Las verdades más dignas de ser conocidas

Las verdades más dignas de ser conocidas, 2011

Devocional del SEI para jóvenes adultos • 6 de noviembre de 2011 • Universidad Brigham Young


Me siento muy agradecido por las bendiciones que les permiten verme y oírme a lo largo y ancho de la tierra. Pero estoy más agradecido por el don del Espíritu Santo, un milagro que no requiere transmisión satelital y que me permite verlos en mi imaginación. Ustedes son muy apreciados. Esperamos con ansias el día en que podamos pasarles las llaves del reino.

En vez de tomar apuntes, presten atención a las impresiones que reciban mientras analizamos un tema muy sagrado. Si lo único que recuerdan después de esta noche son mis palabras, habrán pasado por alto el significado de esta presentación.

Algunos han venido con interrogantes y están buscando guía. Otros se preguntan cómo se extraviaron del sendero del Evangelio y cómo pueden regresar. Aunque hablo a todos, me dirijo más encarecidamente al que anda buscando.

Buscar y aceptar guía

He visto a las Autoridades Generales que me antecedieron ir avanzando en los puestos del apostolado y luego graduarse del otro lado del velo, tantas personas extraordinarias. El presidente Harold B. Lee me dijo que debía relacionarme con los mayores y aprender de sus experiencias. He seguido ese consejo.

De Henry Wordsworth Longfellow:

Las vidas de los grandes hombres nos recuerdan
que podemos sublimar las nuestras,
y al partir, dejar atrás
huellas en las arenas del tiempo.
Huellas por las que quizás otro que navegue
por el solemne océano de la vida,
un hermano náufrago desolado,
al verlas, vuelva a recobrar la esperanza1.

Esas “huellas en las arenas del tiempo” permanecerán siempre visibles para guiarlos.

Cuando era un joven miembro del Quórum de los Doce, después de nuestra reunión semanal caminábamos desde el templo a nuestras oficinas. Yo me quedaba atrás con el élder LeGrand Richards, quien de joven había quedado discapacitado por un accidente y andaba más lento que los demás.

Los otros hermanos decían: “Eres muy bondadoso por cuidar al élder Richards”, y yo contestaba: “¡Ustedes no saben por qué lo hago!”.

Mientras caminábamos, yo escuchaba. Él recordaba al presidente Wilford Woodruff. Tenía 12 años la última vez que lo escuchó hablar. El élder Richards era un eslabón con esa generación. Yo asimilaba cada palabra que él decía.

En Doctrina y Convenios se da un mandato a los Doce: “Los doce consejeros viajantes son llamados para ser llamados los Doce Apóstoles, o sea, testigos especiales del nombre de Cristo en todo el mundo”2.

Yo he tenido un insaciable deseo de dar testimonio del Padre y de Jesucristo. Cristo dijo: “Si me conocierais, también a mi Padre conoceríais”3. He ansiado decirles lo que sé sobre lo que hizo Cristo y quiénes son el Padre y el Hijo.

Sé que las palabras que trasmite el don del Espíritu Santo pueden llevarlos al conocimiento de “la verdad de todas las cosas”4. Toda verdad es digna de ser conocida. Algunas verdades son más útiles, pero hay verdades que son más dignas de ser conocidas.

Las experiencias nos ayudan a comprender el amor de nuestro Padre Celestial por Sus hijos

Le he preguntado a misioneros jóvenes: “¿Saben qué significa la palabra padre?”. Ellos dicen que por supuesto lo saben. Respeto sus respuestas, pero muy dentro de mí pienso: “Ustedes saben muy poco”. Ellos saben lo que significa la palabra padre, pero su conocimiento es inmaduro.

Para los que están casados y tienen un hijo, la palabra padre adquiere un nuevo significado, la palabra padre cobra un sentido más claro.

Quizás llegará el día en que un doctor les diga: “Creo que su hijo no sobrevivirá”. Finalmente, aprenderán sobre el Padre Celestial y sobre ustedes mismos.

Teníamos nueve años de casados cuando oímos por primera vez esas palabras del doctor: “Creo que su hijo no sobrevivirá”. Como padres, miramos a nuestro pequeño bebé e hicimos lo único que podíamos hacer. Se le dio un nombre y recibió una bendición de su padre en el hospital. Oramos, tuvimos fe y dijimos en voz alta: “Hágase Tu voluntad”.

Pasaban las horas y los días. Los médicos y las enfermeras seguían atendiendo a nuestro hijo.

Por fin, oímos las palabras del doctor: “Creo que su hijo sobrevivirá”.

Como padres, crecimos en comprensión y fortaleza, y nos acercamos más el uno al otro y al Padre.

Trece años después, en un hospital mucho más grande, sucedió lo mismo con nuestro décimo hijo. Se le dio un nombre y una bendición de padre en el hospital. Oramos, tuvimos fe y una vez más dijimos en voz alta: “Hágase Tu voluntad”.

Las horas pasaron lentamente. Otra vez fuimos muy bendecidos. Él viviría. Las lecciones aprendidas años atrás se volvieron a repetir.

Esas experiencias les enseñarán qué significa ser padre y madre. Sabrán que darían su vida porque ese pequeño viva para experimentar la vida mortal. Comenzarán a comprender a nuestro Padre Celestial y entonces sabrán en verdad el significado de las palabras padre y madre.

Muchas veces he anhelado mitigar el sufrimiento de un niño o quitar la pena o el dolor de un ser amado, sólo para darme cuenta de que no podía hacerlo. Pero aprendí que el hecho de que yo lo haría si pudiera, surtió un gran efecto en mi relación con el Señor.

Reconocer nuestra necesidad de un Mediador

Existe un enigma en las Escrituras acerca de la justicia y la misericordia. Estos dos principios parecen estar en conflicto; de ello hablé en otra ocasión, al enseñar algo parecido a una parábola5. Escuchen atentamente.

Había una vez un hombre que deseaba mucho adquirir cierto objeto; parecía ser más importante que cualquier otra cosa en su vida. Para cumplir su deseo, se endeudó mucho.

Se le había advertido de que no debía endeudarse de tal forma, y particularmente se le había prevenido acerca de su acreedor. Pero parecía muy importante tener lo que deseaba de inmediato; estaba seguro de que podría pagarlo más adelante. Por tanto, firmó un contrato por el cual habría de pagar la deuda dentro de un determinado tiempo. No se preocupó mucho acerca del hecho, ya que la fecha del pago parecía estar muy lejana; tenía lo que deseaba en ese momento, y eso era lo único que le importaba.

Su acreedor quedó relegado en el olvido; de vez en cuando realizó algunos pagos simbólicos, pensando que en realidad el día del ajuste final, el día en que tendría que devolver todo el dinero, nunca llegaría. Pero, como siempre, ese día llegó al cumplirse la fecha establecida en el contrato. La deuda no había sido pagada

y su acreedor apareció y exigió el pago total. Solamente entonces comprendió que su acreedor no sólo tenía el poder de quitarle todo lo que poseía, sino de enviarlo a la cárcel.

“No puedo pagarle porque no tengo el dinero para hacerlo”, confesó.

“Entonces”, dijo el acreedor; “haremos que se cumpla el contrato, tomaremos sus posesiones y usted irá a la cárcel. Usted estuvo de acuerdo con eso; fue su elección. Usted firmó el contrato y ahora se debe poner en vigor”.

“¿No puede mostrar misericordia? No podría extenderme el plazo o perdonarme la deuda?”, suplicó el deudor. “¿Arreglar alguna forma para que pueda mantener mis propiedades y no ir a la cárcel? Seguramente usted cree en la misericordia. ¿No la tendrá conmigo?”.

El acreedor contestó: “La misericordia siempre favorece sólo a uno, y en este caso solamente le servirá a usted. Si soy misericordioso, quedaré sin mi dinero. Lo que demando es justicia. ¿Cree usted en la justicia?”.

“Creía en la justicia cuando firmé el contrato”, dijo el deudor. “Entonces estaba de mi lado, porque pensé que me protegería. Entonces no necesitaba misericordia, ni pensé que jamás la necesitaría. Pensé que la justicia nos serviría igualmente a ambos”.

“Es la justicia que exige que usted pague el contrato o sufra la pena”, respondió el acreedor. “Esa es la ley. Usted estuvo de acuerdo y así es como debe ser”.

Allí estaban: uno demandaba justicia y el otro rogaba misericordia. Ninguno quedaría satisfecho, excepto a costa del otro.

“Si usted no perdona la deuda no habrá misericordia”, contestó el deudor.

“Pero si lo hago, no habrá justicia”, fue la respuesta.

Parecía que ambas leyes no se podían cumplir. La misericordia no puede robar a la justicia6. Son dos ideales eternos que parecen contradecirse mutuamente. ¿No hay forma en que se pueda cumplir la justicia al mismo tiempo que la misericordia?

¡Hay una forma! La ley de la justicia puede ser satisfecha al mismo tiempo que se cumple la de la misericordia; pero se necesita alguien que interceda. Y eso fue lo que sucedió.

El deudor tenía un amigo que fue a ayudarle. Él conocía muy bien al deudor y sabía que era hombre falto de previsión; sabía que era imprudente haberse metido en ese aprieto; no obstante, quería ayudarlo porque lo amaba. Intercedió con el acreedor y le hizo una oferta:

“Yo le pagaré la deuda si usted libera al deudor de su compromiso para que pueda mantener sus posesiones y no tenga que ir a la cárcel”.

Mientras el acreedor meditaba la oferta, el mediador agregó: “Usted demandó justicia y, aun cuando él no puede pagarle, lo haré yo. Usted habrá recibido justicia y no puede exigir más, pues no sería justo”.

El mediador le dijo entonces al deudor: “Si yo pago tu deuda, ¿me aceptarás como tu acreedor?”.

“Claro que sí”, exclamó el deudor. “Tú me salvas de la prisión y eres misericordioso conmigo”.

“Entonces”, dijo el mediador, “tú me pagarás la deuda a mí y yo estableceré las condiciones. No será fácil, pero será posible. Yo proporcionaré la manera y no será necesario que vayas a la cárcel”.

Así fue que el acreedor recibió su dinero. Se le trató justamente sin necesidad de romper el contrato. Al deudor, a su vez, se le había dado misericordia. Ambas leyes habían sido cumplidas. Debido a que hubo un mediador, la justicia se había cumplido y la misericordia quedó totalmente satisfecha.

A menos que haya un mediador, a menos que tengamos un amigo, el peso total de la justicia deberá recaer sobre nosotros sin atenuantes, ni preferencias. El pago total de cada transgresión, por pequeña o grande que sea, se nos exigirá hasta el más alto grado.

Hay un Mediador, un Redentor, que está dispuesto y puede satisfacer las exigencias de la justicia y extender misericordia a los penitentes. “He aquí, él se ofrece a sí mismo en sacrificio por el pecado, para satisfacer las demandas de la ley, por todos los de corazón quebrantado y de espíritu contrito; y por nadie más se pueden satisfacer las demandas de la ley”7. Todos comparecerán un día ante Él “para ser juzgados en… el día del juicio, según sus obras”8, “porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”9.

Mediante Él se extiende la misericordia a cada uno de nosotros sin ofender la eterna ley de la justicia. La misericordia no se extenderá automáticamente; se hará mediante convenio con Él y de acuerdo con Sus términos, Sus generosos términos.

Debemos arrepentirnos, para que Su misericordia surta efecto. Todas nuestras transgresiones se agregan a nuestra cuenta y algún día, si no la saldamos adecuadamente, si no nos arrepentimos, cada uno será reprobado y condenado.

El arrepentimiento hace desaparecer la culpa y la desilusión

Todos tenemos una deuda espiritual, que se incrementa de una u otra forma. Si van pagando sobre la marcha, tienen poco de qué preocuparse. Pronto comenzarán a adquirir disciplina y sabrán que vendrá el día de ajuste de cuentas. Aprendan a pagar su cuenta espiritual a intervalos regulares, en vez de dejar que crezcan los intereses y las multas.

Debido a que están en prueba, se espera que cometan errores. Supongo que habrán hecho algunas cosas en su vida de las que se lamentan, de las que no pueden excusarse y menos aún, enmendar; por lo que llevan una carga. Ahora es el momento de usar la palabra culpa, la que puede manchar como tinta indeleble y no es fácil de quitar. Un hijastro de la culpa es la desilusión, el pesar por las bendiciones y oportunidades perdidas.

Si se debaten bajo el peso de la culpa, no son muy diferentes del pueblo del Libro de Mormón de quien el profeta dijo: “Y por motivo de su iniquidad, la iglesia había empezado a decaer; y comenzaron a dejar de creer en el espíritu de profecía y en el espíritu de revelación; y los juicios de Dios se cernían sobre ellos”10.

A menudo tratamos de resolver el problema de la culpa diciéndonos unos a otros y a nosotros mismos que no importa. Pero en lo más profundo de nuestro ser no lo creemos. Tampoco nos creemos a nosotros mismos cuando lo decimos. Pero bien lo sabemos: ¡Claro que importa!

Los profetas siempre han enseñado el arrepentimiento. Alma dijo: “Y he aquí, viene para redimir a aquellos que sean bautizados para arrepentimiento, por medio de la fe en su nombre”11.

Alma dijo con claridad a su hijo descarriado: “Mas el arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo, igualmente eterno como la vida del alma, opuesto al plan de la felicidad”12.

La vida mortal tiene dos propósitos básicos. El primero es recibir un cuerpo, que si queremos, será purificado y exaltado, y vivirá por siempre. El segundo propósito es ser probados. En la prueba, ciertamente cometeremos errores, pero, si queremos, podemos aprender de nuestros errores. “Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros”13.

Quizás se sientan inferiores en cuerpo y mente y estén turbados o apesadumbrados por el peso de una cuenta espiritual que está “vencida”. Cuando se enfrentan a ustedes mismos en esos momentos de tranquila meditación (que muchos de nosotros tratamos de evitar), ¿hay cuentas sin saldar que les preocupen? ¿Tienen algún remordimiento? ¿Continúan de una forma u otra siendo culpables de algo pequeño o grande?

Con demasiada frecuencia, recibimos cartas de personas que han cometido trágicos errores o están cargadas. Suplican: “¿Podré ser perdonado? ¿Podré cambiar alguna vez?”. La respuesta es ¡Sí!

Pablo enseñó a los corintios: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”14.

El Evangelio nos enseña que por medio del arrepentimiento nos podemos librar del tormento y de la culpa. Salvo aquellos, esos pocos, que luego de haber conocido la plenitud optan por la perdición, no existe hábito ni adicción, no hay rebelión, transgresión ni ofensa, grande o pequeña, que esté exenta de la promesa del perdón total. Sea lo que sea que haya pasado en sus vidas, el Señor ha preparado una vía de regreso, si escuchan las impresiones del Santo Espíritu.

Algunos sienten un apremio incontenible, una tentación recurrente, que quizás se convierta en hábito y luego en adicción. Tenemos la tendencia a cometer ciertas transgresiones y pecados, y también a justificarnos de que no somos culpables porque hemos nacido así. Quedamos atrapados y de ahí provienen el dolor y el tormento que sólo el Salvador puede sanar. Ustedes tienen el poder para detenerse y ser redimidos.

Satanás ataca a las familias

El presidente Marion G. Romney me dijo una vez: “No les hables sólo para que entiendan, háblales para que no malentiendan”.

Nefi dijo: “Porque mi alma se deleita en la claridad; porque así es como el Señor Dios obra entre los hijos de los hombres. Porque el Señor Dios ilumina el entendimiento”15.

Así que, ¡escuchen atentamente! Hablaré claramente, como alguien que ha sido llamado y que tiene el deber de hacerlo.

Ustedes saben que hay un adversario. Las Escrituras lo definen en estos términos: “esa antigua serpiente, que es el diablo, el padre de todas las mentiras”16. Él fue arrojado en el principio17 y se le negó un cuerpo mortal. Él ahora ha jurado frustrar “el gran plan de felicidad”18 y se ha convertido en enemigo de toda rectitud. Él centra su ataque en la familia.

Ustedes viven en una época en que el flagelo de la pornografía azota al mundo. Es difícil eludirlo. La pornografía se concentra en esa parte de la naturaleza de ustedes por la cual tienen poder para procrear.

Ceder ante la pornografía lleva a problemas, divorcio, enfermedades y dificultades de todo tipo. Ninguna parte de ello es inofensiva. El coleccionar, ver o distribuir pornografía de cualquier forma, es como llevar una serpiente de cascabel en la mochila. Les expone inevitablemente al equivalente espiritual de la mordedura de la serpiente con la inyección del mortal veneno. Como está el mundo, uno puede comprender que ustedes pueden estar expuestos a eso casi inocentemente, a verla o leerla sin darse cuenta de las terribles consecuencias de ello. Si ése es su caso, les amonesto a detenerse. ¡Deténganse ya!

El Libro de Mormón enseña que todos “los hombres son suficientemente instruidos para discernir el bien del mal”19. Eso les incluye a ustedes. Ustedes saben lo que es correcto y lo que es incorrecto. Cuídense de no cruzar esa línea.

Si bien, la mayoría de las faltas pueden confesarse al Señor en privado, algunas transgresiones requieren más que eso para obtener el perdón. Si sus faltas han sido graves, acudan a su obispo. En los demás casos, será suficiente la confesión cotidiana, silenciosa y personal. Pero recuerden que la gran mañana del perdón puede que no venga inmediatamente. Si al principio tropiezan, no desistan. El superar el desánimo forma parte de la prueba. No desistan. Y como he aconsejado anteriormente, una vez que hayan confesado y abandonado sus pecados, no miren hacia atrás.

El Señor siempre estará allí. Él está dispuesto a sufrir y pagar la deuda si ustedes están dispuestos a aceptarlo como su Redentor.

El sufrimiento del Salvador fue por nuestros pecados

Como mortales, quizás no podemos, de hecho no entendemos plenamente cómo Él llevó a cabo Su sacrificio expiatorio. Pero por ahora el cómo no es tan importante como el porqué de Su sufrimiento. ¿Por qué lo hizo por ustedes, por mí y por toda la humanidad? Lo hizo por amor a Dios el Padre y a toda la humanidad. “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos”20.

En Getsemaní, Cristo se apartó de Sus apóstoles para orar. ¡Lo que allí ocurrió supera nuestra capacidad de comprensión! Pero sabemos que realizó la Expiación. Estuvo dispuesto a tomar sobre sí mismo las faltas, los pecados y la culpa, las dudas y los temores de todo el mundo. Sufrió por nosotros para que no tengamos que sufrir. Muchos mortales han sufrido tormento y padecido una dolorosa y terrible muerte, pero Su agonía superó a todos ellos.

A mi edad he experimentado el dolor físico y ¡no es divertido! Nadie parte de esta vida sin haber aprendido algo sobre el sufrimiento. Pero el tormento personal que yo no puedo aguantar es cuando me doy cuenta de que he ocasionado sufrimiento a otra persona. Es entonces cuando percibo algo de la agonía que sufrió el Salvador en el Jardín de Getsemaní.

Su sufrimiento fue diferente al de otras personas antes o después de Él, pues tomó sobre sí mismo todo el castigo que jamás se haya impuesto sobre la familia humana. ¡Imagínense! Él no tenía deuda por pagar, no había cometido ningún mal. No obstante, la suma de toda la culpa, la tristeza y el pesar; el dolor y la humillación; todos los tormentos mentales, emocionales y físicos que el hombre ha conocido, todo lo sufrió Él. Sólo ha habido Uno en los anales de la historia que fue enteramente libre de pecado, facultado para responder por los pecados y las transgresiones de toda la humanidad y sobrevivir el dolor que acompañó a ese rescate.

Él ofrendó Su vida y, en esencia, dijo: “Porque soy yo quien tomo sobre mí los pecados del mundo”21. Fue crucificado. Murió. Ellos no pudieron quitarle la vida. Él consintió en morir.

El perdón total es posible

Si han tropezado o se han extraviado por algún tiempo, si sienten que el adversario los tiene cautivos, pueden avanzar con fe y dejar de ir de aquí para allá en el mundo. Hay quienes están prestos para guiarlos de regreso a la paz y la seguridad. La gracia misma de Dios, tal como se promete en las Escrituras, viene “después de hacer cuanto podamos”22. El poder hacer esto, es para mí, la verdad más digna de ser conocida.

Les prometo que esa radiante mañana vendrá. Entonces “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento”23 volverá nuevamente a su vida, como un amanecer, y ustedes y Él, “no [se] acordar[án] más de [sus] pecado[s]”24. ¿Cómo lo sabrán? ¡Lo sabrán!25.

Esto es lo que he venido a enseñar a quienes están en dificultades. Él mediará y resolverá el problema que ustedes no puedan resolver, pero ustedes deben pagar el precio. Sin esto no sucederá. Él es un líder bondadoso, en el sentido de que Él siempre pagará el precio necesario, pero desea que ustedes hagan su parte, aunque sea dolorosa.

Amo al Señor, y amo al Padre que lo envió. Podemos poner ante Él nuestra carga de desilusión, pecado y culpa; y bajo Sus generosas condiciones, cada monto de la cuenta se puede marcar como “pagado completamente”.

“Venid ahora, dice Jehová, y razonemos juntos: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”. Esto es, continúa Isaías, “Si queréis y escucháis”26.

Venid a Él

El versículo “aprende sabiduría en tu juventud; sí, aprende en tu juventud a guardar los mandamientos de Dios”27, es una invitación acompañada de la promesa de paz y protección del adversario. “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza”28.

No esperen que todo transcurra sin obstáculos en sus vidas. Aun para los que viven como debe ser, a veces es justo lo contrario. Enfrenten cada dificultad de la vida con optimismo y confianza, y tendrán la paz y la fe para sostenerse ahora y en el futuro.

Les digo a los que aún no tienen todas las bendiciones que deseen y necesiten, que creo firmemente que no se les negará ninguna experiencia ni oportunidad que sean esenciales para la redención y salvación de ustedes, quienes viven fielmente. Permanezcan dignos, tengan esperanza, sean pacientes y persistan en la oración. Las cosas tienen solución. El don del Espíritu Santo guiará y dirigirá sus acciones.

Si tú eres uno de los que lucha con la culpa, la desilusión o la depresión como resultado de errores cometidos o bendiciones que aún no llegan, escucha las enseñanzas esperanzadoras que se hallan en el himno de cierre: “Venid a Él”29, que cantará el coro al término de la reunión.

Con mis hermanos del apostolado proclamo ser un testigo especial del Señor Jesucristo. Ese testimonio se reafirma cada vez que siento en mí o en los demás el efecto purificador de Su sagrado sacrificio. Mi testimonio y el de mis hermanos son verdaderos. Conocemos al Señor. Él no es un extraño para Sus profetas, videntes y reveladores.

Para finalizar, sé que son la juventud de la Iglesia y entiendo que no son perfectos, pero están avanzando por ese sendero. Sean valientes. Sepan que cada persona que tiene un cuerpo tiene poder sobre los que no tienen30. A Satanás le fue negado un cuerpo; así que cuando confronten tentaciones, sepan que pueden superar todas esas tentaciones si ejercen el albedrío dado a Adán y a Eva en el jardín, y que se ha transmitido hasta esta misma generación.

Invoco una bendición sobre ustedes para que tengan una vida plena y puedan hallar paz. Y si miran hacia delante con esperanza y el deseo de hacer lo que el Señor desea que hagan; esto es todo lo que se requiere. En el nombre de Jesucristo. Amén.

© 2011 por Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos reservados. Aprobación del inglés: 9/11. Aprobación de la traducción: 9/11. Traducción de Truths Most Worth Knowing. Spanish. PD50036632 002

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    Notas

  1.   1.

    “El salmo de la vida”, Henry Wadsworth Longfellow, “El poder de la palabra”, 3 de noviembre de 2011, sitio web: http://www.epdlp.com/texto.php?id2=856.

  2.   2.

    Doctrina y Convenios 107:23.

  3.   3.

    Juan 14:7.

  4.   4.

    Moroni 10:5.

  5.   5.

    Véase Boyd K. Packer, “El Mediador,” Liahona, octubre de 1977, págs. 42–44; véase también “El Mediador Jesucristo”, Liahona, abril de 2011, págs. 57–58 o Principios del Evangelio, 2009, págs. 68–71.

  6.   6.

    Véase Alma 42:25.

  7.   7.

    2 Nefi 2:7.

  8.   8.

    Alma 33:22.

  9.   9.

    1 Timoteo 2:5.

  10.   10.

    Helamán 4:23.

  11.   11.

    Alma 9:27.

  12.   12.

    Alma 42:16.

  13.   13.

    1 Juan 1:10.

  14.   14.

    1 Corintios 10:13.

  15.   15.

    2 Nefi 31:3 .

  16.   16.

    2 Nefi 2:18.

  17.   17.

    Véase Doctrina y Convenios 29:36–38.

  18.   18.

    Alma 42:8.

  19.   19.

    2 Nefi 2:5.

  20.   20.

    Juan 15:13.

  21.   21.

    Mosíah 26:23.

  22.   22.

    2 Nefi 25:23.

  23.   23.

    Filipenses 4:7.

  24.   24.

    Jeremías 31:34.

  25.   25.

    Véase Mosíah 4:1–3.

  26.   26.

    Isaías 1:18–19.

  27.   27.

    Alma 37:35.

  28.   28.

    1 Timoteo 4:12.

  29.   29.

    Véase “Come unto Him,” Hymns, núm. 114.

  30.   30.

    Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 211.