Que no tengamos “que… desmayar” (D. y C. 19:18)

David A. Bednar

Del Quórum de los Doce Apóstoles

Devocional del SEI para jóvenes adultos • 3 de marzo de 2013 • Universidad de Texas en Arlington


 
David A. Bednar

Estoy agradecido por participar en este devocional con los jóvenes de la Iglesia de todas partes del mundo. Los amo y agradezco esta oportunidad de adorar juntos.

Susan ha hablado y testificado de principios importantes, y todos seremos bendecidos y fortalecidos si aplicamos sus enseñanzas constantemente en nuestra vida. Susan es una mujer recta, una dama electa y el amor de mi vida.

He meditado y le he suplicado con fervor a nuestro Padre Celestial para saber cómo podría servirles mejor esta noche. Ruego que cada uno de nosotros tenga el poder del Espíritu Santo: que pensemos en lo que tengamos que pensar, sintamos lo que tengamos que sentir y aprendamos lo que tengamos que aprender, a fin de que hagamos lo que sabemos que debemos hacer y finalmente lleguemos a ser lo que el Señor ansía que seamos.

Un discípulo devoto y un ejemplo de lo que es no desmayar

El élder Neal A. Maxwell era un amado discípulo del Señor Jesucristo; fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles durante 23 años, desde 1981 hasta 2004. El poder espiritual de sus enseñanzas y su ejemplo de discipulado fiel bendijo y sigue bendiciendo de maneras maravillosas a los miembros de la Iglesia restaurada del Salvador y a las personas del mundo.

En octubre de 1997, la hermana Bednar y yo fuimos los anfitriones del élder y de la hermana Maxwell en la Universidad Brigham Young–Idaho. El élder Maxwell iba a hablar al alumnado, al personal y al cuerpo docente en una asamblea devocional. Todos esperaban ansiosos su visita a la universidad y se prepararon seriamente para recibir su mensaje.

A principios de ese mismo año, el élder Maxwell se había sometido durante 46 días y noches a la debilitante quimioterapia contra la leucemia. Poco después de terminar los tratamientos y de haber recibido el alta del hospital, habló brevemente en la conferencia general de abril de la Iglesia. Su rehabilitación y terapia continua progresaron de forma positiva a lo largo de la primavera y los meses de verano; no obstante, su fuerza y vigor eran limitados cuando viajó a Rexburg. Después de saludarlo a él y a su esposa en el aeropuerto, Susan y yo los llevamos a nuestra casa para que descansaran y comieran antes del devocional.

Durante el transcurso de nuestras conversaciones aquel día, le pregunté al élder Maxwell qué lecciones había aprendido de su enfermedad. Siempre recordaré la respuesta precisa y penetrante que dio. Dijo: “Dave, he aprendido que no desmayar es más importante que sobrevivir”.

Su respuesta a mi pregunta era un principio con el que él había obtenido extensa experiencia personal durante la quimioterapia. Cuando el élder Maxwell y su esposa conducían hacia el hospital en enero de 1997, el día en que comenzaría la primera serie del tratamiento, entraron en el estacionamiento y se detuvieron para pasar un momento privado juntos. El élder Maxwell “dio un profundo suspiro y miró a su esposa. La tomó de la mano y dijo: ‘…lo único que quiero es no desmayar’” (véase Bruce C. Hafen, A Disciple’s Life: The Biography of Neal A. Maxwell, 2002, pág. 16).

En el mensaje que pronunció en la conferencia general de octubre de 1997, titulado “Aplica la sangre expiatoria de Cristo”, el élder Maxwell enseñó con gran sinceridad: “…a medida que enfrentemos nuestras pruebas y tribulaciones… también nosotros podemos suplicarle al Padre, tal como lo hizo Jesús, que no tengamos que ‘desmayar’, es decir, retroceder o rehuir. (D. y C. 19:18). ¡No desmayar es mucho más importante que sobrevivir! Más aún, el beber de una amarga copa sin amargarse es asimismo parte del emular a Jesús” (Liahona, enero de 1998, pág. 26).

La respuesta del élder Maxwell a mi pregunta me hizo reflexionar en las enseñanzas del élder Orson F. Whitney, que también fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles: “Las penas que sufrimos y las pruebas que pasamos jamás vienen en vano, sino más bien contribuyen a nuestra educación, al desarrollo de virtudes como la paciencia, la fe, el valor y la humildad. Todo lo que sufrimos y todo lo que soportamos, especialmente cuando lo hacemos con paciencia, edifica nuestros caracteres, purifica nuestros corazones, expande nuestras almas y nos hace más sensibles y caritativos, más dignos de ser llamados hijos de Dios… No es sino a través del dolor y el sufrimiento, de las dificultades y las tribulaciones, que adquirimos la educación por la cual hemos venido a la tierra’ (citado en Spencer W. Kimball, La fe precede al milagro, 1972, págs. 97–98).

Estos pasajes de las Escrituras en cuanto al sufrimiento del Salvador mientras llevaba a cabo el sacrificio expiatorio infinito y eterno, llegaron a ser aún más emotivos y significativos para mí:

“así que, te mando que te arrepientas; arrepiéntete, no sea que te hiera con la vara de mi boca, y con mi enojo, y con mi ira, y sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres” (D. y C.19:15–19).

El Salvador no desmayó en Getsemaní ni tampoco en el Gólgota.

El élder Maxwell tampoco desmayó. Este poderoso apóstol avanzó con firmeza y fue bendecido con tiempo adicional en la vida terrenal para amar, servir, enseñar y testificar. Esos últimos años de su vida fueron un rotundo signo de exclamación de su ejemplo de abnegado discipulado, tanto por sus palabras como por sus hechos.

Creo que la mayoría de nosotros probablemente demos por supuesto que un hombre con la capacidad espiritual, la experiencia y la talla del élder Maxwell haría frente a la grave enfermedad y a la muerte con un entendimiento del plan de felicidad de Dios, con seguridad, aplomo y dignidad; y ciertamente lo hizo; pero mi propósito hoy es dar testimonio de que esas bendiciones no están reservadas exclusivamente para las Autoridades Generales o para unos pocos miembros selectos de la Iglesia.

Desde que fui llamado a ocupar la vacante en el Quórum de los Doce debido al fallecimiento del élder Maxwell, mis asignaciones y viajes me han permitido conocer a santos fieles, valientes y audaces de todo el mundo. Quiero hablarles acerca de un joven y una jovencita que han bendecido mi vida y con quienes he aprendido lecciones espiritualmente importantes en cuanto a no desmayar y permitir que nuestra voluntad sea “absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:7).

El relato es verídico y los personajes son reales; sin embargo, no utilizaré los nombres verdaderos de las personas que forman parte de él. Me referiré al joven con el nombre de John y a ella como Heather. Utilizaré también, con su permiso, pasajes de sus diarios personales.

No se haga mi voluntad, sino la tuya

John es un digno poseedor del sacerdocio y sirvió fielmente como misionero de tiempo completo. Después de la misión, salió con una joven recta y maravillosa, Heather, y se casó con ella. Él tenía 23 años y ella 20 el día que se sellaron por el tiempo de esta vida y por toda la eternidad en la casa del Señor. A medida que se desenvuelve este relato, por favor tengan presentes las edades respectivas de John y de Heather.

Aproximadamente tres semanas después de su casamiento en el templo, a John le diagnosticaron cáncer de los huesos. Debido a que también le encontraron nódulos cancerosos en los pulmones, el pronóstico no era alentador.

John anotó en su diario: “Éste ha sido el día más aterrador de mi vida; no sólo porque me dijeron que tenía cáncer, sino también porque estaba recién casado y pensaba que había fracasado como esposo. Yo era el que debía proveer y proteger a nuestra nueva familia, y ahora, tras tres semanas en esa función, sentía que había fracasado. Sé que ese pensamiento es absurdo, pero es una de las locuras que me dije a mí mismo en un momento de crisis”.

Heather escribió: “Fueron noticias devastadoras, y recuerdo lo mucho que cambiaron nuestras perspectivas. Me encontraba en una sala de espera del hospital escribiendo notitas de agradecimiento por los regalos de nuestra boda mientras esperaba los resultados de los análisis; pero después de enterarme del cáncer, las ollas y las vasijas ya no parecían ser tan importantes. Fue el peor día de mi vida, pero recuerdo que esa noche me fui a acostar con gratitud por nuestro sellamiento en el templo. Aunque los médicos le habían dado sólo un 30 por ciento de probabilidades de sobrevivir, sabía que si permanecíamos fieles yo tenía un 100 por ciento de probabilidades de estar con él para siempre”.

Aproximadamente un mes después, John empezó la quimioterapia. Él describió la experiencia: “Los tratamientos hicieron que me sintiera más enfermo que nunca antes en mi vida. Se me cayó el cabello, perdí 20 kilos y sentía que el cuerpo se me estaba despedazando. La quimioterapia también me afectó, emocional, mental y espiritualmente. La vida fue como una montaña rusa durante los meses de quimio, con altibajos y todas las fases intermedias; pero durante todo ello, [Heather] y yo mantuvimos la fe de que Dios me sanaría; simplemente lo sabíamos”.

Heather anotó en detalle lo que pensaba y sentía: “No podía soportar que [John] pasara la noche solo en el hospital, de modo que todas las noches yo dormía en el pequeño sofá de su habitación. Muchos amigos y familiares nos visitaban durante el día, pero las noches eran lo más difícil. Con la mirada perdida en el techo, me preguntaba qué tenía reservado para nosotros el Padre Celestial. A veces mi mente divagaba a lugares oscuros, y mi temor de perder a [John] era casi insoportable; pero sabía que esos pensamientos no provenían de mi Padre Celestial. Mis oraciones para pedir consuelo se hicieron más frecuentes, y el Señor me dio la fortaleza para seguir adelante”.

Tres meses más tarde a John lo operaron para extirparle un tumor grande en la pierna. John escribió: “La operación era muy importante para nosotros porque se harían pruebas patológicas del tumor para ver qué porción era viable y qué parte del cáncer estaba muerta. El análisis nos daría la primera indicación de la eficacia de la quimioterapia y hasta qué punto deberían ser agresivos los futuros tratamientos”.

Dos días después de la operación, visité a John y a Heather en el hospital. Hablamos acerca de la primera vez que conocí a John en el campo misional, acerca de su casamiento, acerca del cáncer y acerca de las lecciones eternamente importantes que aprendemos con las pruebas de la vida terrenal. Al terminar nuestra visita, John preguntó si yo podría darle una bendición del sacerdocio. Le respondí que con todo gusto le daría tal bendición, pero que primero necesitaba hacerle unas preguntas.

Procedí a hacerle preguntas que no había planeado hacer y que nunca antes había considerado: “[John], ¿tienes la fe para no ser sanado? Si es la voluntad de nuestro Padre Celestial que en tu juventud seas trasladado por la muerte al mundo de los espíritus para continuar tu ministerio, ¿tienes la fe para someterte a la voluntad de Él y no ser sanado?”

Francamente me sorprendí por las preguntas que sentí que debía hacerle a este matrimonio en particular. Frecuentemente en las Escrituras, el Salvador o Sus siervos ejercieron el don espiritual de sanar (véase 1 Corintios 12:9; D. y C. 35:9; 46:20) y percibieron que la persona tenía la fe para ser sanada (véase Hechos 14:9; 3 Nefi 17:8; D. y C. 46:19); pero a medida que John, Heather y yo deliberamos en consejo y lidiamos con esas preguntas, llegamos a comprender que si era la voluntad de Dios que este buen joven sanara, entonces esa bendición únicamente se podría recibir si esa valiente pareja tenía primero la fe para no sanar. En otras palabras, era necesario que, mediante la expiación del Señor Jesucristo, John y Heather superaran la tendencia del hombre natural (Mosíah 3:19) que todos tenemos de exigir impacientemente e insistir incesantemente en cuanto a las bendiciones que deseamos y que creemos que merecemos.

Reconocimos un principio que se aplica a todo fiel discípulo: La fe firme en el Salvador es aceptar sumisamente Su voluntad y Su tiempo en nuestra vida, incluso si el resultado no es lo que esperábamos o deseábamos. Desde luego, John y Heather desearían, anhelarían y suplicarían que sanara con toda su alma, mente y fuerza, pero, lo que es más importante, estarían “dispuestos a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre [ellos], tal como un niño se somete a su padre” (Mosíah 3:19). De hecho, estarían dispuestos a “[ofrecerle sus] almas enteras como ofrenda” (Omni 1:26) y humildemente rogarían en oración: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Lo que en un principio a John, a Heather y a mí nos parecían preguntas desconcertantes se convirtieron en componentes de un modelo generalizado de paradojas del Evangelio. Consideren la amonestación del Salvador: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39). Él también declaró: “Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros” (Mateo 19:30); y el Señor aconsejó a Sus discípulos de los últimos días: “Y por tu palabra muchos de los soberbios serán humillados, y muchos de los humildes serán ensalzados” (D. y C. 112:8). Por tanto, el tener fe para no ser sanado parece encajar apropiadamente en un potente modelo de paradojas penetrantes que nos hacen pedir, buscar y llamar a fin de que podamos recibir conocimiento y entendimiento (véase 3 Nefi 14:7).

Después de tomar el tiempo necesario para meditar mis preguntas y hablar con su esposa, John me dijo: “Élder Bednar, no quiero morir; no quiero dejar a [Heather], pero si es la voluntad del Señor trasladarme al mundo de los espíritus, entonces estoy conforme con eso”. Mi corazón rebosó de agradecimiento y admiración al ver a este joven matrimonio enfrentarse a la lucha espiritual más exigente de todas: la entrega sumisa de su voluntad a la voluntad de Dios. Mi fe se fortaleció al ver que este matrimonio permitía que sus fuertes y lógicos deseos para que ocurriera la sanación fuesen “[absorbidos] en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:7).

John describió su reacción a nuestra conversación y la bendición que recibió: “El élder Bednar compartió con nosotros el pensamiento del élder Maxwell que es mejor no desmayar que sobrevivir. Entonces nos preguntó: ‘Sé que tienes la fe para ser sanado, pero ¿tienes la fe para no ser sanado?’. Ése era un concepto nuevo para mí. Básicamente, preguntaba si yo tenía la fe para aceptar la voluntad de Dios si Su voluntad era que yo no fuese sanado. Si se acercara el momento para que entrara en el mundo de los espíritus mediante la muerte, ¿estaba preparado para someterme a ello y aceptarlo?”

John prosiguió: “El tener la fe para no ser sanado parecía algo que iba en contra de la lógica; pero esa perspectiva cambió la manera de pensar de mi esposa y la mía, y nos permitió depositar nuestra confianza total en el plan que el Padre tiene para nosotros. Aprendimos que necesitábamos adquirir la fe de que el Señor está al mando cualquiera que fuera el resultado, y que Él nos guiaría desde donde estábamos hasta donde debíamos estar. Al orar, nuestras súplicas de ‘Por favor, sáname’ pasaron a ser ‘Danos la fe para aceptar lo que Tú has planeado para mí’.

“Estaba seguro de que por ser un apóstol, el élder Bednar bendeciría los elementos de mi cuerpo para que se regeneraran y que yo saltaría de la cama y empezaría a bailar o a hacer algo así de drástico; pero cuando me bendijo ese día, me sorprendió que las palabras que emitió fueron casi idénticas a las de mi padre, a las de mi suegro y a las de mi presidente de misión. Me di cuenta de que, al final, no importa de quién son las manos sobre mi cabeza. El poder de Dios no cambia, y Su voluntad se nos da a conocer personalmente y por medio de Sus siervos autorizados”.

Heather escribió: “Este día estuvo lleno de emociones encontradas. Estaba convencida de que el élder Bednar colocaría las manos sobre la cabeza de [John] y lo sanaría completamente del cáncer. Sabía que mediante el poder del sacerdocio él podía ser sanado y deseaba muchísimo que así fuera. Después que nos enseñó acerca de tener la fe para no ser sanado, me sentí aterrada. Hasta ese momento, nunca había tenido que aceptar la realidad de que el plan del Señor pudiese incluir el perder a mi nuevo esposo. Mi fe estaba basada en los resultados que deseaba; por así decirlo, era superficial. Aunque al principio fue aterradora, la idea de tener la fe para no ser sanado al final me libró de la preocupación; me permitió tener una confianza total en que mi Padre Celestial me conocía mejor de lo que yo me conocía a mí misma, y que Él haría lo que fuera mejor para John y para mí”.

Se dio una bendición y pasaron semanas, meses y años. El cáncer de John milagrosamente entró en remisión. Él pudo terminar sus estudios universitarios y conseguir un trabajo bien remunerado. John y Heather continuaron fortaleciendo su relación y disfrutando la vida juntos.

Cierto tiempo después, recibí una carta de John y de Heather informándome de que el cáncer había vuelto. Se inició la quimioterapia y se programó la cirugía. John explicó: “Las noticias no sólo nos decepcionaron a Heather y a mí, sino que nos hicieron sentir confundidos. ¿Hubo algo que no aprendimos la primera vez? ¿Esperaba el Señor algo más de nosotros? Como Santos de los Últimos Días, de pequeños íbamos a la capilla y oíamos la frase: ‘Todas las pruebas que Dios nos manda son para nuestro beneficio’. Bueno, para ser franco, ¡yo no podía ver cómo algo así me estuviese beneficiando!

“De modo que oré para obtener claridad y para que el Señor me ayudara a comprender por qué el cáncer había vuelto a aparecer. Un día mientras leía el Nuevo Testamento recibí la respuesta. Leía el relato de Cristo y Sus apóstoles que estaban en el mar y se levantó una tormenta. Temiendo que la barca se volcara, los discípulos fueron a donde estaba el Salvador y preguntaron: ‘Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?’ ¡Así es exactamente como yo me sentía! ¿No tienes cuidado que yo tenga cáncer? ¿No tienes cuidado que queremos fundar una familia? Pero al seguir leyendo el relato, encontré la respuesta. El Señor los miró y dijo: ‘¿Cómo no tenéis fe?’, y extendió la mano y calmó las aguas.

“En ese momento me tuve que preguntar: ‘¿Creo esto de verdad? ¿Creo realmente que Él calmó las aguas aquel día? ¿O es simplemente una linda historia que hay que leer?’ La respuesta es: Sí creo, y debido a que sé que Él calmó las aguas, en ese instante supe que Él podría sanarme. Hasta ese momento, me resultaba difícil reconciliar la necesidad de tener fe en Cristo con la inevitabilidad de Su voluntad; las consideraba como dos cosas diferentes y a veces pensaba que se contradecían. ¿Por qué debía tener fe si al final Su voluntad es lo que prevalecerá?’, me preguntaba. Después de esa experiencia, sabía que el tener fe —al menos en mi situación— no era necesariamente saber que Él me sanaría, sino que Él podía sanarme. Tenía que creer que Él podía hacerlo, y luego dependía de Él si esto sucedía.

“Al permitir que esas dos ideas coexistieran en mi vida, la fe centrada en Jesucristo y una total sumisión a Su voluntad, encontré mayor consuelo y paz. Ha sido extraordinario ver la mano del Señor en nuestra vida; las cosas han encajado en su lugar, han ocurrido milagros, y constantemente nos llenamos de humildad al ver desplegarse el plan que Dios tiene para nosotros”.

Hago hincapié en las palabras de John: “Al permitir que esas dos ideas coexistieran en mi vida, la fe centrada en Jesucristo y una total sumisión a Su voluntad, encontré mayor consuelo y paz”.

La rectitud y la fe son sin duda fundamentales para mover montañas, si es que el mover montañas logra los propósitos de Dios y está de acuerdo con Su voluntad. La rectitud y la fe son sin duda fundamentales en sanar a los enfermos, a los sordos o a los cojos, si esa sanación logra los propósitos de Dios y está de acuerdo con Su voluntad. Por tanto, incluso con una fe firme, muchas montañas no se moverán y no todos los enfermos y débiles serán sanados. Si se acabara toda la oposición, si se quitaran todas las enfermedades, entonces los propósitos principales del plan del Padre se frustrarían.

Muchas de las lecciones que hemos de aprender en la vida terrenal únicamente se pueden recibir por medio de las cosas que experimentamos y que a veces padecemos; y Dios espera y confía en que enfrentemos la adversidad temporal de la vida terrenal con Su ayuda, a fin de que aprendamos lo que tenemos que aprender y al final lleguemos a ser lo que debemos llegar a ser en la eternidad.

El significado de todas las cosas

Este relato acerca de John y de Heather es común y al mismo tiempo extraordinario. Este joven matrimonio representa a millones de fieles Santos de los Últimos Días de todo el mundo que guardan convenios y que avanzan por el estrecho y angosto camino con fe firme en Cristo y un fulgor perfecto de esperanza. John y Heather no servían en puestos prominentes en la Iglesia, no estaban emparentados con Autoridades Generales, y a veces tenían dudas y temores. En muchos aspectos, su historia es sumamente común.

No obstante, hermanos y hermanas, este joven y esta jovencita fueron bendecidos de maneras extraordinarias para aprender lecciones esenciales para la eternidad por medio de la aflicción y las dificultades. He compartido este episodio con ustedes porque John y Heather, que son como muchos de ustedes, llegaron a comprender que el no desmayar es más importante que sobrevivir. Por consiguiente, su experiencia no tenía que ver principalmente con vivir y morir; más bien, tenía que ver con aprender, vivir y llegar a ser.

La potente combinación espiritual de la fe en el santo nombre de Jesucristo, de entregarse cada semana a Su voluntad y a Su tiempo, de seguir adelante “con infatigable diligencia” (Helamán 15:6) y de reconocer Su mano en todas las cosas produce las cosas apacibles del reino de Dios que brindan gozo y vida eterna (véase D. y C. 42:61). Mientras este matrimonio afrontó dificultades abrumadoras, vivieron “quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Timoteo 2:2); caminaron de manera pacífica (véase Moroni 7:4) entre los hijos de los hombres. “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, [guardó sus] corazones y… pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7).

La historia de ellos ha sido o podría haber sido la de muchos de ustedes. Ustedes enfrentan, han enfrentado o aún enfrentarán en la vida dificultades similares con el mismo valor y perspectiva espiritual que John y Heather. No sé por qué algunas personas aprenden las lecciones de la eternidad a través de pruebas y sufrimiento, mientras que otros aprenden lecciones similares mediante el rescate y la sanación. No conozco todas las razones ni todos los propósitos y no sé todo en cuanto al tiempo del Señor. Al igual que Nefi, ustedes y yo podemos decir “no [sabemos] el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17).

No obstante, sé algunas cosas con absoluta seguridad. Sé que somos hijos e hijas, engendrados en espíritu, de un amoroso Padre Celestial. Sé que el Padre Eterno es el autor del plan de felicidad; sé que Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor; sé que Jesús habilitó el plan del Padre mediante Su expiación infinita y eterna; sé que el Señor, que “padeció... muerte y dolor” por nosotros (“Jesús de Nazaret”, Himnos, Nº 105), puede socorrer y fortalecer “a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos” (Alma 7:12); y sé que una de las bendiciones más sublimes de la vida terrenal es no desmayar y permitir que nuestra voluntad sea “absorbida en la voluntad del padre” (Mosíah 15:7).

A pesar de que no lo sé todo en cuanto a cómo, cuándo, dónde y por qué se reciben estas bendiciones, sé y testifico que son reales. Testifico que todas estas cosas son verdaderas y que sabemos por medio del Espíritu Santo lo suficiente para dar testimonio seguro de su divinidad, realidad y eficacia. Mis amados hermanos y hermanas, invoco sobre ustedes esta bendición: Que al marchar adelante en su vida con fe firme en Cristo, tengan la facultad para no desmayar. Doy este testimonio e invoco esta bendición en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.

© 2013 por Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos reservados. Aprobación del inglés: 8/12. Aprobación de la traducción: 8/12. Traducción de That We Might “Not… Shrink”. Spanish. PD50045417 002