El inefable don del Espíritu Santo

El inefable don del Espíritu Santo, 2012

Devocional del SEI para jóvenes adultos • 8 de enero de 2012 • Universidad Brigham Young


La hermana Jensen y yo estamos complacidos de estar con ustedes. Agradezco sinceramente al coro no sólo por el modo en que cantaron, sino también por lo que cantaron. Los himnos invitan al Espíritu del Señor, crean un sentimiento de reverencia y nos enseñan las doctrinas del reino. Ésta es una asignación que me llena de humildad, y he orado y sigo orando, para que el Espíritu Santo sea nuestro verdadero maestro.

Mi mensaje se titula “El inefable don del Espíritu Santo”, una frase de Doctrina y Convenios: “Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo, conocimiento que no se ha revelado desde el principio del mundo hasta ahora” (D. y C. 121:26). Quizás reconozcan algunos conceptos de un discurso que ofrecí en la conferencia general de octubre de 2010. Con el tiempo que me han asignado hoy, voy a ampliarlos más.

La importancia del Espíritu Santo

La importancia del Espíritu Santo y el hecho de que Él es un don inefable se pueden resaltar por medio de dos ejemplos, cada uno con un mensaje propio. El primero es del Libro de Mormón y el segundo de un acontecimiento de la historia de la Iglesia.

Cuando Jesucristo visitó al pueblo del Libro de Mormón, les enseñó, bendijo a sus hijos, instituyó la Santa Cena y después se marchó. Las personas regresaron a su casa y trabajaron toda la noche a fin de reunir a los demás en el lugar en el que Él había dicho que se les aparecería al día siguiente.

Debido a la gran cantidad de personas, los doce discípulos separaron al pueblo en doce grupos para enseñarles lo que el Salvador les había enseñado a ellos el día anterior, y después oraron. De todas las cosas por las que podían orar, “oraron por lo que más deseaban; y su deseo era que les fuese dado el Espíritu Santo” (3 Nefi 19:9), con lo cual se hace hincapié en el Espíritu Santo y en la importancia que posee, la cual es única en todas las Escrituras.

Después de su oración, y en respuesta a sus ruegos, Nefi bautizó a los discípulos, luego de lo cual “el Espíritu Santo descendió sobre ellos, y fueron llenos del Espíritu Santo y de fuego” (3 Nefi 19:13). Ellos recibieron la evidencia convincente o el testimonio de Él.

Entonces el Salvador se les apareció:

“Y sucedió que Jesús… se alejó de ellos un poco y se inclinó a tierra, y dijo:

“Padre, gracias te doy porque has dado el Espíritu Santo a éstos que he escogido…

“Padre, te ruego que des el Espíritu Santo a todos los que crean en sus palabras” (3 Nefi 19:19–21).

No conozco ningún pasaje de las Escrituras que exprese mejor cuán importante el Señor piensa que es el Espíritu Santo.

El segundo ejemplo proviene de las enseñanzas del presidente Brigham Young. Los santos se encontraban en Winter Quarters y se preparaban para emigrar al Oeste en la primavera. Hacía ya más de dos años y medio que José Smith había fallecido cuando el presidente Young tuvo una visión, un sueño, en el que habló con el profeta José Smith. A medida que escuchen, adviertan la cantidad de veces que él hizo hincapié en la importancia del Espíritu del Señor:

“‘Hermano José,… los hermanos están ansiosos por comprender los… principios de sellamiento; si usted tiene un consejo para darme, lo recibiría gustoso’.

“José se acercó a mí, y mirándome muy seriamente pero con cordialidad me dijo: ‘Diga a la gente que sea humilde y fiel y se asegure de conservar el Espíritu del Señor, el cual los guiará con justicia. Que tengan cuidado y no se alejen de la voz apacible; ésta les enseñará lo que deben hacer y a dónde ir, les proveerá los frutos del reino. Diga a los hermanos que tengan el corazón dispuesto al convencimiento para que cuando el Espíritu Santo venga a ellos, su corazón esté listo para recibirlo. Ellos podrán distinguir al Espíritu del Señor de todos los demás espíritus; Él les susurrará paz y gozo a su alma; quitará de su corazón la malicia, el odio, las contiendas y toda maldad, y todo su deseo será hacer el bien, fomentar la rectitud y edificar el reino de Dios. Diga a los hermanos que si siguen al Espíritu del Señor, les irá bien. Asegúrese de decirle a la gente que guarde el Espíritu del Señor y, que si lo hacen, se encontrarán organizados tal como nuestro Padre Celestial los organizó antes de venir al mundo. Nuestro Padre Celestial organizó la familia humana…’.

“José después me mostró el modelo de cómo se encontraban en el principio. No puedo describirlo, pero lo vi, y vi además cómo el sacerdocio había sido quitado de la tierra y la manera en que debía unirse, para que se formara una cadena perfecta desde el Padre Adán hasta su última posteridad. José dijo nuevamente: ‘Diga a la gente que se asegure de conservar el Espíritu del Señor y de seguirlo, el cual los guiará con justicia’”1.

Este relato no sólo resalta la importancia del Espíritu Santo y de buscar Su influencia, sino que también trajo a mi mente estos principios y verdades:

  • El Espíritu del Señor procura traer orden; en particular, organizar una familia eterna por medio de las ordenanzas de sellamiento en el templo.

  • El adversario procura desorganizar y destruir (véase D. y C. 10:6–7, 22–27), en particular a las familias, tal como se demuestra actualmente mediante el aborto, el divorcio y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Me pregunto si la creciente práctica entre las personas de la edad de ustedes de posponer el matrimonio contribuye a la desorganización de la familia.

  • La revelación y el conocimiento por medio del inefable don del Espíritu Santo se recibió en respuesta a una pregunta, como por lo general sucede con la revelación.

De esos dos ejemplos he llegado a la conclusión de que el Espíritu Santo es imprescindible y de que debemos buscar Su compañía, guía y dones de todo corazón, es en verdad un don inefable.

Me concentraré ahora en tres temas: (1) las misiones del Espíritu Santo, (2) las condiciones para recibir el Espíritu Santo y (3) cómo reconocer la guía del Espíritu Santo.

Las misiones del Espíritu Santo

Al Espíritu Santo en ocasiones se le llama el Espíritu, y se le llama apropiadamente el Santo Espíritu, el Espíritu de Dios, el Espíritu del Señor y el Consolador.

El Espíritu Santo tiene ciertas misiones o responsabilidades. Voy a mencionar cuatro.

Primera misión: Él testifica o revela del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo realmente revela o testifica del Padre y del Hijo. Yo lo descubrí siendo muy jovencito, aun cuando no podría haberlo expresado bien en ese entonces.

Me crié creyendo en Dios en un maravilloso hogar Santo de los Últimos Días. Me bauticé y recibí el Espíritu Santo a los ocho años. Nunca dudé de la existencia del Padre y del Hijo; más bien, nuestra familia tenía una aceptación total y plena, una adoración y una fe en Ellos demostrada por la habitual oración familiar, la bendición de los alimentos cada vez que comíamos, la noche de hogar, la lectura de las Escrituras (en especial del Libro de Mormón), la asistencia a la Iglesia, la obediencia a los mandamientos y todo lo demás que hacemos como Santos de los Últimos Días. Personalmente no podía recurrir a las Escrituras para enseñar la doctrina de que la función principal del Espíritu Santo era la de revelar a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo, pero como una cuestión de fe, sin duda comprendía ese principio.

Durante mi misión, comencé un estudio diario de las Escrituras. Mi conocimiento de ellas, mi testimonio y mi fe en Dios y en Su Hijo Jesucristo se fortalecieron mediante la doctrina divina, las experiencias espirituales y la revelación personal. Sé por propia experiencia que estas palabras del Salvador son verdaderas: “Y el Espíritu Santo da testimonio del Padre y de mí; y el Padre da el Espíritu Santo a los hijos de los hombres por mi causa” (3 Nefi 28:11; véase también el resumen del capítulo de 3 Nefi 27 y 3 Nefi 27:13–20).

Segunda misión: Él testifica de toda verdad. El Espíritu Santo revela la verdad de todas las cosas. A los que busquen con sinceridad, que lean el Libro de Mormón y oren y mediten con verdadera intención para saber acerca de su veracidad, se les promete que sabrán que es verdadero, “y por el poder del Espíritu Santo [podrán] conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5).

Alma invitó a la gente pobre que fue rechazada por los zoramitas a experimentar con las palabras. En particular, hizo hincapié en que las palabras verdaderas que se plantaran en corazones receptivos comenzarían “a hincharse en vuestro pecho; y al sentir esta sensación de crecimiento, empezaréis a decir dentro de vosotros: Debe ser que ésta es una semilla buena, o que la palabra es buena” (Alma 32:28), lo cual da como resultado tres formas de conocer la verdad:

  1. 1.

    “Empieza a ensanchar mi alma”, lo cual se evidencia en los que buscan sinceramente la verdad mediante lágrimas, un suspiro, una afirmación con la cabeza u otro gesto corporal, de que el Espíritu Santo ha plantado palabras verdaderas en su corazón.

  2. 2.

    “Empieza a iluminar mi entendimiento”, lo cual se evidencia mediante comentarios como: “Eso tiene sentido”, “siempre he creído en eso”, o mediante una pregunta: “¿Entonces lo que usted dice es que…?”.

  3. 3.

    “Empieza a ser deliciosa para mí”, lo cual se evidencia, por ejemplo, en los investigadores, con comentarios como: “Por favor, explíquenme más”, “¿dónde dicen que se encuentra su Iglesia?” o “¿podrían quedarse más tiempo y seguirnos enseñando?”, dando a entender que están ávidos y desean saber más.

El testimonio de Brigham Young ilustra esas verdades: “Si todo el talento, el tacto, la sabiduría y el refinamiento del mundo se hubieran combinado en una sola persona, y a esa persona se me hubiese enviado con el Libro de Mormón y me declarase con la elocuencia del mundo más elevada la veracidad de éste, procurando probarla por medio de su conocimiento y la sabiduría del mundo, hubiera sido para mí como el humo que se levanta sólo para dispersarse nuevamente. Pero cuando vi a un hombre sin elocuencia o talentos para hablar en público y que sólo pudo decir, ‘Yo sé, por el poder del Espíritu Santo, que el Libro de Mormón es verdadero, que José Smith es un Profeta del Señor’, el Espíritu Santo que procedía de aquel individuo ilumin[ó] mi entendimiento y [percibí] la luz, la gloria y la inmortalidad manifiestas ante mí; me rodearon, me llenaron, y supe por mí mismo que el testimonio de ese hombre era verdadero”2.

Tercera misión: Él santifica. La palabra santificar proviene del latín y tiene dos raíces: sanct, que significa “santo”, y facere, que significa “hacer”, por lo que literalmente significa “hacer santo”. En el uso religioso que le damos a dicha palabra, santificar sencillamente significa purificar o librar del pecado, un mensaje primordial del Evangelio restaurado.

El Evangelio es “el plan de Dios para la salvación del hombre, hecho posible mediante la expiación de Jesucristo. El evangelio abarca las eternas verdades, o sea, las leyes, los convenios y las ordenanzas que son necesarios para que el género humano regrese a la presencia de Dios”3.

La función santificadora del Espíritu Santo es relevante en el contexto de la definición que da el Salvador de Su evangelio en 3 Nefi 27:13–20, que concluye con este importante versículo: “Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os presentéis ante mí sin mancha” (3 Nefi 27:20). El Espíritu Santo es el santificador y, gracias a Él y mediante la Expiación infinita, podemos presentarnos sin mancha, limpios y puros.

En los diferentes llamamientos en los que poseí llaves del sacerdocio como juez en Israel, en especial como obispo, fui testigo del poder purificador y santificador del Espíritu Santo. Una experiencia, cuyos elementos representan a otros, es sobresaliente.

Un domingo de mañana, un joven de poco más de veinte años fue a verme a mí, su obispo. Durante la semana, él y su novia habían permitido que sus emociones y pasiones sobrepasaran los límites que ha establecido el Señor. Escuché con espíritu de oración; leímos las Escrituras juntos y algunas palabras de los profetas de los últimos días. Le di algunas asignaciones de lectura e impuse las restricciones apropiadas en lo que concernía a sus privilegios en la Iglesia. Programamos otras entrevistas para el futuro y me arrodille con él a orar.

En cada una de las siguientes entrevistas él me informó de su lectura, especialmente del Libro de Mormón, y la angustia que se reflejaba en su rostro y en su apariencia fue reemplazada por la fe en Dios y en Su Hijo, por la esperanza y el optimismo, por una firme determinación y por un cambio de corazón. Gradualmente, él progresó espiritualmente. Después de un tiempo adecuado, y bajo la guía del Espíritu, levanté las restricciones que le había impuesto y le autoricé a participar de la Santa Cena. Sentado en el estrado durante la reunión sacramental, mis ojos se dirigieron hacia él cuando llegó a su banca el pan primero y luego el agua, y fui testigo de la luz santificadora, la paz y el perdón.

Me vinieron a la mente las palabras del Salvador a José Smith y a Oliver Cowdery después de haber participado de la Santa Cena: “He aquí, vuestros pecados os son perdonados; os halláis limpios delante de mí; por tanto, alzad la cabeza y regocijaos” (D. y C. 110:5). Al igual que José Smith y Oliver Cowdery, ese joven recibió la remisión de sus pecados por fuego y por el Espíritu Santo (véase 2 Nefi 31:17; D. y C. 19:31).

No sólo ese joven experimentó el poder santificador del Espíritu Santo, sino que ustedes y yo también podemos experimentar la misma liberación del pecado, domingo tras domingo tras domingo.

Cuarta misión: El maestro. De todo lo que se puede decir acerca de aprender y enseñar, lo resumo diciendo sencillamente que el Espíritu Santo es el verdadero maestro. En los 10 versículos de Doctrina y Convenios 50:13–22, los versículos impares son preguntas y los pares son las respuestas del Señor. Al leer los versículos 13 y 14, adviertan dos funciones y lo que cada una realiza:

“Por tanto, yo, el Señor, os hago esta pregunta: ¿A qué se os ordenó?

“A predicar mi evangelio por el Espíritu, sí, el Consolador que fue enviado para enseñar la verdad”.

La función del Espíritu Santo es enseñar. ¡Él es el verdadero maestro! Mi función no es la de enseñar todo el contenido o impartir toda la lección; en lugar de ello, como poseedor del sacerdocio debo predicar, enseñar, exponer, exhortar, amonestar e invitar mediante el Espíritu (véase D. y C. 20:59).

Mi función es la de ser un instrumento al crear un ambiente para que el Espíritu haga lo que Él hace en el proceso divino que se describe en el versículo 22 de la sección 50: “De manera que, el que la predica y el que la recibe se comprenden el uno al otro, y ambos son edificados y se regocijan juntamente”.

Nefi terminó sus escritos y expresó sus deficiencias como así también su correcta comprensión de la función del Espíritu Santo: “Y ahora bien, yo, Nefi, no puedo escribir todas las cosas que se enseñaron entre mi pueblo; ni soy tan poderoso para escribir como para hablar; porque cuando un hombre habla por el poder del Santo Espíritu, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres” (2 Nefi 33:1).

Adviértase el uso de la palabra al en lugar de la frase adentro del. Por motivo de nuestro albedrío, Él lo lleva a nuestro corazón. Si lo invitamos, Él lo llevará adentro de nuestro corazón, como se enseña en el Libro de Apocalipsis: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

Les testifico que Él tiene otras responsabilidades o misiones importantes. Él es el Consolador. Él refrena y constriñe, Él guía, Él advierte y Él reprende. Les invito a estudiarlas por su cuenta. Ahora hablaré acerca de las condiciones para recibir el Espíritu Santo.

Condiciones para recibir el Espíritu Santo

Las condiciones o los requisitos para recibir el Espíritu Santo son sencillos. Voy a mencionar sólo tres: (1) el deseo, que para mí incluye pedir, buscar y llamar; (2) la dignidad; y (3) el estar alerta, tanto espiritual como físicamente.

Las palabras desear, pedir, buscar y llamar se encuentran muchas veces juntas en las Escrituras y son fundamentales para recibir el Espíritu Santo y Sus inefables dones. Alma enseñó que Dios “concede a los hombres según lo que deseen” (Alma 29:4).

Presten atención a las palabras que se encuentran en Doctrina y Convenios 11, una revelación del Señor para Hyrum Smith. La palabra deseo y sus sinónimos aparecen ocho veces. Quizás una de las más conocidas y citadas está en el versículo 21. En éste se reúnen procurar, desear, la palabra y el Espíritu, lo cual resulta en el poder de Dios: “No intentes declarar mi palabra, sino primero procura obtenerla, y entonces será desatada tu lengua; luego, si lo deseas, tendrás mi Espíritu y mi palabra, sí, el poder de Dios para convencer a los hombres” (cursiva agregada).

Lo siguiente es la dignidad. Para tener el don inefable del Espíritu Santo, debemos guardar los mandamientos. Creo que ustedes saben de los males que ofenden al Espíritu, y no los voy a mencionar. Una frase de mi bendición patriarcal me ha guiado: “Jay, mantén tu cuerpo libre de tentaciones y de los males que se te presenten. Vive limpio y puro, ya que el Espíritu de nuestro Padre Celestial mora en tabernáculos limpios. [Él] no habita en tabernáculos inmundos”. Descubrí que esto está respaldado en el Libro de Mormón: “…el Espíritu del Señor no los preservaba más; sí, se había apartado de ellos, porque el Espíritu del Señor no habita en templos inmundos” (Helamán 4:24).

El estar alerta física y espiritualmente. Vivimos en un mundo muy ajetreado en el que muchas cosas requieren de nuestro tiempo y atención. Es por designio que alentamos la puntualidad a las reuniones, especialmente a la reunión sacramental, a fin de escuchar el preludio musical, prepararse para tener el Espíritu y recibir revelación. Ayunamos, oramos, meditamos y asistimos al templo, y aprendemos a escuchar y a observar.

El presidente Joseph F. Smith ilustró lo que significa estar física y espiritualmente alerta cuando recibió la revelación que llamamos la visión de la redención de los muertos, que se encuentra en Doctrina y Convenios 138:

“El día tres de octubre del año mil novecientos dieciocho, me hallaba en mi habitación meditando sobre las Escrituras,

“y reflexionando en el gran sacrificio expiatorio que el Hijo de Dios realizó” (D. y C. 138:1–2).

Imagino al presidente Smith sentado en una silla, quizás una de madera, junto a una mesa con las Escrituras frente a él, con papel y lápiz. Él no estaba acostado en un sofá ni desplomado en una silla.

El presidente David O. McKay recalcó la importancia de estar espiritual y físicamente alerta mediante el relato del obispo John Wells, quien había sido miembro del Obispado Presidente y cuyo hijo había muerto en un accidente de ferrocarril. Poco después del funeral, la madre se encontraba descansando en casa, acongojada por el fallecimiento de su hijo, alerta espiritual y físicamente. Su hijo se le apareció y le dijo que cuando se dio cuenta de que se encontraba en el mundo de los espíritus había tratado de acercarse a su padre, pero que no había podido, y le dijo que su papá se encontraba muy ocupado en la oficina4.

En muchas de nuestras reuniones de capacitación para Autoridades Generales, los Presidentes de la Iglesia y los Apóstoles nos han recordado que no debemos estar tan ocupados haciendo la obra del Señor que impidamos que las impresiones espirituales lleguen a nosotros.

Cómo reconocer la guía del Espíritu Santo

Me resulta difícil enseñar cómo reconocer la guía, la orientación y los susurros del Espíritu. Tales experiencias son personales y a menudo adaptadas a las personas y condiciones que acabo de describir. Sin embargo, hay unos cuantos modelos que yo he experimentado y que he aprendido de los demás.

Uno de ellos es paz a tu mente. El Señor enseñó a Oliver Cowdery, quien estaba teniendo dificultades para traducir, una poderosa lección cuando le recordó: “¿No hablé paz a tu mente en cuanto al asunto?” (D. y C. 6:23). Creo que recibir paz en la mente es una de las formas más comunes de reconocer la guía del Espíritu Santo. Los sinónimos de paz son serenidad, tranquilidad, armonía y quietud, mientras que sus antónimos son confusión, ansiedad, distracción, agitación y falta de armonía. Muchas veces usamos las palabras, “Esto me da mala espina” o “No me siento a gusto”. Estos sentimientos se relacionan con el siguiente principio: la mente y el corazón.

“Sí, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón.

“Ahora, he aquí, éste es el espíritu de revelación” (D. y C. 8:2–3).

He aprendido de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce, así como de mis propias experiencias, que las revelaciones a la mente son a menudo palabras, ideas, incluso frases específicas, mientras que las revelaciones al corazón son sentimientos generales relacionados con la paz. Los ejemplos de la vida de Enós son esclarecedores: los versículos 3 y 9 de su historia describen un sentimiento general con estas frases: “el gozo… penetr[ó] mi corazón profundamente” y “empecé a anhelar”. En los versículos 5 y 10 encontramos oraciones completas, las cuales empiezan con “vino a mí una voz, diciendo” y “la voz del Señor de nuevo penetró mi mente, diciendo”.

En estas palabras dirigidas a Hyrum Smith se enseña de una manera sucinta en cuanto a recibir sentimientos en el corazón y pensamientos en la mente:

“Te daré de mi Espíritu, el cual iluminará tu mente y llenará tu alma de gozo;

“y entonces conocerás, o por este medio sabrás, todas las cosas que de mí deseares” (D. y C. 11:13–14).

Otro es estudiarlo en la mente. Un pasaje de las Escrituras muy citado sobre reconocer la revelación e inspiración del Espíritu Santo es Doctrina y Convenios 9:7–9:

“…debes estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien.

“Mas si no estuviere bien, no sentirás tal cosa, sino que te sobrevendrá un estupor de pensamiento” (D. y C. 9:8–9).

El élder Dallin H. Oaks sabiamente enseñó que una persona puede tener “un fuerte deseo de ser guiada por el Espíritu de Dios, pero… imprudentemente extiende ese deseo hasta el punto de desear recibir guía en todas las cosas. El deseo de ser guiados por el Señor es un punto fuerte, pero debe ir acompañado de la comprensión de que nuestro Padre Celestial nos deja muchas decisiones personales…

“Debemos estudiar las cosas en la mente, valiéndonos de los poderes de razonamiento que nuestro Creador nos ha dado. Luego, debemos orar para recibir guía y, cuando la recibamos, actuar de conformidad con ella. Si no la recibimos, deberemos actuar basándonos en nuestro mejor discernimiento. Hay temas sobre los que el Señor no nos ha dado ninguna guía y si las personas insisten en buscar revelación sobre esos temas, quizás se inventen una respuesta basándose en sus propias fantasías o prejuicios, o quizá incluso reciban una respuesta por medio de la revelación falsa”5.

El presidente Boyd K. Packer sabiamente enseñó: “…no podemos forzar lo espiritual. Nuestros privilegios con el Espíritu no se describen con palabras tales como compeler, coaccionar, constreñir, presionar, exigir, etc. No podemos forzar al Espíritu a que responda, tal como no podríamos forzar a una semilla a germinar ni a un polluelo a que salga del cascarón antes de tiempo. Se puede crear un ambiente que fomente el progreso, que nutra y proteja, pero no es posible forzar ni compeler, sino que debemos esperar el progreso natural”6.

“Haré que tu pecho arda dentro de ti”, la frase de la sección 9 de Doctrina y Convenios. Con respecto a ese “ardor en el pecho”, como ex presidente de misión fui llamado a servir en un comité con otros ex presidentes de misión para encontrar maneras de mejorar el proselitismo. Se dio una sugerencia para ayudar a los misioneros a experimentar y a reconocer el ardor en el pecho como se enseña en Doctrina y Convenios 9:7–9. El presidente del comité, miembro del Primer Quórum de los Setenta y ex presidente de misión, compartió una experiencia que tuvo con un miembro del Quórum de los Doce que había hecho un recorrido de su misión. Durante dicho recorrido, este maravilloso presidente de misión enseñó la importancia de estos tres versículos.

Después de la reunión y mientras se dirigía a la siguiente, el miembro de los Doce señaló que en sus años de experiencia había encontrado a miembros que sentían habían fracasado al buscar revelación mediante el ardor en el pecho, incluso después de mucha oración y ayuno. No habían comprendido que el ardor en el pecho no está relacionado con el calor sino más bien con la intensidad de los sentimientos: la paz a la mente y los sentimientos del corazón mencionados anteriormente.

Muchos quizá se identifiquen con los conversos que se describen en el Libro de Mormón que “fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo… y no lo supieron” (3 Nefi 9:20).

En una revelación para Hyrum Smith, encontramos cuatro maneras de reconocer cómo nos guía el Espíritu: “Pon tu confianza en ese Espíritu que induce [1] a hacer lo bueno, sí, [2] a obrar justamente, [3] a andar humildemente, [y 4] a juzgar con rectitud; y éste es mi Espíritu” (D. y C. 11:12).

El presidente Gordon B. Hinckley dijo: “¿Cómo podemos saber las cosas del Espíritu? ¿Cómo podemos saber que son de Dios? Por sus frutos. Si conduce al progreso y al perfeccionamiento, a la fe y al testimonio, si lleva a una mejor forma de hacer las cosas y a la santidad, entonces es de Dios. Si nos destroza, si nos lleva a la obscuridad, si nos confunde y nos preocupa, si conduce a la falta de fe, entonces es del diablo”7.

Otro más: Un tema puede ocupar nuestra mente o constantemente preocuparnos. Esta verdad de la epístola de José Smith sobre el bautismo por los muertos es otra manera en que el Espíritu habla: “…porque es lo que parece ocupar mi mente e introducirse con más fuerza en mis sentimientos” (D. y C. 128:1). Las impresiones que perduran hasta que actuemos son reales y sagradas.

Mientras presidía la Misión Colombia Cali, una noche me quedé estudiando las Escrituras hasta las 10:00 de la noche. Me vino la idea a la mente de llamar a un élder a quien yo había entrevistado hace poco y sabía que había tenido algunos problemas, pero hice caso omiso a ese pensamiento. La impresión vino una vez más, y utilizando el mismo razonamiento, una vez más la deseché. Llegó por tercera vez y finalmente reconocí la impresión por lo que era y lo llamé por teléfono. Su compañero estaba en cama y me contestó. Le pedí hablar con el élder al que yo había tenido la impresión de llamar y me dijo que no estaba en su cama.

Le dije: “Deje el teléfono y búsquelo”.

Lo encontró en el patio hablando con una jovencita que se había mudado ese día. Los élderes se mudaron a otro apartamento al día siguiente.

Para terminar, deseo citar una experiencia significativa y el consejo sabio del presidente Wilford Woodruff. En sus viajes informó que José Smith, Brigham Young y otros de los primeros líderes de la Iglesia se le aparecieron. En una ocasión Brigham Young (que había muerto tres años antes) se le apareció: “Cuando llegamos a destino… le pregunté al presidente Young si quería predicar, a lo que él me contestó: ‘No, ya he dado mi testimonio en la carne y no hablaré más a este pueblo. Pero’, agregó, ‘he venido a verte; he venido para velar por ti y para ver lo que hace la gente’. Entonces siguió diciendo: ‘Quiero que enseñes al pueblo, y que tú mismo sigas este consejo: todos tienen que luchar y vivir de tal forma que puedan obtener el Espíritu Santo, porque sin esa guía no podrán edificar el reino; sin el Espíritu de Dios corren el peligro de caminar en la oscuridad, corren el peligro de fracasar en su llamamiento como apóstoles y como élderes de la Iglesia y reino de Dios’”8.

Ruego humildemente que deseen más intensamente ser dignos del inefable don del Espíritu Santo; que puedan aumentar su capacidad de reconocer Sus susurros; que puedan “que[darse] tranquilos y sabe[r]” (D. y C. 101:16) del Padre y del Hijo mediante el Espíritu Santo; y que expresen gratitud por Él y por Su guía, puesto que el expresar gratitud invita una mayor porción del Espíritu.

Por el inefable don del Espíritu Santo, sé que José Smith es el profeta de la Restauración y que el Libro de Mormón es la piedra clave de nuestra religión. Sé que el Padre y el Hijo viven y que son reales. El Espíritu Santo testifica de toda la verdad; Él santifica y enseña. Nos guían en la actualidad profetas vivientes, videntes y reveladores, verdaderos Apóstoles del Señor Jesucristo. A estos 15 hombres los guía el inefable don del Espíritu Santo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

© 2012 por Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos reservados. Aprobación del inglés: 12/11. Aprobación de la traducción: 12/11. Traducción de The Unspeakable Gift of the Holy Ghost. Spanish. PD50038517 002

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    Notas

  1.   1.

    Citado parcialmente en Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 45.

  2.   2.

    Citado parcialmente en Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 73.

  3.   3.

    Guía para el Estudio de las Escrituras, “Evangelio”, scriptures.lds.org.

  4.   4.

    Véase David O. McKay, Gospel Ideals, 1953, págs. 525–526.

  5.   5.

    Véase Dallin H. Oaks, “Nuestros puntos fuertes se pueden convertir en nuestra ruina”, Liahona, mayo de 1995, pág. 15.

  6.   6.

    Véase Boyd K. Packer, “Lámpara de Jehová”, Liahona, octubre de 1983, pág. 32.

  7.   7.

    Gordon B. Hinckley, “Las palabras del profeta viviente”, Liahona, abril de 1999, pág. 19.

  8.   8.

    Wilford Woodruff, en Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Wilford Woodruff, 2005, pág. 47.