El Regalo Perfecto

Presidente Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia


 
Presidente Henry B. Eyring

En la Navidad celebramos el Regalo Perfecto de nuestro Padre Celestial de Su Hijo Amado, Jesucristo, el Salvador del mundo. La temporada navideña es una época en la que buscamos gozo al dar, lo cual nos recuerda de ese Regalo de regalos. Hemos aprendido por experiencia lo difícil que es dar servicio.

En 1970, mis tres hijos varones eran pequeños. Como padre joven, yo trabajaba arduamente para mantener a mi familia. Dos días después de Navidad, supe que debía irme de viaje de negocios y mi esposa Kathleen se quedaría con los niños mientras éstos no tenían clases. Sabiendo que su felicidad bien podría depender de los regalos que recibieran para jugar, los escogimos con esmero. Al mayor, que tenía siete años, le dimos un barómetro que pronosticaba el tiempo.

Descubrimos que el aparato se tenía que armar. Mi hijo y yo armamos ese magnífico y nuevo barómetro. Organizamos las piezas y leímos detenidamente las complejas instrucciones.

Tras unas horas, fue evidente que aun si armábamos de forma correcta todas las piezas, parecía que había un problema con el mecanismo que hacía subir y bajar el fluido del barómetro. Oculté mis dudas a mi hijo, pero esa misma noche, después de que él se había acostado, me sentía tan frustrado que escribí en mi diario el borrador de una carta de reclamo para el fabricante. Leeré parte de esa carta, la que me alegro no envié:

“Nuestro hijo quedó fascinado con el barómetro. Tiene siete años y tiene fe en que semejante aparato debe funcionar. Espero que el tiempo no cambie antes de recibir respuesta, ya que no deseo entrar en su cuarto a hurtadillas para ajustar el barómetro a mano, y no deseo que pierda la fe en éste… Les ruego me digan cómo hacerlo funcionar. No es la credibilidad de ustedes sino la mía la que está en juego”.

La asistencia humana no llegó a tiempo para que funcionara ese regalo de Navidad. Pero nuestro hijo, ahora ya un padre, recuerda el amor que compartimos al ayudarnos mutuamente. Y él todavía tiene la fe que tuvimos en el orden constante de la creación de Dios, el de la tierra y el de la atmósfera que hace que el arte del pronóstico de tiempo sea posible. Nuestros esfuerzos frenéticos por hacer que el barómetro funcionara no disminuyeron esa fe.

Aprendimos de ello lo que ustedes ya saben de sus experiencias: El éxito para brindar gozo en la Navidad requiere la ayuda de otras personas, pocas veces se encuentra en un esfuerzo aislado. El unirnos con los demás hace que el gozo sea mayor y más duradero. Y quizás lo más importante, al invocar la fe en el Salvador, el Creador y la fuente de toda felicidad duradera, invita al amor puro de Dios, que es el mayor de todos los dones y la fuente segura de la alegría duradera.

Esa realidad se introdujo más profundamente en nuestro corazón durante una época de Navidad años después de nuestra aventura con el barómetro.

Decidí diseñar y hacer un baúl de tesoros de madera para mi esposa. Necesitaba la ayuda de personas con herramientas y destrezas de las que yo carecía. Trabajamos muchas semanas. También necesitaba la ayuda del Espíritu Santo para transmitir amor y fe en el Evangelio con ese regalo.

En la tapa grabé el monograma de la familia y en el frente puse dos paneles. En uno de ellos grabé mi inicial y en el otro la de mi esposa. El baúl solo se podía abrir con dos llaves, una para abrir el cerrojo junto a mi inicial y la otra para el cerrojo junto a la inicial de mi esposa.

Ahora lo usamos para guardar tesoros familiares. Desde aquella Navidad en que estuvo debajo del árbol, ese baúl nos llena la mente y el corazón de amor del uno por el otro y por el sacrificio del Salvador, que permite que el matrimonio y las familias sean eternas. El baúl está lleno de fotos de la familia y de partituras de música navideña, y está junto al viejo piano en la sala. La hechura de ese obsequio trajo amor por la familia y por el Maestro.

De vez en cuando veo y agradezco a los que me ayudaron a hacerlo, y siento el gozo que a ellos les inundó al elaborar un regalo de amor para una familia y un símbolo de nuestro amor hacia el Salvador. Hay gozo en la sonrisa de ellos, igual que cuando hicimos juntos el baúl.

Ustedes saben por experiencia que durante la Navidad ese gozo proviene al elaborar y aún ofrecer sencillos regalos de amor. Muchos de ustedes han ayudado a niños a llevar platos con galletas a personas que se sienten solas en Navidad. Para el que recibe ese modesto obsequio de un niño podría ser algo tan preciado como el incienso, y el hecho de que lo dé un niño le recuerda de los magos que fueron de oriente a ver al Salvador. Tanto el que da como el que recibe recuerdan a Cristo y sienten amor y gratitud.

Los hombres jóvenes y las mujeres jovenes de la Iglesia, junto con sus líderes, ofrecen presentes de amor y testimonio en las pilas bautismales de los templos. El tener más templos cerca de los jóvenes hace que más de ellos tengan la experiencia de dar y con más frecuencia. Los sabios obispos y líderes de los jóvenes les ayudan al alentarlos y hasta participan en el servicio en el templo. Todos ellos se unen al ofrecer bendiciones de limpieza y purificación, que el Salvador hizo posibles, a aquellos que no pudieron recibir ese regalo en vida.

Cada vez más misioneros trabajan con el Salvador y sus compañeros para ofrecer el don de la vida eterna. Con el cambio de la edad para el servicio misional, muchos más sienten el gozo de ofrecer ese inestimable regalo. Los misioneros también ofrecen el Libro de Mormón a todos los que conocen, es un regalo de amor y testimonio que procede de la inspiración que Dios dio a profetas fieles durante siglos. El Salvador necesitaba la ayuda de esos profetas para elaborar regalos de testimonio en el Libro de Mormón, y necesita la ayuda de los misioneros para compartirlo.

Las familias brindan obsequios de amor y testimonio durante la Navidad por medio de la música y la palabra. Cuando era niño, mi familia se reunía alrededor del piano que ahora ya tiene más de cien años, que está en nuestra sala cerca del baúl de tesoros. Es una preciada reliquia de mucho valor para mi madre por ser un regalo de su esposo cuando eran pobres. Mis padres fueron pobres y por eso eran frugales. Nuestros regalos de Navidad eran modestos. Mi madre tenía una exquisita voz de soprano y en Navidad tocaba el piano y cantábamos villancicos populares e himnos sagrados.

Quizá nunca pensó que nos estaba invitando a dar un regalo duradero. En mi tierna edad, sentía un gozo inexpresable al cantar esas canciones. La música llenaba nuestro hogar con un espíritu de paz, no solo sentía el amor de mi madre, mi padre y mis dos hermanos, sino también el de mi Padre Celestial y del Salvador Jesucristo.

Supe que el amor que sentía entonces ya lo había sentido antes en el mundo de los espíritus. Mi mayor deseo era sentirlo algún día en mi propio hogar. Quería vivir de modo que pudiera regresar con mi propia familia al hogar celestial, donde sabía que nuestro Padre Celestial y el Salvador nos esperarían. Cada vez que veo el baúl y el piano, acuden a mi mente recuerdos de amor con mi familia, y del amor del Salvador.

Al cantar en coros, en familia y en clases, y como hemos escuchado hoy, los villancicos de Navidad nos recuerdan el regocijo que sentimos cuando supimos que vendríamos al mundo y que se nos daría un Salvador para redimirnos. Algún día los cantaremos con las huestes celestiales.

Ruego que el Espíritu nos bendiga esta Navidad y en los años siguientes, con el poder para ofrecer otros regalos de amor y del testimonio de Jesucristo y Su evangelio restaurado. Sé que el Espíritu nos guía de sencillas maneras para que brindemos amor, fe y gozo a los demás en esta época de regocijo.

Testifico que Jesucristo es el Hijo literal de Dios y el Salvador del mundo. Él fue el Regalo Perfecto de un amoroso Padre. En ésta y en todas las épocas, el Salvador nos invita a unirnos a Él y a otras personas para ofrecer un regalo de gozo. Ruego que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amén.