Fe en la obra de salvación

Thomas S. Monson


Thomas S. Monson

Antes de comenzar, quisiera aprovechar esta oportunidad para agradecer sus amables palabras durante esta época difícil por la pérdida de mi amada esposa, Frances. He sido fortalecido y sostenido al sentir su amor y oraciones por mí.

Para la hermana Monson y para mí, la obra misional ha ocupado siempre una parte de nuestro corazón y de nuestra vida juntos. Apenas estábamos recién casados cuando fui llamado a servir como obispo del antiguo Barrio 6–7, en Salt Lake City, un barrio de mil ochenta miembros. Había muchos en el barrio que eran menos activos, y la hermana Monson siempre me apoyó y alentó mientras mis consejeros y yo visitábamos a estos queridos miembros y trabajábamos para traerlos de nuevo a la actividad.

Unos pocos años después fui llamado a servir como presidente de la misión canadiense. No había pasado un mes después que llegara el llamamiento cuando la hermana Monson y yo dejamos nuestra casa recién construida, y con nuestros dos hijos pequeños y otro en camino, viajamos a Toronto, Ontario, Canadá, donde la obra misional se convirtió en nuestra vida durante los siguientes tres años.

Permítanme respaldar todo lo que se ha dicho hoy aquí. Les testifico que serán bendecidos al seguir los consejos que han recibido.

Las sagradas Escrituras no contienen una proclamación más relevante, una responsabilidad más obligatoria ni instrucciones más directas que el mandato dado por el Señor resucitado cuando se apareció en Galilea a los once discípulos. Él dijo: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). El profeta José Smith declaró: “Después de todo lo que se ha dicho, el mayor y más importante deber es predicar el Evangelio”. Algunos de ustedes todavía recordarán las palabras del presidente David O. McKay, quien expresó la conocida frase “¡Todo miembro un misionero!”. El presidente Gordon B. Hinckley nos dijo: “Muchos de entre nosotros consideran que la obra misional es simplemente repartir folletos. Todo aquel que está familiarizado con esta obra sabe que hay una mejor manera. Esa manera es por medio de los miembros de la Iglesia”.

A sus palabras, agrego las mías: ahora es el momento en que los miembros y los misioneros se unan, que trabajen juntos, que trabajen en la viña del Señor para traer almas a Él. Él ha preparado los medios para que nosotros compartamos el Evangelio en una variedad de formas, y Él nos ayudará en nuestros esfuerzos si actuamos con fe para cumplir con Su obra.

Durante el tiempo que la hermana Monson y yo servimos en la misión canadiense, fuimos testigos de la profunda fe de los santos canadienses y esa fe nos fortaleció. Este video describe la fe y los esfuerzos de los miembros y misioneros en nuestra misión, quienes vivieron y trabajaron en St. Thomas.

Otra evidencia de fe tuvo lugar cuando visité por primera vez la Rama St. Thomas de la misión, a unos 193 kilómetros de Toronto. A mi esposa y a mí se nos había invitado a asistir a la reunión sacramental de la rama y a dirigirnos a los miembros. Al conducir por una moderna calle, vimos muchas iglesias y nos preguntábamos cuál sería la nuestra. No era ninguna. Cuando llegamos a la dirección que nos habían dado, descubrimos que se trataba de un edificio decrépito. Nuestra rama se reunía en un decrépito sótano y estaba compuesta por quizás unos veinticinco miembros, doce de los cuales se encontraban presentes. Las mismas personas dirigían la reunión, bendecían y repartían la Santa Cena, ofrecían las oraciones y cantaban los himnos.

Al término de los servicios, Irving Wilson, el presidente de rama, me preguntó si podíamos reunirnos. En la reunión, me pasó un ejemplar de la revista Improvement Era, lo que en la actualidad es la revista Liahona, y me señaló una de nuestras capillas en Australia, una capilla nueva. El presidente Wilson dijo: “Un edificio así es el que necesitamos en St. Thomas”.

Yo sonreí y le respondí: “Cuando tengan suficientes miembros aquí como para justificar y pagar por un edificio así, estoy seguro que tendremos uno”. En esa época, se requería que los miembros recaudaran el 30 por ciento del costo del terreno y del edificio, además de pagar los diezmos y demás ofrendas.

El presidente Wilson respondió: “Nuestros hijos están creciendo. ¡Necesitamos este edificio y lo necesitamos ahora!”.

Lo animé a que aumentaran el número de miembros mediante sus esfuerzos personales al hermanar y enseñar. El resultado, hermanos y hermanas es un ejemplo clásico de fe, asociado con el esfuerzo y coronado por el testimonio.

El presidente Wilson solicitó que se asignaran seis misioneros más a la ciudad de St. Thomas. Cuando ello se logró, llamó a los misioneros para que se reunieran en la pequeña trastienda de su pequeña joyería, donde se arrodillaron a orar. Al concluir la oración, pidió a uno de los élderes que le alcanzara la guía telefónica que había sobre una mesa cercana. El presidente Wilson la tomó y dijo: “Si algún día vamos a tener nuestro soñado edificio en St. Thomas, necesitaremos a un Santo de los Últimos Días que la diseñe. Ya que no tenemos a ningún miembro arquitecto, sencillamente debemos convertir a uno”. Señalando con su dedo la lista de arquitectos de la guía, siguió hacia abajo hasta que se detuvo en un nombre y dijo: “Ésta es la persona que invitaremos a mi casa a escuchar el mensaje de la Restauración”.

El presidente Wilson siguió haciendo lo mismo con los nombres de plomeros, electricistas y demás oficios. Tampoco fue que dejó a un lado a otras profesiones, ya que su deseo era tener una rama bien balanceada. Esas personas fueron invitadas a su casa para reunirse con los misioneros, se enseñó la verdad, se dieron testimonios y el resultado fueron las conversiones. Esas personas recién bautizadas, hicieron lo mismo, invitaron a otras personas. Semana tras semana y mes tras mes se repitió el procedimiento.

La Rama de St. Thomas tuvo un crecimiento extraordinario. A los dos años y medio, se obtuvo un terreno, se construyó un hermoso edificio y un sueño inspirado se hizo realidad. Esa rama es ahora un barrio floreciente de una estaca de Sión.

Cuando pienso en la ciudad de St. Thomas, no lo hago en los cientos de miembros del barrio ni en la gran cantidad de familias, sino que recuerdo en cambio la pequeña reunión sacramental en el sótano de un edificio, las doce personas, y la promesa del Señor: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

Han pasado muchos años desde que se grabó este video. La voz que escucharon era de alguien más joven, pero el principio de fe concerniente a la obra misional continua siendo tan verdadero hoy como lo fue hace medio siglo en la Rama St. Thomas.

Testifico que cuando actuamos con fe, el Señor nos mostrará cómo fortalecer a Su Iglesia en los barrios y en las ramas a los que pertenecemos. Él estará con nosotros y se convertirá en un compañero activo en nuestros esfuerzos misionales.

Debido a que el número de misioneros en los barrios y en las estacas de todo el mundo se incrementa, les pido encarecidamente que ejerzan su fe, como lo hizo el presidente Wilson en St. Thomas, conforme consideran en espíritu de oración a quién de su familia, amigos, vecinos y conocidos les gustaría invitar a su hogar para que se reúnan con los misioneros, para que escuchen el mensaje de la Restauración. Como el Señor lo hizo en la ciudad de St. Thomas, Él santificará sus esfuerzos y obtendrán una capacidad que excederá la de ustedes mismos para elevar y bendecir la vida de otras personas.

Que siempre podamos incrementar nuestra fe y fidelidad al realizar nuestro sagrado deber de rescatar a los hijos de nuestro Padre Celestial, nuestros hermanos y hermanas. En el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.