Somos los arquitectos de nuestra propia felicidad

Obispado Presidente

Primer Consejero del Obispado Presidente


Obispado Presidente

Queridos hermanos y hermanas, esta noche me siento honrado y privilegiado por la oportunidad de dirigirles la palabra. Siento profunda admiración por los jóvenes adultos de la Iglesia, y me alegra el poder pasar tiempo con ustedes esta noche.

Varios miles de ustedes están en este hermoso Tabernáculo, pero hay más que no puedo ver que están congregados en miles de centros de reuniones alrededor del mundo. Sé que están atentos y deseosos de aprender. A pesar de la distancia que nos separa, sé que el Espíritu Santo puede estar presente dondequiera que estemos. Aún más que esta transmisión, lo que crea un lazo singular entre todos nosotros es la presencia del Espíritu Santo. Ruego que Él nos acompañe, que nos enseñe, nos guíe y nos inspire esta noche.

La vida nos depara muchas sorpresas

Estamos en una sala magnífica, un monumento histórico que rinde homenaje a la fe y el trabajo arduo de los pioneros que fundaron Salt Lake City. Entré a este Tabernáculo por vez primera cuando tenía 16 años durante mi primer viaje a los Estados Unidos de Norteamérica. Mi padre había sugerido que lo acompañara en uno de sus viajes de negocios a California. Como yo me crié en el sur de Francia, esa invitación me dio gran alegría. ¡Finalmente iba a ver América! Mi entusiasmo aumentó aún más porque nuestro itinerario incluía un fin de semana en Salt Lake City para asistir a la conferencia general.

Recuerdo que llegamos a Utah en un Ford Mustang alquilado. En las muchas horas que pasamos en la carretera, atravesamos rachas de nieve, desiertos sin fin, magníficos cañones color anaranjado y majestuosas montañas. Para mí, el paisaje era característico del Oeste Americano, y mantuve los ojos bien abiertos con la esperanza de ver cowboys o indios al lado de la carretera.

Al día siguiente, gracias a la bondad de un amigo, nos encontramos sentados en las primeras filas de este Tabernáculo para asistir a las sesiones de la conferencia. Quedé muy impresionado. En todas las reuniones, traté de encontrarle el sentido a las pocas palabras que entendía del inglés. Aún recuerdo el discurso del presidente Ezra Taft Benson; no recuerdo las palabras sino la profunda impresión que causó en mi corazón joven. Sentí que vivía un sueño, una aventura maravillosa.

En ese entonces, ¿cómo podría haberme imaginado lo que ocurriría esta noche? ¿Podría haberme imaginado dando un discurso en este mismo Tabernáculo ante tal congregación? ¡Jamás!

La vida nos depara muchas sorpresas, ¿verdad? Incluso hace cinco años jamás me lo hubiera imaginado. En esa época vivía con mi familia en París, y nuestra vida parecía estar totalmente planeada. Nuestros cinco hijos nacieron en la misma clínica cerca de nuestro hogar. Para nosotros, no nos imaginábamos la vida de otra forma ni en ningún otro lugar fuera de ese vecindario pacífico en las afueras de París, rodeados de los hijos y los anticipados nietos. Pero una noche el presidente Monson llamó a casa y nuestra vida dio una vuelta al revés.

A partir de entonces mi familia y yo hemos descubierto el gozo de la vida en Utah: los sitios históricos de la Iglesia, caminatas en las montañas, parrilladas en el patio al ponerse el sol, disfrutar de todo tipo de hamburguesas (¡de las mejores y las peores!), partidos de fútbol de BYU... o de la Universidad de Utah. Y quién sabe. El cowboy que vean mañana al lado de la carretera, ¡tal vez sea yo!

El futuro no está trazado

Mi asignación como miembro del Obispado Presidente es emocionante e inspiradora; no obstante, esta experiencia es muy diferente de lo había planeado en mi juventud. De niño quería ser arqueólogo. Mi abuela se propuso que recibiera una buena preparación académica. Me dio un libro sobre el joven faraón ahora llamado el rey Tut, y partiendo de allí, nació en mí una pasión por las civilizaciones antiguas. Pasé muchos fines de semana creando dibujos de batallas antiguas, y con ellos cubrí las paredes de mi habitación. Soñé ir algún día a Egipto para participar en las excavaciones de los antiguos templos egipcios y las tumbas de los faraones.

Cuatro décadas después, sigo sin ser arqueólogo y lo más probable es que nunca lo sea. Nunca he ido a Egipto, y mi último empleo antes de ser Autoridad General era sobre la distribución de alimentos. ¡Nada que ver con mis planes de niño!

En general, la juventud es la época perfecta para hacer planes personales. Cada uno de nosotros tuvimos sueños infantiles. Como jóvenes adultos, ¡cada uno aún debe tener sueños para el futuro! Quizás sea la esperanza de un logro deportivo, la creación de una gran obra de arte o recibir un diploma o un puesto profesional que se esforzarán por adquirir mediante el trabajo y la perseverancia. Tal vez tengan en mente una imagen preciada de su futuro esposo o esposa, su apariencia física, sus características personales, el color de sus ojos o de su cabello y los hermosos hijos que serán una bendición para su familia.

¿Cuántos de sus sueños se cumplirán? La vida está llena de incertidumbre. Habrá sorpresas a lo largo de la vida. ¿Quién sabe qué sucederá mañana, en dónde estarán en unos años y lo que estarán haciendo? La vida es como una novela de suspense cuya trama es muy difícil de adivinar.

Habrá momentos clave para ustedes que podrían cambiar el curso de su vida en un instante. Ese momento puede constar de una sola mirada o una conversación, un evento no planeado. Valérie y yo aún recordamos el momento exacto en que nos enamoramos. Fue durante un ensayo del coro en nuestro barrio de jóvenes adultos en París. ¡Y fue totalmente inesperado! Nos conocíamos desde niños, pero nunca habíamos tenido sentimientos románticos el uno por el otro. Esa noche yo tocaba el piano y ella cantaba en el coro. Nos miramos a los ojos ¡y en un segundo sucedió algo que duraría toda la eternidad!

Habrá nuevas oportunidades que se presentarán en la vida de ustedes, como la declaración reciente del presidente Monson respecto a la edad para dar servicio misional. Después de ese anuncio del profeta, probablemente haya miles de jóvenes y jovencitas en la Iglesia en este mismo momento que estén en el proceso de modificar sus planes para salir a servir en una misión1.

A veces, el cambio de rumbo en nuestra vida ocurre por desafíos o desilusiones inesperados. Por experiencia he aprendido que sólo tenemos control parcial de las circunstancias de nuestra vida.

Sin embargo, a la mayoría no le agrada lo desconocido. En algunos, la incertidumbre crea falta de confianza y temor al futuro que se manifiestan en distintas formas. Algunos titubean para hacer compromisos por temor al fracaso, aun cuando se les presentan buenas oportunidades. Por ejemplo, demoran el matrimonio, los estudios, el tener hijos o el establecerse en una actividad profesional estable; prefieren pasar el rato con los amigos o quedarse en la acogedora comodidad de la casa de los padres.

Otra filosofía que nos limitará se ilustra con esta máxima: “Comed, bebed y divertíos, porque mañana moriremos” (2 Nefi 28:7). Esta frase sugiere que como no sabemos lo que ocurrirá mañana y con el tiempo todos moriremos, debemos satisfacer nuestros apetitos en el momento presente. Esa filosofía favorece el satisfacer los placeres inmediatos sin importar las consecuencias en el futuro.

Sigan el camino de la felicidad

Queridos hermanos y hermanas, mi mensaje para ustedes es que hay otro camino aparte del temor y la duda o la gratificación de placeres, un camino que brinda paz, confianza y serenidad en la vida. No pueden controlar todas las circunstancias de su vida. Les ocurrirán cosas buenas y cosas difíciles que nunca esperaban. Sin embargo, declaro que ustedes tienen control de su propia felicidad. Son los arquitectos de ella.

Aún recuerdo estas palabras sabias del presidente Dieter F. Uchtdorf en la última conferencia general:

“Cuanto mayores somos, más miramos hacia atrás y nos damos cuenta de que las circunstancias externas realmente no importan ni determinan nuestra felicidad...

Nosotros determinamos nuestra felicidad” 2.

No, la felicidad realmente no es el resultado de las circunstancias de su vida. Es más bien el resultado de su visión espiritual y de los principios sobre los cuales basan su vida. Esos principios les brindarán felicidad a pesar de los desafíos y las dificultades inesperadas que inevitablemente afrontarán durante su trayecto aquí en la tierra.

Esta noche, propongo que repasemos algunos de esos principios esenciales.

1. Reconozcan su valor individual

El primer principio es: Reconozcan su valor individual.

El verano pasado mi familia y yo pasamos unos días de descanso en Provenza, una magnífica región en el sur de Francia. Una noche, poco después de ponerse el sol, cuando la oscuridad había envuelto la campiña, decidí darme un momento de tranquilidad acostándome en una silla reclinable afuera de la casa. Todo estaba tan oscuro que se me dificultaba distinguir lo que me rodeaba, y comencé a examinar los cielos. Al principio eran un negro impenetrable, pero de repente, apareció una luz en el cielo como una chispa, luego dos y tres. Progresivamente, al ajustarse mis ojos a la oscuridad, empecé a admirar miles de estrellas. Lo que yo pensaba que era un cielo oscuro se transformó en la Vía Láctea.

Y pensé: “Esto es semejante a nuestra relación personal con Dios. ¿Cuántos creen que Él está muy lejos o que no existe? Esas personas consideran que la vida es muy oscura y negra. No se toman el tiempo ni hacen el esfuerzo para examinar los cielos y ver que Él está allí, muy cerca de nosotros”.

Mi mente siguió vagando. Reflexioné en la inmensidad del universo que se presentaba ante mis ojos y en mi propia insignificancia física, y me pregunté: “¿Qué soy yo ante tal grandeza y magnificencia?”. Acudió a mi mente un pasaje de las Escrituras muy hermoso, uno de los salmos de David, cuya poesía siempre me ha inspirado.

“Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste,

“digo: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria?” (Salmos 8:3–4).

E inmediatamente sigue esta frase de consuelo:

“Pues le has hecho un poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra” (Salmos 8:5).

Ésta es la paradoja y el milagro de la creación. El universo es inmenso e infinito, y sin embargo, a la vez, cada uno de nosotros tiene un valor singular, glorioso e infinito a los ojos de nuestro Creador. Mi presencia física es infinitésima, y sin embargo mi valor individual es de importancia incalculable para mi Padre Celestial.

El presidente Uchtdorf declaró:

“...dondequiera que estén, sea cual sea su situación, ustedes no han sido [olvidados]. No importa cuán oscuros parezcan sus días, no importa cuán insignificantes se sientan, no importa cuán [relegados] crean que estén, su Padre Celestial no [los] ha olvidado. De hecho, Él [los] ama con un amor infinito.

“… ¡El ser más majestuoso, poderoso y glorioso del universo [los] conoce y [los] recuerda! ¡El Rey del espacio infinito y del tiempo eterno [los] ama!” 3.

El saber que Dios nos conoce y nos ama personalmente es como una luz que ilumina nuestra vida y le da significado. Recuerdo a una joven que vino a verme después de una charla que di en Roma, Italia. La voz le temblaba de emoción, y me habló de su hermana que estaba pasando momentos de problemas y ansiedad. Luego me hizo esta pregunta: “¿Cómo puedo ayudarle a saber que el Padre Celestial la ama?”.

¿No es esa la pregunta esencial? ¿Cómo podemos saber que Dios nos ama? A menudo nuestro sentimiento de valor individual se basa en el amor y el interés que recibimos de los que nos rodean, y sin embargo ese amor a veces nos falta. El amor de los hombres a menudo es imperfecto, incompleto o egoísta.

No obstante, el amor de Dios es perfecto, completo y desinteresado. Quienquiera que sea yo, tenga o no amigos, sea o no popular, y aun si me siento rechazado o perseguido por otros, tengo la absoluta certeza de que mi Padre Celestial me ama. Él conoce mis necesidades; Él entiende mis preocupaciones; Él está ansioso de bendecirme. Y la máxima expresión de Su amor por mí es que “de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito” (Juan 3:16). Él no quitó del Salvador Su amarga copa y seguramente sufrió en agonía al ver a Su hijo padecer en el jardín de Getsemaní y en la cruz. Cristo expió los pecados de todos los hombres, y parte de esa gran Expiación estaba dirigida a mí y está reservada para mí. Ese don infinito, compartido por el Padre y Su Hijo, confirma en mi alma el valor individual que tengo para Ellos.

Hermanos y hermanas, imagínense lo que significaría para ustedes el verse a sí mismos como Dios los ve. ¿Qué pasaría si se miraran con la misma benevolencia, amor y confianza con que Dios los ve? Imagínense el impacto que tendría en su vida el entender su potencial eterno como Dios lo entiende. Si pudieran verse a través de los ojos de Él, ¿qué influencia tendría en su vida?

Testifico que Él está allí. ¡Búsquenlo! Escudriñen y estudien. Oren y pregunten. Les prometo que Dios les enviará señales tangibles de Su existencia y de Su amor por ustedes. Tal vez sea como respuesta a una oración; quizás sea la suave influencia del Espíritu Santo consolándoles; tal vez sea una inspiración repentina o una nueva fortaleza que saben que no salió de ustedes; quizás sea un familiar, un amigo o un líder del sacerdocio que esté en el lugar correcto en el momento indicado para bendecirles. De una u otra forma, cuando se esfuercen por acercarse a Él, Él les hará saber que está allí.

2. Lleguen a ser quienes son.

Ahora el segundo principio de la felicidad: Lleguen a ser quienes son.

Esa frase, “llegar a ser quienes son”, se le atribuye a Pindar, uno de los más célebres poetas griegos4. Suena como una paradoja. ¿Cómo puedo llegar a ser quién soy?

Permítanme ilustrar este principio con un relato. Recientemente vi una película llamada La edad de la razón. En esa película se relata la historia de Marguerite, banquera próspera que lleva una vida agitada, llena de viajes y conferencias por todo el mundo. Aunque está casada, dice que no tiene tiempo para tener un hijo.

El día que cumple 40 años, recibe una carta misteriosa que dice: “Querida yo: Hoy cumplo siete años y te escribo esta carta para ayudarte a recordar las promesas que hice en la edad de la razón, y también para que recuerdes quién quiero llegar a ser”. De repente Marguerite entiende que la autora de la carta es ella misma cuando tenía siete años de edad. Después vienen varias páginas en las que la niña describe en detalle las metas que tiene en la vida.

Marguerite se da cuenta que la persona que llegó a ser no se parece en nada a la que quería ser cuando era niña. Cuando decide reclamar a esa persona que se imaginó cuando era niña, su vida tan ordenada y organizada da una vuelta completa. Se reconcilia con su familia y toma la determinación de consagrar el resto de su vida a servir a los necesitados5.

Queridos amigos, si ahora recibieran una carta de su pasado, ¿qué diría? ¿Qué contendría una carta que posiblemente se hubieran escrito a sí mismos el día de su bautismo cuando tenían ocho años de edad? Regresaré aún más. Si fuera posible que recibieran una carta de su vida pre-terrenal, ¿qué diría? ¿Qué impacto tendría en ustedes esa carta de un mundo olvidado pero muy real si la recibieran hoy?

Esa carta quizás diría algo así: “Querido yo: Te escribo para que recuerdes quién quiero llegar a ser. Me regocijé por la oportunidad de ir a la tierra. Sé que la vida en la tierra es un paso esencial para permitirme crecer y alcanzar mi pleno potencial y vivir para siempre con mi Padre Celestial. Espero que recuerdes que mi mayor deseo es ser un discípulo de nuestro Salvador Jesucristo. Yo apoyé Su plan, y cuando esté en la tierra quiero ayudarle en Su obra de salvación. Por favor recuerda también que quiero formar parte de una familia que esté junta por toda la eternidad”.

Ese último pensamiento me recuerda una canción muy hermosa que se encuentra en el himnario francés y que no existe en los himnarios de ningún otro país. Se titula: “Souviens-toi”, que significa “Recuerda”, y la música se tomó de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonín Dvořák. Es la canción de un padre a su hijo recién nacido.

Permítanme leerles la tercera estrofa:
“Recuerda, hijo mío: En la alborada del tiempo,
éramos amigos jugando en el viento.
Un día, con regocijo, elegimos
aceptar el gran plan de vida del Señor.
Esa noche, hijo mío, nos prometimos,
por amor y por fe, que nos reuniríamos” 6.

“Recuerda, hijo mío”. Una de las grandes aventuras de la vida es la de averiguar quiénes somos en realidad y de dónde vinimos y luego vivir siempre en armonía con nuestra identidad y con el propósito de nuestra existencia.

Brigham Young dijo y cito: “La más grande lección que pueden aprender es conocerse a sí mismos... Tienen que venir aquí para aprenderlo... Ningún ser puede conocerse cabalmente a sí mismo sin entender más o menos las cosas de Dios; tampoco puede aprender y entender las cosas de Dios sin conocerse a sí mismo: debe conocerse a sí mismo o nunca logrará conocer a Dios”7.

Hace poco, mis hijas me indicaron que una excelente alegoría de este principio se encuentra en la película El rey león. La generación de ustedes creció con los sonidos y las imágenes de esa película. Probablemente recuerden la escena en la que Simba recibe una visita de su padre, Mufasa, el rey muerto. Tras la muerte de su padre, Simba huyó lejos del reino porque se sentía culpable de la muerte de él. Quería escapar de su responsabilidad como heredero del trono.

Su padre se le aparece y le advierte: “Has olvidado quién eres y por lo tanto me has olvidado a mí. Mira en tu interior, Simba. Eres mucho más de lo que has llegado a ser. Debes tomar tu lugar en el círculo de la vida”. Luego repite la invitación varias veces, estoy seguro que lo podrían repetir conmigo: “Recuerda quién eres… Recuerda quién eres”.

Simba, totalmente afectado por esa experiencia, decide aceptar su destino. Le confía a su amigo, el mono brujo, que “parece que se avecinan cambios”.

El mono le responde: “El cambio es bueno”.

Simba le dice: “Pero no es fácil. Sé lo que tengo que hacer. Pero regresar significa que tendré que afrontar mi pasado. He estado huyendo de él por tanto tiempo”.

“¿A dónde vas?”, le pregunta el mono.

“¡Voy a regresar!”, grita Simba8.

Todos podemos tomar nuestro lugar, o regresar a nuestro lugar, en el círculo de la vida. Lleguen a ser quienes realmente son. Su felicidad y la habilidad de hallar equilibrio en la vida ocurrirán cuando encuentren, reconozcan y acepten su verdadera identidad como hijos del Padre Celestial y luego vivan de conformidad con ese conocimiento.

3. Confíen en las promesas de Dios.

Ahora compartiré con ustedes el tercer principio de la felicidad: Confíen en las promesas de Dios.

Me encantan estas palabras motivadoras del presidente Thomas S. Monson: ”El futuro es tan brillante como su fe” 9. Nuestro éxito y felicidad en la vida dependen en gran manera de la fe y la confianza que tengamos en que el Señor nos dirigirá y nos guiará para cumplir nuestro destino.

He notado que los hombres y las mujeres que logran hazañas asombrosas en la vida a menudo tienen una gran confianza en su futuro desde muy jóvenes. Un ejemplo es Winston Churchill, el famoso estadista británico. Como joven tenía una confianza inquebrantable en su futuro. Mientras servía en un regimiento de caballería en la India a la edad de 23 años, le escribió a su madre: “Tengo fe en mi estrella, en que estoy destinado a hacer algo en el mundo”10. ¡Qué pensamiento tan profético! Él en realidad previó que llegaría a ser una persona clave en la historia de su país, y llegó a ser el que dirigió a la Gran Bretaña a la victoria en la Segunda Guerra Mundial.

Yo creo que cada uno de ustedes, jóvenes miembros de La Iglesia de Jesucristo, tienen mucho más que una estrella en el cielo para guiarles. Dios está velando por ustedes y les ha hecho promesas.

Un pasaje del libro de Malaquías figura en el centro de la Restauración del Evangelio, y el ángel Moroni lo citó en cada una de sus visitas al joven José Smith. El ángel dijo, citando a Elías el profeta: “Y él plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá a sus padres” ((Joseph José Smith—Historia 1:39).

Mis jóvenes hermanos y hermanas, gracias a la Restauración, ustedes son hijos de la promesa. Ustedes recibirán como herencia las promesas hechas a sus padres. Esas promesas del Señor hacen que ustedes sean parte de un linaje escogido.

Muchos de ustedes a quienes me dirijo ahora tienen nobles pioneros entre sus antepasados, grandes almas que ayudaron a establecer la Iglesia restaurada con su valor y sacrificio. Les han precedido generaciones de santos valientes. Otros que hoy me escuchan son los pioneros de su propia familia y en su propia tierra. Ustedes son el primer eslabón de la que será una cadena eterna. Cualquiera que sea su historia o su legado, como miembros de la Iglesia están ligados a una familia espiritual. Su genealogía espiritual establece que son descendientes de los padres, como lo predijeron los profetas, y herederos de las promesas que Dios les hizo.

Relean su bendición patriarcal. En ella el Señor confirma que están atados a una de las doce tribus de Israel, y debido a ello, mediante su fidelidad, llegan a ser herederos de las inmensas bendiciones prometidas a Abraham, Isaac y Jacob. Dios le prometió a Abraham que “cuantos reciban este evangelio serán llamados por [su] nombre; y serán considerados [su] descendencia, y se levantarán y [le] bendecirán como padre de ellos” (Abraham 2:10) . Al leer su bendición patriarcal, pongan especial atención en las promesas que el Señor les ha hecho personalmente. Reflexionen en cada una de ellas. ¿Qué significan para ustedes?

Esas promesas son tangibles, y si hacemos nuestra parte, Dios hará la suya. Me encantan estas palabras pronunciadas por Alma el día que entregó los registros sagrados a su hijo Helamán:

“¡Recuerda, recuerda, hijo mío, Helamán …

“… Pero si guardas los mandamientos de Dios y cumples con estas cosas que son sagradas… he aquí, ningún poder de la tierra ni del infierno te las puede quitar, porque Dios es poderoso para cumplir todas sus palabras.

“Porque él cumplirá todas las promesas que te haga, pues ha cumplido sus promesas que él ha hecho a nuestros padres” ((Alma 37:13, 16–17).

El cumplimiento de las promesas de Dios siempre está ligado a la obediencia a las leyes en las cuales se basan. El Señor dijo: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10).

Por otro lado, esas promesas no aseguran que todo lo que ocurra en nuestra vida estará de acuerdo con nuestras expectativas y deseos, sino más bien las promesas de Dios garantizan que lo que nos suceda será de acuerdo con Su voluntad. A veces se presentarán pruebas inesperadas que tengamos que superar; a veces las bendiciones prometidas se demorarán mucho. Pero llegará el momento en que sabremos que esas pruebas y esas demoras eran para nuestro bien y para nuestro progreso eterno. ¿Qué más podemos pedir?

Lo máximo que podemos desear en la vida es alinear nuestra voluntad con la del Señor para aceptar Su plan para nuestra vida. Él lo sabe todo desde el principio, tiene una perspectiva que nosotros no tenemos y su amor por nosotros es infinito.

Permítanme ilustrar este principio con una experiencia personal. Cuando yo era joven decidí prepararme para el examen de ingreso a una de las mejores universidades empresariales de Francia. Esa preparación, que duró un año, fue muy difícil y requirió que trabajara en ella personalmente todos los días. Al comenzar el año, decidí que por más pesada que fuera la tarea, nunca permitiría que mis estudios me impidieran asistir a las reuniones dominicales ni participar en la clase semanal de instituto. Incluso acepté servir como secretario de mi barrio de jóvenes adultos, lo cual requería varias horas de trabajo cada semana. Confiaba en que el Señor reconocería mi fidelidad y me ayudaría a lograr mis objetivos.

Al finalizar el año, al acercarse los exámenes, sentí que había puesto mi mejor empeño. Mis oraciones y mis ayunos se volvieron aún más fervientes. Cuando llegué al examen en la universidad de más alta reputación, tenía plena confianza en que el Señor cumpliría mis deseos. Desafortunadamente, las cosas resultaron de una forma muy diferente de lo que esperaba. El examen oral de mi materia más fuerte fue un desastre inesperado: recibí un puntaje que me impidió ingresar a esa universidad tan cotizada. Quedé destrozado. ¿Cómo podía el Señor abandonarme cuando yo había perseverado en mi fidelidad?

Cuando me presenté al examen oral para la segunda universidad de mi lista, estaba lleno de dudas e incertidumbre. En esa universidad, el examen de mayor puntaje era una entrevista de 45 minutos con un jurado presidido por el director de la escuela. El comienzo de la entrevista fue normal hasta que me hicieron una pregunta aparentemente insignificante: “Sabemos que estudió mucho para prepararse para este examen, pero nos interesa saber en qué actividades participa aparte de los estudios”. ¡Mi corazón dio un salto! Por un año había hecho sólo dos cosas: ¡estudiar e ir a la Iglesia! Sabía que era el momento de la verdad. Sin embargo, temía que el jurado interpretara en forma negativa el que fuera miembro de la Iglesia. Pero en un segundo tomé la decisión de ser fiel a mis principios.

Dije: “Soy miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. Luego, por unos 15 minutos, describí mis actividades en la Iglesia: las reuniones del día de reposo, las clases de instituto y mis responsabilidades como secretario de barrio.

Cuando terminé, el director de la escuela habló: “¿Sabe? Me da gusto que haya dicho eso. Cuando yo era joven estudié en los Estados Unidos. Uno de mis mejores amigos era mormón. Era un joven extraordinario con grandes cualidades humanas. Considero a los mormones muy buenas personas”.

¡Qué alivio! Ese día recibí uno de los puntajes más altos, lo cual me permitió ingresar a esa universidad con una posición de honor.

Le di las gracias al Señor por Su bondad. No obstante, en ese momento, no podía aceptar mi fracaso en la universidad de más alta reputación. Por mucho tiempo abrigué un sentimiento de fracaso e incluso de injusticia. Me tomó varios años entender la milagrosa bendición de no haber podido ingresar a la universidad de mis sueños. En la segunda universidad conocí a personas clave. Los beneficios de mi asociación con ellos llegaron a ser evidentes a lo largo de toda mi carrera y siguen siendo importantes en mi vida y en la de mi familia. Yo sé que, aun a esa joven edad, el Señor guiaba mis pasos con el conocimiento previo de la misión que Él me pediría que cumpliera más adelante en la vida.

Hermanos y hermanas, después de hacer todo lo que esté en su poder, si las cosas no salen como esperaban, estén dispuestos a aceptar la voluntad del Padre Celestial. Sabemos que Él no nos impondrá nada que ultimadamente no sea para nuestro bien. Escuchen para detectar esa voz tranquilizante que nos susurra al oído: “...toda carne está en mis manos; quedaos tranquilos y sabed que yo soy Dios” (D. y C. 101:16).

Hace poco vi una película muy conmovedora que ilustraba la historia de las compañías de carros de mano Willie y Martin. En mayo de 1856, dos grupos sucesivos, compuestos por más de mil santos, partieron de Inglaterra para inmigrar a Utah. Al llegar seis meses después al Valle de Salt Lake al final de su peligroso viaje, habían muerto más de 200 de ellos. La mayoría había muerto de enfermedad, hambre o agotamiento en el camino que conducía al lugar que llamaban “Sión”.

Me impresionó uno de los pioneros representados en la película. Inundó a la compañía con su buen humor y su entusiasmo. Sin embargo, no era un pionero muy típico. Era un hombre pequeño con muchas discapacidades. ¡Él era un milagro! Aprendí que ese pionero valiente era Robert Pierce, de Cheltenham, Inglaterra.

Uno de sus compañeros de viaje lo describió como: “uno de los peores cojos que jamás vi para viajar. Sus extremidades inferiores estaban paralizadas y su cuerpo muy deforme, pero era firme en la fe. Lograba avanzar con sorprendente velocidad con el uso de sus muletas” 11.

Un día Robert Pierce se equivocó de camino y perdió de vista a la compañía. Varios hombres salieron a buscarlo y finalmente lo encontraron en una situación muy incómoda. Cito sus palabras:

“Para horror nuestro, vimos a dos grandes lobos grises rondando un viejo árbol y media docena de águilas dando vueltas al árbol en espera de que él dejara de gritar y gesticular con las muletas para poder abalanzarse sobre él y devorarlo en su posición apretada bajo las raíces del árbol…

“Llegamos a tiempo para salvarlo de su inminente destino, lo sacamos y lo pusimos en la carreta que habíamos traído, y lo colocamos en posición para regresar al campamento”.

Esto ilustra un poco mejor el carácter de Robert. Ellos dijeron: “¡Cómo nos suplicó el pobre hombre que lo dejáramos caminar! Porque dijo que al empezar el viaje había prometido que caminaría cada metro del camino a Salt Lake City”.

Luego la parte triste de la historia: “No obstante, sólo lo salvamos para que viajara unos cuantos días más porque al terminar el sexto día de la marcha, finalizaron sus problemas y fue sepultado en las orillas del río Elkhorn” 12.

La hermana Jolene Allphin, quien recopiló la historia de Robert Pierce, dijo esto: “Es verdaderamente extraordinario que Robert Pierce ya había recorrido 600 millas en sus muletas antes de morir debido a las dificultades del camino. El deseo de su corazón había sido congregarse con los santos de Sión y no ser una carga para ninguno de sus compañeros de viaje… Robert no quería ninguna limosna ni trato especial” 13.

Hermanos y hermanas, yo me hice la siguiente pregunta: ¿Por qué permitiría Dios, quien había salvado milagrosamente a ese hombre de gran fe de los lobos y las águilas, que muriera al lado del camino unos pocos días después?

Su muerte fue muy serena. En la película, poco antes de morir, él dice:

“Los misioneros me dijeron que soy importante y que algún día ¡seré magnífico!… 

Siempre quise tener un cuerpo fuerte, y ahora lo tendré. Cuando lleguen a Sión, piensen en mí” 14.

Al pensar en Robert Pierce, recuerdo las palabras de la epístola de Pablo a los Hebreos:

“En la fe murieron todos éstos sin haber recibido las cosas prometidas, sino mirándolas de lejos, y creyéndolas, y aceptándolas, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.

“… los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria …

“Pero deseaban una mejor, a saber, la celestial” (Hebreos 11:13–14, 16).

Al final, Robert Pierce comprendió que su destino final era el reino de los cielos y no el Valle de Salt Lake.

Y es igual para todos nosotros. Las promesas del Señor nos aseguran el destino final. El itinerario para cada uno variará de acuerdo con la presciencia de Dios. Tal vez cambien nuestras circunstancias, ocurran eventos inesperados y surjan desafíos, pero las promesas que Dios nos ha hecho son seguras mediante nuestra fidelidad.

La hermana Anne C. Pingree definió de forma maravillosa lo que significa tener fe en las promesas del Señor. Comenzó citando al élder Bruce R. McConkie, quien dijo:

“‘La fe en su forma plena y pura requiere una certeza inquebrantable y… la absoluta confianza en que [Dios] escuchará nuestras súplicas y concederá nuestras peticiones en el propio y debido tiempo de Él. Al creer en ello, nosotros, también, podremos estar “firmes en la fe” hoy y siempre’”.

Y luego continúa:

“No importa dónde vivamos ni cuáles sean nuestras circunstancias, cada día nuestro recto vivir puede manifestar fe en Jesucristo, quien ve más allá de las aflicciones, decepciones y promesas no cumplidas. Es maravilloso poseer una fe que nos permita ver ese día futuro ‘en que las promesas los santos reciban’” 15.

Hermanos y hermanas, las circunstancias de mi vida hoy son obviamente muy diferentes de lo que yo había planeado cuando tenía la edad de ustedes. Sin embargo, creo que nunca he sido tan feliz. Si a los 20 años alguien me hubiera relatado mi vida hasta este momento, ¡creo que sin titubear habría aceptado de todo corazón!

Su futuro es tan brillante como su fe

Quiero hablar de parte mía y de Valérie. Entre más contemplo el curso de nuestra vida, más creo que lo que ha tenido el mayor impacto es que en nuestra juventud compartimos una visión en común de la vida eterna. Queríamos iniciar una familia eterna. Sabíamos por qué estamos aquí en la tierra y cuáles son nuestros objetivos eternos. Sabíamos que Dios nos ama y que somos de gran valor ante Sus ojos. Confiábamos totalmente en que Él contestaría nuestras oraciones a Su manera y en el momento adecuado. No sé si ya estábamos listos para aceptar Su voluntad en todo, porque era algo que teníamos que aprender y que seguimos aprendiendo, pero queríamos poner nuestro mejor empeño para seguirle y consagrarnos a Él.

Junto con el presidente Monson, testifico que el futuro de ustedes “es tan brillante como su fe”. Su felicidad depende mucho más de los principios que decidan seguir que de las circunstancias externas de su vida. Sean fieles a esos principios. Dios les conoce y les ama. Si viven en armonía con Su plan eterno y si tienen fe en Sus promesas, ¡entonces tendrán un futuro brillante!

¿Tienen sueños y metas? ¡Qué bueno! Trabajen de todo corazón para lograrlos y después dejen que el Señor haga el resto. Él les llevará a donde no se pueden llevar ustedes mismos; Él les convertirá en algo que ustedes no pueden lograr por sí mismos.

Acepten Su voluntad en todo momento. Estén preparados para ir a donde Él les pida que vayan y a hacer lo que Él desee. Sean los hombres o las mujeres que Él les está ayudando a ser.

Ruego que sientan el amor de nuestro Padre Celestial en su vida, que sepan cómo confiar en sí mismos tal como Él confía en ustedes. Ruego que siempre sean fieles, en todo tiempo y en todo lugar. Expreso mi amor por ustedes y mi admiración y profundo respeto por el ejemplo y la fortaleza que son para el mundo entero.

Testifico que esta vida es un maravilloso momento de la eternidad. Estamos aquí con una meta gloriosa, la de prepararnos para reunirnos con Dios. Su Hijo Jesucristo vive, y Su expiación es un infinito don de amor que abre la puerta a la felicidad eterna. La Iglesia de Jesucristo existe de nuevo en la tierra en forma perfecta, con un profeta de Dios a la cabeza. Es un inmenso gozo y privilegio pertenecer a esta Iglesia. En el nombre de Jesucristo. Amén.

© 2012 por Intellectual Reserve, Inc. Todos los derechos. Aprobación del inglés: 5/12. Aprobación de la traducción: 5/12. Traducción de We Are the Architects of Our Own Happiness. Spanish. PD50039056 002

Show References

    Notes

  1.  

    1. Véase Thomas S. Monson, “Bienvenidos a la conferencia”, Liahona, noviembre de 2012, págs. 4–5.

  2.  

    2. Dieter F. Uchtdorf, “Lamentos y resoluciones”, Liahona, noviembre de 2012, pág. 23.

  3.  

    3. Dieter F. Uchtdorf, “No me olvides”, Liahona, noviembre de 2011, págs. 122–123.

  4.  

    4. Véase Pindar (aprox. 522–443 a.C.), Pyth. 2.72.

  5.  

    5.  L‘âge de raison o With Love … from the Age of Reason, dirigida por Yann Samuell (Francia, 2010; EE. UU., 2011), película cinematográfica.

  6.  

    6. “Souviens-toi,” Cantiques, 1993, Nº 179.

  7.  

    7.  Discourses of Brigham Young, sel. John A. Widtsoe, 1954, pág. 269.

  8.  

    8.  El rey león, dirigida por Rob Minkoff y Roger Allers, 1994; Walt Disney Studios Home Entertainment, 2011, DVD.

  9.  

    9. Thomas S. Monson, “Sed de buen ánimo”, Liahona, mayo de 2009, pág. 92.

  10.  

    10. Winston Churchill, citado en John Charmley, Churchill: The End of Glory, A Political Biography, 1993, pág. 20.

  11.  

    11. John William Southwell, citado en Jolene S. Allphin, Tell My Story, Too, 8ª ed., 2012, pág. 287.

  12.  

    12. Southwell, en Tell My Story, Too, pág. 287.

  13.  

    13. Allphin, Tell My Story, Too, pág. 288.

  14.  

    14.  17 Miracles, dirigida por T. C. Christensen, 2011; EXCEL Entertainment and Remember Films, 2011, DVD.

  15.  

    15. Anne C. Pingree, “Mirando de lejos lo prometido”, Liahona, noviembre de 2003, págs. 14–15.