Nuestro profeta: Thomas S. Monson

William R. Walker

De los Setenta

Devocional del SEI para jóvenes adultos • 5 de mayo de 2013 • Universidad Brigham Young–Idaho

 
William R. Walker

“Te damos, Señor, nuestras gracias” (Himnos, Nº 19). Éste es un himno distintivo de la Iglesia, pues agradecemos a Dios el tener un profeta que nos guía en estos últimos días.

El hecho de que Dios nos haya dado un profeta es esencial en la fe y creencia de cualquier Santo de los Últimos Días. Sabemos que Dios vive y que nos ama. Sabemos que envió a Su Hijo Jesucristo para ser nuestro Salvador y Redentor, y sabemos que nos ha dado un profeta.

Los primeros miembros de la Iglesia sintieron una profunda gratitud por haber vivido en la época del profeta José Smith. Los mensajes y los testimonios de la Restauración solían ser experiencias de primera mano para los primeros santos.

Durante los años que Brigham Young presidió la Iglesia del Señor sucedieron cosas maravillosas. Los santos llegaron al oeste de Norteamérica y se establecieron en el corazón de las Montañas Rocosas, donde floreció la Iglesia. Quienes vivieron en aquel entonces consideraron una gran bendición haber vivido en la época del profeta Brigham Young.

El mismo modelo se repite cada vez que el Señor llama a un hombre grande y noble para dirigir los asuntos de Su Iglesia. Mis padres y abuelos hablaron con profunda reverencia y cariño del profeta de su época: el presidente Heber J. Grant.

A la hermana Walker y a mí, y a muchos de sus padres y abuelos, nos encanta el gran ejemplo y las notables enseñanzas del profeta David O. McKay, a quien sucedieron Joseph Fielding Smith, Harold B. Lee, Spencer W. Kimball, Ezra Taft Benson y Howard W. Hunter. Cada uno de ellos fue preparado de manera maravillosa para dirigir la Iglesia por un periodo determinado por el Señor mismo. Cada uno de ellos fue amado y apoyado por los miembros de la Iglesia.

La mayoría de los presentes recordará con cariño el gran liderazgo del presidente Gordon B. Hinckley. Qué bendición haber vivido durante el tiempo en el que fue Presidente de la Iglesia.

Hace cinco años el Señor llamó al presidente Hinckley de regreso a Su hogar, y Thomas S. Monson se convirtió en el Presidente de la Iglesia: el profeta actual del Señor en la tierra. Qué bendición es para ustedes y para mí vivir en este momento maravilloso en el que somos guiados por un gran profeta.

Ésta es la Iglesia del Señor. Él planifica la vida de estos grandes apóstoles; los coloca en posición de guiar Su Iglesia. Es un hecho que una de las características distintivas de la Iglesia del Señor sea el tener apóstoles y profetas hoy en día aquí en la tierra.

El apóstol Pablo describió una Iglesia que tenía “apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20). Así era y así es. La Iglesia del Señor se caracteriza por tener apóstoles y profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra angular principal. Cada presidente de la Iglesia ha testificado que Jesucristo es la cabeza de esta Iglesia.

No hay coincidencias, ni errores, ni campañas. En lo que atañe a la sucesión en la Presidencia de la Iglesia del Señor, Él mismo está al mando y, ciertamente, se hace Su voluntad.

Les testifico que es la voluntad del Señor que seamos guiados actualmente por el presidente Thomas S. Monson, que es el profeta actual del Señor en la tierra.

Sabemos que lo que Jeremías, un profeta del Antiguo Testamento, nos enseñó acerca de los profetas, se cumple con el presidente Monson. En las Escrituras dice: “Antes que te formase en el vientre, te conocí; y antes que nacieses, te santifiqué; te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

Hoy deseo hablarles de la vida y el ministerio del presidente Thomas S. Monson, el decimosexto presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Durante el último año de su vida, el presidente Hinckley me nombró director ejecutivo del Departamento de Templos, y el presidente Monson me ha honrado al permitirme permanecer en esa asignación. Durante los últimos seis años he tenido la bendición enorme y maravillosa de asistir al presidente Thomas S. Monson y a sus consejeros en cuestiones relacionadas con los templos. Sentado a su lado, el presidente Monson me ha brindado abundantes consejos y orientación sobre los templos en todo el mundo y los asuntos relacionados con ello. Me ha invitado a acompañarlo a dedicaciones, paladas iniciales y visitas a posibles terrenos para edificar templos. He tenido la bendición de viajar con él por todo el mundo a lugares tan distantes como Kiev, en Ucrania, y Cebú, en Filipinas, y a otros lugares interesantísimos como Roma, Italia.

En sus viajes por el mundo he tenido la bendición de estar allí para presenciar el gran amor que tiene por todas las personas, no sólo por los miembros de la Iglesia, sino por todas las personas. He sido testigo de su amistad y calidez constantes, de su bondad y sensibilidad cristianas, en especial hacia los niños, los ancianos y los enfermos. Al ver al presidente Monson, en muchas ocasiones he tenido esta impresión: “Así actuaría el Salvador, así trataría el Salvador a las personas”.

He visto su entusiasmo inagotable, su empeño y determinación, su alegría de vivir y su profundo deseo de servir al Señor y hacer lo que Él querría que hiciese. Nunca se cansa de hacer la obra del Señor.

En Doctrina y Convenios, sección  52, versículo  14, el Señor dijo: “Os daré una norma en todas las cosas, para que no seáis engañados”.

Me encanta ese pasaje porque enseña que el Señor me proporcionará un modelo y me mostrará cómo hacer las cosas, cómo actuar, cómo vivir, aunque no se trata de mí, se trata de cada uno de nosotros. El Señor nos muestra el camino; nos da modelos a cada uno de nosotros para mostrarnos cómo vivir.

Sostengo que una de las normas importantes para nuestra vida es la propia vida del profeta que nos guía y dirige la Iglesia del Señor en la actualidad. Como dije antes, de joven mi modelo fue el presidente David  O. McKay. Lo amé y lo sostuve, oré por él y estudié sus palabras detenidamente y quise ser como él tanto como me fuese posible.

Creo que cuando muchos de sus padres eran jóvenes, su modelo era el presidente Spencer  W. Kimball. Desde luego, nuestro mayor deseo es adaptar nuestra vida según la del Salvador, es decir, seguirlo, vivir Sus mandamientos y ser lo más parecido a Él.

En 3  Nefi 27:27, Jesús enseñó: “Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy”.

Ésa es nuestra meta principal: ser como Él.

En una de las paredes de cada oficina que el presidente Monson ha ocupado desde que fue obispo ha estado colgada una conocida réplica de un cuadro del Salvador pintado por Heinrich Hofmann. Es un bello retrato del Salvador.

Acerca de esta pintura, el presidente Monson dijo: “Me encanta ese cuadro. Lo he tenido desde que fui obispo a los veintidós años. Lo he llevado conmigo a todas partes a donde se me ha asignado a trabajar. He procurado modelar mi vida según la del Maestro. Siempre que he tenido que tomar una decisión difícil, he mirado el cuadro y me he preguntado: ‘¿Qué haría Él?’. Entonces procuro hacerlo” (Heidi S. Swinton, To the Rescue: The Biography of Thomas S. Monson, 2010, pág.  135).

Sé que el presidente Monson piensa en la forma de seguir el ejemplo de Jesús. En una ocasión estaba con él en un evento previo a la dedicación de un templo. Como había volado ese día, al final de la tarde pensé que podría estar cansado y quería asegurarme de que descansara antes de los eventos del día siguiente. Mientras cantábamos el último himno, me incliné hacia el presidente Monson y le dije: “Presidente, después de la oración, si nos escabullimos por la puerta lateral puedo llevarlo rápidamente al hotel para que descanse”.

Con una cara de sorpresa, me dijo: “Élder Walker, si Jesús estuviera aquí, ¿cree que Él se escabulliría por la puerta lateral apenas terminara la reunión?”.

No he vuelto a hacerle esa sugerencia. Tal como habría hecho el Salvador, él quería estar con las personas. En absoluto estaba pensando en sí mismo, sino en las cosas buenas que podría hacer.

Siempre he creído que puedo ser una persona mejor si modelo mi vida según las personas honradas que el Señor ha puesto en mi camino: mis abuelos, mis padres, mis obispos, mi presidente de misión y, claro está, el profeta de Dios a quien puedo ver y oír, y por quien oro cada día. Estoy seguro de que la mayoría de ustedes hace lo mismo.

El procurar ser más como el Señor y Su profeta, el presidente Thomas  S. Monson, ha sido una maravillosa bendición en mi vida.

Deseo compartir con ustedes algunos aspectos de la vida y las enseñanzas del presidente Monson y, espero que al hacerlo logren detectar las características que quieran emular. Todos seremos bendecidos al tratar de modelar nuestra vida según el profeta del Señor y al aprender de él.

Al igual que Nefi, y la mayoría de ustedes, Thomas  S. Monson nació de buenos padres, en Salt Lake City, el  21 de agosto de 1927. Se crió en circunstancias humildes, pero nunca trató de retocar sus orígenes. Con ese humor sereno, junto con a su absoluta confianza en sí mismo, el presidente Monson en ocasiones diría que no le preocupaba si provenía del lado rico o el lado pobre de la sociedad, pues el creció entre ambos lados.

Siempre me ha impresionado el cariño con el que habla de su juventud. Creo que se parecía mucho a Nefi. Lamán y Lemuel tenían un talento para hallar problemas y verlo todo por el lado negativo. Por el contrario, Nefi era positivo, optimista y agradecido. Veía lo bueno en todo lo que lo rodeaba. Así se crió Tommy Monson, ¡y así ha sido el resto de su vida!

Fue un buen estudiante y, tal vez lo más importante, es que fue un buen muchacho. Demostró su deseo de servir bien al Señor cuando fue llamado como secretario del quórum de diáconos de su barrio. Casi 70 años más tarde, en calidad de Presidente de la Iglesia, reflexionaba con cierto orgullo en su deseo de levantar las actas de las reuniones de la mejor manera posible. No se había planteado: “¿Por qué soy el secretario y no el presidente del quórum?”. Tan sólo quería hacer bien su trabajo. Había sido llamado a un puesto en la Iglesia del Señor y quería dar lo mejor de sí mismo. Quería que las actas estuvieran prolijas y ordenadas, así que escribió a máquina las actas de su quórum de diáconos. A los 12 años, ya estaba dándonos un maravilloso ejemplo.

No me extraña que les resulte asombroso. Así le pareció también a su presidente de estaca que, en cuanto supo del excelente trabajo del joven Tommy, le asignó un discurso en una conferencia de estaca en calidad de secretario de un quórum de diáconos. ¿Alguna vez han oído que un secretario de quórum de diáconos discurse en una conferencia de estaca? ¡Qué gran ejemplo para todos nosotros!

Terminó la secundaria y se alistó en la Marina de los Estados Unidos, donde sirvió a su país a la vez que se mantuvo limpio y virtuoso. Regresó del servicio militar y trabajó duro para conseguir una buena formación académica. Fue un buen estudiante: ¡otro gran ejemplo para todos nosotros! (El ejemplo de ser un buen estudiante tal vez sea más importante para algunos de ustedes que para otros.)

Cortejó a una bella jovencita Santo de los Últimos Días llamada Frances Johnson, de quien se enamoró, y al poco tiempo le pidió que se casara con él. Contrajeron matrimonio en el Templo de Salt Lake el 7 de octubre  de 1948, a la edad de  21 años. ¡Qué gran ejemplo para todos nosotros! (De nuevo, quizás esto sea más importante para algunos de ustedes que para otros.)

Aunque sólo llevaba 18 meses de casado y trataba de salir adelante en un nuevo empleo, aceptó el llamado del Señor de servir como obispo de un gran barrio humilde, el mismo en el que se había criado. (¡Imagínenselo!) No dijo: “No es el momento adecuado” ni “Soy demasiado joven”. Se limitó a aceptar el llamado, confió en el Señor y se lanzó de lleno a su asignación con toda la energía y el talento que el Señor le había dado. Quería dar lo mejor de sí mismo al servicio del Señor.

El joven obispo Monson llegó a amar un versículo que puede bendecir nuestra vida como bendijo la suya:

“Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5–6).

Hasta el día de hoy, el presidente Monson sigue citando ese pasaje a menudo y vive en armonía con lo que ese versículo nos enseña. ¡Qué ejemplo es para todos nosotros! Haríamos bien en recordar ese pasaje y hacer que forme parte importante de nuestra filosofía de vida, tal y como lo ha hecho el presidente Monson.

El barrio del obispo Monson tenía más de 1.000 miembros, incluyendo 84 viudas. Tanto en la conferencia general como en otros lugares hemos tenido la bendición de oírle contar de algunas de las dulces experiencias que tuvo al atender a esas hermanas que recibieron bendiciones bajo el cuidado de él.

Para mí, cada vez que lo oigo hablar de una de sus experiencias de cuando era obispo, me doy cuenta, lo cual me resulta impresionante, de que su amor e interés por los miembros de su barrio no cesaron una vez que fue relevado de su llamamiento de obispo. Fue llamado a integrar una presidencia de estaca a los 27 años, pero mucho tiempo después (después de su llamamiento como presidente de misión y como apóstol), siguió amando, nutriendo y cuidando de los miembros ancianos de su barrio. Era evidente que no los amaba y cuidaba como parte de una asignación. Su amor e interés por ellos caló en lo más profundo de su corazón y ninguna otra asignación podía arrebatárselo.

En este aspecto, el presidente Monson nos ha mostrado la manera, una mejor manera; y es a la manera del Señor. Él ama a las personas y se interesa por ellas, tal y como el Señor enseñó que deberíamos ser. ¡Qué ejemplo es para todos nosotros!

A los 31 años se llamó al presidente Monson como presidente de la Misión Canadiense, con sede en Toronto, Ontario. Tal y como lo hizo cuando fue obispo, se lanzó de lleno a su asignación, dio todo lo que tenía y confió en el Señor de todo corazón. Todos a su alrededor podían ver su amor por el Señor, por su esposa e hijos, su amor por los misioneros y los miembros, y su amor por Canadá, la tierra a la que había sido llamado a servir. Su influencia como presidente de misión fue profunda e incluso hoy sigue sin poder medir todo su alcance. Sus misioneros lo amaron y procuraron llevar una vida que enorgulleciera a su presidente de misión. Todos podemos aprender de esto.

Así como hizo al ser relevado como obispo, prosiguió atesorando en su corazón los sentimientos y el afecto por sus misioneros y los santos que fueron bendecidos de estar bajo su mayordomía. He sido testigo del incesante afecto del presidente Monson por los misioneros que sirvieron bajo su dirección en la Misión Canadiense. ¡Qué ejemplo!

Sé que los misioneros que tuvieron la bendición de tener al presidente Thomas  S. Monson como presidente de misión han procurado seguir su modelo de servir rectamente en el reino del Señor que tanto el presidente y la hermana Monson ejemplificaron para ellos. Para ilustrarlo, comparto con ustedes el hecho notable de que de los 141 presidentes de templo que sirven actualmente en todo el mundo, cinco de ellos fueron misioneros jóvenes que sirvieron bajo la dirección del presidente Monson en la Misión Canadiense.

Miles de ustedes que nos acompañan esta noche son ex misioneros. Ruego que cada uno de nosotros siga el ejemplo de esos cinco presidentes de templo, y nos esforcemos por ser fieles y recorramos el sendero del servicio recto que ejemplificaron nuestros presidentes de misión.

Recientemente me emocionó ver una foto en el ejemplar Church News, una foto del presidente Monson visitando a un hombre en un hospital de Toronto, Canadá (véase “Enseñanza del profeta”, Church News, 3  de febrero de 2013, pág.  7). Ese caballero había servido al lado del presidente Monson hace 50 años, y el presidente Monson no lo había olvidado. Ni los muchos años ni las muchas millas le habían arrebatado al presidente Monson los dulces sentimientos de amor y aprecio que se tienen quienes sirven juntos al Señor. Espero que cada uno de nosotros siga su ejemplo y no olvide a quienes bendijeron nuestra vida años atrás.

En 1963, con 36 años, Thomas  S. Monson fue invitado al despacho del presidente David  O. McKay, Presidente de la Iglesia por aquel entonces. Fue en esa reunión donde el presidente McKay lo llamó a ser Apóstol del Señor Jesucristo.

El presidente Monson es el único apóstol de los últimos 100 años llamado al Quórum de los Doce a una edad tan joven. No hay duda de que la mano del Señor dirigió el llamado de aquel joven apóstol, debido a que el Señor sabía que Thomas  S. Monson dirigiría la Iglesia en nuestra época.

En la Conferencia General de octubre se cumplió el 50 aniversario de Thomas  S. Monson en el oficio de apóstol. ¿No es maravilloso? (Desde Joseph Fielding Smith no habíamos tenido un apóstol que haya servido durante 50 años en el Quórum de los Doce.)

Durante 22 años, el presidente Monson ha servido como consejero de tres Presidentes de la Iglesia: Ezra Taft Benson, Howard  W. Hunter y Gordon  B. Hinckley. El 3 de febrero de 2008, Thomas  S. Monson fue ordenado y apartado como el Presidente de la Iglesia. Tiene a su lado dos consejeros nobles y grandes: el presidente Henry  B. Eyring y el presidente Dieter  F. Uchtdorf. Ellos son los tres sumos sacerdotes presidentes que dirigen actualmente la Iglesia del Señor en la tierra (véase D. y C. 107:22).

El sobresaliente ministerio del presidente Monson se ha caracterizado por la expresión “al rescate”. Heidi Swinton escribió una maravillosa biografía de su vida y, muy apropiadamente, la tituló Al rescate. Dicha biografía se publicó en 2010 en inglés; si aún no la han leído, les recomiendo encarecidamente que lo hagan. Los bendecirá.

El mensaje, por supuesto, es idéntico al que Jesús nos dio en Lucas: dejar a las “noventa y nueve” y rescatar a la que está perdida (Lucas 15:4). Ésta es la esencia del evangelio de Jesucristo: amar a nuestro prójimo y hacer todo lo posible por bendecir su vida. El presidente Monson siempre ha enseñado estos principios, pero aún más importante, así es como vive él. Su vida está colmada de incontables ejemplos del empeño por visitar, consolar o ayudar a los más necesitados: las viudas, los niños, los enfermos, los afligidos y los que están solos o desconsolados.

El apóstol Santiago escribió: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27).

Así es como el presidente Monson ha vivido su vida. La lección que se aplica a nosotros es que no precisamos ser un apóstol para vivir de esa manera. Podemos vivir nuestra religión, podemos visitar a los huérfanos y a las viudas, podemos guardarnos sin mancha del mundo. ¡Podemos contemplar a nuestro profeta para ver cómo hacerlo! Podemos decirnos: “Ésa es la clase de persona que quiero ser”.

Hace varios años, antes de una conferencia general, el presidente Monson enseñó otra lección maravillosa. Esta vez enseñó a las Autoridades Generales que se hallaban congregadas, muchos de los cuales habían viajado hasta Salt Lake City desde diversas partes del mundo donde servían en presidencias de Área. Era una reunión muy importante, pues nos habíamos reunido para recibir instrucción de la Primera Presidencia y de los Doce Apóstoles.

A medida que se acercaba la hora de empezar la reunión, parecía que todos estábamos presentes menos el presidente Monson, que aún no había llegado. Minutos antes de dar comienzo dejamos de conversar entre nosotros y nos sentamos reverentemente para escuchar el preludio musical, esperando que el profeta llegara en cualquier momento.

Aguardamos pacientemente hasta que dieron más de las 9:00 en punto. Alguien salió por una puerta lateral para comprobar si se necesitaba ayuda. Al volver a la sala se nos dijo: “El presidente Monson estará con nosotros en breve”.

Unos 15 minutos después de haber comenzado la reunión, el presidente Monson entró al Centro de Conferencias. Nos pusimos de pie en señal de respeto. Nos alegró verlo y nos tranquilizó ver que lucía en buen estado de salud. No parecía haber ninguna razón obvia para que llegara tarde.

El presidente Monson se fue directamente al púlpito y dijo: “Hermanos, lamento el retraso, pero mi esposa me necesitaba esta mañana”.

Me quedé profundamente impresionado y me llenó de humildad. No podía dejar de pensar en sus palabras. Se trataba de una reunión importantísima, todos los líderes generales de la Iglesia estaban congregados, pero el presidente Monson nos dio el ejemplo a todos: su esposa lo necesitaba y él tomó el tiempo necesario para cuidar de ella. Fue un gran sermón. No recuerdo nada más de lo que se dijo aquel día, pero aún recuerdo ese sermón: “Mi esposa me necesitaba”.

Aquel sermón se vio reforzado en otra ocasión en la que el presidente Monson dijo: “Cuando oigo a un hombre decir que ama a su esposa,  me dan ganas de decirle: ‘Pues demuéstrelo en la forma en que la tratas y al brindarle servicio’ ”.

Así es el presidente Monson: siempre procurando ayudar a alguien, siempre demostrando bondad e interés por los demás.

No hay que estar mucho tiempo cerca del presidente Monson para percibir su gran amor y su compromiso por su querida esposa, la hermana Frances Monson. Siempre que habla de ella, se le iluminan los ojos y se le dibuja una gran sonrisa en el rostro. Él es un hombre cuyo amor por su esposa es un ejemplo para todos nosotros. El presidente y la hermana Monson han ejemplificado a un hombre y a una mujer unidos por igual en su amor al Señor y en su deseo de servirle en rectitud.

Quiero ser más como el Señor, pero también quiero ser más como Su profeta.

Si se preguntan qué desearía el presidente Monson para cada uno de ustedes, tal vez la siguiente experiencia les ayude a saberlo:

El pasado mes de noviembre, el bello Templo de Boise, Idaho, estaba listo para ser rededicado después de estar cerrado por 18 meses para embellecerlo y remodelarlo. Tras 30 años de notable uso por parte de los fieles santos de Idaho y regiones aledañas, el templo ameritaba que se le hicieran ciertas reparaciones. Después que se lo terminó, como ha sido costumbre para celebrar la rededicación de un templo, se invitó a los jóvenes del distrito del templo a preparar una gran celebración cultural. Fue una tarde de cantos y bailes y para expresar su fe y gratitud por el templo.

Me hallaba sentado al lado del presidente Monson durante las bonitas actuaciones de las diversas estacas. Uno de los números de baile lo interpretaba un grupo encantador de jovencitas. El presidente Monson disfrutaba de la actuación y en un momento se inclinó hacia mí y compartió los sentimientos de su corazón. Dijo: “Tengo la esperanza de que cada una de ellas se case en el templo. Deseo muchísimo que cada una de ellas tenga esa bendición de casarse en el templo”.

Yo pensé: “¿Acaso no es maravilloso? El profeta de Dios está aquí presenciando la música y los bailes de estos jóvenes y para él existe una clara conexión con el templo que vamos a dedicar la mañana siguiente. Su esperanza era que cada uno de ellos se casara en el templo”. Si tal es lo que el profeta desea para nosotros, y lo es, entonces cada uno de nosotros debe desearlo para sí mismo, y ésta debe ser una meta importantísima en nuestra vida.

Quiera compartir otra experiencia con ustedes:

El presidente Monson, el presidente Eyring y el élder Quentin  L. Cook, del Quórum de los Doce, viajaron a Laie, Hawái, para la rededicación de su magnífico templo en noviembre de 2010. La noche anterior a la dedicación del templo nos reunimos en el centro Cannon del campus de BYU–Hawái para asistir a una celebración cultural. El programa fue maravilloso. Los jóvenes del distrito del templo nos relataron la historia de la Iglesia en Hawái por medio de canciones, danzas y narración. Hablaron de los primeros misioneros y conversos, relataron la asombrosa historia del futuro profeta Joseph  F. Smith cuando fue llamado a servir en una misión en Hawái en 1854, cuando apenas tenía 15 años. El joven Joseph  F. Smith regresó de su misión de tres años justo antes de cumplir los 19 años. (¿Y ustedes pensaron que el cambio reciente en la edad de los misioneros era algo asombroso, no es cierto?)

La celebración cultural prosiguió con los jóvenes representando el crecimiento de la Iglesia entre los pueblos polinesios, y contaron que el presidente Joseph  F. Smith regresó a Hawái 50 años después en calidad de Presidente de la Iglesia, para dedicar el sitio y dar la palada inicial para la construcción del Templo de Laie, Hawái.

La celebración cultural fue maravillosa y al presidente Monson le encantó en su totalidad. Disfrutó de una actuación en la que se representó un baile famoso de la Segunda Guerra  Mundial, “Boogie Woogie Bugle Boy”, pues le recordó sus días en la Marina de los Estados Unidos. Los demás números se centraron en las diferentes danzas de los isleños.

También hubo un número de baile de hula. Una de las jovencitas de dicho baile iba en silla de ruedas. Era muy bella y aun cuando no podía mover las piernas, bailó maravillosamente. El presidente Monson me dijo que la viera y me comentó lo encantadora que era y cuán grácilmente bailaba.

Al concluir el programa, todos estaban felices por las magníficas actuaciones. Al abandonar el estrado, todos los bailarines habían regresado a la zona de baile, incluso las que bailaron el hula. El presidente Monson se desvió de la ruta de salida que teníamos planeada y se dirigió hacia los jóvenes para expresarles su aprecio, y en particular se acercó a la hermosa joven en silla de ruedas para felicitarla y expresarle su amor.

Aun en medio de la celebración y de la gran multitud, el presidente Monson nuevamente demostró el amor puro del Salvador. Se dirigió a una persona en particular, se arrodilló y la besó en la frente. Yo pensé: “¿Acaso no es maravilloso? Una vez más el profeta de Dios nos demuestra cómo tender una mano a quienes nos rodean, cómo ser amables y amorosos, y cómo alentar y elevar”. Pensé: “Eso mismo haría Jesús. Así es como desea el Salvador que tratemos a los demás”.

Me encanta la canción de la Primaria que dice: “Yo trato de ser como Cristo” (“Yo trato de ser como Cristo”, Canciones para los niños, pág. 40) a lo que yo añadiría: “Y yo trato de ser como Su profeta”.

Me gustaría sugerir 5 maneras en las que podemos seguir el ejemplo del presidente Monson:

Primero, podemos ser positivos y podemos ser felices.

En La Perla de Gran Precio se describe al profeta José Smith con un temperamento jovial (véase José Smith—Historia 1:28). Tal descripción también se aplica al presidente Monson. Ciertamente, él tiene un temperamento jovial.

En cierta ocasión dijo: “Podemos elegir tener una actitud positiva. No podemos dirigir el viento, pero sí orientar las velas. Es decir, podemos escoger ser felices y positivos, independientemente de lo que se interponga en nuestro camino” (“Mensajes de inspiración del presidente Monson”, Church News, 2 de septiembre de 2012, pág.  2).

Un día estaba esperando fuera del salón de reuniones de la Primera Presidencia. Me habían invitado a participar en una reunión para analizar asuntos de templos. Estaba sentado solo y en silencio fuera del salón, creyendo que los de la Primera Presidencia ya estaban reunidos y que me invitarían a pasar en unos minutos. Mientras aguardaba, oí a alguien que se acercaba por el vestíbulo silbando. Me dije: “Alguien no conoce los buenos modales. No se puede pasear silbando al lado del despacho del Presidente de la Iglesia”. Un instante después la persona que silbaba dobló la esquina… y era el presidente Monson. Estaba alegre, y se mostraba positivo. Me saludó efusivamente y me dijo: “Supongo que empezaremos la reunión en un par de minutos”. Aun llevando el peso de toda la Iglesia sobre sus hombros, él es un ejemplo de felicidad y siempre tiene una actitud positiva. También debiéramos ser así.

Segundo, podemos ser amables y amorosos con los niños, como lo es el presidente Monson.

Jesús se refirió a menudo a los niños. Su profeta, el presidente Monson, también suele hablar de ellos, y personalmente he visto en las dedicaciones de los templos cómo ama a los niños y, mediante su ejemplo, nos enseña cómo debemos tratarlos. En cada dedicación de un templo se centra en los niños. Le encanta incluirlos en la ceremonia de la piedra angular y siempre invita a unos cuantos a poner algo de mezcla en la piedra para que participen en la culminación simbólica del templo. Él hace que sea divertido para los niños, que ellos puedan recordarlo. Siempre los recibe con una gran sonrisa, los alienta, los felicita. Es algo digno de ver.

Sus cálidos recibimientos en ocasiones incluyen el chocar los cinco, mover las orejas y alentarlos a servir en misiones y casarse en el templo. Él disfruta de la vida. ¿No deberíamos hacerlo nosotros también?

Hace unos años, el presidente Monson tuvo que dedicar el Templo Oquirrh Mountain, Utah, el día de su cumpleaños. Al llegar al templo y acercarse a la puerta de entrada, un grupo de jóvenes que, obviamente, sabía que era su cumpleaños, empezó a cantarle “Cumpleaños feliz”. Le encantó. Se detuvo y los miró con una gran sonrisa, llegando incluso a mover los brazos como si estuviera dirigiéndolos. Al final, los jóvenes agregaron el conocido “y que cumpla muchos más”, lo cual le encantó al presidente Monson, quien me dijo: “Ésa es mi parte favorita”.

Los niños y los jóvenes de la Iglesia lo aman y creo que se debe a que no dudan que él los ama. Jesús amó a los pequeñitos, y Su profeta ama a los pequeñitos. ¡Es un gran ejemplo para cada uno de nosotros!

Tercero, podemos seguir las impresiones del Espíritu como hace el presidente Monson.

La devoción del presidente Monson al Señor y su compromiso de seguir las impresiones del Espíritu fueron bellamente aseveradas por el propio profeta con estas palabras: “La experiencia más dulce que conozco de la vida es la de recibir una impresión y actuar de acuerdo con lo que me indique, para luego descubrir que se trataba de la respuesta a la oración de alguien o a la necesidad de alguien. Quiero que el Señor sepa siempre que si necesita a alguien para hacer una diligencia, Tom Monson la hará por Él” (En la obra del Señor, DVD, 2008). Éste es un modelo que cada uno de nosotros deberíamos querer imitar.

Cuarto, podemos amar el templo como lo ama el presidente Monson.

El presidente Monson será conocido como uno de los más grandes edificadores de templos de la historia de la Iglesia. Desde que se le llamó a ser Presidente de la Iglesia en febrero de 2008, ha seguido adelante con la gran obra de edificar templos. Algunos de los templos que ha anunciado se cuentan entre los más históricos: “Esta mañana tengo el placer de anunciar cinco templos nuevos para los cuales se han adquirido los terrenos y que, en los próximos meses y años, se construirán en los siguientes lugares: Calgary, Alberta, Canadá; Córdoba, Argentina; Kansas City y la periferia; Filadelfia, Pensilvania; y Roma, Italia” (Thomas S. Monson, “Bienvenidos a la conferencia”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 6). Él disfrutó ese momento.

En los cinco años en que ha sido profeta, el presidente Monson ha anunciado los planes para construir 33 nuevos templos. En la conferencia del pasado mes de abril anunció los planes de dos templos nuevos: uno en Cedar City, Utah, and uno en Río de Janeiro, Brasil.

Con la dedicación del Templo de Tegucigalpa, Honduras, en marzo, la Iglesia ya tiene 141 templos con otros 29 en construcción o en proceso de planificación. Ésta es una gran época para la construcción de templos y la adoración en el templo en la Iglesia del Señor. He oído al presidente Monson decirles a niños que aún no tenían edad para entrar en el templo que fueran y tocaran los muros del templo, y que luego “dejaran que el templo les tocase a ellos”.

El presidente Monson ha dicho: “Ruego que cada uno de nosotros lleve una vida digna, con manos limpias y corazones puros, para que el templo toque nuestras vidas y nuestras familias.” (“Las bendiciones del templo”, Liahona, octubre de 2010, pág. 19).

Él también dio esta maravillosa promesa: “Al amar y tocar el templo, y asistir a él, nuestras vidas reflejarán nuestra fe. Al ir a estas santas casas de Dios, al recordar los convenios que allí hacemos, podremos soportar toda prueba y vencer cada tentación” (véase Las bendiciones del templo”, Liahona, octubre de 2010, pág. 15).

Sigamos la norma que el profeta nos ha dado de amar el templo.

Quinto, podemos ser amables, considerados y amar a los demás como lo hace el presidente Monson.

El presidente Monson es un ejemplo maravilloso de amar a los demás. Todo su ministerio ha estado colmado de visitas a hogares; imposiciones de manos para dar bendiciones; hacer llamadas telefónicas inesperadas para brindar consuelo y aliento; enviar cartas de aliento, felicitaciones y aprecio; visitas a hospitales y asilos; y encontrar el tiempo para ir a funerales y velatorios a pesar de tener una agenda repleta.

Anteriormente mencioné a las 84 viudas del barrio del que el presidente Monson había sido obispo. En las décadas posteriores a su servicio como obispo, en una increíble manifestación de dedicación, combinada con los resultados de muchas de sus oraciones, el presidente Monson ha podido asistir al funeral de cada una de ellas. Piensen en ello.

Tal y como haría el Salvador, Thomas Monson ha ido haciendo el bien, bendiciendo y amando a las personas como si esto fuera la fuerza motivadora de su vida. Todos podríamos aprender de esto al procurar seguir sus pasos.

El año pasado presencié un ejemplo notable de la bondad del presidente Monson. Al aproximarse el final de la construcción del bello Templo de Brigham City, Utah, me reuní con la Primera Presidencia para analizar los planes de la dedicación. Como Brigham City está apenas a una hora al norte de Salt Lake City, al presidente Monson le habría resultado muy fácil viajar para la dedicación. Sin embargo, dijo: “Brigham City es el hogar del presidente Boyd  K. Packer, este gran apóstol que ha estado a mi lado tantos años en el Quórum de los Doce. Quiero que él tenga el honor y la bendición de dedicar el templo de su ciudad natal. Me haré a un lado y asignaré al presidente Packer la dedicación del Templo de Brigham City. Quiero que sea un día especial para él”.

Fue un día maravilloso para el presidente Packer y su esposa, que también se crió en Brigham City. Me conmovió la generosidad y el gesto magnánimo del presidente Monson hacia su compañero apóstol. Todos podemos ser así; podemos compartir y ser amables, y no pensar tanto en nosotros mismos, sino pensar más en quienes nos rodean.

Me encanta la canción de la Primaria “Sigue al profeta”. Tiene nueve estrofas maravillosas, pero sólo dispongo de tiempo para leerles la última:

Pocos ya distinguen entre el bien y el mal,
si oyes las noticias cuenta te has de dar.
Mas si por la senda recta hemos de andar,
a nuestros profetas hemos de escuchar.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Sigue al profeta, deja el error.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Lo que él dice manda el Señor.
(Canciones para los niños, pág. 59)

El presidente Monson conoce la senda. La senda correcta es la del Señor. “La senda verdadera es creer en Cristo” (2  Nefi 25:29).

El presidente Monson nos ha enseñado la manera de vivir gracias a sus maravillosos e inspiradores mensajes en la conferencia general. Nos ha enseñado a ser discípulos de Jesucristo mediante su sobresaliente y magnífico ejemplo. En verdad el Señor nos ha dado una norma o un modelo en todas las cosas, y uno de los modelos que deberíamos procurar emular es el de nuestro amado profeta.

Testifico que hay un Dios en los cielos que nos conoce y nos ama. Él nos ha dado un profeta para guiarnos, enseñarnos y dirigirnos en estos últimos días. Testifico que Jesucristo es el Hijo de Dios y el Salvador de este mundo. Creo que el Señor espera que amemos al profeta, que lo sostengamos y que sigamos su ejemplo.

Te damos, Señor, nuestras gracias por el profeta. Te damos gracias por este profeta. Cuento entre mis bendiciones el haber vivido en la época en la que Thomas  S. Monson es el profeta del Señor. Al seguir al profeta y tratar de ser como él, lograremos de forma indudable ser discípulos más fieles del Señor Jesucristo.

Ha sido un honor dirigirme a ustedes esta noche, y ruego que el Señor bendiga a cada uno de ustedes abundantemente. Testifico que ésta es la obra del Señor, en el nombre de Jesucristo. Amén.

©  2013 por Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos reservados. Aprobación del inglés 9/12. Aprobación de la traducción: 9/12. Traducción de Our Prophet: Thomas S. Monson. Spanish. PD50046139 002