Me entregaré a Él

Russell T. Osguthorpe

Presidente General de la Escuela Dominical

Devocional del SEI para Jóvenes Adultos • 3 de noviembre de 2013 • Universidad Brigham Young

 
Russell T. Osguthorpe

Es un gran privilegio para mí estar con ustedes, hermanos y hermanas. Es un placer para mi esposa y para mí estar con ustedes. Cuando los vemos, vemos infinidad de posibilidades. Ustedes tienen un gran potencial, no importa cuán altas sean sus aspiraciones, estoy aquí para decirles que pueden ser aun más altas. Pueden lograr mucho más en esta vida de lo que imaginan. Con el Señor a su lado pueden vivir milagros. Podrán hacer cosas que creían imposibles. Pueden vencer cualquier problema. Pueden superar cualquier cosa que se lo impida. Pueden rechazar el mal y abrazar todo lo que es bueno. Vinieron a la tierra con un propósito; y con la ayuda del Señor podrán alcanzar ese propósito.

Espero que sean conscientes de que muchas personas oran por ustedes. Cuando estén a solas, les invito a pensar en todas las oraciones que diariamente se ofrecen específicamente por ustedes—la nueva generación. Oraciones en los templos, Oraciones por las Autoridades Generales y los oficiales generales de la Iglesia, oraciones por los líderes de las estacas y de los barrios; y oraciones por los padres, otros miembros de la familia y sus amigos. Yo escucho muchas de estas oraciones. Son sinceras. Espero que mediten acerca de los poderes del cielo que se están invocando a favor de ustedes.

Espero que sientan el amor, no sólo de los que los conocen, sino de los que se preocupan por ustedes aunque tal vez nunca los hayan conocido. Sé que si el presidente Monson estuviera aquí, expresaría su amor por ustedes. Tenemos un profeta viviente que ama a la juventud de la Iglesia.

Mi esposa y yo estamos muy agradecidos al coro por haber cantado nuestra canción. La escribimos para nuestros misioneros mientras servíamos en la Misión South Dakota Rapid City, pero las palabras se aplican a todos nosotros toda nuestra vida. En la primera estrofa leemos:

Él ofreció su vida por mí, Él murió para que yo viviera.
¿Qué puedo hacer por Él? ¿Qué podría yo ofrecer?1

Estas son las palabras de alguien que medita sobre las bendiciones de la Expiación, las bendiciones de sentir el amor de nuestro Padre Celestial y Su Hijo, Jesucristo. Todos tenemos momentos como éste—momentos en que sabemos que el Señor nos tiene presentes.

Les invito a que reflexionen ahora sobre las bendiciones que tienen como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y, si hubiera aquí alguien que está pensando en unirse a la Iglesia, lo invito a que reflexione sobre una bendición que esté procurando tener. Luego coméntele esa bendición a la persona sentada a su lado. Si no la conocen—mejor aún—la pueden conocer al compartirla. Háblele de tantas bendiciones como pueda en un minuto o dos. Cuando termine la música de fondo, por favor termine su conversación y reanudaré mi discurso.

Recientemente invité a un grupo de estudiantes a mi casa para conversar sobre el tema de esta noche. Veamos lo que dijeron cuando les pedí que compartieran sus sentimientos acerca de las bendiciones en sus vidas:

Hombre 1: El conocimiento que tengo—el conocimiento del plan de salvación, mi Padre Celestial y cómo es Él y lo que Él desea para mí, y saber lo que puedo hacer para que mi vida esté en armonía con lo que Él desea para mí. Bendiciones derivadas del poder del sellamiento y de los templos en la tierra—saber que puedo estar con mi familia por siempre.

Mujer 1: El conocimiento de la Expiación y la habilidad para tener acceso al poder que viene por medio de la Expiación. Mucho de ello viene por medio de las ordenanzas del sacerdocio y por sentir una verdadera conexión con mi Padre Celestial por medio de esas ordenanzas y los convenios que hago con Él. Tener el poder en nuestras vidas, tener la fortaleza y todas las cosas que necesitamos para regresar a Él.

Mujer 2: La oportunidad y el privilegio de tener el don del Espíritu Santo con nosotros siempre, para guiar nuestras decisiones al someter nuestra voluntad y darnos el solaz y la fortaleza para esta vida y luego estar con Él para siempre jamás.

Hombre 2: Siento que todas son bendiciones del sacerdocio que están disponibles tanto para los hombres como para las mujeres. Estoy muy agradecido por el sacerdocio que fue restaurado para que tengamos todas estas bendiciones: el templo, el Espíritu Santo, la oportunidad de tener derecho a la Expiación.

Mujer 3: Cuán agradecida estoy al saber que puedo progresar y que esta vida no es para ser apáticos y no hacer nada. Es ponernos de pie e ir a algún lado. Para mí, el progreso es tan esencial para saber que eso sucede y puede suceder incluso después de la muerte.

Hombre 3: El Libro de Mormón. Como estudiante paso mucho tiempo leyendo tantas cosas que tengo que estar en guardia—como, ¿será verdad? ¿Qué pruebas tienen? ¿Cómo podré entender todo lo que dicen? Pero siento que “puedo quitarme los zapatos”, por así decirlo, cuando leo el Libro de Mormón. Porque es verdad—traducido por el don y el poder de Dios.

Sin el evangelio restaurado de Jesucristo, no tendríamos ninguna de las bendiciones que mis amigos acaban de mencionar. Recordar las bendiciones nos fortalece para seguir adelante en la vida, pero sabemos que seguir adelante es un desafío. Esta es la vida mortal, y no es fácil. Las siguientes dos estrofas del himno que cantó el coro dicen:

Cuando otros se aparten, cuando parece que a nadie le interese,
¿Cómo puedo sentir Su amor? ¿Cómo sabré que está allí?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cuando el dolor y la tristeza lleguen a los que dudas tengan,
¿Cómo les llevaré la paz? ¿Cómo haré para que lo intenten?2

Esta vez los invito a que escriban—o simplemente recuerden—desafíos que están afrontando actualmente en su vida, cosas que a veces los mantienen despiertos. Otra vez, cuando pare la música nos volvemos a juntar.

Veamos lo que mis amigos dijeron acerca de sus desafíos:

Mujer 2: ¡Para empezar, son muchas cosas! Algo que estaba pensando es que es fácil relacionar tu valor y tu identidad con tus logros: no me he casado aún, o todavía no he recibido mi licenciatura o maestría, o esas cosas que logramos o no logramos.

Hombre 2: Mantener la espiritualidad que tuvimos mientras servimos tiempo completo para el Señor. Eso es algo que debo escoger cada día, ya sea que pueda continuar con los mismos hábitos que desarrollé en la misión o no.

Hombre 1: Una de las cosas más grandes que trajo el Espíritu a nuestra vida durante la misión fue tener la oportunidad de ministrar y testificar y que continúa en las visitas de orientación familiar y de maestras visitantes, y por medio del hermanamiento—con grandes oportunidades de hacer muchas cosas significativas; y ese mismo Espíritu puede estar con nosotros cuando ministramos a otros.

Hombre 3: Encontrar el equilibrio entre ser guiado por el Espíritu y la inspiración en las decisiones que tomas en la vida. Algunas personas parecen recibir mucha guía del Señor. Algunas personas tienen que trabajar en algunas cosas y hacerlas antes de saber si son correctas o no.

Mujer 1: Un tema recurrente, como las bendiciones que llegan después y comprender que llegarán en un momento futuro; pero el tener esa fe y confianza y sujetar nuestra voluntad a la del Padre Celestial.

Mujer 3: ¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena? O cosas difíciles—en verdad difíciles—a la gente buena? Esto es algo que ha estado en mi mente. Por ejemplo, acabo de enterarme que mi padre tiene cáncer. Pensé, “¿Cómo puede sucederle eso a alguien que ha servido tanto?”

Cualquiera que sea su desafío, testifico que el tema que trataremos esta noche les pueden ayudar a superarlo.

Para empezar, reflexionemos un momento en el último devocional del SEI. En la bendición apostólica que dio el élder Russell M. Nelson, dijo, “Los bendigo…para que ustedes y por medio de ustedes se haga Su voluntad”3. Piensen en el poder de estas palabras. Si la voluntad de Dios se ha de hacer por medio y a través de nosotros, entonces nuestra voluntad tiene que ser la misma voluntad de Dios. Debemos desear lo mismo que Él desea.

El élder Neal A. Maxwell dijo: “Al someter su voluntad a Dios, están dándole lo único que pueden darle porque es lo que realmente les pertenece. ¡No esperen demasiado para buscar el altar ni para comenzar a depositar en él la ofrenda de su voluntad!”4.

Esta noche los invito a considerar conmigo tres preguntas: (1) ¿Cuál es el significado de la palabra voluntad? (2) ¿Cómo entregamos nuestra voluntad a Dios? Y (3) ¿Cómo podemos saber que estamos teniendo éxito?

Primero, ¿qué significa la palabra voluntad? No hablamos con frecuencia de nuestra voluntad, al menos usando esa palabra. En ocasiones decimos “fuerza de voluntad.” Por ejemplo, “No tengo la fuerza de voluntad para resistirme a ese pastel.” Así que fuerza de voluntad” es la “disposición para hacer algo, el deseo que nos mueve a actuar” 5.

Si piden a la gente en los Estados Unidos que nombre las dos cosas más importantes para nuestra salud física, casi el 95 por ciento dirá “dieta y ejercicio.” Entonces, si les preguntan a esa misma gente, “¿Estás comiendo y ejercitándote bien?” entre el 5 y el 10 por ciento dirán que sí. Existe una brecha importante entre saber algo y hacerlo. La mayoría de la gente sabe lo que debe hacer, pero pocos tienen la voluntad de hacerlo.

Un ejemplo de nuestra misión muestra que cuando recibimos ayuda podemos desarrollar la voluntad para hacer lo que sabemos que debemos hacer.

Uno de nuestros ayudantes dijo a su compañero, “Oye, he aumentado 14 kilos desde que llegué a la misión. No puedo regresar a casa así, ¿me ayudas a perder peso?

Su compañero aceptó.

Poco después, en la fila de un buffet, estaba yo detrás de estos dos misioneros. El que deseaba perder peso fue a tomar un pastelillo. Su compañero le dijo al oído, “No quieres comer eso.”

El misionero hambriento, un poco molesto dijo, “Oh sí, yo quiero eso.”

“No, en realidad no lo quieres,” le dijo su compañero.

El misionero no tomó el pastelillo.

El misionero deseaba perder peso, pero necesitaba ayuda para resistir su deseo de tomar el pastelillo. Recuerdan la línea de la canción que dice, “Cómo haré para que lo intenten?” El misionero estaba ayudando a su compañero a hacer lo que deseaba hacer, pero no podía sin la ayuda de otro. Estaba tratando de ayudar a este misionero a que su deseo de estar sano pudiera vencer su deseo por el pastelillo. Estaba tratando de ayudarlo a fortalecer su voluntad.

El adversario desea que creamos que no hay tal cosa como la voluntad—que no tenemos otra opción más que seguir nuestros impulsos naturales—a comer tantos pastelillos como podamos. Algunos erróneamente creen que nuestra voluntad está predeterminada por nuestros genes y que no tenemos control para vencerlos.

Para mostrar cuán importante es este asunto, les comparto algunos extractos de un artículo reciente. El autor es un respetado profesor de biología. Así empieza el artículo llamado “Porqué en realidad no tienes libre voluntad”. Este artículo llamó mi atención porque, como miembros de la Iglesia, sé que tenemos voluntad.

Explica que las decisiones que creemos tomar, en realidad no las tomamos. Hablando de las elecciones que hacemos por la mañana al desayunar: “Ustedes pueden creer que tomaron una decisión, pero en realidad su decisión…para comer huevos o tortitas [esta mañana] fue determinada antes de que fueran conscientes de ello—tal vez antes de que despertaran. Y su “voluntad” no tuvo nada que ver con esa decisión6.

Así que está diciendo que no tenemos voluntad, ningún control sobre nuestros deseos. Solamente estamos sujetos a lo que decidan nuestros genes. Cuando leí este artículo, hubiera querido comentarle acerca de nuestro misionero. Él sí tomó una decisión. Perdió 14 kilos. Su voluntad venció sus deseos corporales.

Aprendemos de la revelación, tanto antigua como moderna, que sí tenemos albedrío, que sí tenemos voluntad, que sí tenemos deseos y que esos deseos pueden cambiar. El élder Russell M. Nelson, en la última conferencia general, dijo: “Podemos cambiar nuestra conducta; incluso nuestros deseos pueden cambiar. ¿Cómo?...El verdadero cambio…sólo viene mediante el poder sanador, limpiador y habilitador de la expiación de Jesucristo”7.

Cuando el élder Maxwell dijo que nuestra voluntad es lo único que podemos dar a Dios, estaba enseñando que cualquier otra cosa que le demos, Dios ya nos la ha dado. Cuando damos diezmos u ofrendas, simplemente estamos dando a Dios algo que ya nos había dado. Cualquier dinero que ganemos en esta vida, por ejemplo, nos llega gracias a las creaciones de Dios. Si damos de nuestro tiempo, estamos dando aquello que Dios ya nos había dado—de nuestros días en la tierra. Pero cuando sometemos nuestra voluntad a Él, ese es un don que solamente nosotros podemos dar. Cuando cedemos nuestra voluntad, estamos dando de nosotros mismos totalmente, sin retener nada.

Esto es lo que mis amigos dijeron cuando les pedí que buscaran en las Escrituras y luego me dieran su opinión sobre el significado de la palabra voluntad:

Hombre 3: Estar “dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre [ellos], tal como un niño se somete a su padre8. Está hablando de ceder y someterse y estar dispuestos. Seguimos hablando de esto y nos llevó a otra Escritura en Helamán 3.

Hombre 1: Helamán 3:35—“Sí, hasta la purificación y santificación de sus corazones, santificación que viene de entregar el corazón a Dios”.

Mujer 3: No sucede todo a la vez, no lo creo, pero definitivamente es un proceso que viene con el tiempo y el trabajo.

Hombre 2: Es casi como ganar impulso. Al tomar la decisión correcta, es más fácil tomar una decisión correcta la siguiente vez. La oración y el estudio diario de las Escrituras, meditar y escribir en un diario.

Mujer 2: En Mosíah 5:2, se describe el poderoso cambio dentro de nosotros y en nuestro corazón que ya “no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente.”

Mujer 1: Es gracioso porque estábamos leyendo la misma cita, pero tuvimos una conversación diferente. Pienso que es muy poderoso lo que dice en Helamán 3:35, acerca de entregar nuestros corazones a Dios y cómo nos santifica. Creo que requiere mucha confianza entregarnos a Él y decirle, “Voy a confiar en que Tu plan es perfecto. Te cedo mi voluntad y permitiré que la uses para moldearme y llegar a ser quien desees que sea”.

Hombre 2: Estábamos hablando de la batalla en los cielos—cómo peleamos por nuestro albedrío y cómo decidimos seguir a Cristo y hacer lo que Él desea que hagamos. Cómo en esta vida es casi una batalla de voluntades: ¿Decidiremos elegir lo que Cristo desearía, ser como Él es, en lugar de decir que haremos las cosas que Él nos pide—desearemos hacerlas?

Así que ceder nuestra voluntad al Señor no significa que renunciemos a nuestro albedrío. En realidad lo opuesto es la verdad. Cuanto más nos sujetemos al Señor, más crecerá nuestra habilidad para ejercer nuestro albedrío moral. El saber lo que Dios quiere que sepamos, saber lo que Él quiere que digamos, hacer lo que Él desea que hagamos, nos llevará a ser lo que Él desea que seamos. Dios nos dio el albedrío para que nos sometiéramos a Él, no para que sucumbiéramos a la tentación.

Cuando escudriñan algo, podrán encontrar los deseos que los llevan a sus más caras acciones. Notarán que no dije “que los llevan a cualquier acción”—porque algunas de nuestras acciones no son motivadas por nuestros más profundos y fuertes deseos. Algunas cosas suceden sin pensarlas. Algunas acciones hasta parecen ir en contra de lo que más deseamos.

Un joven se me acercó en busca de ayuda en su proceso de arrepentimiento. Al describir la pena que sentía por lo que había hecho, dijo, “Viéndolo bien, no puedo creer lo que hice. Es como si otra persona lo hubiera hecho y no yo”. Muy dentro de su corazón deseaba no haber hecho lo que hizo, pero de alguna manera el hombre natural surgió y él cedió a los susurros del adversario más que a los susurros del Espíritu Santo, quien lo hubiera ayudado a resistir la tentación9. Él estaba hablando de la voluntad. Deseaba ser bueno, pero había una parte de él—algún aspecto de su voluntad—que no había vencido. Estaba reteniendo esa pequeña parte, y eso lo llevó a hacer algo que lamentaba. Pero se acercó a un líder del sacerdocio para hacer las cosas bien—para ser quien en realidad era, un fiel hijo de su Padre Celestial. Lo hizo para poder entregar toda su voluntad al Señor, esta vez sin retener nada.

Este joven experimentó un cambio de corazón. “Ya no tení[a] más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente”10. Sus deseos habían cambiado, y debido a esto, su conducta también cambió. Estaba haciendo a un lado al hombre natural y sometiéndose a los susurros del Espíritu Santo. Un cambio de corazón es un cambio de motivo, no sólo un cambio de acción. Necesitamos hacer cosas buenas, pero más aun, necesitamos hacerlas por la razón correcta.

Motives and Actions Diagram(haga clic para ver en formato más grande)

Gráfica: Diagrama

Este diagrama me ayuda a comprender la relación entre nuestros motivos o deseos y nuestras acciones. Cuando nos encontramos en la senda del discipulado, nuestras razones son puras y nuestros actos justos. Hacemos cosas buenas porque amamos al Señor y a Sus hijos. Pero también es posible hacer algo bueno con un motivo indigno. Entonces estamos actuando como los hipócritas—hacemos el bien porque queremos ‘vernos’ bien o porque deseamos vernos mejor que nuestro vecino.

Si hacemos algo injusto con un motivo injusto, estamos, como dice en las Escrituras, “por [nuestra] propia voluntad [rebelándonos] contra Dios”11. Los que así piensan están orgullosos de las cosas malas que hacen. Pero cuando en verdad deseamos hacer lo bueno pero fallamos y caemos, estamos cediendo ante el hombre o mujer natural dentro de nosotros. Cuando nos encontramos en cualquier otro camino que no sea el del discipulado, necesitamos invocar los poderes de la Expiación arrepintiéndonos y regresaremos al camino correcto.

Este proceso de arrepentimiento es claramente un proceso de cambio de deseos. Es un proceso para dar lugar al Espíritu. Cuando hacemos lugar para el Espíritu, no hay lugar para el pecado.

Así que nuestra voluntad es la fuerza colectiva de nuestros deseos o motivos. Nuestra voluntad sustenta todas nuestras acciones. Así que ¿cómo podemos empezar a fortalecer nuestra voluntad? ¿Cómo podemos entregar nuestra voluntad al Señor? Invito al coro a que canten de nuevo el estribillo de la canción que cantaron al principio de nuestra reunión. Escuchen cuidadosamente las palabras.

Lo que Él quiera que diga diré. Lo que Él quiera que haga haré.
Testificaré al mundo del Hijo Amado de Dios.
A Él entregaré mi corazón, mi voluntad, mi alma.
Siempre cantaré el amor redentor, la canción que colma mi ser12.

Todos podemos decir lo que Él desea.

Mientras servía como presidente de estaca entrevisté a una hermana que recientemente se había casado. Le pregunté, “¿Cómo va su matrimonio?”

Me respondió, “Bueno, va bien, creo. No nos peleamos mucho”.

Pregunté, “¿Qué quiere decir con ‘mucho’?

Dijo, “Bueno, usted sabe, todas las parejas casadas se pelean”.

Yo le respondí, “No todas las parejas casadas. Mi esposa y yo no nos peleamos. Mis padres no se pelearon”.

Tuvimos una gran conversación acerca de cómo ella y su esposo podrían hablarse con amor en lugar de hacerlo con frustración y aspereza.

Podemos decir lo que el Señor desee que digamos. Podemos eliminar la aspereza de nuestras palabras y el tono de voz. Podemos edificar a otros en lugar de destrozarlos.

En cierta ocasión acompañé al élder Jeffrey R. Holland a reorganizar una presidencia de estaca. Cuando entramos al hotel reconoció a la recepcionista y le preguntó, “¿Cómo está su agradable novio?”

Ella respondió, “Terminamos la relación hace unas semanas”.

“Bueno, encontrará a otro, y será mejor”.

Ella sonrió y nos retiramos. Al siguiente día vi cómo felicitaba a los miembros y a los líderes, uno tras otro. Lo hacía con tal naturalidad que todos los que saludábamos se sentían mejor consigo mismos y con la vida—sólo porque él los edificó.

Podemos hacer esto. Si el Salvador estuviera aquí, Él fortalecería a todos en Su camino, tal como lo hizo cuando estuvo en la tierra. Todos podemos decir lo que Él desea que digamos.

Cuando alguien me pregunta qué siento al servir con las Autoridades Generales, lo primero que me viene a la mente es el amor que siento cuando estoy con ellos. Uno puede pensar que estar en el estrado en el Centro de Conferencias es intimidante porque la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce están sentados a espaldas de uno cuando habla. Pero me hacen sentir, de alguna manera, la confianza que en realidad puedo hacerlo.

En cuanto uno termina de hablar, los Doce extienden su mano y le agradecen la contribución a la reunión cuando uno se dirige de nuevo a su lugar. La primera vez que esto sucedió, me sorprendió. No esperaba que fueran tan expresivos, pero lo son. Edifican a todos en su camino, igual que lo hizo el Salvador. Esto es característico del presidente Monson.

El presidente Monson demuestra su amor a todos. Después de las sesiones de la conferencia de octubre, el presidente Monson vio a un jovencito saludándolo de lejos. Se inclinó sobre la barandilla y le indicó que se acercara. Le extendió la mano y lo saludó. El jovencito estaba comprensiblemente emocionado.

En otra ocasión, después de un evento en el Centro de Conferencias, el presidente Monson se detuvo para saludar a tantos jóvenes como le fuera posible. Caminó hacia el escenario y se acercó a un grupo de jóvenes discapacitados. Aun cuando estos jóvenes no podían responder verbalmente al presidente Monson, las sonrisas en sus rostros mostraban cuánto apreciaban sus cordiales saludos.

Si tratamos de llegar a otros, entonces nuestra capacidad de hacerlo mejor, aumenta. Este es uno de los mejores indicadores de que hemos entregado nuestra voluntad a Dios.

Así podremos decir lo que el Señor desea que digamos. También podremos hacer lo que Él desea que se haga. En ocasiones las acciones importan más que las palabras.

Cuando criábamos a nuestra familia, mi esposa contrajo una grave infección y la tuvieron que hospitalizar. Yo intentaba proveer para mi familia y cuidar de cinco pequeños mientras ella se recuperaba. No tuve que trabajar mucho para cuidarlos. La comida llegaba a nuestra puerta día tras día—tanta, de hecho, que no podíamos comerla toda. Así que puse esta comida en el congelador hasta que se llenó.

Estos actos pueden parecer pequeños comparados con algunos actos de servicio compasivo, pero les diré que esa comida significó mucho. Me rescató. Mi esposa estaba débil y yo me sentía desalentado; pero, sólo tenía que abrir el congelador y ver lo que había para comer. Con cada comida que esos buenos miembros del barrio llevaron a nuestra casa, estaban entregando su voluntad a Dios. Estaban haciendo lo que Él deseaba que hicieran.

Esos miembros del barrio tenían buenos motivos para ayudar a una familia con necesidad, pero es posible hacer algo bueno con un motivo equivocado. Entonces, como lo enseña la Escritura, lo bueno que hagamos es en realidad contado como malo porque nuestro corazón estaba equivocado13. Hicimos lo bueno, pero lo hicimos de mala gana. Así que los deseos lo son todo. Necesitamos querer lo que Dios quiere. Necesitamos decir lo que Él quiere que se diga porque queremos decir lo que Él quiere que se diga. Necesitamos hacer lo que Él quiere que se haga porque queremos hacer lo que Él quiere que se haga. Necesitamos ser testigos del Hijo amado de Dios porque queremos ser testigos. Entonces sabremos que estamos dando toda nuestra alma a Él—ni una sola parte de nosotros desea hacer lo contrario a Su voluntad.

Decir y hacer lo correcto se vuelve más fácil al hacer promesas al Señor.

Los convenios juegan un papel fundamental en el desarrollo de la voluntad. Cuando nos bautizamos hacemos convenio de tomar el nombre del Señor sobre nosotros—hacer lo que Él desea que hagamos. Entonces, cada domingo renovamos ese convenio. Testificamos a nuestro Padre Celestial que seguimos dispuestos a tomar el nombre del Señor sobre nosotros y recordarlo y guardar Sus mandamientos. Cada vez que tomamos el pan o bebemos el agua dignamente, estamos entregando nuestra voluntad a Él. Estamos diciendo, “Seré un testigo ante el mundo del Hijo amado de Dios14.

Cuando somos sellados en el templo a nuestro compañero eterno, hacemos convenios que fortalecen nuestra voluntad. Podemos sentir el poder fortalecedor de la Expiación cada vez que entramos a la santa casa de Dios. Es ahí donde hacemos convenio de consagrarnos al Señor. Es por esto que el élder Maxwell dijo, “No esperen demasiado para buscar el altar ni para comenzar a depositar en él la ofrenda de su voluntad”15. Tal vez hablaba con metáforas, pero creo que también estaba hablando claramente de cómo podemos entregar nuestra voluntad a Dios al hacer y guardar los convenios hechos con Él.

Así que hacemos todo lo que podemos para entregarnos a Él—nuestro corazón, nuestra voluntad, nuestra alma. Cuanto más sigamos este camino, más nos bendecirá el Señor con Su amor. Y al sentir más Su amor, sabremos con certeza que tendremos éxito al entregarle nuestra voluntad.

Espero que aprendamos algo esta noche que nos ayude a hacer realidad la bendición del élder Nelson—que la voluntad de Dios puede hacerse por nosotros y por medio de nosotros. Cuando pregunté a mis amigos lo que habían aprendido, dijeron:

Hombre 2: I Creo que juntaba el albedrío y entregar mi voluntad a Dios; y esto me ha ayudado a verlas como dos cosas diferentes. Siento que hago cosas buenas, pero ahora me hace ir y purificar los motivos para poder llegar a ser lo que Él quiere que sea.

Mujer 2: Me encanta relacionar las cosas. Pienso, bueno, esto me está pasando y oh, esto es lo que he estado estudiando y oh, esta persona dijo eso. Creo que he estado relacionando muchas cosas.

Hombre 1: No importa cuáles sean los desafíos, sólo debemos entregarnos más a Dios. Como dijo el presidente Eyring: “Por más difíciles que hoy les parezcan las cosas, estarán mejor al día siguiente si [nosotros eligimos] servir [a Dios] hoy mismo”16.

Hombre 3: Entregar nuestro corazón y voluntad a Dios…lo primero que Él hace es santificarlo. No es como si le entregáramos nuestro corazón a Dios y Él lo pone en un costal y dice, “Sí, otro corazón para mí”. Lo toma y lo santifica, lo prueba y nos lo devuelve y dice, “Ahora úsalo y haz cosas grandes”. Yo nunca había pensado en lo que sucede cuando se lo das a Él. Pensaba que era como el final, pero es sólo el principio.

Mujer 3: Sé que no sé todo, y parece que entre más aprendo soy más consciente de lo mucho que no sé. Pero sí sé que Dios vive. Y creo que hoy fue una confirmación de eso—que Él es consciente y está ansioso y esperando y desea bendecir a Sus hijos, a nosotros.

Mujer 1: Hace como tres días recibí una bendición del sacerdocio por algo que me va a suceder. Algo se dijo en mi bendición acerca de que necesitaba confiar más en Dios y entregarle mi voluntad. Por alguna razón, durante la bendición sentí que debía estudiar y conocer más profundamente el significado. Cómo cambian las cosas que hago cada día y cómo someterme completamente a Él.

Así que, dar nuestra voluntad al Señor es algo que hacemos todos los días. No es un hecho aislado. No es el fin, sino el principio. Podemos decir lo que Él quiere que se diga. Podemos hacer lo que Él desea que se haga. Podemos ser testigos ante el mundo del Hijo amado de Dios—todo porque deseamos hacer estas cosas. Cuando este cambio ocurre en el corazón, nuestra gratitud por la Expiación aumenta tanto que somos fortalecidos continuamente.

Alma dijo, “si habéis sentido el deseo de cantar la canción del amor que redime, quisiera preguntaros: “¿Podéis sentir esto ahora?”17.

La canción del amor que redime es un canto de regocijo en la Expiación de Jesucristo. No es necesariamente un canto con notas y letra. Es un canto de sentimientos. Las palabras que usamos para expresar nuestra gratitud cuando deseamos cantar la canción del amor que redime cambian siempre, dependiendo de las bendiciones específicas que recibamos. Pero este sentimiento de gratitud por el Salvador es como un canto, y se puede cantar una y otra vez en nuestro corazón, cada vez que pensamos en cómo el Salvador nos salvó de todo aquello que nos puede derribar.

Es por eso que Alma nos pregunta si podemos cantarla. Ahora es el momento que importa. Si nos regocijamos en la Expiación de Jesucristo ahora mismo, nuestro corazón está bien. Estamos entregando nuestra voluntad a Él y Él fortalece nuestra voluntad. Si nos atraen las cosas del mundo, nuestro corazón no está bien, y nuestra voluntad no se fortalece.

En la última parte del Libro de Mormón, los nefitas, que habían sido un pueblo justo, se alejaron del Señor. Comenzaron a jactarse de su propia fortaleza en lugar de regocijarse en la fortaleza del Señor. Ellos se rebelaron obstinadamente contra Dios. Y qué les sucedió? Fueron abandonados a su propia fuerza—al punto que perdieron todo18.

No queremos hacer eso. Sabemos que no podemos hacer nada solos en esta vida. No podemos. Necesitamos la ayuda del Señor. Necesitamos la ayuda de otros. Sencillamente no podemos confiar en nuestra propia fuerza. Los brazos extendidos del Señor nos invitan a ser fortalecidos por Él de manera que no seamos abandonados a nuestra propia fuerza19.

Sé que podemos aceptar Su invitación para venir y ser fortalecidos, venir y ser perdonados, venir y sentir Su infinito amor. Luego, con un corazón regocijante, podremos cantar el canto de amor que redime—no sólo de vez en cuando. Lo cantaremos siempre. Cuando sintamos la fuerza para hacer algo difícil, cantaremos ese canto en nuestro corazón. Cuando permitamos que la verdad llegue a nosotros y engrandezca nuestra alma, cantaremos ese canto. Cuando nos sintamos perdonados, cantaremos ese canto. Y cuando sintamos Su amor, cantaremos ese canto.

Cada vez que lo cantemos, estaremos entregando nuestra voluntad a Él, el único don que tenemos para darle. No solamente aceptará este don, lo expandirá y acrecentará. Hará que nos sintamos más capaces. Aumentará nuestra capacidad de amar y ser amados. Nos sacará de la oscuridad a la luz. Nos sanará y ayudará de tal manera que nos permitirá perdonar y ser perdonados.

Testifico que Él es nuestro Salvador y Redentor. Testifico que Su Padre nos ama tanto que Lo envió a la tierra para vivir y morir por nosotros. Sé que ésta es Su Iglesia. Sé que Su profeta viviente, el presidente Thomas S. Monson, comprende las necesidades de los miembros de la Iglesia y sabe cómo ayudarnos a encontrar el camino de regreso a casa. En el nombre de Jesucristo, amén.

© 2013 por Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos reservados. Aprobación del inglés: 1/13. Aprobación de la traducción: 1/13. Traducción de I Will Give Myself to Him . Spanish. PD50048935 002

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    Notas

  1.  

    1. Russell T. Osguthorpe and Lola Osguthorpe, “Me entregaré a Él” (2009).

  2.  

    2. Russell T. Osguthorpe y Lola Osguthorpe, “Me entregaré a Él”.

  3.  

    3. Russell M. Nelson, “Juventud bendita: ¿qué es lo que escogerán?” (Sistema Educativo de la Iglesia, devocional, 6 de septiembre de 2013); LDS.org.

  4.  

    4. Neal A. Maxwell, “Recordemos cuán misericordioso ha sido el Señor,” Liahona, Mayo de 2004, pág. 44.

  5.  

    5.  Oxford English Dictionary, “will”; oed.com.

  6.  

    6. Jerry A. Coyne, “Why You Don’t Really Have Free Will, USA Today, Jan. 1, 2012; http://usatoday30.usatoday.com/news/opinion/forum/story/2012–01–01/free-will-science-religion/52317624/1.

  7.  

    7. Russell M. Nelson, “Decisiones para la eternidad,” Liahona, Nov. 2013

  8.  

    8.  Mosíah 3:19.

  9.  

    9. Véase Mosíah 3:19.

  10.  

    10.  Mosíah 5:2.

  11.  

    11.  Mosíah 15:26.

  12.  

    12. Russell T. Osguthorpe y Lola Osguthorpe, “Me entregaré a Él”.

  13.  

    13. Véase Moroni 7:9.

  14.  

    14. Véase Moroni 4:3; 5:2.

  15.  

    15. Neal A. Maxwell, “Recordemos cuán misericordioso ha sido el Señor,” Liahona, mayo 2004, pág. 44.

  16.  

    16. Henry B. Eyring, “Este día,” Liahona, Mayo 2007, pág. 89.

  17.  

    17.  Alma 5:26.

  18.  

    18. Véase Helamán 4:13.

  19.  

    19. Véase Mateo 11:28.