La importancia doctrinal del matrimonio y de los hijos

Russell M. Nelson

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Russell M. Nelson

Estimados hermanos y hermanas, les agradecemos su fe y devoción en la obra del Señor. Estamos muy agradecidos por cada uno de ustedes.

En la Iglesia recalcamos la importancia del matrimonio, los hijos y la familia porque conocemos la doctrina. Y, como líderes de la Iglesia, sabemos que el adversario lanza ataques a la familia incesantemente. En los últimos 50 años la tasa de natalidad ha bajado en casi toda nación del mundo. Se pospone el matrimonio hasta más tarde en la vida y las familias son cada vez más pequeñas, incluso en la Iglesia.

La tarea de defender a la familia no es una fácil. Las tendencias del mundo reducen la importancia de la familia. Tristemente, muchas personas profanan los sagrados poderes de la procreación; y la naturaleza divinamente diseñada de la intimidad conyugal se ve empañada por la adictiva, perniciosa y venenosa plaga de la pornografía.

En realidad, estamos criando a nuestros hijos en territorio ocupado por el enemigo. Los hogares de nuestros miembros deben llegar a ser los santuarios principales de nuestra fe, donde todos puedan estar a salvo de los pecados del mundo.

Nuestro Maestro cuenta con que nosotros viviremos conforme a Su verdad. Les ruego que enseñen a los miembros que el matrimonio es ordenado por Dios, que está basado en doctrina y tiene importancia eterna. El Señor enseñó:

“Pero al principio de la creación, varón y mujer los hizo Dios.

“Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa.

“Y los dos serán una sola carne” (Marcos 10:6–8).

Tres veces se hace la advertencia en las sagradas Escrituras de que “toda la tierra sería totalmente asolada” a la venida del Señor si ciertas condiciones no se cumplían (véase D. y C. 2:3; 138:48; José Smith{em}Historia 1:39). En cada una de esas instancias la advertencia se relaciona a la condición de la familia humana sin las ordenanzas de sellamiento del templo. Sin estas ordenanzas de exaltación, el propósito de la creación no se cumpliría.

La obra y la gloria de Dios {em}llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre{em} son el fundamento sobre el que nos basamos como líderes de la Iglesia. En 1995, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce emitimos nuestra histórica declaración: “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”. Además, dos de las capacitaciones mundiales de líderes anteriores trataron de la familia: febrero de 2006: Apoyemos a la familia; y febrero de 2008: Edifiquemos una posteridad recta. El año pasado publicamos el Manual 2: Administración de la Iglesia. Como saben, el primer capítulo enseña sobre la naturaleza sagrada de la familia. Sírvanse utilizar estos excelentes recursos al enseñar y aconsejar a los miembros.

Enseñen que las relaciones familiares comienzan con el amor del esposo por su esposa, y de la esposa por su esposo. El matrimonio une a dos personas muy diferentes e imperfectas. La mejor manera de que los cónyuges hagan frente a sus imperfecciones es con paciencia y sentido del humor. Ambos deben estar preparados a decir: “Lo siento. Perdóname”. Y ambos deben ser pacificadores.

Cada imperfección personal es una oportunidad para cambiar: para arrepentirse. El arrepentimiento, a cualquier edad, nos brinda el progreso necesario. Lleva a un gran cambio en el corazón, que lleva al amor a Dios y al prójimo, especialmente al prójimo con el que ustedes se han casado. El arrepentimiento implica perdón, y el perdón es un mandamiento. El Señor dijo: “Yo… perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (D.  y C.  64:10). Cuando el arrepentimiento es completo, incluso nos perdonamos a nosotros mismos.

Entre los cónyuges hay diferencias de opinión, pero nuestro objetivo en el matrimonio no es ganar una discusión, sino edificar una relación eterna de amor.

El matrimonio se santifica mediante la oración familiar de mañana y de noche, y mediante el estudio diario de las Escrituras; se estabiliza con una planificación financiera minuciosa, al evitar las deudas y al vivir dentro de un presupuesto y obedecer de buen agrado la ley del diezmo. El matrimonio se vigoriza cuando los esposos pasan tiempo provechoso juntos; se protege con un compromiso absoluto de hacer que sea exitoso.

Recuerden a todo poseedor del sacerdocio que esté casado que su mayor deber es cuidar de su esposa. Ella lo hace merecedor de recibir las más grandes bendiciones, y cuando los hijos dejen el hogar, los cónyuges se tendrán el uno al otro en lo que puede ser una etapa de la vida maravillosa y emocionante que pasarán juntos.

Enseñen que la crianza de los hijos es una empresa conjunta. El padre ejerce su liderazgo con luz y amor, sin grado alguno de injusticia. La madre brinda la intuición, la inspiración y el cuidado que proceden de ella de forma tan natural.

Juntos obedecen el mandamiento del Señor de enseñar el Evangelio a sus hijos. Jesús desea que los niños vayan a Él, “porque de los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:14). Los padres son responsables de esa enseñanza, con la ayuda de la Iglesia. El Manual 2, sección 1.4, contiene instrucción útil sobre las funciones relativas de la familia y de la Iglesia.

Hermanos y hermanas, estoy muy agradecido por el evangelio restaurado de Jesucristo; brinda luz para guiarnos en este mundo obscurecido por la inmoralidad, la iniquidad y la infidelidad; nos enseña a amar a todos los hijos de Dios, algunos de los cuales luchan con cuestiones de sexualidad u otras condiciones que no se comprenden totalmente. Debemos ayudar y animarles, así como a sus familiares, sin, por supuesto, justificar el comportamiento pecaminoso.

Jesús conocía la voluntad de Su Padre Eterno, quien declaró: “Ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). La expiación de Jesucristo hace posible que dos de Sus objetivos se alcancen. Gracias a la Expiación, la inmortalidad será una realidad para todos los que vivan. Gracias a la Expiación, la vida eterna {em}la vida con nuestro Padre Celestial{em} es posible para los que se hagan merecedores de ella. Para ello, uno debe desarrollar fe, arrepentirse, ser bautizado, recibir el Espíritu Santo y perseverar hasta el fin. Ese fin incluye la investidura del templo y sus ordenanzas de sellamiento. El Señor así lo enseño a Su profeta:

“En la gloria celestial hay tres cielos o grados;

“y para alcanzar el más alto, el hombre tiene que entrar en este orden del sacerdocio [es decir, el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio];

“y si no lo hace, no puede alcanzarlo” (D. y C. 131:1{en}3).

El plan de felicidad de Dios es perfecto. A medida que lo enseñemos en nuestras casas, quórumes, consejos y clases, bendeciremos a todos con amor, esperanza, paz y gozo, en esta vida y en el más allá. Así lo declaro, junto con mi expresión de amor y aprecio por ustedes.

Ahora tendremos el privilegio de que nos enseñe el presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles. Seremos bendecidos mediante su instrucción.

Dios vive; Jesús es el Cristo; ésta es Su Iglesia, la cual es dirigida actualmente por el presidente Thomas S. Monson. Testifico de ello en el nombre de Jesucristo. Amén.