significativos cuando entre por esa puerta. Y habrá más cambios después de eso. Se lo prometo”12.

¿Qué tienen en común esos tres incidentes? Realmente no mucho, excepto que nos sucedieron a mi esposa y a mí recientemente. Y dan tres ejemplos muy pequeños, muy diferentes, y de la vida real, de lo que es Babilonia —uno de ellos personal y tan simple como una conducta deplorable en un partido de básquetbol, uno más cultural que revela los desafíos que tenemos al asociarnos con personas que viven de manera diferente, y un asunto muy grande y serio, con implicaciones legales, y tan complejo que parecería que una sola persona no podría resolverlo.

Al presentarles estos tres desafíos, intencionadamente no usé casos sensacionales de transgresión sexual, violencia física o adicción a la pornografía, aunque eso tal vez se aplicara más a algunos de ustedes que lo que mencioné. Pero ustedes son inteligentes y pueden aplicarlo a lo que no se ha comentado.

Lección Nº  1: Nunca “Dejen su religión en la puerta”

Primero, terminemos el incidente del básquetbol. Un día después del partido, cuando el público reaccionó y exigió que se pidieran disculpas, un joven dijo básicamente: “Miren. Estamos hablando del básquetbol, no de la Escuela Dominical. Si no tolera el calor, salga de la cocina. Pagamos bastante por estos partidos. Podemos actuar como queramos. Dejamos la religión en la puerta”.

¿Dejamos la religión en la puerta? La lección número uno para establecer Sión en el siglo XXI es: Nunca se deja “la religión en la puerta”. Jamás.

Mis jóvenes amigos, esa clase de discipulado no puede existir; ni siquiera es discipulado. El profeta Alma enseñó a las mujeres jóvenes de la Iglesia a declarar cada semana en su lema, debemos “ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis”13, y no sólo en algunos momentos, en unos cuantos lugares y cuando nuestro equipo va ganando por muchos puntos.

“¡Dejamos la religión en la puerta!” Yo estaba furioso.

Lección Nº  2: Muestren compasión, pero sean fieles a los mandamientos

Pero sigamos con este ejemplo porque quiero enseñarles una segunda lección. En cuanto a la búsqueda de Sión es que, en mi justa indignación (por lo menos siempre decimos que es justa), tengo que asegurarme de no terminar haciendo exactamente lo mismo que ese joven: enojarme, portarme absurdamente, perder el quicio, echar pestes, querer ponerle las manos encima, con preferencia en la garganta, y antes de que me diera cuenta, ¡He dejado mi religión en la puerta! No, alguien en esta vida, en el siglo XXI, en todas estas situaciones tiene que vivir su religión, porque de otra manera, lo único que conseguimos es un montón de tontos actuando como gente de bajas normas morales.

Es fácil ser recto cuando las situaciones son tranquilas, la vida es agradable y todo va de maravilla. La prueba es cuando hay una tentación real, cuando hay presión y fatiga, enojo y temor, o la posibilidad de una transgresión real.¿Podemos ser fieles entonces? Esa es la pregunta, porque “Israel, Jesús os llama”. Esa integridad, claro está, es la grandeza suprema de “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” 14, justo cuando el perdonar, comprender y ser generoso con los que lo crucificaron es lo último que querría hacer cualquier persona menos perfecta que el Salvador del mundo. Pero tenemos que intentarlo; debemos desear ser así de fuertes. Sea cual fuere la situación, la provocación o el problema, ningún discípulo verdadero de Cristo puede “dejar su religión en la puerta”.

Eso me lleva a la mujer del cabello del arco iris y los muchos aretes. De cualquier modo que uno reaccione ante aquella joven, la regla eterna es que debe reflejar nuestras creencias religiosas y compromisos del Evangelio. Por consiguiente, cómo reaccionemos en cualquier situación debe mejorar las cosas, no empeorarlas. No podemos actuar ni reaccionar de modo que seamos culpables de una mayor ofensa que la que la joven representaba. Eso no significa que no tengamos opinión, o normas, que descartemos por completo los mandatos divinos de lo que “debemos” y “no debemos hacer” en la vida; pero sí significa que hemos de vivir dichas normas y defender dichos mandatos y prohibiciones de manera recta, lo mejor que podamos, del modo en que el Salvador los vivió y defendió. Y Él siempre hizo lo necesario para mejorar la situación; desde enseñar la verdad y perdonar a los pecadores, a purificar el templo. ¡No es poco saber cómo hacer tales cosas correctamente!

En cuanto a nuestra nueva amiga con normas de vestir y de buena presencia inusuales, empezamos ante todo por recordar que es hija de Dios y de valor eterno; que también es hija de alguien aquí en la tierra y que podría ser, en otras circunstancias, mi hija. Empezamos por estar agradecidos por que esté en una actividad de la Iglesia y no eludiendo una. En resumen, en esa situación tratamos de ser lo mejor que podemos, con el deseo de que ella sea lo mejor que pueda. Rogamos constantemente en silencio: ¿Qué sería correcto hacer y decir ahora? En definitiva, ¿qué mejoraría la situación? Al plantearnos esas preguntas y en verdad tratar de hacer lo que haría el Salvador es a lo que pienso que Él se refirió al decir: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio”15.

Nos recuerdo a todos que al tenderle la mano y al ayudar a regresar a una oveja que se haya descarriado, también tenemos una gran responsabilidad hacia las 99 que no lo han hecho; y hacia los deseos y voluntad de su Pastor. Hay un rebaño, y se supone que todos debemos estar en él, por no mencionar la seguridad y las bendiciones que recibimos por estar allí. Mis jóvenes hermanos y hermanas, esta Iglesia no podrá jamás “silenciar” su doctrina para mantener buenas relaciones sociales, por conveniencia política, u otra razón. Sólo el elevado terreno de la verdad revelada proporciona una base para elevar a una persona afligida o abandonada. Nuestra compasión y amor, características y requisitos fundamentales de nuestro cristianismo, nunca deben interpretarse como transigencia en los mandamientos. Como el maravilloso George MacDonald dijo, en tales situaciones “no estamos obligados a decir todo cuanto [creemos], pero estamos obligados a ni siquiera [parecer] aquello en lo que no [creemos]”16.

Juzgar con un juicio justo

A ese respecto, este llamado a la compasión y a la lealtad a los mandamientos, a veces existe la posibilidad de una mala interpretación entre los jóvenes, quienes pueden pensar que no debemos juzgar nada, que jamás debemos hacer juicios de valor de ningún tipo. Tenemos que ayudarnos mutuamente en eso, ya que el Salvador deja en claro que en algunas situaciones tenemos que juzgar, como cuando dijo: “No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos”17. Eso me parece que es juzgar. La alternativa es rendirse ante el relativismo moral de un mundo postmoderno que no es constructivo que, si se le apoya lo suficiente, plantea que a fin de cuentas nada es eternamente verdadero ni especialmente sagrado, y que por lo tanto, la posición de una persona tocante a un tema no puede importar más que la de otras; y eso sencillamente no es verdad.

En ese proceso de evaluación, no se nos pide condenar a los demás, sino que se nos pide tomar decisiones todos los días que reflejen criterio; esperamos que sea buen criterio. El élder Dallin H. Oaks se refirió una vez a ese tipo de decisiones como “juicios intermedios”, que a menudo tenemos que emitir para nuestra propia seguridad o la de otras personas, en oposición a los “juicios definitivos", que sólo puede emitir Dios, quien conoce todos los hechos18. (Recuerden, en el pasaje de las Escrituras que cité, el Salvador dijo que deben ser “juicios justos”, no de arrogancia moral, que es algo muy diferente.)

Por ejemplo, los padres tienen que juzgar a diario en cuanto a la seguridad y bienestar de sus hijos. Nadie culparía a un padre que dice que los niños deben comer verduras o que evita que un niño se lance corriendo a una calle con mucho tráfico. Entonces, ¿por qué ha de culparse a ese padre años más tarde cuando se preocupa por la hora en que esos hijos llegan a casa por la noche, cuáles son las normas morales y de conducta de sus amigos, a qué edad salen en citas, o si experimentan con drogas, pornografía, o si participan en transgresiones sexuales? No, tomamos decisiones, asumimos posiciones y reafirmamos nuestros valores; en una palabra, hacemos constantemente “juicios intermedios”, o al menos deberíamos hacerlo.

Algunos temas y leyes tienen consecuencias eternas

Cuando afrontamos tales situaciones en complejos problemas sociales en una sociedad democrática, puede ser muy difícil y, para algunas personas, confuso. Los jóvenes podrían preguntar sobre tal o cual posición adoptada por la Iglesia y decir: “Bueno, no creemos que debamos vivir o comportarnos de tal o cual manera, pero ¿por qué tenemos que hacer que otras personas hagan lo mismo? ¿No tienen su albedrío? ¿No somos arrogantes y críticos, al imponer nuestras creencias a otras personas, al exigir que ellas actúen de cierta forma?”. En esas situaciones tendrán que explicar delicadamente por qué se defienden algunos principios y nos oponemos a algunos pecados, dondequiera que se encuentren debido a que los problemas y las leyes en cuestión no son sólo sociales ni políticos, sino eternos en sus consecuencias. Y aunque no deseamos ofender a quienes creen algo diferente a nosotros, estamos aún más preocupados por no ofender a Dios, o como dice el pasaje de las Escrituras: “Para que no ofendáis al que es vuestro legislador”19; y me refiero a importantes leyes morales.

Para dejar en claro la idea, permítanme usar el ejemplo de una ley menor. Sería como si un adolescente dijera: “Ahora que puedo conducir, sé que debo detenerme en los semáforos en rojo, pero ¿tenemos que ser prejuiciosos y tratar de que todos se detengan en los semáforos en rojo? ¿Todos tienen que hacer lo que hacemos? ¿No tienen su albedrío?” Entonces deben explicar por qué; sí, esperamos que todos se detengan al estar en rojo. Y tienen que hacerlo sin degradar a quienes transgreden o creen de modo diferente de lo que nosotros creemos porque, sí, ellos tienen su albedrío.

Mis jóvenes amigos, hay una gran variedad de creencias en este mundo y hay albedrío moral para todos, pero nadie es libre de actuar como si Dios permaneciera mudo ante estos temas, o como si los mandamientos sólo importaran si existe consenso público. En el siglo XXI ya no podemos huir. Tendremos que luchar por las leyes, circunstancias y ambientes que permitan el libre ejercicio de la religión y nuestros derechos en ella. Ésa es una manera de tolerar estar en Babilonia, pero no ser de ella.

No sé de ninguna aptitud ni integridad que sea más importante para nosotros que demostrar en un mundo del que no podemos huir que andar esa concienzuda senda, adoptando una postura moral acorde con lo que Dios ha declarado y las leyes que Él ha dado, pero haciéndolo con compasión, con entendimiento y caridad; algo ciertamente difícil de hacer, para distinguir perfectamente entre el pecado y el pecador. Conozco pocas distinciones que sean más difíciles de hacer, o por lo menos que sean más difíciles de expresar, pero debemos tratar de hacerlo con amor. Créanme, hermanos y hermanas, en el mundo en que nos movemos, tendremos mucha oportunidad de desarrollar tal fortaleza, mostrar tal valor y demostrar tal compasión, todo al mismo tiempo. Y ahora no me refiero a peinados extremos ni aretes en la nariz.

Lección Nº  3: Utilicen los valores del Evangelio para beneficiar a sus comunidades y países

Por último, el difícil relato de Kansas City. No muchos de nosotros seremos policías, funcionarios de servicios sociales, ni jueces en un tribunal, pero todos debemos preocuparnos por el bienestar de los demás y por la seguridad moral de nuestra comunidad. El élder Quentin L. Cook, del Quórum de los Doce, dedicó al tema un discurso completo de conferencia general hace dos años. Al hablar de la necesidad de influir en la sociedad más allá de nuestro propio hogar, dijo:

“Además de proteger a nuestra propia familia, debemos ser una fuente de luz para proteger nuestras comunidades. El Salvador dijo, ‘Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos’…

“En nuestro mundo cada vez más inicuo, es esencial que los valores basados en la creencia religiosa formen parte [evidente] de las disertaciones públicas…

“La fe religiosa es una fuente de luz, conocimiento y sabiduría, y beneficia a la sociedad de manera asombrosa”20.

Si no llevamos las bendiciones del Evangelio a nuestras comunidades y países, la simple realidad será que nunca tendremos suficientes policías como Isaac Freestone, para hacer cumplir la conducta moral, en caso de que pudiera hacerse cumplir. Y no es así. Los niños de esa casa sin comida ni ropa son hijos de Dios. Esa madre, más culpable porque es mayor y debería ser más responsable, también es hija de Dios. Quizás se requiera un amor que parezca hostil en una manera formal o legal. Debemos tratar de ayudar cuándo y dónde podamos, ya que no dejamos nuestra religión en la puerta, por más patéticas e irresponsables que sean algunas.

No resolveremos todos los problemas personales o sociales del mundo esta noche. Cuando salgamos esta noche aún habrá pobreza, ignorancia y transgresión, desempleo y abuso, violencia y pesares en nuestros barrios, ciudades y naciones. No, no podemos hacerlo todo, pero como reza el antiguo refrán, podemos hacer algo. Y en respuesta al llamado de Dios, los hijos de Israel son los que han de hacerlo; no huir de Babilonia, sino esta vez, atacarla. Sin ser ilusos ni demasiado optimistas en cuanto a ello, podemos vivir nuestra religión tan abierta e indefectiblemente que hallaremos toda clase de oportunidades de ayudar a familias, bendecir a vecinos y proteger a otros, incluso a la nueva generación.

Vivan su vida para ser el reflejo del amor de Jesucristo

No he pronunciado la palabra misionero por temor a que de inmediato pensasen en camisas blancas y placas. No me limiten al respecto; conserven la perspectiva amplia, y la enorme necesidad, de compartir el Evangelio siempre, como misioneros de tiempo completo o no. Se llama a los Santos de los Últimos Días a ser la levadura del pan, la sal que nunca pierde el sabor, la luz que nunca se esconde bajo el almud. Su grupo, de 18 a 30 años en su mayoría, está en el momento de la vida cuando sus conocidos tienen más probabilidades de aceptar el Evangelio, si se da a conocer. Eso lo sabemos; un gran número de estudios en la Iglesia nos lo ha confirmado.

¡Así que empiecen a darlo a conocer! Si lo hacemos bien, hablamos bien y nos acercamos generosamente con nuestras palabras y nuestros actos, entonces cuando el Salvador acorte Su obra en justicia, diga que ya no existe el tiempo y venga en Su gloria, nos encontrará, a ustedes, a mí y a todos nosotros, dando lo mejor, tratando de vivir el Evangelio, de mejorar nuestra vida, nuestra Iglesia y nuestra sociedad del mejor modo que podamos. Cuando venga, deseo tanto que me halle viviendo el Evangelio. Quiero que me sorprenda en pleno acto de divulgar la fe y de hacer algo bueno. Deseo que el Salvador me diga: “Jeffrey, te reconozco, no por tu título, sino por la vida que estás tratando de vivir y las normas que estás tratando de defender. Veo la integridad de tu corazón. Sé que has intentado mejorar las cosas, primera y principalmente, al ser mejor tú mismo, y luego al declarar mi palabra y defender mi Evangelio ante los demás del modo más compasivo que pudiste”.

“Sé que no siempre tuviste éxito”, sin duda me dirá, “con tus pecados o las circunstancias de los demás, pero creo que lo has intentado sinceramente. Creo que en tu corazón en verdad me has amado”.

Deseo tener algún día un encuentro semejante, más de lo que deseo cualquier otra cosa en la vida. También lo deseo para ustedes, para todos. Israel, Jesús os llama, a vivir su Evangelio individualmente en formas pequeñas así como grandes, y luego acercarse a quienes quizás no tengan una apariencia ni se vistan o comporten como nosotros; entonces (donde puedan) no se limiten y sirvan a la mayoría de la comunidad que esté a su alcance.

Para ayudarles a hacerlo, les testifico y dejo una bendición apostólica sobre cada uno. Les bendigo, por el poder del sacerdocio y la responsabilidad que he recibido, para que sepan que Dios les ama y les necesita en ésta, la última y más grande dispensación, cuando se ha acelerado todo y se espera más y más. Les bendigo con autoridad apostólica, para que sus oraciones ofrecidas en rectitud, sean contestadas, para que sus temores personales se aligeren, para que sus espaldas, hombros y corazón sean fuertes para las cargas que se coloquen sobre ellos. Les bendigo conforme se esfuercen por ser puros de corazón, al ofrecerse como instrumentos en las manos de Dios para establecer Sión en estos postreros días, dondequiera que estén. Les bendigo para que sean amigos leales entre sí, y con quienes no son de su círculo, a quienes debemos acercarnos. Aun más, les bendigo para que sean amigos del Salvador del mundo, para que lo conozcan individualmente y para que tengan confianza en Su compañía.

Amo al Señor Jesucristo y amo a nuestro Padre Celestial, a quien le importamos tanto como para dárnoslo a Él. Sé que, en cuanto a ese regalo que nos hizo, Dios llama a Israel en estos últimos días y espera que respondamos a ese llamamiento, y seamos más semejantes a Cristo, más santos de lo que somos ahora en nuestra determinación de vivir el Evangelio y establecer Sión. También sé que Él nos dará tanto la fuerza ​​como la santidad para ser verdaderos discípulos si se lo suplicamos. Testifico de la divinidad de esta obra, del amor y la grandeza de Dios Todopoderoso, y de la infinita Expiación del Señor Jesucristo, hasta el más pequeño de nosotros. Les bendigo con esta esperanza de felicidad y santidad, hoy, mañana y para siempre, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

© 2012 por Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos reservados. Aprobación del inglés: 5/12. Aprobación de la traducción: 5/12. Traducción de Israel, Jesús os llama. Español. PD50039052 002

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    Notas

  1.  

    1 “Oh élderes de Israel”, Himnos, Nº 209.

  2.  

    2 “Israel, Jesús os llama”, Himnos, Nº 6.

  3.  

    3 Véase Abraham 2:3.

  4.  

    4 Véase Éxodo 1:7–14.

  5.  

    5 “Israel, Jesús os llama”, Himnos, Nº 6.

  6.  

    6 Véase 1 Nefi 2:2.

  7.  

    7 Véase 1 Nefi 18:22–24.

  8.  

    8 Véase Éter 6:5–13.

  9.  

    9 Véase Perry Miller, Errand into the Wilderness, 1984, págs. 2–3.

  10.  

    10 “¡Oh, está todo bien!” Himnos, Nº 17.

  11.  

    11 Brigham Young, citado en James S. Brown, Life of a Pioneer, 1971, pág.121.

  12.  

    12 Isaac Freestone, experiencia compartida con el autor el 5 de mayo de 2012.

  13.  

    13  Mosíah 18:9.

  14.  

    14  Lucas 23:34.

  15.  

    15  Juan 7:24.

  16.  

    16 George MacDonald, The Unspoken Sermons, 2011, pág. 264.

  17.  

    17  Mateo 7:6.

  18.  

    18 Véase Dallin H. Oaks, “‘Judge Not’ and Judging,” Ensign, agosto de1999, págs. 6–13.

  19.  

    19  Doctrina y Convenios 64:13.

  20.  

    20 Quentin L. Cook, “¡Haya luz!”, Liahona, noviembre de 2010, págs. 27–30.