La dádiva de un Salvador

Henry B. Eyring

"La dádiva de un Salvador," Devocional de Navidad de la Primera Presidencia 5 de diciembre de 2010, (December 8, 2010)


 

Estoy agradecido por esta oportunidad de saludarles al celebrar el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios. El profeta Isaías habló de Él siglos antes de Su nacimiento: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” 1 .

Ese pequeñito, nacido en un establo y mecido en un pesebre, fue la dádiva de nuestro amoroso Padre Celestial. Él fue el prometido Redentor del mundo, el Salvador de la humanidad, el Hijo del Dios viviente. Él estaba con Su Padre antes de venir a la tierra en la vida terrenal y fue el Creador del mundo en el que nos hallamos.

El gran apóstol Juan nos da una idea de la grandeza de este niño que provino de las cortes de lo alto: “Sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” 2 . Aún así, vino a la tierra en circunstancias humildes.

De niño y de joven trabajó en el taller de carpintería de José, en Nazaret. Durante su ministerio terrenal, recorrió los polvorientos caminos de Palestina, sanó a los enfermos, levantó a los muertos, enseñó el Evangelio a personas que lo rechazaron, entregó Su vida en el monte del Calvario, se levantó al tercer día en lo que fue el comienzo de la Resurrección para romper las ligaduras de la muerte de todos nosotros, y llegó a ser “primicias de los que durmieron” 3 .

Sobre todo, el Salvador, cuyo nacimiento recordamos en esta época del año, pagó el precio de todos nuestros pecados. Una vez más, mucho antes del nacimiento de nuestro Salvador, el profeta Isaías vio la invaluable dádiva de la expiación de Jesucristo.

Él nos dio una descripción de lo que el Salvador hizo por nosotros.

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y afligido.

“Mas él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados” 4 .

Quienes han sentido esa paz y sanación tienen su corazón colmado de gratitud, y también lo tienen las personas que los aman. Mi esposa y yo leemos los mensajes y vemos las fotografías que nos envían dos de nuestras nietas que prestan servicio como misioneras del Señor en Sudamérica. Nos envían fotos de gente sonriente con rostros radiantes de gozo. Mis nietas envían mensajes de gratitud y amor por el efecto que tiene la Expiación en la vida de las personas a las que enseñan y que han visto transformarse por su decisión de seguir el ejemplo del Salvador de ser bautizadas y recibir la ministración del Espíritu Santo.

Como Santos de los Últimos Días, nuestro corazón rebosa de gratitud por un Padre Celestial amoroso y Su Hijo Amado. Agradecemos sentir esa bendición gracias a la fe de un joven de 14 años, José Smith. En una mañana de primavera de 1820, su oración hizo posible que recibiéramos un certero testimonio de que el Padre, el gran Elohim, y Su Hijo, Jehová, viven y nos aman. Ellos se le aparecieron y le hablaron a plena luz del día, y lo llamaron por su nombre.

La dádiva de esa gloriosa convicción de que se nos conoce y nos ama nos sostiene durante las pruebas que nos deparará la vida. Nunca debemos sentirnos solos. Nunca debemos perder la esperanza.

Eso fue lo que vi el día en que visité a una tía mía de edad avanzada que vivía en un asilo de ancianos; era viuda y los efectos de la edad no le permitían cuidar de sí misma. Aunque la conocía desde pequeño, ella no me reconocía ni a mí ni a los otros familiares en la sala del asilo tan llena de gente.

Le miré al rostro anticipando ver el dolor de la soledad y la pérdida. No obstante, su faz desprendía amor y un gozo radiante. El tono de su voz tenía un son de felicidad que yo recordaba de un pasado lejano. La mayoría del tiempo que pasé con ella aquel día, se limitó a mirarnos plácidamente mientras le hablábamos.

Le miré al rostro anticipando ver el dolor de la soledad y la pérdida. No obstante, su faz desprendía amor y un gozo radiante. El tono de su voz tenía un son de felicidad que yo recordaba de un pasado lejano. La mayoría del tiempo que pasé con ella aquel día, se limitó a mirarnos plácidamente mientras le hablábamos.

Desconozco todas las fuentes de ese milagro de paz en su vida, pero conozco una. Desde niña asistió a la reunión sacramental. Allí inclinaba su cabeza y escuchaba palabras dichas en oración a nuestro Padre Celestial. Un sin fin de veces prometió tomar sobre sí el nombre del Hijo, recordarlo siempre y guardar Sus mandamientos para que pudiera tener Su espíritu consigo 5 .

Y aunque el paso de los años había despojado su vida de aquello que tanto gozo le producía, aún retenía los dones supernos que nosotros sentimos en Navidad. Recordaba a Su Redentor, sabía que Él vivía, sentía Su amor y sentía Su amor por todos los hijos del Padre Celestial, doquier que estuviesen y cualesquiera que fueran sus circunstancias.

Al dejar su sonriente presencia, me di cuenta de que nos había dado la dádiva que ella misma había recibido. Ella conocía la fuente de la paz que sentía. Y llena del amor y la gratitud que sentía por el Salvador, quiso que participáramos de esa bendición con ella. Yo había ido allí a consolarla y salí de allí consolado.

Ése es el Espíritu de la Navidad que pone en nuestro corazón el deseo de dar gozo a otras personas. Sentimos el espíritu de dar y sentimos gratitud por lo que se nos ha dado. Celebrar la Navidad nos ayuda a guardar nuestra promesa de recordarle siempre y recordar los dones que Él nos da. Ese recuerdo crea en nosotros el deseo de darle ofrendas a Él.

Él nos ha dicho lo que podemos darle para llevarle gozo. Primero, podemos, como muestra de fe en Él, ofrecerle un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Podemos arrepentirnos y hacer convenios sagrados con Él. Entre los que me están escuchando hay quienes han sentido Su invitación a la paz de Su evangelio, pero aún no la han aceptado. Ustedes le darían gozo si actuaran ahora para venir a Él mientras puedan.

Segundo, podrían darle a Él la dádiva de hacer por los demás lo que Él haría por ellos. Muchos de ustedes ya lo han hecho y han sentido Su aprecio. Puede que fuera el visitar a un viudo que se encuentra solo o al unirse a otras personas en un proyecto de ayuda a necesitados.

El libro de Mateo contiene una larga lista de posibilidades. En él leemos palabras de nuestro Redentor, las cuales todos esperamos escuchar y pronunciar cuando le veamos después de esta vida:

“Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber?

“¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos?, ¿o desnudo y te cubrimos?

“¿O cuando te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?

“Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” 6 .

En esas palabras el Señor nos dice con claridad qué dádivas de nuestra gratitud le podemos brindar. Cada acto de bondad hacia cualquier persona llega a ser un acto de bondad hacia Él, porque Él ama a todos los hijos de nuestro Padre Celestial. Y dado que eso le genera gozo a Él, también conlleva gozo a Su Padre, a quien le debemos una gratitud infinita.

Muchos de ustedes encontrarán maneras de dar alimento a personas que padecen hambre en esta época navideña. Al hacerlo, le llevarán gozo al Señor. Aún así, Él nos enseñó que hay una manera de dar una dádiva aún más invaluable y duradera. Él dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre; y el que en mí cree no tendrá sed jamás”7. De todas las bondades que realizamos por Él, la mayor de todas es indicar el camino que conduce a Él, la única fuente de vida eterna, a aquéllos a quienes amamos y servimos.

La dádiva de más valor que poseo para dar es mi testimonio del Salvador. Testifico que nació de María, que es el Hijo de Dios y que vivió una vida perfecta. Por medio del profeta José Smith, Él restauró Su Evangelio en la tierra y restauró las llaves de Su sacerdocio a aquellas personas que las han pasado aún hasta este día bendito. Sé por el Espíritu que Thomas S. Monson posee y ejerce esas llaves en nuestra época.

Les dejo mi amor y mi bendición. Agradezco sus ejemplos inspiradores de amor, fe y servicio, los cuales traen gozo a mi vida.