Presidente Thomas S. Monson

Hermanos y hermanas, qué hermoso es verlos. Es un privilegio empezar cada año la época de Navidad con ustedes, en el Devocional de Navidad de la Primera Presidencia. Les expreso mi amor a todos ustedes, ya sea que estén presentes aquí en este edificio o escuchando esta reunión por otros medios.

La época navideña, con su significado y belleza especiales, a menudo provoca lágrimas, inspira un nuevo compromiso con Dios y proporciona —tomando prestadas las palabras de la bonita canción “El Calvario”— “descanso para el fatigado y paz para el alma”.

No obstante, es fácil vernos envueltos en la presión de la época y quizá perdamos el mismo Espíritu que intentamos obtener. En esta época del año es muy común que muchos se excedan. Las causas podrían ser demasiadas actividades navideñas a las que asistir, mucha comida, muchos gastos económicos, expectativas muy altas y muchísima tensión. A menudo, por nuestros esfuerzos en la época navideña, nos sentimos estresados, sin energías y agotados durante una época en que deberíamos sentir el gozo sencillo de conmemorar el nacimiento de nuestro Salvador.

El verdadero gozo de la Navidad no viene con las corridas ni la prisa para lograr hacer más cosas, ni se halla al comprar regalos. Hallamos verdadero gozo cuando ponemos al Salvador en el centro de esta época. Podemos tenerlo en nuestros pensamientos y en nuestra vida al realizar la obra que Él desearía que hiciéramos aquí en la tierra. En esta época en particular, sigamos Su ejemplo al amar y servir a nuestro prójimo.

Parte de nuestra sociedad ansía desesperadamente una expresión de amor; son aquéllos que envejecen, especialmente cuando sufren de punzadas de soledad. El viento helado de las esperanzas que mueren y los sueños que se desvanecen silba a través de las filas de ancianos y de los que se acercan al declive de la cima de la vida.

Años atrás, el élder Richard L. Evans escribió: “Lo que ellos necesitan en la soledad de los años de la vejez es, en parte, lo que necesitamos en los años inciertos de la juventud: el sentimiento de pertenencia, la seguridad del sabernos queridos y la bondadosa atención de corazones y manos cariñosos, no simplemente la formalidad del deber, ni la escueta habitación en un edificio, sino un lugar en el corazón y la vida de alguien…

No podemos devolverles el amanecer de los años de la juventud, pero podemos ayudarlos a vivir en el tibio resplandor del atardecer en forma más hermosa con nuestra consideración, nuestro cuidado y nuestro amor sincero y activo”1.

Mis hermanos y hermanas, el amor verdadero es un reflejo del amor del Salvador. Cada diciembre lo llamamos el espíritu de la Navidad. Se escucha; se ve; se siente.

Hace poco recordé una experiencia de mi niñez, una experiencia que he contado en una o dos ocasiones. Tenía sólo 11 años. Nuestra presidenta de la Primaria, Melissa, era una cariñosa señora mayor de cabello canoso. Un día, en la Primaria, me pidió que me quedara a conversar con ella. Los dos nos sentamos en la capilla solitaria. Ella me pasó el brazo por los hombros y comenzó a llorar. Sorprendido, le pregunté por qué lloraba.

Ella me contestó: “No logro que los niños de tu clase se mantengan reverentes durante los ejercicios de apertura de la Primaria. ¿Quisieras ayudarme, Tommy?”.

Le prometí que lo haría. Para mi sorpresa, pero no la de ella, eso terminó todos los problemas de reverencia en la Primaria. Había acudido al origen del problema: a mí. La solución había sido el amor.

Los años pasaron y la maravillosa Melissa, que ya tenía más de 90, vivía en un asilo de ancianos, al noroeste de Salt Lake City. Antes de la Navidad, decidí visitar a mi querida presidenta de la Primaria. En la radio del auto, sonaba la canción “Escuchad el son triunfal”2. Reflexioné en la visita de los reyes magos tantos años atrás. Ellos llevaban regalos de oro, incienso y mirra. Yo sólo llevaba el regalo de mi amor y el deseo de decir “Gracias”.

Encontré a Melissa en el comedor. Miraba con ojos fijos el plato de comida y la revolvía con el tenedor que sostenía con su arrugada mano. No comía ni un bocado. Cuando le hablé, me miró con ojos buenos pero indiferentes. Tomé el tenedor y empecé a darle de comer en la boca y mientras tanto le hablaba de lo mucho que ella había ayudado a los niños cuando trabajaba en la Primaria. No percibí nada en ella que indicara que me reconocía, ni tampoco pronunció palabra alguna. Otras dos ancianas del asilo me miraban asombradas. Finalmente me dijeron: “No le hable. No conoce a nadie, ni siquiera a su propia familia. No ha dicho una palabra en todo el tiempo que lleva aquí”.

El almuerzo terminó y mi monólogo llegó a su fin. Me puse de pie para marcharme. Tomé su débil mano entre las mías y contemplé su aún hermoso semblante. Le dije: “Que Dios la bendiga, Melissa. Feliz Navidad”. De improviso, habló. “Yo te conozco; eres Tommy Monson, mi niño de la Primaria. ¡Cuánto te quiero!”. Se llevó mi mano a los labios y le dio un dulce beso lleno de amor. Le rodaron lágrimas por las mejillas y bañaron nuestras manos estrechadas. Esas manos, ese día, fueron santificadas por los cielos y por la gracia de Dios. Sí, se escuchó el son triunfal. Las palabras del Maestro adquirieron un significado personal que yo nunca había percibido completamente: “Mujer, he ahí tu hijo”. Y a Su discípulo: “He ahí tu madre”3.

Parecía que resonaban estas palabras desde Belén:

Oh, cuán inmenso el amor
Que nuestro Dios mostró
al enviar un Salvador;
Su hijo nos mandó.
Aunque Su nacimiento
pasó sin atención,
aún lo puede recibir
el manso corazón4.

El presidente David O. McKay dijo: “La verdadera felicidad sólo llega al hacer felices a los demás… El [espíritu de la] Navidad… hace que nuestro corazón resplandezca con amor y amistad fraternales y nos motiva a realizar actos bondadosos de servicio. Es el espíritu del evangelio de Jesucristo”5.

No hay mejor momento que éste, la época navideña, para que todos nos redediquemos a los principios que enseñó Jesús el Cristo. Es una época para amar al Señor, nuestro Dios, con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es bueno recordar que quien da dinero da mucho; quien da tiempo da aún más; pero aquél que da de sí mismo todo lo da.

Que nuestra Navidad sea real. No se trata sólo de adornos y cintas, a menos que así lo dispongamos. La Navidad es el espíritu de dar sin pensar en recibir; es felicidad porque vemos alegría en las personas; es olvidarnos de nosotros y encontrar tiempo para los demás; es deshacernos de lo que no importa y poner énfasis en los valores verdaderos; es paz, porque hemos hallado paz en las enseñanzas del Salvador; es la época en que más nos damos cuenta de que cuanto más amor demos, más amor habrá para los demás.

Hay Navidad en el hogar y la Iglesia,
hay Navidad en el mercado;
pero no sabrás qué es la Navidad
hasta que en tu corazón se haya albergado.
Aunque campanas se oigan en la nieve
y villancicos en el aire resuenen,
no se estremecerá el corazón
hasta que la Navidad en él halle habitación6.

En esta época de Navidad que nos rodea con toda su gloria, busquemos, como los reyes magos, una estrella brillante y especial que nos guíe a nuestra oportunidad navideña de servir a nuestro prójimo. Hagamos todos, el viaje a Belén en espíritu y llevemos con nosotros un corazón sensible y bondadoso como regalo para el Salvador. Y que todos tengamos una Navidad llena de gozo. En el sagrado y bendito nombre de Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.  

    1. Richard L. Evans, Thoughts for One Hundred Days, 1966, pág. 222.

  2.  

    2. “Escuchad el son triunfal”, Himnos, N° 130.

  3.  

    3.  Juan 19:26–27.

  4.  

    4. “Oh pueblecito de Belén”, Himnos, N° 129.

  5.  

    5. David O. McKay, Gospel Ideals, 1953, pág. 551.

  6.  

    6. “Christmas in the Heart”, según se citó en The Instructor, diciembre de 1933, pág. 547.