Venid, y subamos al monte del Señor

Elaine S. Dalton

Young Women General President


 
Elaine S. Dalton
Su virtud personal… les servirá para tomar las decisiones que les permitan ser dignas de entrar en el templo.

Una de las preguntas que me hacen con mayor frecuencia es: “¿Cómo es que una madre que tiene cinco hijos y sólo una hija califica para ser presidenta general de las Mujeres Jóvenes?”. Mi respuesta es siempre la misma: “Es porque tengo una hija perfecta, ¡y conozco todos los secretos de los muchachos!”. Esta noche mis hijos me han dado permiso de revelarles uno de esos secretos, y es éste: A los jóvenes virtuosos les atraen las jóvenes virtuosas.

Antes de salir en una misión, si a los jovencitos se les preguntara la cualidad principal que buscan en una joven, quizás mencionarían una basada en las normas del mundo, como “la apariencia”. Pero después de dos años de estar en la misión, esos mismos jóvenes regresan a casa y han cambiado —su atención ha cambiado— y la cualidad principal que buscan en una compañera eterna ha cambiado ¡sin que ustedes se den cuenta! Un ex misionero virtuoso se siente atraído a una jovencita virtuosa, a una que tiene un testimonio de Jesucristo y está comprometida a llevar una vida de pureza.

¿Qué es lo que ha causado ese potente cambio de corazón? Estos jovencitos entienden su identidad y su papel en el plan de felicidad; han purificado su vida a fin de ser guiados por la compañía constante del Espíritu Santo; son dignos de entrar en los santos templos del Señor; son virtuosos. Con razón en las Escrituras se nos dice que agreguemos “a [nuestra] fe virtud” (2 Pedro 1:5), porque es cierto que “la virtud ama a la virtud; la luz se allega a la luz” (D. y C. 88:40). Así como Pablo aconsejó a su joven amigo Timoteo que fuera “ejemplo de los creyentes en… pureza” (1 Timoteo 4:12), esta noche me gustaría hacer eco para ustedes de las palabras de Pablo, porque la virtud es pureza.

Como recordarán, hace casi un año nuestra presidencia escaló una montaña y desplegamos una bandera dorada pidiendo “un regreso a la virtud”. Pedimos que las mujeres jóvenes y adultas en todo el mundo se levantaran y brillaran como estandarte a las naciones (véase D. y C. 115:5). Como resultado, se ha agregado el valor de la virtud al lema de las Mujeres Jóvenes y al Progreso Personal a fin de que quede “escrita en [sus] corazones” (Romanos 2:15). Esto ha sido inspirado por las palabras y enseñanzas de profetas, videntes y reveladores, y se ha agregado para ustedes y para su época. El presidente Boyd K. Packer dijo que “…nada de la historia de la Iglesia o de la historia del mundo… se compar[a] con nuestra situación actual. Nada… super[a] en iniquidad la depravación que nos rodea actualmente” (“La única defensa pura” [discurso ante los profesores de religión del SEI, 6 de febrero de 2004). Jamás ha habido mayor necesidad de virtud y pureza en el mundo.

Al igual que los otros valores, al valor de la “virtud” se le ha asignado un color simbólico; el color de la virtud es el dorado porque el oro es puro, brilla, es suave y no es fuerte ni sumamente llamativo; es valioso y se tiene que refinar. Si viven una vida pura y virtuosa, ustedes serán refinadas por las experiencias de la vida, y al confiar en el Señor (véase Proverbios 3:5) y al acercarse más a Él, Él hará que sus corazones sean como el oro. (Véase de Roger Hoffman, “Consider the Lilies”.)

¿Qué significa regresar a la virtud? Estamos pidiendo un regreso a la pureza moral y a la castidad. La virtud es pureza; la virtud es castidad. La palabra virtud también se ha definido como “integridad y excelencia moral, poder y fuerza” (Guía para el Estudio de las Escrituras, “Virtud”; véase también Lucas 8:46). La base de una vida virtuosa es la pureza sexual, y sin embargo, el mundo casi ha eliminado esa definición. El profeta Mormón enseñó que la castidad y la virtud son “más [caras] y [preciosas] que todas las cosas” (Moroni 9:9); van de la mano; no se puede tener una sin la otra, y nosotros “creemos en ser… virtuosos” (Artículos de Fe 1:13).

Para ser y permanecer virtuosas, deben ser fieles a su identidad divina y establecer modelos de pensamiento y conducta basados en elevadas normas morales (véase Predicad Mi Evangelio, pág. 125). Esas normas son eternas y no cambian; las han enseñado los profetas de Dios. En un mundo en el que prevalece la idea de que la verdad no es absoluta, las normas del Señor son absolutas. Se nos dan a cada uno para mantenernos sobre el sendero que lleva de regreso a la presencia de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Jesucristo.

En Doctrina y Convenios, Sección 25, el Señor aconseja a cada una de Sus amadas hijas, a ustedes y a mí, a andar “por las sendas de la virtud” (vers. 2). Ustedes no son comunes ni ordinarias; son hijas de Dios. Llevan en su interior el sagrado poder de crear vida, que es uno de los máximos dones de Dios a Sus amadas hijas, y para salvaguardar ese poder deben vivir las normas y permanecer virtuosas. Deben salvaguardar su poder con pensamientos y hechos virtuosos; al hacerlo, su familia y las generaciones venideras serán fortalecidas y bendecidas. Brigham Young enseñó que “la fortaleza de Sión radica en la virtud de sus hijos e hijas” (Letters of Brigham Young to His Sons, ed. por Dean C. Jessee, 1974, pág. 221).

Deben proteger su propia virtud y ayudar a los demás a estar a la altura de la divinidad que llevan en su interior. En todo sentido, ustedes son guardianas de la virtud. El presidente David O. McKay enseñó que “la mujer debe ser la reina de su propio cuerpo” (citado en “Preguntas y Respuestas: ¿Cómo puedo ayudar a mis amigos a entender la ley de castidad?”, Liahona, febrero de 2003, pág. 23). “¿No sabéis que sois templo de Dios, que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16). Mi pregunta para cada una de ustedes es ésta: “Si nosotras no defendemos la virtud, ¿quién lo hará?”.

Hace poco me enteré de un grupo de mujeres jóvenes de Perú que escalaron una montaña y desplegaron su bandera al mundo. Otro grupo de Mujeres Jóvenes y sus líderes en Virginia [Estados Unidos] escribieron su testimonio y, al igual que las de Perú, desplegaron sus banderas al mundo. He recibido fotografías de muchas de ustedes desde California hasta Costa Rica que han hecho el compromiso de permanecer virtuosas y que dirigen al mundo en el regreso a la virtud.

Cuando yo era una joven, mis líderes pidieron que escogiéramos un símbolo que representara la vida que viviríamos y lo que nos esforzaríamos por llegar a ser como hijas de Dios. Luego cosimos esos símbolos en nuestras bandas, las que llevábamos puestas sobre el hombro, y que ¡eran nuestras banderas personales al mundo! Yo escogí el símbolo de la rosa blanca porque las rosas se vuelven más y más hermosas al crecer y florecer y escogí el color blanco por la pureza. Insto a cada una de ustedes a reflexionar en cuál sería su bandera personal si pudieran dar un mensaje al mundo.

Hace unos años, mi hija y yo y dos amigas hacíamos excursionismo con mochila en una cadena montañosa de Wyoming. En busca de aventuras, preguntamos al guarda forestal si había un camino que pocas personas conocieran. Nos mencionó un camino que nos llevaría por praderas, riachuelos, campos de rocas, después un lago en estado prístino, y por fin, a nuestro destino: el Muro. ¡Nos gustó la idea! Nos dio instrucciones en cuanto al rumbo básico y dijo: “Quédense en lo alto de la montaña; no vayan a donde están los sauces porque allí es donde están los osos. Busquen los hitos que les indicarán el camino”. Los hitos son piedras apiladas una encima de la otra para formar una señal que sea compatible con el medio ambiente.

Partimos temprano a la mañana siguiente. Caminamos un rato entre los sauces, lo cual me puso muy nerviosa. Luego vimos el primer hito en la ladera del monte y nos dirigimos a él. Escalamos de un hito a otro. A veces parecía que estábamos perdidas porque pasaba un buen rato sin que viéramos un hito, pero luego, para nuestro alivio, volvíamos a encontrar otro y todo seguía marchando bien. Llegamos a un campo muy grande de rocas y tuvimos que ayudarnos unas a otras a subir con las mochilas. Fue difícil, pero al anochecer llegamos al hermoso y puro lago, donde acampamos. A todo nuestro alrededor había bellísimos panoramas. ¡La difícil caminata había valido la pena!

Sin embargo, temprano a la mañana siguiente, me despertó el rugido de un viento huracanado. Una densa niebla había descendido sobre el lago y era casi imposible ver en ninguna dirección. Empacamos las tiendas y las bolsas para dormir y nos dispusimos a partir por la orilla del lago, iniciando el ascenso hacia nuestro destino: el Muro. Nunca me había sentido tan feliz de llegar al Muro, de hecho, ¡así nos sentíamos todas! Nos acercamos al enorme muro de granito y ¡lo besamos! Habíamos llegado.

Al estar ante ustedes esta noche y hacer un llamado a las mujeres jóvenes de la Iglesia de levantarse en el regreso a la virtud, digo, en las palabras de Isaías: “Venid, y subamos al monte de Jehová… y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas” (Isaías 2:3). El sendero de la virtud es “por el que menos se transita” (véase “The Road Not Taken”, en The Poetry of Robert Frost, ed. Edward Connery Lathem, 1969, pág. 105); nos llevará por praderas, riachuelos y lagos puros, sí, ¡y también por campos de rocas! ¡Tendremos que ayudarnos y elevarnos unas a otras! Tal vez el sendero sea difícil, pero si estamos dispuestas, las recompensas serán eternas.

Al escalar, no bajen a los sauces; permanezcan en lo alto de la montaña. ¡Ustedes son valiosas hijas de Dios!, y debido al conocimiento que tenemos de nuestra identidad divina, todo debe ser diferente para nosotras: nuestra forma de vestir, nuestro lenguaje, nuestras prioridades y nuestra atención. No debemos buscar la guía del mundo, y si nuestra verdadera identidad ha quedado opacada por errores o pecados, podemos cambiar; podemos dar la vuelta, arrepentirnos y volver a la virtud. Podemos subir y salir de los sauces. La expiación del Salvador es para ustedes y para mí, y Él nos invita a cada una a venir a Él.

Al vivir una vida virtuosa, tendrán la confianza, el poder y las fuerzas necesarios para escalar. Serán bendecidas con la compañía constante del Espíritu Santo. Sigan las impresiones que reciban, y obedézcanlas. Al igual que las señales en un sendero poco transitado, el Espíritu Santo les mostrará todas las cosas que deben hacer (véase 2 Nefi 32:5). Él enseñará y testificará de Cristo, quien “marcó la senda y nos guió” (Jesús, en la corte celestial”, Himnos, Nº 116).

Su virtud personal no sólo les permitirá tener la compañía constante del Espíritu Santo, sino que también les servirá para tomar las decisiones que les permitan ser dignas de entrar en el templo para hacer y guardar convenios sagrados y recibir las bendiciones de la exaltación. Prepárense espiritualmente para ser merecedoras de entrar en la presencia del Padre Celestial. Prepárense ahora para el templo, la montaña del Señor. Nunca permitan que la meta del templo se les pierda de vista. Entren a Su presencia con pureza y virtud, y reciban Sus bendiciones, sí, “todos sus bienes” (Lucas 12:44). Dentro de Su santa casa serán purificadas, instruidas e investidas de poder, y Sus ángeles las guardarán (véase D. y C. 109:22).

Debemos saber y comprender que, como dijo Winston Churchill en un momento crítico de la Segunda Guerra Mundial: “A todo hombre [y a toda jovencita] le llega… ese momento especial en el que, en sentido figurado, se le da un toquecito en el hombro y se le ofrece la oportunidad de hacer algo especial, singular para él [o ella] y su propio talento. Qué tragedia si en ese momento se encontrara[n] desprevenido[s] o falto[s] de preparación para la obra que sería su logro supremo” (véase Jeffrey R. Holland, “Santificaos”, Liahona, enero de 2001, pág. 49). Éste es un momento crítico. A ustedes se les está dando el toquecito en el hombro. Ahora mismo se están preparando para esa obra que será su logro supremo; se están preparando ahora para la eternidad.

El año pasado, cuando fui llamada para ser la presidenta general de las Mujeres Jóvenes, en el momento en que me disponía a salir de la oficina del presidente Monson, él extendió la mano hacia un ramo de rosas blancas, tomó una del florero y me la dio. En el momento en que me dio esa bella rosa blanca, supe por qué. Recordé la época en que, siendo jovencita, escogí la rosa blanca como mi símbolo de pureza, mi bandera personal. ¿Cómo lo supo el presidente Monson? Me llevé esa bella rosa a casa, la puse en un hermoso florero de cristal y la coloqué en una mesa donde pudiera verla todos los días. Cada día, esa rosa me recordaba la importancia de mi propia pureza y virtud personal, y me recordaba a ustedes. Al crecer y florecer, su pureza personal les permitirá ser una fuerza para el bien y una influencia de rectitud en el mundo. Creo firmemente que una jovencita virtuosa, guiada por el Espíritu, puede cambiar el mundo.

Que ésta sea su meta y el deseo de su corazón. Que sean bendecidas al esforzarse por permanecer virtuosas, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.