El poder del sacerdocio en el hogar

Boyd K. Packer

Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles


Boyd K. Packer

Es un gusto estar aquí y verlos participar de este mensaje que se transmitirá por todo el mundo. He orado fervientemente para pedir que el poder del Espíritu me acompañe.

Cuando se compiló Doctrina y Convenios, fue José Smith, quien todavía tenía veintitantos años, quien agrupó las revelaciones. Se dio una revelación para que fuera la introducción, que actualmente es la sección 1 de Doctrina y Convenios, aun cuando se dio mucho después que la mayoría de las revelaciones allí contenidas. Hay una frase en esa revelación que cambió la obra de la Iglesia, y cambiará la obra de las iglesias cristianas para siempre, si lo permiten. La frase es sencillamente “que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo” (D. y C. 1:20).

Parecería ser muy insensato y peligroso organizar una iglesia en la que la autoridad del sacerdocio se diera a cada varón adulto digno, pero así es como es. Así que al verles a ustedes por todo el mundo, a los miembros de la Iglesia, nunca tememos por el progreso de la Iglesia, porque sabemos que por medio de la conversión y del bautismo surgirá un pequeño grupo de hermanos sobre quienes la plenitud del sacerdocio se puede conferir.

Todo élder tiene el mismo sacerdocio que el Presidente de la Iglesia o el que tengo en mi función de apóstol: sólo son diferentes oficios. Pero el sacerdocio no se delega ni se reparte un poco allí y otro poco allá, se otorga por completo. En la ordenanza en que se llevan a cabo ordenaciones, el sacerdocio se confiere, y luego se confiere el oficio. Por lo que hasta un joven de 18 años que planea salir en una misión tiene esta ordenanza, y primero le dicen: “Te conferimos el Sacerdocio de Melquisedec” y luego lo ordenan al oficio de élder en dicho sacerdocio.

Ese sacerdocio tiene otros títulos: “el sacerdocio… según el orden más santo de Dios” (D. y C. 84:18) y “el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios” (D. y C. 107:3). Es el poder supremo de la tierra. Es el poder por el que la tierra fue creada, así como todas las otras cosas en el vasto universo que forman parte de nuestra vida.

Sabemos que todo padre puede, o debe, tener un oficio del sacerdocio, lo que significa que posee el sacerdocio y preside a su familia en rectitud.

A veces se nos acusa de no ser amables con las hermanas porque no poseen el sacerdocio y, por lo tanto, no tienen los oficios que tienen los hermanos. Pero entendemos muy bien que el que seamos exaltados o no depende de la hermana que está a nuestro lado —la esposa, la madre de nuestros hijos— y ningún poseedor del sacerdocio rebajaría ni atenuaría el valor ni el poder de su esposa. Cuando escucho esos comentarios de que las hermanas son menos que los hermanos, desearía que ellos pudieran ver dentro del corazón de cada poseedor digno del sacerdocio y comprendieran lo que él siente por su esposa, la madre de sus hijos: una reverencia, no adoración en todo el sentido de la palabra, pero sí un tipo de adoración, un respeto por la compañera de su vida que es esencial para que a la larga pueda ser exaltado.

La Iglesia es muy práctica en su organización. No estamos limitados a que se dé autoridad a un prelado, sacerdote, pastor o párroco para administrar a la congregación, sino tal como se dice en la sencilla expresión de Doctrina y Convenios: “que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo” (D. y C. 1:20). Tenemos sumo cuidado de fijar normas de dignidad para que cuando un hombre esté preparado para el sacerdocio, deba renunciar a muchas cosas que otros hombres gozan de la vida, y cada una de ellas es una protección para él y su familia. La Palabra de Sabiduría se dio en una época en la que los peligros del té, café, licor, tabaco y todas esas cosas no se conocían. Sin embargo, los hermanos de los primeros días de la Iglesia, sometiéndose a lo que dijo el Profeta, aceptaron obedientemente el hecho de que hay normas si uno ha de ser ordenado al sacerdocio. Y eso es algo maravilloso que un padre, un esposo, viva el Evangelio y lo enseñe por medio del ejemplo.

El sacerdocio es la responsabilidad en la Iglesia que es permanente. Llamamos a un hombre a ser presidente de estaca u obispo o algún otro oficial que preside, y lo respetamos debidamente por dicha autoridad y, sin embargo, el puesto es temporal. Un día el presidente de estaca o el obispo será relevado, pero a un élder no se le releva, ni a un sumo sacerdote ni a un Setenta. Poseen esa autoridad, y el honor de presidir a su familia y de ser padre es eterno.

Eso me da gran consuelo a mi corta edad, cuando hemos estado casados por 65 años, y pienso que podría llegar a su fin. Pero luego me doy cuenta de que el Evangelio es verdadero y que nunca llegará a su fin. He tenido mucho cuidado, y tengo mucho cuidado, de tratar a mi esposa con ese respeto y reverencia que se le debe tener por realizar lo que es de más valor para una mujer en esta vida, lo cual es vivir el Evangelio, ser la esposa y la madre de los hijos de un poseedor digno del sacerdocio.

Durante la formación de la Iglesia, se restauró el sacerdocio, primero el Sacerdocio Aarónico y después el de Melquisedec. La Iglesia no se dio toda de una vez como un plano que el Profeta pudiera mirar y luego anunciar. Se dio “línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí” (2 Nefi 28:30; véase también D. y C. 128:21). Pero una vez que todo se reveló en la plenitud de los tiempos, finalmente se restauró por completo.

La Iglesia está creciendo muy rápido, y podemos verlos en nuestra imaginación en las congregaciones del mundo al escuchar este programa. Es mediante la bendición de la traducción que podemos hablar el idioma de ustedes. Es la única forma en que puedo hablar un idioma perfecto a la gente del mundo. ¡Ya he tenido suficientes problemas con el inglés! Y sin embargo sabemos que las palabras se traducen a palabras iguales en otros idiomas; pero más que eso, van acompañadas del poder, del Espíritu y de la intención.

Realizamos las ordenanzas “en el nombre de Jesucristo”. Hay una o dos que varían un poco en eso. Una de ellas, curiosamente, es la del bautismo, donde la oración dice: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (3 Nefi 11:25; D. y C. 20:73). Hay algunas ordenanzas del templo que se expresan de la misma manera. De manera que todo lo que se puede dar, se da, y a su debido tiempo llegamos a conocer al Padre Celestial, un Padre amoroso cuyo interés en nosotros es tal que se regocija por nuestra felicidad y, estoy seguro, derrama lágrimas por nuestra desobediencia y nuestros errores.

Cuando tenemos hijos propios y poseemos el sacerdocio, y tenemos esas dos cosas en nuestra vida, entonces entendemos de qué se trata la plenitud del evangelio de Jesucristo, y sabemos quién es Él: Cristo, el Hijo del Dios, el Unigénito del Padre, que llevó a cabo la Expiación por medio de la cual se pueden borrar todos los errores que hemos cometido en la vida, lo cual nos permitirá estar limpios y puros ante el Padre en el día del juicio.

Es interesante que por todo el mundo “todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo” (D. y C. 1:20).

Ustedes hablan otros idiomas, algunos de ustedes incluso hablan muchos idiomas. He conocido a un par de Autoridades Generales que parecen respirar idiomas. Solía viajar con Jacob de Jager y fuimos a China y a otros lugares. Parecía ser que se bajaba del avión, respiraba profundamente, y podía hablar el idioma, y hablarlo bien.

De esa manera podemos tener hombres que están dirigiendo la Iglesia por todo el mundo que son mejores que nosotros en muchos aspectos, y que son adecuados y completos porque están unidos a los poderes del cielo. Los cuida el brazo del Todopoderoso y saben que Jesucristo, el Unigénito del Padre, está a la cabeza de la Iglesia. Somos Sus siervos, todos nosotros, y somos Sus hijos y Sus hijas.

Ese conocimiento es una gran fuente de consuelo para mí conforme voy por la vida y cometo errores. He dicho que me gustaría que mi último error fuera el peor y que el siguiente error nunca llegara. No tengo esperanza de que ninguno de esos dos deseos se haga realidad. Uno comete errores y ve su vida en retrospectiva y se pregunta: “Y bien, ahora que estoy casi al final de mi vida, ¿cómo voy a enfrentar el juicio?”. Eso no me preocupa porque me he arrepentido y me he valido de esa gran Expiación que se nos ofrece cuando vivimos el evangelio de Jesucristo.

Como poseedor del sacerdocio, respondemos a todo llamado que llega de realizar cualquier servicio que surja, el más importante de los cuales está dentro de las paredes de nuestro hogar. Los últimos presidentes de la Iglesia, conscientes de lo que el adversario está haciendo, han centrado su enseñanza y su predicación en el hogar y en la familia. Y hemos hecho lo mismo en esta reunión. La Iglesia está compuesta por familias. Hablamos de la organización y de cuántos barrios y estacas tenemos, pero eso es secundario y temporal. Cuando hablamos de cuántas familias tenemos, entonces percibimos el verdadero crecimiento de la Iglesia.

Me gustaría concluir con un testimonio. He vivido mucho tiempo. He viajado bastante: más de 4 millones de kilómetros por los países del mundo, muchos de los cuales he visitado decenas de veces. He aprendido que somos hijos de Dios y que el evangelio de Jesucristo es verdadero. Cuando venimos a ustedes como líderes de las organizaciones auxiliares, del sacerdocio y de las estacas, venimos con testimonio y conocimiento fervientes, ya que sabemos que Dios vive, que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre; y todo lo que hacemos, lo hacemos en Su nombre como Sus representantes. Y lo que hacemos como Sus representantes en la administración de la Iglesia, como apóstol, o al dirigir un barrio como obispo, o un consejero en la presidencia del quórum de élderes, todo ello es secundario a ser padre y esposo que posee el sacerdocio y vive digno de tenerlo. Ésa es la fuente de la felicidad y el gran logro de la vida terrenal.

Sé que Dios vive; sé que Jesús es el Cristo. Conozco al Señor. Ésta es Su Iglesia; Su mano guía está con ella y con todo poseedor digno del sacerdocio y con toda esposa y madre e incluso con los niños pequeños, que están al cuidado de la mano benevolente de Aquél que es el Hijo de Dios. De Él testifico, y testifico del Padre, y mi testimonio es verdadero. En el nombre de Jesucristo. Amén.