Pongamos en práctica las verdades del Evangelio de Jesucristo

Dieter F. Uchtdorf

Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Dieter F. Uchtdorf

Mis queridos hermanos y hermanas, gracias por estar con nosotros hoy. El presidente Monson me ha pedido que me dirija a ustedes. Él les envía su amor y sus bendiciones a todos.

Sabemos que han dejado de lado otras cosas para asistir a esta sesión de capacitación mundial y los encomiamos por su fidelidad. Les amamos por estar dispuestos a consagrar su tiempo, sus talentos y sus recursos a edificar el reino de Dios.

Hoy hemos recibido sabios consejos de personas que han dedicado sus vidas a escuchar y tener en cuenta la voz del Santo Espíritu. Les instamos a estudiar con atención sus consejos.

Obviamente, sabemos que escuchar consejos y ponerlos en práctica son dos cosas muy distintas. El Salvador habló de esa diferencia cuando dijo que quienes escuchan y obedecen son como aquellos que edifican su casa sobre la roca; y quienes escuchan pero no obedecen, podrían acabar siendo ex propietarios de su casa.

Los miembros de la Iglesia son maravillosos en su deseo de ser obedientes y seguir al Señor, pero, a veces, a pesar de nuestras buenas intenciones, dilatamos lo que debemos hacer o malentendemos lo que se nos enseña. Como resultado, las palabras de guía inspiradas podrían no tener el efecto prometido.

Recuerdo un relato sobre una mujer que soñó que su esposo le regalaba un hermoso collar que ella siempre había deseado. Al preguntar a su esposo qué creía él que significaba el sueño, éste sonrió en la manera que sólo sonríen los esposos amorosos y dijo: “¡Esta noche lo sabrás!”

Esa noche, el esposo llegó a casa y entregó a su esposa un regalo con un envoltorio muy bonito. Ella lo abrió, sintiendo un gran aprecio por su sensible esposo, y encontró un libro titulado Guía para entender los sueños.

El presidente Harold B. Lee declaró a los maestros de la Iglesia que no sólo es importante ser comprendido, sino también no ser mal interpretado1.

Por lo tanto, lo primero que debemos hacer es comprender. Y lo segundo es poner en práctica lo que hemos comprendido. Es lo que llamamos “Pon tu hombro a la lid”.

Con ese espíritu, y partiendo del tema abordado por el grupo del élder Ballard, quisiera ofrecer más consejo y varias sugerencias sobre cómo pueden poner en práctica lo que han escuchado hoy.

Los seres humanos tenemos la extraña tendencia de complicar las cosas sencillas. Establecemos reglas, leyes, estatutos, procesos y subprocesos. Vamos acumulando cargas hasta que acabamos debajo de un enorme peso de expectativas tan complicadas que se dificulta hacer un seguimiento de las mismas, y aún más alcanzarlas.

Éste es uno de los motivos por los que Pablo dijo: “…la letra mata, pero el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6).

En demasiadas ocasiones complicamos la belleza y la sencillez del evangelio de Jesucristo con listas interminables de expectativas meticulosas. No obstante, cuando nos centramos en el “por qué” del Evangelio, gran parte de la confusión desaparece. ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué debemos obedecer los mandamientos? ¿Por qué la expiación de Jesucristo tiene tanto valor para nosotros?

Las preguntas correctas sobre el “por qué” nos conducirán a las decisiones correctas de “quién”, “qué”, “cuándo”, “dónde” y “cómo”.

El élder Ballard y su grupo nos han dado un gran ejemplo al preguntar: “¿Por qué nos reunimos en consejo? ¿Para organizar y reorganizar el calendario? ¿Para determinar cómo ocupar los cargos de las organizaciones? ¿Para programar la limpieza del edificio?”.

Esos asuntos pueden ser urgentes y necesarios, pero ¿son los más importantes? Hay muchas formas de mejorar el uso que le damos al preciado tiempo del consejo, por ejemplo, acudiendo siempre bien preparados. Podríamos resolver la programación u otros asuntos de organización por memorandos, teléfono, correo electrónico o mensajes de texto. Cuando dejamos que los asuntos organizativos dominen nuestro esfuerzo y tiempo en los consejos, corremos el riesgo de omitir la razón por la que el Señor nos ha llamado a ministrar en Su Iglesia.

Nos reunimos en consejos para buscar la inspiración del Espíritu en la edificación del reino de Dios. Nos reunimos para buscar respuestas a dos preguntas básicas:

  1. 1.

    ¿Cómo podemos ayudar a nuestros miembros a amar mejor al Señor nuestro Dios con todo su corazón, alma y mente?

  2. 2.

    ¿Cómo podemos ayudar a nuestros miembros a amar mejor a su prójimo como a sí mismos?

Todo lo que tratemos en nuestros consejos, en las organizaciones de la Iglesia, deben derivarse de estos grandes mandamientos, porque todo lo demás depende de ellos.

Una vez comprendamos el “por qué” de nuestras reuniones de consejo, nos será más fácil centrarnos adecuadamente en cómo lograrlo. Por ejemplo, al pensar en las formas de aumentar el amor por el prójimo entre nuestros miembros, podemos planear una actividad de servicio que incluya a nuestros miembros menos activos y a amigos de otras creencias.

Todas nuestras conversaciones sobre jóvenes y mayores, desde el bienestar a la obra misional, desde la enseñanza del Evangelio al fortalecimiento de las familias, deben situarse en este contexto.

Al simplificar y fortalecer el proceso del consejo y al invitar al Espíritu, encontraremos la vida y el fuego del Santo Espíritu, que nos proporciona guía y ayuda celestial al esforzarnos.

Algunos podrán sentirse tentados a decir: “Díganos simplemente lo que debemos hacer, y lo haremos”. Aunque elogiamos el deseo justo de ser obediente, el liderazgo en la Iglesia (y la vida) es algo más que limitarse a marcar puntos en una lista de cosas por hacer.

Como habrán notado, los manuales nuevos no especifican en gran detalle cada acción que deben realizar en su llamamiento. Estos manuales proporcionan una estructura suficiente sin regir cada detalle. Sería prudente considerar los manuales, e incluso las Escrituras, no como listas de verificación o guiones detallados, sino como oportunidades para preparar la mente y el corazón para recibir inspiración divina en nuestras responsabilidades.

Desafortunadamente, a veces no buscamos revelación ni respuestas de las Escrituras o de los manuales porque creemos que ya conocemos las respuestas.

Hermanos y hermanas, aunque nuestra experiencia previa sea buena, si dejamos de hacer preguntas, de pensar y de meditar, podemos poner trabas a las revelaciones del Espíritu. Recuerden que las preguntas del joven José abrieron la puerta a la restauración de todas las cosas. Podríamos llegar a bloquear el crecimiento y el conocimiento que nuestro Padre Celestial tiene para nosotros. ¿Cuántas veces habrá intentado el Santo Espíritu decirnos algo que necesitábamos saber, pero no logró pasar el portón de hierro de lo que ya creíamos saber?

Otro punto que deseo comentar es la diferencia entre el crecimiento y el verdadero crecimiento. Ya hemos oído hablar de ello hoy. En términos de la Iglesia, el crecimiento se puede definir como los miembros nuevos, que son los niños bautizados a los ocho años y los conversos bautizados. Sin embargo, el verdadero crecimiento se define como el aumento del número de miembros activos.

En algunas áreas de la Iglesia tenemos un crecimiento enorme en miembros nuevos, pero el número de miembros activos se estanca o crece muy poco. Contamos con varias formas de medir la actividad en la Iglesia, como la asistencia a la reunión sacramental, la ordenación al sacerdocio a la edad correspondiente, el servicio misional y la posesión de una recomendación vigente para el templo. Pero quizás los indicadores más precisos del verdadero crecimiento en el Evangelio de Jesucristo sean los que no podemos medir tan fácilmente, como la oración diaria, el estudio de las Escrituras, la noche de hogar, el amor en el hogar y por el prójimo, y las experiencias personales con la expiación de Cristo. Estos no los anota un secretario en los registros de la Iglesia, sino que se anotan en nuestro corazón y en el cielo.

Nuestra labor misional queda cuestionada si bautizamos a los hijos de Dios pero no mostramos amor y amistad a esos valiosos miembros nuevos, que están alegres de hallar hermanamiento con los santos y un lugar en la casa de Dios al que pueden pertenecer.

Una vez más, en nuestros consejos se puede deliberar sobre el bienestar espiritual y temporal de cada miembro, prestando atención particular a cada nuevo converso. Nuestra obra en el consejo es ayudar a los miembros a aumentar su amor por el Padre Celestial y sus semejantes. Si centramos nuestros esfuerzos en ello, muchos más miembros, uno por uno, sentirán que han encontrado un hogar en la Iglesia, que han descubierto el “por qué” del Evangelio.

Hermanos y hermanas, permítanme recordarles que ni ustedes ni yo somos perfectos. Por lo tanto, nuestros consejos tampoco serán perfectos. En ocasiones no contarán con suficientes personas. Es posible que otras veces incluyan a una o varias personas que no estén plenamente consagradas o estén distraídas por las complicaciones y tensiones de la vida cotidiana.

Por favor, no se rindan. Tengan cuidado en no idealizar demasiado sus expectativas sobre el funcionamiento de los consejos. Una vez más, si se centran en el “por qué” del Evangelio, el Espíritu dirigirá sus humildes esfuerzos.

El presidente Hinckley dijo una vez: “Estamos aquí para ayudar a nuestro Padre [Celestial] en Su obra y en Su gloria, que es ‘llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre’ (Moisés 1:39). La obligación de ustedes es tan seria en su esfera de responsabilidad como lo es la mía en mi esfera de responsabilidad” 2. ¡Qué lección de humildad de un profeta de Dios!

Si las circunstancias de ustedes no son las ideales, consuélense sabiendo que el Señor los apoyará y optimizará sus esfuerzos, santificará sus decisiones y acciones, las perfeccionará con las tiernas misericordias de Cristo y “[consagrará su] acción, a fin de que sea para el beneficio de [sus] almas” (2 Nefi 32:9) y de las almas de aquellos a quienes sirvan.

Ya he mencionado que de poco sirve escuchar la palabra de Dios si no ponemos en práctica en nuestra vida lo que escuchamos. Por lo tanto, les pedimos que den los pasos siguientes sin dudar y que continúen haciéndolo mientras sirvan en sus llamamientos.

En primer lugar, individualmente y como consejos, analicen bajo oración las instrucciones recibidas. Piensen en el poder del sacerdocio en el hogar, en honrar los convenios divinos, en rescatar a otros, en centrarse en cada persona en particular, en fortalecer a nuestros jóvenes y en edificar matrimonios y familias eternos aplicando los principios del Evangelio en nuestra vida cotidiana.

Al meditar sobre estos puntos, pregúntense cuál es el “por qué” de su servicio y ministerio y el “por consiguiente” resultante en sus responsabilidades individuales y como consejos. En este proceso, abran su corazón y su mente a la voluntad de los cielos y les prometo que el Espíritu relevará las cosas más importantes para ustedes, para sus familias y para sus responsabilidades en la Iglesia.

En segundo lugar, después de meditar y analizar, determinen varias acciones específicas que se comprometerán a realizar. Recuerden que las acciones de cada organización, barrio, estaca, familia y persona pueden ser distintas. Deben adaptarse a sus circunstancias y necesidades. La unidad que buscamos no es necesariamente que todos hagamos exactamente lo mismo y al mismo tiempo, sino que cada uno de nosotros escuche y siga siempre las instrucciones del mismo Santo Espíritu.

En tercer lugar, una vez hayan establecido esos compromisos, cumplan con ellos dentro del ámbito de sus responsabilidades y llamamientos en cada reunión de consejo. Por favor, háganlo. También les pedimos que presenten sus decisiones y esfuerzos al Señor en sus oraciones diarias y que pidan más luz e instrucciones. Confíen en Él. Él les conoce y les ama.

Mis queridos hermanos y hermanas, les amamos y admiramos; oramos por ustedes. Sabemos que desean escuchar los susurros del Espíritu, seguir al Salvador y ser Sus manos en esta gran obra. Doy testimonio de que esta obra es verdadera, que ustedes son llamados por Dios. El Salvador dirige esta Iglesia con el presidente Monson como Su profeta.

Queridos amigos, espero que encuentren siempre gozo en el servicio recto. Es mi bendición y mi oración, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.  

    1. Véase Harold B. Lee, en La Enseñanza: El llamamiento más importante, 2000, pág. 57.

  2.  

    2. Gordon B. Hinckley, “Ésta es la obra del Maestro”, Liahona, julio de 1995, pág. 71.