Estar en la Arboleda Sagrada

Élder Marlin K. Jensen

De los Setenta

Devocional del SEI para jóvenes adultos • 6 de mayo de 2012 • Sacramento, California


 
Élder Marlin K. Jensen

Buenas noches, hermanos y hermanas. Me siento muy agradecido, pero también lleno de mucha humildad, de que la Primera Presidencia me haya dado la asignación especial de hablarles hoy. Para comenzar, quiero que sepan que una vez yo fui como ustedes, sin arrugas, con cabello oscuro, y lleno de vida, parte de lo que las Escrituras llaman “la generación que va creciendo” o “la nueva generación”. No estoy seguro de cuál sería el antónimo o lo opuesto de nuevo o creciente, quizás “viejo” o “decreciente”, pero cualquiera que sea, esa palabra describe la etapa de la vida en la que estoy ahora, ¡y no suena muy prometedora!

Aunque les hablo desde un hermoso centro de estaca cerca del Templo de Sacramento, California, mentalmente alcanzo a visualizar a las decenas de millares de ustedes que hablan casi 40 idiomas diferentes y están congregados por todo el mundo. He tenido la bendición de visitar muchos de sus países, de escucharles discursar y dar testimonio en su propio idioma, y ver personalmente su fe y devoción al Señor. Los amo y los felicito por su rectitud. Sé que la vida a la edad de ustedes puede ser difícil, y sé que a veces erramos y tenemos necesidad de arrepentirnos. Pero les agradezco sinceramente el que se esfuercen por ser firmes en la fe en Cristo y Su evangelio restaurado. Mi mayor deseo esta noche es que reciba la bendición de hablarles por el poder del Espíritu Santo y de esa manera contribuir a aumentar la fe de ustedes.

Lugares sagrados

Hay lugares en la tierra que se han convertido en sagrados por lo que ha ocurrido allí. Según el Antiguo Testamento, uno de esos lugares es el Sinaí, Horeb, o “monte de Dios” (Éxodo 3:1; véase también Éxodo 3:12; 34:2), en donde el Señor se apareció a Moisés en la zarza ardiente. Al acercarse Moisés a la zarza, el Señor le dijo: “No te acerques acá; quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás tierra santa es” (Éxodo 3:5).

Mi familia y yo tuvimos la bendición de vivir en un lugar sagrado. En 1993, cuatro años después de mi llamamiento a los Setenta, nos pidieron que sirviéramos dos años en la Misión Nueva York Rochester. En esa misión se halla el pueblo de Palmyra (en el que vivieron José Smith y su familia durante gran parte de la década de 1820), y Fayette (donde se organizó la Iglesia en abril de 1830). A más de 170 kilómetros al sur de Palmyra, en el estado de Pensilvania, está el sitio de Harmony (donde José Smith conoció a Emma Hale y donde vivieron de recién casados mientras se traducía gran parte del Libro de Mormón a finales de la década de 1820). Esa región general se conoce como la “Cuna de la Restauración”, ya que fue allí donde nació la Iglesia. Es una región pintoresca llena de cerros ondulantes y boscosos, lagos y arroyos cristalinos, y gente cálida y efusiva. También es un lugar sagrado por lo que ocurrió allí.

La Arboleda Sagrada

En una arboleda de altos robles, hayas, arces y otros árboles, como a medio kilómetro al oeste de la casa de la familia de Joseph y Lucy Mack Smith, cerca de Palmyra, José Smith, quien tenía catorce años, vio en visión a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo en la primavera de 1820. Esa manifestación divina, como respuesta a la oración de José en la que pidió conocer la verdad acerca de la religión y de cómo podía obtener la remisión de sus pecados, dio inicio a la restauración del Evangelio en esta última dispensación. También convirtió esa arboleda en un lugar venerado en la historia de nuestra Iglesia, el lugar que honramos con el nombre de la “Arboleda Sagrada”.

Mientras yo servía como presidente de misión, mi familia y yo llegamos a amar esa arboleda y a sentir su naturaleza sagrada. Íbamos allá a menudo. Cada mes, cuando llegaban misioneros nuevos y se iban los que terminaban la misión, los llevábamos allí. La costumbre era reunirnos en la entrada de la arboleda y, después de cantar el himno de apertura que cantamos esta noche, “La oración del Profeta”1, invitábamos a los élderes y a las hermanas a dispersarse y buscar un lugar privado donde pudieran comunicarse con Dios en oración, hacer compromisos personales con Él y darle un informe de los mismos. Esas visitas a la Arboleda Sagrada fueron y siguen siendo experiencias que valoramos los que tuvimos la bendición de vivirlas.

Sin embargo, reconozco que sólo una pequeña cantidad de ustedes podrá visitar la Arboleda Sagrada en persona. Por esa razón, en esta primavera de 2012, 192 años después de la Primera Visión de José Smith, quiero que me acompañen de manera virtual a la Arboleda Sagrada. Estén allí conmigo mientras comparto con ustedes algunas escenas de la arboleda, las razones por las que amo ese lugar sagrado y las valiosas lecciones de la vida que uno puede aprender allí.

Estoy en deuda con el hermano Robert Parrott, silvicultor, naturalista y empleado de la Iglesia que vive en Palmyra, por hacerme notar algunas de las verdades acerca de la Arboleda Sagrada que compartiré con ustedes. Aunque aún no es miembro de nuestra fe, el hermano Parrott venera la Arboleda Sagrada y le brinda atención amorosa y muy profesional.

Símbolos relacionados con árboles en las Escrituras

Al caminar reverentemente por la Arboleda Sagrada o al sentarme a meditar en las bancas que se encuentran allí, a menudo he reflexionado en la abundancia de símbolos que hay en las Escrituras relacionadas con árboles, ramas, raíces, semillas, frutos y bosques. Adán y Eva, nuestros primeros padres, sin duda recibieron la primera lección de arboricultura. El profeta Jacob, citando a Zenós en el Libro de Mormón, comparte una compleja alegoría o historia de olivos cultivados y silvestres al enseñarnos acerca del esparcimiento y el recogimiento de Israel (véase Jacob 5). ¿Y quién no ha leído, vuelto a leer, y meditado en oración acerca de la semilla de la fe que Alma nos invita a sembrar, que con paciencia y buena nutrición llega a ser “un árbol que brotará para vida eterna”? (Alma 32:41; véanse los versículos 27–43).

Y así es con la Arboleda Sagrada. El que observa detenidamente la naturaleza, especialmente acompañado de un naturalista tan hábil como el hermano Robert Parrott, puede aprender lecciones importantes del ecosistema que allí existe. Esta noche deseo compartir brevemente con ustedes cuatro de esas lecciones:

Las lecciones de la vida que enseña la Arboleda Sagrada

Lección Nº 1: Los árboles siempre crecen hacia la luz.

Un fenómeno interesante que se observa en la Arboleda Sagrada son los árboles que crecen en el perímetro del bosque original, así como muchos que bordean los senderos interiores. Han crecido hacia afuera, para escapar el follaje que los ensombrece, y hacia arriba para absorber la mayor cantidad posible de luz. Sus torcidos troncos y ramas contrastan claramente con los árboles vecinos que crecen casi perfectamente derechos. Los árboles, como la mayoría de los organismos vivientes, necesitan luz para sobrevivir y crecer. Harán todo lo posible por absorber la mayor cantidad de luz solar que puedan para promover la fotosíntesis, que es el proceso de convertir la luz en energía química o el “combustible” usado por casi todo organismo vivo.

¡Estoy seguro que sus mentes brillantes y jóvenes ya saben hacia dónde nos dirige esta metáfora de la Arboleda Sagrada! La luz es un catalizador aún más importante en lo espiritual que en la naturaleza, y es así porque la luz es esencial para nuestro crecimiento espiritual y para alcanzar nuestro pleno potencial como hijos e hijas de Dios.

La oscuridad es lo opuesto a la luz y representa las fuerzas del mundo que quieren separarnos de Dios y frustrar Su divino plan para nuestra vida. Normalmente es en las horas o en los lugares oscuros que esas fuerzas del mal ejercen su mayor influencia. En la etapa de la vida que ustedes están viviendo, el romper la ley de castidad, los actos de hurto, los juegos de azar, las violaciones de la Palabra de Sabiduría, y otros comportamientos prohibidos por el Padre Celestial, usualmente ocurren bajo un manto de oscuridad. Aun cuando elegimos hacer el mal a plena luz del día —por ejemplo, hacer trampas en un examen, cometer plagio al redactar una composición, contar chismes maliciosos sobre alguien, decir malas palabras o mentir— no podemos impedir tener sentimientos de oscuridad.

Afortunadamente, el Espíritu de Cristo “da luz a todo hombre que viene al mundo; y el Espíritu ilumina a todo hombre en el mundo que escucha la voz del Espíritu.

Y todo aquel que escucha la voz del Espíritu, viene a Dios, sí, el Padre” (D. y C. 84:46–47).

Este pasaje de Doctrina y Convenios describe hermosamente el anhelo del hombre de elevarse, el instinto natural y espiritual que Dios nos ha dado y que todos poseemos —si no lo suprimimos— de ir hacia la luz, y al hacerlo, ir hacia Dios y Su Hijo para llegar a ser más semejantes a Ellos. Hablando de Sí mismo, Cristo dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).

Para entender las Escrituras, es mucho lo que se aprende de una palabra por las otras palabras que la rodean. Al estudiarlas, noten con cuánta frecuencia están muy cerca las palabras luz, Espíritu, verdad y Jesucristo. Son casi sinónimas, y todas nos elevan a una forma de vida más elevada y santa.

Con todo el corazón les insto a evitar la oscuridad del pecado en todas sus formas viles y a llenar su vida con el Espíritu, la verdad y la luz de nuestro Salvador Jesucristo. Esto lo pueden hacer procurando buenos amigos, música y arte inspiradores, conocimiento de los mejores libros (especialmente las Escrituras), momentos de sincera oración, momentos de serenidad en la naturaleza, conversaciones y actividades sanas, y una vida centrada en Cristo y en Sus enseñanzas de amor y servicio. Recuerden siempre, y especialmente al buscar a su compañero eterno, la declaración del Señor: “…la verdad abraza a la verdad; la virtud ama a la virtud; la luz se allega a la luz” (D. y C. 88:40). Este principio, que la bondad atrae a la bondad, brinda la esperanza de que si vivimos en la luz del Evangelio, con el tiempo encontraremos a un compañero que ande por un sendero paralelo de rectitud. Sé que cuanto más tratemos de llenar nuestra vida de luz, menos lugar habrá para la oscuridad y con el tiempo más semejantes seremos a Cristo, la Luz del mundo.

Debido a la bendición especial que tengo de hablarles esta noche a ustedes, excepcionales jóvenes Santos de los Últimos Días, quiero alzar una voz de amonestación pero también una voz de aliento y esperanza respecto a la oscuridad que inevitablemente invadirá su vida si se involucran con la pornografía. El uso de material pornográfico de cualquier tipo ofende a Dios y viola Su mandato de que no cometamos adulterio “ni... ninguna cosa semejante” (D. y C. 59:6). El uso de la pornografía casi siempre lleva a violaciones adicionales de la ley de castidad. El estar constantemente expuestos a material pornográfico y el participar en las formas de transgresión sexual que usualmente le siguen puede crear una adicción que se tiene que tratar y resolver con el mismo cuidado que se da a las adicciones al alcohol o las drogas.

Si la pornografía ya se ha adueñado de su vida, y es un problema constante y recurrente, les ruego que busquen ayuda eclesiástica y también profesional. Por favor, sepan que la adicción a la pornografía no es sólo “un problemita” que pueden superar en secreto con la oración, el estudio de las Escrituras y mayor autocontrol.

Ya que la adicción a la pornografía puede disminuir la fuerza de voluntad para escoger el bien sobre el mal, necesitarán mansedumbre y humildad para abrazar la expiación de Jesucristo y ser bendecidos por su poder habilitante. Lo que eso significa en términos prácticos es que si ponen su mejor esfuerzo, lo cual incluye pasar por el proceso del arrepentimiento con la ayuda del obispo o presidente de rama, para recibir el perdón del pecado y pasar por un extenso proceso de recuperación, que comprende asesoramiento profesional y posiblemente apoyo de un grupo para vencer su adicción, el poder habilitante de la Expiación (que el Diccionario Bíblico en inglés describe como un medio divino de ayuda o fortaleza2), les ayudará a vencer la compulsión de la adicción a la pornografía y con el tiempo sanar de sus efectos corrosivos. Mediante el poder de la Expiación, son posibles tanto el perdón de los pecados como la recuperación de la adicción, y ambos son maravillosos.

Por favor, rechacen la oscuridad y, como los árboles, traten siempre de crecer hacia la luz.

Lección Nº 2: Los árboles requieren oposición para alcanzar la medida de su creación.

A lo largo de los años, se han seguido varias corrientes de opinión sobre el mantenimiento de bosques para cuidar la Arboleda Sagrada. Una vez se escogió una parcela de prueba y se empleó la práctica “liberación por eliminación”. Se hacía así: Los silvicultores identificaban los árboles jóvenes que potencialmente eran los más grandes y sanos de la parcela de prueba y luego cortaban y podaban los árboles menos prometedores y también los demás arbustos y la maleza que competían por los nutrientes. Se suponía que al eliminar gran parte de la competencia por el agua, la luz solar y los nutrientes del suelo, los árboles escogidos serían “liberados” para crecer y desarrollarse de forma extraordinaria.

Después de unos años fue obvio que ocurría exactamente lo contrario. Una vez liberados de la competencia, los árboles escogidos se confiaban. En vez de estirarse hacia arriba en dirección de la luz, disminuían su crecimiento vertical, echaban muchas ramas bajas que eran inútiles cuando las copas de los demás árboles impedían el paso de la luz solar, y los árboles escogidos se volvían más anchos. Mientras tanto, los árboles cortados volvían a crecer como arbustos de muchos tallos que no llegaban a ser árboles viables, pero seguían usando agua y nutrientes. Esos arbustos seguían compitiendo con los árboles escogidos, pero no de una forma que creara crecimiento positivo en sí mismos ni en los demás árboles. Como resultado, ninguno de los árboles de la parcela de prueba se podía comparar ni en tamaño ni en vitalidad a los árboles que se dejaron crecer de forma más natural y que tuvieron que competir y vencer la oposición para sobrevivir y prosperar.

Como saben, una de las doctrinas clave del Libro de Mormón es que debe haber oposición en todas las cosas. Un mundo con oposición nos da a elegir entre el bien y el mal, y de esa forma puede ejercerse el albedrío. Sin embargo, es igualmente importante el principio de que la oposición debe existir para que haya crecimiento espiritual, o como lo dijo el padre Lehi, para llevar a efecto la “santidad” (2 Nefi 2:11). Quiero recalcar que la comprensión de este principio —que el crecimiento espiritual requiere oposición y adversidad— e incluso abrazar ese principio a la edad de ustedes es clave para aceptar y estar contento con la vida en general. También es vital para experimentar el crecimiento y el desarrollo personal tan necesarios.

Tarde o temprano, todos afrontaremos oposición y adversidad. Para algunos llegará simplemente como resultado de estar aquí en un estado mortal en un mundo caído. Es la suerte común de toda la humanidad. Esa oposición puede adoptar muchas formas. Quizás esté relacionada con las fuerzas de la naturaleza, tal vez consista en trastornos y enfermedades (en mi caso, contraigo influenza aunque me ponga la vacuna). Quizás venga en forma de tentaciones. Para algunos serán expectativas no satisfechas (a mí me hubiera encantado tener 2 metros de estatura, pero he aprendido a ser feliz con los 1,75 metros que me dieron, y con el hecho inevitable de que tienen que bajar el púlpito siempre que tengo que dar un discurso). Tal vez sea en forma de soledad, imperfecciones y discapacidades físicas y mentales. La lista de fuerzas de oposición es casi infinita, así como lo son las bendiciones de crecimiento y desarrollo personal si tenemos la fe para ver la vida con una perspectiva amplia y sobrellevarla bien. Me consuelan mucho las palabras del Señor a José Smith en la cárcel de Liberty en un momento en que las cargas de José eran casi insoportables: “…entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7).

A veces la oposición y las dificultades son resultado de nuestras malas decisiones. La mala salud o las lesiones que resultan de una vida desenfrenada, el dolor y la angustia que trae quebrantar las leyes de Dios, el pesar después de sentir que no hemos aprovechado el tiempo y los talentos que se nos han otorgado, todas ellas son condiciones de nuestra propia hechura. Cuán agradecidos debemos estar todos por nuestro Salvador, cuya expiación permite remendar todo lo que está roto.

He notado que al enfrentar la oposición, a veces preguntamos “por qué”—¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? ¿Por qué esto?— cuando sería más constructivo preguntar “qué”. Una vez escribí una carta de consuelo a un matrimonio angustiado porque el esposo estaba muriendo de una enfermedad incurable. Con su respuesta me dieron una lección de humildad: enumeraron las bendiciones que Dios les había dado en sus muchos años juntos, y después con fe se preguntaban “qué” trataba de enseñarles Dios con esa última lección.

En la Arboleda Sagrada hay árboles que el hermano Parrott llama “árboles de carácter”. Esos son árboles que demuestran que la oposición puede beneficiarnos y que en nuestro pesar suele haber mucho por obtener. Esos árboles han tenido que reaccionar y adaptarse y a veces recuperarse de varias formas de oposición o adversidad, ya sea un relámpago, un ventarrón, una gran acumulación de nieve o hielo, la invasión y el maltrato de humanos descuidados, ¡e incluso a veces la agresión de un árbol vecino! De esas circunstancias adversas han salido algunos de los árboles más firmes y visualmente más interesantes de la arboleda. Lo que les falta en hermosura simétrica lo compensan con creces con determinación y carácter.

Por propia experiencia, puedo testificar que la oposición, las dificultades y la adversidad producen carácter y crecimiento. Algunas de las experiencias más difíciles y complejas de mi propia vida, como sentimientos de ineptitud y complejos durante la adolescencia, mi misión a Alemania de joven y aprender alemán, el obtener mi título de abogado y pasar el examen de certificación, mis esfuerzos por ser un esposo y padre aceptable y proveer tanto espiritual como temporalmente para nuestra familia de ocho hijos, la muerte de mis padres y de otros seres queridos, incluso la naturaleza pública y a menudo estresante de mi servicio como Autoridad General (incluso el preparar y dar este discurso esta noche); todo eso y más, aunque es muy complejo y difícil, me ha dado experiencia ¡y ha sido para mi bien!

Sé que no es fácil convencerles a ustedes, jóvenes, de que un poco de dolor es bueno para ustedes, pero francamente lo es. Si alguna vez vamos a recibir “todo lo que [el] Padre tiene” (D. y C. 84:38), no va a ocurrir sin que demos a cambio todo lo que nosotros tenemos. Nuestro Padre Celestial desea tener hijos e hijas nobles y, como enseñó Lehi, la santidad sólo se puede llevar a efecto mediante la adversidad y las pruebas. Las personas, al igual que los árboles, requieren oposición para cumplir la medida de su creación.

Lección Nº 3: Los árboles crecen mejor en bosques y no en aislamiento.

Si nos ponemos a pensar, en la naturaleza no es muy común ver un árbol solo. Casi siempre se congregan en arboledas, y con el tiempo, las arboledas se vuelven bosques. Sin embargo, la Arboleda Sagrada es mucho más que un grupo de árboles. Es un complicado ecosistema que contiene numerosas especies de flora y fauna. Hay una interconexión observable entre las distintas variedades silvestres de flores, arbustos, matas, árboles, hongos, musgos, aves, roedores, conejos, venados y otras creaciones que allí existen. Esas especies interactúan y dependen unas de otras para su alimento, refugio y un ambiente social y sinérgico en el que todas pueden experimentar su ciclo de vida.

El plan de Dios para nosotros contempla una interconexión y sociabilidad similar. Debemos labrar nuestra salvación juntos, y no en aislamiento. La Iglesia no construye ermitas sino centros de reuniones. Se nos pide que asistamos a un barrio o rama específicos, y no que seleccionemos y escojamos nuestra congregación como en algunas religiones. Esa sabia norma requiere que aprendamos a llevarnos bien unos con otros y a rendir cuentas de nuestra conducta al obispo o presidente de rama; y no a correr y escondernos cuando las cosas se ponen difíciles. Se nos manda amar a nuestros semejantes (lo cual incluye a los miembros de nuestra familia), y a menudo el aprender a amar a los que están más cerca es más difícil que amar de lejos a “todo el mundo”. Desde el inicio de la Restauración, se ha mandado que los santos vengan a Sión, y se reúnan en comunidades donde podamos aprender a vivir en armonía y a apoyarnos unos a otros al honrar nuestro convenio bautismal de “llevar las cargas los unos de los otros… llorar con los que lloran… y... consolar a los que necesitan de consuelo” (Mosíah 18:8–9). Como hijos de Dios, así como el árbol solitario no prospera en aislamiento, nosotros tampoco. Los árboles sanos necesitan un ecosistema; las personas sanas se necesitan unas a otras.

Por fortuna todos poseemos en nosotros el anhelo de tener sociabilidad, compañía, amigos fieles. Como miembros de la familia eterna de Dios, todos deseamos la satisfacción y la seguridad que proveen las relaciones estrechas y duraderas. Ustedes aprenderán que la creación de tales relaciones toma tiempo, esfuerzo y una abundancia de caridad. Como lo expresó Mormón, “la caridad... no busca lo suyo” (Moroni 7:45)—no busca su propio plan, ni sus propios intereses, y desde luego no busca su propio placer. Aunque los sitios de internet y de redes sociales sin duda brindan cierta forma de sociabilidad, no constituyen un sustituto de la comunicación sincera, abierta y cara a cara que debe ocurrir para que se entablen relaciones auténticas y duraderas.

Ciertamente el primer laboratorio, y el mejor, para aprender a llevarnos bien con los demás es el hogar. Es en el hogar donde aprendemos las lecciones de servicio, generosidad, perdón y paciencia que son esenciales para formar relaciones duraderas con los demás. Pienso que ésa es la razón por la que parte de ser “dignos para entrar en el templo” es el requisito de que vivamos en amor y armonía con los miembros de la familia.

Felizmente, la organización inspirada de la Iglesia también brinda oportunidades y entornos en donde podemos desarrollarnos socialmente. Desde nuestra infancia hasta nuestra vejez pertenecemos a un barrio o una rama y vivimos situaciones en que las relaciones con otras personas y la sociabilidad pueden florecer. En los llamamientos, reuniones, clases, quórumes, consejos, actividades de la Iglesia y en una variedad de otras oportunidades en las que podemos asociarnos, desarrollamos los atributos y las aptitudes sociales que nos permiten prepararnos para el orden social que existirá en el cielo. Hablando de ese orden más alto, el Señor dijo mediante José Smith: “Y la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna que ahora no conocemos” (D. y C. 130:2).

Si esperamos disfrutar de la sociabilidad del cielo y la gloria relacionada con ella en el mundo venidero, debemos madurar continuamente en lo social y lo espiritual mientras estemos aquí en la tierra. Las personas, como los árboles, crecen mejor en comunidades, y no en aislamiento.

Lección Nº 4: Los árboles extraen fortaleza de los nutrientes creados por generaciones de árboles anteriores.

Hubo un periodo en el mantenimiento de la Arboleda Sagrada en el que los encargados decidieron que debía verse bien acicalada. Periódicamente se organizaban proyectos de servicio para jóvenes y misioneros para quitar las ramas y los árboles caídos, la maleza e incluso los troncos y hojas muertas. Siguiendo esa práctica, al poco tiempo la vitalidad de la arboleda comenzó a disminuir. El crecimiento de los árboles se enlenteció, germinaban menos árboles nuevos, empezaron a desaparecer algunas especies de flores y plantas silvestres, y disminuyó la cantidad de fauna silvestre y aves.

Cuando el hermano Parrott se hizo cargo de la arboleda hace algunos años, recomendó que se le dejara en el estado lo más natural posible. Se debían dejar las ramas y los árboles caídos para que se descompusieran y enriquecieran el suelo. Se dejaban las hojas donde cayeran. A los visitantes se les pidió que permanecieran sobre senderos marcados para que la arboleda no fuera alterada y el suelo se compactara menos. En pocos años, la arboleda se empezó a regenerar y renovar de manera asombrosa. Hoy florece en un estado casi impecable, con una vegetación frondosa y una abundancia de fauna silvestre.

Aprecio mucho la lección aprendida de esta experiencia en el mantenimiento de bosques. Desde hace siete años he tenido el privilegio de servir como Historiador y Registrador de la Iglesia. Ese oficio fue creado por el profeta José Smith en respuesta al mandato que el Señor le dio el día que se organizó la Iglesia: “He aquí, se llevará entre vosotros una historia” (D. y C. 21:1). A partir de ese día, comenzando con el nombramiento de Oliver Cowdery como primer Historiador y Registrador de la Iglesia, y continuando hasta el presente, se ha llevado un registro admirable de la historia de la Iglesia. John Whitmer reemplazó a Oliver Cowdery, y el Señor le dijo que llevara una historia “de todas las cosas importantes… que sean para el bien de la iglesia, y para las generaciones futuras que crecerán en la tierra de Sión” (D. y C. 69:3, 8).

¿Por qué el llevar registros, recolectar, preservar y compartir la historia tiene tanta importancia en la Iglesia de Jesucristo? ¿Por qué es vital para ustedes como parte de las “generaciones futuras” estar al tanto de las generaciones pasadas y extraer fortaleza de ellas?

Como respuesta, propongo que es imposible vivir totalmente en el presente, mucho menos planear para nuestro destino futuro, sin el fundamento del pasado. Esa verdad se me recalcó con intensidad hace unos meses cuando conocí a un matrimonio maravilloso que había vivido una prueba muy inusual, la cual comparto con su permiso. Después de algunos años de matrimonio y el nacimiento de varios hijos, la esposa sufrió un grave accidente. Estuvo hospitalizada varias semanas en estado inconsciente. Cuando volvió en sí, ¡había padecido una pérdida total de la memoria! En efecto, no tenía historia. Sin el recuerdo del pasado, no tenía ningún punto de referencia. ¡No conocía a su esposo, a sus hijos ni a sus padres! Al relatarme esa historia, el esposo me confió que en esos primeros meses después del accidente, le preocupó el que su esposa se fuera de la casa a vagar sin rumbo si se quedaba sola. También temía que su esposa no volviera a enamorarse de él. Cuando él la había cortejado, había sido un joven delgado, atlético, con la cabeza tupida de cabello. Ahora, en la madurez, estaba más gordito y ¡tenía menos cabello!

Afortunadamente para todos, se había llevado por lo menos un registro parcial. El esposo había guardado las cartas que su esposa le había escrito antes y durante la misión, las cuales comprobaban que habían estado enamorados. También guardó un diario que tenía anotaciones que resultaron útiles. Con el paso de algunos años, se le ha restaurado a la esposa gran parte de su pasado porque sus seres queridos han compartido esa historia.

Esa singular y tierna situación ilustra bien la importante relación del pasado con el presente y con el futuro. Nos ayuda a apreciar más plenamente la definición que le da el Señor a la verdad, la cual se le reveló a José Smith: “…la verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser” (D. y C. 93:24). El conocimiento que tenemos de nuestro pasado, gracias a que se han llevado registros, y de nuestro futuro por las Escrituras y las enseñanzas proféticas que nos dan los profetas vivientes, nos brindan el contexto que nos permite usar nuestro albedrío sabiamente en el presente. En efecto, ese conocimiento nos da una perspectiva más divina porque nos acerca más a la habilidad de Él de tener “todas las cosas… presentes ante [Sus] ojos” (D. y C. 38:2).

Como miembros de la Iglesia de muchas naciones, todos compartimos en común la historia de los inicios de la Iglesia. Es importante que todos nos familiaricemos con la historia de la Iglesia, especialmente lo que llamaré sus “relatos fundadores”. Esos relatos —la Primera Visión de José Smith, la publicación del Libro de Mormón, las visitas angelicales de Juan el Bautista, Pedro, Santiago y Juan, Elías el Profeta, Elías y otros— contienen las verdades fundamentales en las cuales se basa la restauración del Evangelio.

Lamentablemente, en esta época tecnológica en la que abunda la información—la que, en parte, es crítica con acontecimientos y personas de la historia de la Iglesia—algunos Santos de los Últimos Días se vuelven dudosos de su fe y comienzan a cuestionar creencias ya asentadas. A tales personas que dudan ofrezco amor y comprensión y la certeza de que si viven de acuerdo con los principios del Evangelio y si continúan su estudio de la historia de la Iglesia con espíritu de oración —estudiando lo suficiente para obtener un conocimiento más cabal en lugar de un conocimiento incompleto o fragmentado—el Espíritu Santo confirmará su fe en los acontecimientos esenciales de la historia de la Iglesia hablando paz a su mente. De esa forma pueden quedarse tranquilos con sus convicciones relacionadas con la historia de la Iglesia restaurada y ya no ser “llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14). He basado el curso de toda mi vida en esos sentimientos de paz concernientes a la Primera Visión de José Smith y otros acontecimientos fundamentales del Evangelio restaurado, como lo han hecho muchos de ustedes, y sé que nunca quedaremos desilusionados.

En su forma más básica, la historia es el registro de un pueblo y sus vidas, y de esas vidas tenemos relatos y lecciones que pueden reforzar lo que creemos, lo que defendemos y lo que debemos hacer ante la adversidad. No todos los relatos que conforman nuestra historia son de la naturaleza épica de la Primera Visión de José Smith ni de la misión de Wilford Woodruff a Inglaterra. De hecho, algunos relatos realmente asombrosos vienen de la vida de Santos de los Últimos Días comunes y corrientes, que somos la mayoría, y son especialmente valiosos y útiles cuando tratan de nuestros propios antepasados.

Por ejemplo, en la década de 1920, mis abuelos Jensen, a pesar de trabajar largas horas, tuvieron que devolverle al vendedor una granja que estaban comprando y en la que vivían en el estado de Idaho. Querían regresar con sus pequeños a su pueblo natal en Utah, pero no podían salir de Idaho hasta saldar una deuda de $350 dólares. Esa cantidad nos parece poco ahora, pero en ese entonces era mucho. El abuelo trató de pedir prestado a hombres que tenían dinero, pero no lo consiguió. Por su arruinada situación, pedir un préstamo al banco no era una opción. Todos los días, él y la abuela oraban para pedir ayuda. Un domingo por la mañana, en la reunión del sacerdocio, un hombre que el abuelo casi no conocía se le acercó y le dijo que había oído de sus problemas y que le prestaría los $350 dólares con la expectativa de que cuando el abuelo llegara a Utah, le pagara la deuda lo antes posible. El acuerdo se cerró con un apretón de manos y el abuelo cumplió su palabra.

Ese sencillo relato registrado por mi abuela Jensen es un tesoro familiar. Me inspira porque ilustra los atributos del trabajo arduo, la honestidad, la superación de la adversidad, la solidaridad familiar y, lo más importante, demuestra la mano de Dios en la vida de mis fieles abuelos. Extraigo gran fortaleza y motivación de su ejemplo y del ejemplo de otras personas, tanto de los grandes como de los comunes y corrientes, de generaciones pasadas.

Tal vez hallen relatos similares en su propia tierra y su propia familia. Si es así, les insto a recolectarlos, preservarlos y compartirlos. Asegúrense de transmitirlos de una generación a otra. A mis hijos, y ahora principalmente mis nietos, les encanta cuando les cuento relatos acerca de la época “cuando yo era pequeño”. He oído decir que un pueblo no puede ser más grande que sus relatos, y yo creo que lo mismo se aplica a las familias. Los buenos relatos, si son verdaderos, conforman la buena historia. Recuerden, las personas, igual que los árboles, extraen fuerzas de los nutrientes creados por generaciones anteriores.

Conclusión

Ahora bien, al concluir, quiero que regresen a la Arboleda Sagrada y estén conmigo allí cerca de los llamados “arboles testigo”. Esos son los árboles que crecían en la arboleda hace 192 años, en la época de la Primera Visión de José Smith. Hay tres que aún viven en la arboleda, y tres muertos que siguen en pie mediante los hábiles esfuerzos de preservación del hermano Parrott.

Cuando servíamos en la misión cerca de Palmyra, a veces iba solo a la Arboleda Sagrada para estar allí en reverencia junto a mi árbol testigo favorito. Solía imaginarme que si el árbol pudiera hablar, me diría lo que había presenciado ese día primaveral de 1820. Pero realmente no necesitaba que el árbol me lo dijera, porque yo ya lo sabía. En virtud de experiencias y sentimientos espirituales desde mi juventud y que continúan hasta esta misma hora, he llegado a saber, independientemente de otras personas, que Dios nuestro Padre vive. También sé que Su Hijo Jesucristo es el Salvador y Redentor de toda la humanidad. Sé que esos dos Personajes glorificados se aparecieron a José Smith en la Arboleda Sagrada en la primavera de 1820. Levantaron a José como el profeta fundador de ésta, la última dispensación del Evangelio. Trabajando bajo Su dirección divina, José tradujo el Libro de Mormón, recibió las llaves y la autoridad del sacerdocio y organizó la Iglesia de Cristo de nuevo en estos últimos días. Somos grandemente bendecidos por vivir en esta época y ser miembros de la Iglesia de Cristo.

Las gloriosas verdades de las que he testificado tuvieron su comienzo en la Arboleda Sagrada. Así como han estado figurativamente conmigo en la Arboleda Sagrada esta noche, en su mente y en su corazón estén siempre en ese lugar sagrado y sean fieles a las verdades que Dios comenzó a revelar allí.

Recuerden también las lecciones que enseña la Arboleda Sagrada:

  1. 1.

    Cuando los poderes de oscuridad traten de destruirlos, como lo hicieron con el joven inquisitivo José Smith, estén en la Arboleda Sagrada y recuerden el pilar de luz más brillante que el sol (véase José Smith—Historia 1:15–17).

  2. 2.

    Cuando la oposición y la adversidad dificulten su camino y mengüe la esperanza, estén en la arboleda y recuerden que “todas estas cosas [les] servirán de experiencia, y serán para [su] bien” (D. y C. 122:7).

  3. 3.

    Cuando se sientan solos o aislados y les cueste entablar relaciones humanas satisfactorias, estén en la Arboleda Sagrada con la comunidad de Santos de los Últimos Días que han hecho convenio de ayudar a llevar sus cargas y consolarles en sus necesidades.

  4. 4.

    Y cuando las experiencias, la gente o las afirmaciones conflictivas de lo que es verdad cuestionen su fe y siembren la duda sobre la restauración del evangelio de Jesucristo, estén en la Arboleda Sagrada y extraigan fortaleza y motivación de las generaciones de fieles Santos de los Últimos Días que con firmeza han estado allí antes de ustedes.

Es lo que ruego para ustedes, mis jóvenes amigos, y lo ofrezco con amor en el nombre de Jesucristo. Amén.

© 2012 por Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos reservados. Aprobación del inglés: 5/12. Aprobación de la traducción: 5/12. Traducción de Stand in the Sacred Grove.Spanish. PD50039048 002

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    Notas

  1.  

    1.  Himnos, número 14.

  2.  

    2. Véase Bible Dictionary, “Atonement”; véase también Guía para el Estudio de las Escrituras, “Expiación, Expiar”, escrituras.lds.org.