Devocionales de Navidad
Una estrella brillante y resplandeciente


Una estrella brillante y resplandeciente

No existe un momento mejor que éste, esta mismísima época de Navidad, para que todos nosotros nos redediquemos a los principios que enseñó Jesús el Cristo.

Mis amados hermanos y hermanas, es un tanto asombroso darse cuenta de que ha pasado un año desde el Devocional de Navidad de la Primera Presidencia de 2009. Parece que el tiempo pasa más rápido a medida que pasan los años.

Al acercarnos a esta época especial y sagrada, he meditado en Navidades pasadas. Al mirar atrás a lo largo de los años, parece que fuera obvio que las Navidades que recuerdo más son las que estaban llenas de amor, de dar de sí y del Espíritu del Salvador. Creo que eso es así para todos nosotros al pensar en las Navidades que más recordamos. El llevar el espíritu de la Navidad a nuestro corazón y nuestro hogar requiere esfuerzo y planeamiento conscientes, pero en verdad se puede lograr.

Cada año, mi lectura de Navidad me ayuda cada año a tener el espíritu de la época. Siempre leo los mismos tres textos y lo he hecho durante más años de los que puedo recordar. Vuelvo a leer un pequeño libro titulado La mansión, por Henry Van Dyke. Su mensaje siempre me conmueve el corazón. También leo el eterno clásico de Dickens, Canción de Navidad. ¿Quién no se sentiría inspirado e instruido por los cambios que pasó Ebenezer Scrooge al recibir instrucción de los espectros de la Navidad pasada, de la Navidad presente y de la Navidad venidera? Finalmente, leo el segundo capítulo del Evangelio de Lucas, donde se relata el nacimiento del Salvador del mundo.

Este año, al echar un vistazo a mi extensa colección de cuentos, poemas y canciones de Navidad, volví a leer un cuento de John B. Matheson, hijo, en el que relata una experiencia que tuvo hace sesenta y cinco años, indicando que fue su Navidad más memorable. Mi corazón se conmovió al leer esta emotiva experiencia, así que pensé en compartirla con ustedes esta noche, con la esperanza de que en ustedes también emerja el espíritu de la Navidad.

Durante la Navidad de 1945, John Matheson se encontró sirviendo en el ejército de ocupación en Francfort, Alemania. La Segunda Guerra Mundial se había terminado hacía unos siete meses, pero durante el conflicto, la ciudad de Francfort había sufrido mucha destrucción. La mayor parte de la ciudad eran escombros. Muchas de las casas que no habían sufrido daños se utilizaron para alojar al personal militar de los Estados Unidos. John y otros dos oficiales vivían en una casa de tres plantas que fácilmente habría podido alojar tres familias.

Cada día de la semana, John y los otros dos oficiales solían ir a su oficina y regresaban por la noche donde encontraban las camas tendidas y la casa impecable, tareas que realizaba una anciana alemana que contrató el Ejército de los Estados Unidos para que se encargara de las tareas de aseo de varias casas. Muy de vez en cuando veían a esa frágil ancianita mientras se ocupaba de sus tareas. Las conversaciones que tenían con ella eran limitadas, porque ella no hablaba inglés, y el alemán de ellos era insuficiente; pero a través de cierto lenguaje de señas y sonrisas, le indicaban que estaban satisfechos con su trabajo.

Cada semana John iba a la estación de intercambio para que le dieran su ración de barras de chocolate, jabón y otros artículos. Aunque a veces se quejaba por el escaso surtido que tenían, siempre compraba todo lo que le era permitido y guardaba lo que le sobraba en su armario.

Al acercarse la Navidad, John pensó que debía hacerle un regalo a la señora encargada de la limpieza; de modo que de la abundancia de su armario, llenó una caja grande con barras de chocolate, jabón y latas de jugo de frutas. Sabía que en el sistema de trueque entre los alemanes, el regalo que él le hacía a ella valía muchos dólares más, pero el costo para él era insignificante.

Como sabía que ella no trabajaría el día de la Navidad, al irse a la oficina el 24 de diciembre, John colocó sobre la mesa, donde pudiera verla, la caja de regalo y una tarjeta de Navidad. Todo el día se sintió un tanto orgulloso al pensar en su generoso regalo. La mujer que hacía la limpieza sería como una heredera en la pobreza de su vecindario. Qué suerte la de ella, pensó él; qué agradecida le estaría, a ese generoso norteamericano. Y, sin embargo, ese regalo no se daba por compasión, sino simplemente por lástima y autosatisfacción.

Al acercarse a la casa en la oscuridad de la noche de diciembre, vio la luz tenue de la lámpara que se filtraba por la ventana. La casa estaba en silencio; entró y vio que su regalo y la persona que lo había recibido no estaban. Sin embargo, en el brillo de aquella lámpara, vio sobre la mesa la nota y el regalo de Navidad que ella le había hecho. No esperaba ningún regalo, pero allí estaba: todo lo que le permitían sus circunstancias, y obsequiado en el espíritu de la Navidad.

¿Qué podría dar aquella ancianita? De su pobreza y de su corazón podía dar sus más preciados recuerdos de su amada ciudad de antaño y podía dar la estrella de Navidad.

Sobre aquella mesa tenuemente iluminada, junto con su mensaje escrito meticulosamente “Feliz Navidad”, se encontraban diez viejas y gastadas tarjetas con escenas de Francfort de antes de la devastación de la guerra. La anciana había colocado cada una de las tarjetas sobre uno de sus bordes y las había sujetado juntas de modo que cada dos tarjetas formaran una punta y las diez formaran la estrella de la Navidad.

Era poco lo que tenía para dar. De hecho, era todo lo que tenía. Aunque John Matheson vivió para ver más Navidades, la estrella de Navidad de aquella anciana resplandeció brillantemente a lo largo de su vida. Comentó que la “Estrella de Belén” que ella le había dado había implantado en él el Espíritu de la Navidad y le había enseñado el verdadero significado del amor y del dar.1

Hermanos y hermanas, esta gozosa época nos trae a todos una medida de felicidad que es equivalente al grado al cual volvamos nuestra mente, nuestros sentimientos y nuestras acciones al Salvador, cuyo nacimiento celebramos.

No existe un momento mejor que éste, en esta mismísima época de Navidad, para que todos nosotros nos redediquemos a los principios que enseñó Jesús el Cristo. Que sea ésta una época que ilumina los ojos de los niños y pone risas en sus labios. Que sea una época para elevar la vida de los que viven en soledad. Que sea un tiempo para reunir a nuestras familias, para sentir una cercanía con los que están cerca de nosotros y una cercanía también con los que están ausentes.

Que sea un tiempo de oraciones por la paz, por la preservación de principios libres, y por la protección de los que están lejos de nosotros. Que sea un tiempo para olvidarnos de nosotros mismos y encontrar tiempo para los demás. Que sea un tiempo para desechar lo que carece de valor y para recalcar los valores verdaderos. Que sea un tiempo de paz porque hemos encontrado paz en Sus enseñanzas.

Más que nada, que sea un tiempo para recordar el nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo, que podamos compartir el cántico de los ángeles, el regocijo de los pastores y la adoración de los reyes magos.

Mis hermanos y hermanas, que el espíritu de amor que viene durante la Navidad llene nuestros hogares y nuestras vidas y permanezca allí mucho después de que se quite el árbol y se guarden las luces para otro año. Ésta es mi oración, en el nombre de Jesucristo, el Señor. Amén.

  1. See John B. Matheson Jr., “A Star of the Past,” in Christmas I Remember Best (1983), 85–86.