La obra misional en la era digital

L. Tom Perry

Of the Quorum of the Twelve Apostles


L. Tom Perry

Estoy agradecido por estar hoy con ustedes. Reconocemos la presencia de los misioneros del Centro de Capacitación Misional de Provo que nos acompañan hoy. ¡Mírenlos! ¿No son maravillosos? Estos misioneros recién llamados se están preparando para predicar el evangelio restaurado de Jesucristo a toda tribu, lengua y pueblo.

Con la disminución de la edad para llamar a misioneros, se marca una nueva era para la obra misional en la Iglesia. Sé que para muchos ha sido un acontecimiento transcendental. Sabemos que resultó abrumador para los jóvenes y las jovencitas que se vieron afectados por ello.

Ciertamente el Señor y ustedes, padres, han levantado una generación especial para servir en esta época importante en que la necesidad y la oportunidad de enseñar el Evangelio nunca han sido mayores.

En unos cuantos días, los misioneros que están sentados detrás de mí serán enviados a los barrios y a las estacas de ustedes. A medida que el número de misioneros sigue aumentando, hemos preguntado: “¿Qué harán todos estos misioneros?”. Nuestra respuesta es que ellos estarán haciendo lo mismo que los misioneros siempre han hecho: seguirán a nuestro Salvador Jesucristo y predicarán Su Evangelio restaurado.

Los presidentes de misión tienen las llaves para presidir y dirigir sus misiones asignadas. El presidente de estaca tiene las llaves para la obra misional en su estaca. El obispo tiene las llaves para presidir la misión de barrio. Ellos deben coordinar y trabajar en conjunto y unidos para hacer avanzar la obra misional en esta “era digital” de hoy en día. El obispo ejercerá sus llaves con el consejo de barrio a fin de buscar y enseñar a familias en las que no todos son miembros, y sus familias y amigos, y a miembros menos activos y a sus familias y amigos.

El mensaje que compartirán ---sobre la expiación de Cristo, el Libro de Mormón y los profetas vivientes--- es el mismo mensaje que yo compartí cuando era un joven misionero en la Misión de los Estados del Norte. Sin embargo, algunas de las maneras en las que nosotros compartimos el mensaje son sumamente diferentes a la manera en que ustedes lo compartirán.

Cuando yo era misionero, podíamos comunicarnos con las personas en la calle y tocando puertas a fin de compartir el Evangelio. El mundo ha cambiado desde entonces. Ahora, muchas personas están atareadas en la vida cotidiana; se apresuran de aquí para allá y muchas veces no están dispuestas a permitir que personas extrañas entren en sus hogares, sin que se las invite, para compartir un mensaje del Evangelio restaurado. El punto principal de contacto con los demás, incluso con amigos íntimos, muchas veces es por medio de internet. Por tanto, la naturaleza misma de la obra misional debe cambiar si el Señor ha de lograr Su obra de congregar a Israel “de los cuatro cabos de la tierra” ( 2 Nefi 21:12). A los misioneros ahora se les permite usar internet en sus labores misionales.

Durante las horas menos productivas del día ---principalmente en las mañanas--- los misioneros usarán computadoras en las capillas y en otras instalaciones de la Iglesia para comunicarse con los investigadores y miembros, trabajar con líderes del sacerdocio y líderes misionales locales, recibir referencias y comunicarse con ellos, dar seguimiento a compromisos, confirmar citas, y enseñar principios de Predicad Mi Evangelio utilizando mormon.org, Facebook, blogs, correo electrónico y mensajes de texto.

El acceso a internet de los misioneros y el uso de dispositivos digitales se efectuará a lo largo de los próximos meses y del próximo año. Estaremos en contacto con ustedes cuando llegue el momento de que su misión y región utilicen estas herramientas. Naturalmente, en esta nueva fase de la obra misional, la protección es de primordial importancia. Los presidentes de misión supervisarán la obra de los misioneros en línea para ayudarlos a permanecer a salvo en todo lo que hagan.

Una queja que recibimos con frecuencia de aquellos que están interesados en la Iglesia es que una vez que sienten el valor para detenerse en uno de nuestros edificios, lo encuentran cerrado y vacío. De modo que hemos decidido abrir nuestras capillas para tener recorridos con guías. Los misioneros estarán en las capillas para recibir a las personas interesadas y llevarlas por un recorrido de nuestros centros de adoración, donde se les puede enseñar e invitar en un lugar en el que mora la firme influencia del Espíritu.

Conforme los misioneros ingresan a esta nueva era donde usarán computadoras en la obra del Señor, invitamos a los jóvenes y a los mayores, a los adultos, a los jóvenes adultos, a los jóvenes y a los niños de todas partes a que se unan a nosotros en esta obra nueva y emocionante al hacerse amigos en Facebook con los misioneros de su zona en sus propias computadoras y compartir en línea sus mensajes del Evangelio, y al participar ustedes mismos en la obra misional.

Hace menos de un año, el presidente Monson hizo el histórico anuncio de la disminución de la edad para prestar servicio misional. Desde ese entonces, miles han respondido al llamado del profeta, y muchos más se unen a las filas cada semana. Desde hace dos días, el número total de misioneros que prestan servicio era de 70.274. Nunca antes habían inundado la tierra tantos misioneros. Naturalmente necesitábamos un lugar dónde poner a todos esos maravillosos misioneros, de modo que este año creamos 58 misiones nuevas, elevando el número total de misiones a 405. Este año también llamamos a 173 nuevos presidentes de misión, más de los que jamás se hayan llamado en cualquier otra época.

Claramente los misioneros y los presidentes de misión han respondido al llamado del Señor. Ahora Él nos está llamando, como miembros, para servir al lado de ellos y de Él en esta grandiosa obra.

Así como los misioneros se deben adaptar a un mundo cambiante, los miembros también deben cambiar respecto a su modo de pensar en cuanto a la obra misional. Al decir esto, deseo explicar que lo que a nosotros se nos pide hacer, como miembros, no ha cambiado; pero que la manera en que cumplamos nuestra responsabilidad de compartir el Evangelio se debe adaptar a un mundo cambiante.

Hace cincuenta y cuatro años que el presidente McKay pidió que todo miembro sea un misionero. El presidente Hinckley nos pidió que utilizáramos una mejor manera de hacer la obra misional. No se trata simplemente de repartir folletos de puerta en puerta; hay una mejor manera. El presidente Monson explicó a grandes rasgos la mejor manera mediante la que los miembros y los misioneros trabajaran en conjunto para predicar el Evangelio en una empresa de cooperación.

Esas declaraciones son simplemente una repetición de lo que el mismo profeta José Smith enseñó: “Después de todo lo que se ha dicho, el mayor y más importante deber es predicar el evangelio” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 132).

Nada de estos llamados proféticos ha cambiado. La responsabilidad más grande que tiene cualquiera de nosotros, no importa el llamamiento o el puesto que desempeñemos en la Iglesia, es predicar el Evangelio. Esto es tan cierto hoy día como lo fue en los días de José Smith, o en cualquier otra dispensación.

Entonces, ¿cómo podemos cumplir este llamamiento del Señor de predicar el Evangelio? Una manera de hacerlo es que lleguemos a ser uno en propósito en la obra misional.

Ser uno en propósito implica más que simplemente tener una meta común. Por ejemplo, muchos de nuestros hijos se interesan en el popular deporte del fútbol, y rápido aprenden que al patear la pelota hacia la red marca un punto. Al principio no entienden los conceptos del juego; tienen la misma meta, que es marcar un punto, sin embargo, no están bien organizados; sólo se lanzan sobre la pelota en masa.

En la obra misional muchos de nosotros nos encontramos en esa misma categoría. Pensamos que vemos y entendemos el objetivo final, pero no vemos nuestro propósito en él; no sabemos cuál posición, por así decirlo, debemos desempeñar. Lo que nos falta es comprensión, no deseo.

Pregunten a un misionero de tiempo completo aquí hoy cuál es el objetivo de su misión, estoy seguro de que cada uno respondería categóricamente: “Mi objetivo es ‘Invitar a las personas a venir a Cristo al ayudarlas a que reciban el Evangelio restaurado mediante la fe en Jesucristo y Su expiación, el arrepentimiento, el bautismo, la recepción del don del Espíritu Santo y el perseverar hasta el fin’ (Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misiona, 2004, pág. 1)”.

Hermanos y hermanas, si nuestro “mayor y más importante deber es predicar el Evangelio”, como dijo el profeta José Smith, entonces nuestro objetivo es claro: por ser miembros de Su Iglesia, cada uno de nosotros es llamado y comisionado para “Invitar a las personas a venir a Cristo”, ya sean miembros activos, miembros nuevos, miembros menos activos o no miembros. Si alguien a nuestro alrededor ---no miembros o miembros de la Iglesia menos activos--- no ha recibido “el Evangelio restaurado mediante la fe en Jesucristo y Su expiación, el arrepentimiento, el bautismo, [y] la recepción del don del Espíritu Santo”, lo invitamos a que lo haga.

Esta responsabilidad no radica exclusivamente en los misioneros.

Sobre este concepto erróneo, el presidente Gordon B. Hinckley dijo lo siguiente: “…podemos dejar que los misioneros traten de hacer la obra por sí solos o ayudarles en ello. Si lo hacen por sí mismos, irán de puerta en puerta día tras día y la cosecha será escasa. O podemos, como miembros, ayudarles a encontrar y a enseñar investigadores” (“Apacienta mis ovejas”, Liahona, julio de 1999, pág. 120).

Es hora de que comprendamos que nosotros ---los vecinos, amigos y familiares de los miembros menos activos y de los no miembros--- estamos en el lugar ideal para ofrecer una invitación con el debido amor y consideración que merece la persona invitada. Esperamos que la invitación se acepte; pero si no es así, debemos seguir demostrando amistad y amor cristiano a fin de que la persona a la que hemos invitado sepa que la relación que habíamos fomentado y cultivado no era simplemente para lograr un fin, sino una amistad duradera y perdurable.

Sin duda la Iglesia del Señor es una iglesia de orden, y esta obra seguirá adelante bajo las debidas llaves. “Bajo la dirección del obispo, el consejo de barrio elabora un plan misional de barrio. El plan debe ser breve y sencillo; debe incluir metas y actividades específicas para ayudar a los miembros del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares del barrio a participar en la obra misional de los miembros, en la retención y en la activación. El consejo de barrio coordina el plan misional de barrio con los planes de los misioneros de tiempo completo asignados al barrio” (Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 5.1.8).

El obispo dirige la obra de salvación en su barrio por medio del consejo de barrio. El consejo de barrio determina quiénes podrían recibir una invitación para que se les enseñen las lecciones misionales o para que vuelvan a una actividad plena en la Iglesia, y decide quién en el barrio está en mejor posición para extender tal invitación con el debido amor y respeto.

El presidente del quórum de élderes y el líder de grupo de los sumos sacerdotes son integrantes del consejo de barrio. Ellos tienen la responsabilidad de localizar a los miembros del quórum menos activos, y trabajar con los demás integrantes del consejo de barrio para guiarlos de nuevo a una actividad plena en la Iglesia. La bendición de traer de vuelta el sacerdocio a sus hogares bendecirá a familias enteras por generaciones.

Luego el consejo de barrio localiza a los miembros menos activos a los que los misioneros de tiempo completo pueden visitar y enseñar. El líder misional de barrio, un integrante del consejo de barrio, trabaja con los misioneros para llenar las agendas de los misioneros con los nombres de las personas que más se beneficiarían de una visita.

Si bien los misioneros de tiempo completo son responsables de la enseñanza de los investigadores, pueden y deben ir acompañados de miembros del consejo de barrio, de los misioneros de barrio, o miembros que tengan una conexión personal con los investigadores. Los miembros que acompañan a los misioneros deben dar su testimonio de los principios que se enseñen en las lecciones misionales y reafirmar esos principios en el intervalo de una cita misional a otra.

El consejo de barrio puede invitar a los misioneros de tiempo completo para que ayuden a los misioneros de barrio a hacer visitas de orientación familiar y de maestras visitantes a los miembros menos activos o enseñen lecciones a miembros nuevos. Nos damos cuenta que muy pocos de nuestros miembros recién bautizados reciben las lecciones para miembros nuevos.

El Señor desea que estemos “anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de [nuestra] propia voluntad” (D. y C. 58:27).

Al hablar sobre estar “anhelosamente consagrados a una causa buena”, acude a mi mente mi joven amigo Scott, quien tiene algunas dificultades que lo limitan en ciertas maneras, pero que en otras es extraordinario. Por ejemplo, su valentía como misionero se compara a los hijos de Mosíah. Creo que para Scott, es inconcebible que no todas las personas sean miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y que no todos hayan leído el Libro de Mormón y que no tengan un testimonio de su veracidad.

Cuando Scott viajó por primera vez en avión para encontrarse con su hermano, un vecino que estaba sentado cerca de él oyó esta conversación:

“Hola, me llamo Scott. ¿Cómo se llama usted?”

Su compañero de asiento le dijo su nombre.

“¿A qué se dedica?”

“Soy ingeniero”.

“Qué bien. ¿Dónde vive?”

“En Las Vegas”.

“Nosotros tenemos un templo allí. ¿Sabe dónde está el templo mormón?”

“Sí. Es un edificio hermoso”.

“¿Es usted mormón?”

“No”.

“Pues debería serlo. Es una gran religión. ¿Ha leído el Libro de Mormón?”

“No”.

“Pues debería hacerlo; es un libro maravilloso”.

Nadie le asignó a Scott hablarle a su compañero de viaje. Ni siquiera sé si conscientemente pensó en su convenio bautismal de “ser [testigo] de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que [estuviera], aun hasta la muerte” (Mosíah 18:9); no obstante, su invitación claramente demuestra que ese convenio ha llegado a formar parte de él.

De igual modo, no necesitamos ni debemos esperar a que se nos dé una asignación para invitar a nuestros familiares no miembros, amigos y vecinos a asistir a la Iglesia, leer el Libro de Mormón o reunirse con los misioneros de tiempo completo. Como maestros orientadores y maestras visitantes no necesitamos recibir una asignación para invitar a los miembros menos activos a quienes visitamos para que vuelvan a una actividad plena o que se preparen para recibir las bendiciones del templo. Además del convenio que acabo de mencionar, hemos hecho también el convenio sagrado de “llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras… y llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo” ()Mosíah 18:8--9).

Al cumplir nuestra responsabilidad de compartir el Evangelio y ayudar a nuestros amigos y vecinos menos activos a regresar a una actividad plena, nuestros esfuerzos serán más eficaces cuando procuremos inspiración y actuemos con amor, tanto por el Salvador como por la persona a quien prestamos servicio. Por ejemplo, consideremos la oración que Alma pronunció cuando él y sus compañeros se preparaban para enseñar a los zoramitas:

“¡Oh Señor, concédenos lograr el éxito al traerlos nuevamente a ti en Cristo!

“¡He aquí, sus almas son preciosas, oh Señor, y muchos de ellos son nuestros hermanos; por tanto, danos, oh Señor, poder y sabiduría para que podamos traer a éstos, nuestros hermanos, nuevamente a ti!” (Alma 31:34--35).

Alma reconoció que cada persona a la que había sido enviado a enseñar era un hijo espiritual de Dios y su propio hermano o hermana espiritual, y los amaba. Después de orar, Alma y sus compañeros fueron llenos del Espíritu Santo e inmediatamente empezaron su obra.

Al relacionar la experiencia y la oración de Alma con nuestros días, el presidente Gordon B. Hinckley dijo: “Cultivemos en el corazón de cada miembro de la Iglesia el reconocimiento de su propio potencial para traer a otros al conocimiento de la verdad. Ponga todo miembro manos a la obra. Todo miembro debe orar con gran sinceridad al respecto. Ore todo miembro, como lo hizo Alma de la antigüedad” (“Apacienta mis ovejas”, pág. 120).

La obra del Señor progresa cuando cada uno de nosotros comprende y cumple su propósito. El sacerdocio será fortalecido y nosotros experimentaremos un profundo éxito en la obra misional y en la reactivación cuando los consejos de barrio, los miembros y los misioneros de tiempo completo estén unidos en el propósito del Señor.

Ciertamente no podría haber una época más emocionante para participar en la obra del Señor. En un mundo en el que con tanta facilidad podemos compartir nuestro testimonio, el reino de Dios indudablemente se extenderá, como la piedra del sueño de Nabucodonosor, hasta que llene todo el mundo (véase Daniel 2).

Ruego que nosotros, tanto los miembros como los misioneros, estemos siempre unidos en cumplir nuestro objetivo misional para ayudar a los demás a venir a Cristo. Que seamos una luz y un ejemplo para toda la tierra, y particularmente para los hijos de Dios que están buscando las bendiciones del Señor. Ésta es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.