¿Qué pasó después?

Por Rosemary M. Wixom

Presidenta General de la Primaria


 

¡Feliz Navidad!

Ésta es la época navideña, y los niños traen la magia de la Navidad a nuestro corazón. Nos perdemos de algo si no vemos la Navidad a través de los hijos de un niño, pues ellos ven las luces, escuchan la música y huelen la fragancia de los árboles y los dulces de Navidad con verdadera anticipación. Vemos sus rosadas mejillas y pequeñas narices pegadas contra el vidrio de las tiendas mientras sueñan con la mañana de Navidad, y sus deditos cuentan los días hasta el 25 de diciembre. Los padres también cuentan los días. Sueñan con estar preparados para la mañana de Navidad al planificar y crear sorpresas para sus hijos.

Cuando yo era niña, mi madre a menudo cosía una sorpresa de Navidad para mí y para mi hermana melliza. Ponía la máquina de coser en su dormitorio y comenzaba el proyecto un mes antes, teniendo cuidado de mantener la puerta cerrada mientras trabajaba. Al acercarse el día de Navidad, cosía hasta muy tarde y, cuando casi estaba por terminar las prendas —a excepción de probárnoslas y marcar la bastilla— formulaba un plan para no echar a perder la sorpresa. Era entonces que nos vendaba los ojos, una a la vez, para entrar a su dormitorio y ponernos la prenda, manteniendo siempre la venda en su lugar. Ahora, eso funcionó muy bien… excepto el día que sonó el teléfono en el otro cuarto.

Antes de salir me dijo: “Vuelvo en un momento, y no te atrevas a ver”. Quizá se preguntarán: “¿Qué pasó después?”.

Se los diré: era un vestido de terciopelo rojo.

Permítanme decirles en qué forma esa pregunta de —“¿Qué pasó después?”— tiene verdadero significado navideño.

Sucedió a mediados de diciembre cuando Amy Johnston, una líder de lobatos en Gilbert, Arizona, aprovechó la oportunidad de enseñar sobre el nacimiento de Jesús a un grupo de niños de ocho años llenos de energía. Tuvo la impresión de dejar de lado la actividad que había planeado para hablar con los lobatos sobre la primera Navidad. Los congregó a su alrededor sobre el piso de la sala de su casa y leyó varios pasajes de las Escrituras y les mostró láminas para contarles la historia sagrada de María y José, los pastores, la estrella y el nacimiento del pequeño Jesús en el establo en Belén.

Leyó:

“Entonces subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén…

“para ser empadronado con María, su mujer, desposada con él, la que estaba encinta…

“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

“Y había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre sus rebaños.

“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.

“Pero el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo:

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”1.

Al hablar del nacimiento de Jesús, observó que todos los niños escuchaban parte del tiempo, pero un niño, John, escuchaba con gran interés. John era un niño bullicioso que casi nunca estaba quieto, pero mientras ella contaba la historia, escuchaba con atención y luego preguntó: “¿Y qué pasó después?”.

Así que continuó relatándoles sobre la niñez de Jesús. Les dijo: “Jesús fue un niño, tal como ustedes. Le gustaba correr y jugar, pero también creció y se fortaleció”2. Les dijo que cuando Jesús tenía doce años, viajó con su familia a Jerusalén. María y José iban de regreso a casa cuando se dieron cuenta de que su hijo no estaba con ellos. Regresaron rápidamente a Jerusalén y lo encontraron en el templo hablando con eruditos y maestros que le hacían preguntas, y las Escrituras dicen que todos los que lo escucharon “se asombraban de su entendimiento y de sus respuestas”3.

“Bueno, ¿qué pasó después?”, preguntó John. Amy les contó a los niños sobre el ministerio de Jesucristo y de cómo fue lleno del Espíritu del Señor. En la Biblia leemos que Él enseñó el Evangelio a los pobres, llevó a cabo milagros, sanó a los ciegos y a los enfermos, y realmente levantó a personas de entre los muertos. Él enseñó: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen”4.

John estaba visiblemente conmovido por lo que se dijo y quiso saber más. Nuevamente preguntó: “Bueno, y ¿qué pasó después?”. Ella les contó que algunos rechazaron a Jesús y que no lo querían. De hecho, planearon quitarle la vida. Les contó a esos pequeños lobatos sobre la Última Cena, el huerto de Getsemaní y que Jesús fue crucificado y que resucitó. Se dio cuenta de que todos esos relatos eran nuevos para John, quien estaba ansioso por aprender más.

Entonces ella sintió la fuerte impresión de detenerse, de llamar a cada niño por su nombre y decir: “Jesucristo murió por ti”. John escuchó atentamente mientras ella hablaba a cada niño por separado. Luego ella lo vio a él y le dijo: “John, Jesucristo murió por ti”. Él la miró y preguntó con asombro: “¿Él hizo eso por mí?”.

Amy dijo: “El Espíritu se sintió muy fuerte en nuestra sala ese día cuando un niño percibió las impresiones del Espíritu Santo quizás por primera vez”. Ella dijo: “No sé lo que el futuro le depare a John, cuya familia se mudó, pero ruego que las semillas que se plantaron en una reunión de lobatos dos semanas antes de la Navidad crezcan y lo lleven a obtener algún día toda la luz del Evangelio”.

Una vez que pasa la temporada, que se guardan las luces de Navidad, que la fragancia de pino se disipa en el aire y que la música de Navidad ya no se escucha en la radio, nosotros, tal como John, quizás nos preguntemos: “¿Qué pasa después?”

La maravilla y el asombro de la Navidad es sólo un principio. La Navidad nos recuerda que el pequeño nacido en Belén nos ha dado propósito en la vida, y lo que nos pase después dependerá en gran medida de la forma en que aceptemos y sigamos a nuestro Salvador, Jesucristo. Cada día invitamos al Espíritu a nuestra vida. Vemos la luz en los demás; escuchamos el gozo de las voces de los niños que traen esperanza e ilusión por el futuro. Buscamos razones para reunirnos, para incluir, servir y elevar, mientras aprendemos lo que realmente significa conocer a nuestro Salvador, Jesucristo. Contamos los días hasta que lleguen los acontecimientos en nuestra vida en los que sentimos más intensamente Su influencia; por ejemplo, el nacimiento de un bebé, el bautismo de un niño, la salida de un misionero, un matrimonio solemnizado en el templo, y participar de la Santa Cena cada semana. Con una fe como la de Cristo y la de un niño lo buscamos y sentimos Su influencia.

“…si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”5.

Es un plan hermoso, este plan que nuestro Padre ha creado en el cual mediante Su Hijo, nuestro Salvador Jesucristo, podemos regresar y vivir con Él y disfrutar de todo lo que el Padre tiene, ya que ésa es la respuesta definitiva a la pregunta: “¿Qué pasa después?”. El Salvador dijo: “…y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre; y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado”6.

El estar preparados para recibirlo da un nuevo significado a estar listos para el 25 de diciembre.

John, dondequiera que estés, los apóstoles vivientes han dicho: “Testificamos solemnemente que [la] vida [de nuestro Salvador], que es fundamental para toda la historia de la humanidad, no comenzó en Belén ni concluyó en el Calvario. Él fue el Primogénito del Padre, el Hijo Unigénito en la carne, el Redentor del mundo”7.

John, el don que Él nos da es lo que pasa después.

Es verdad, y lo hizo por ti. De esa gloriosa verdad testifico en Su nombre, a saber Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.  

    1.  Lucas 2:4–11.

  2.  

    2.  Lucas 2:40.

  3.  

    3.  Lucas 2:47; véase también la Traducción de José Smith, Lucas 2:46 (en Lucas 2:46, nota b al pie de página).

  4.  

    4.  Lucas 6:27.

  5.  

    5.  Mateo 18:3.

  6.  

    6.  Doctrina y Convenios 84:37–38.

  7.  

    7. “El Cristo Viviente: El testimonio de los apóstoles”, Liahona, abril de 2000, págs. 2–3.