Nuestros relatos


Testimonios del pasado

Para obedecer el consejo profético de Brigham Young de obtener un testimonio viviente, muchas mujeres jóvenes escribieron y conservaron su testimonio como un testigo al mundo. Ellas estaban comprometidas a vivir los principios del Evangelio y tenían la determinación de recibir las bendiciones prometidas de Dios.

Aprender juntos

  • ¿Qué puedo aprender de los relatos de las mujeres jóvenes que fortalezca mi fe y me ayude a desarrollar mi testimonio?
  • ¿Por qué es importante escribir mi historia y compartir mi testimonio?

La fe de una niña huérfana
Cuando se requirió que Elvira Stevens dejara su hogar y familia en Nauvoo y viajara por las llanuras a Sión, buscó la fortaleza espiritual y el poder celestial del templo.
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Una niña fuerte y valiente
Cuando Mary Elizabeth Rollins obtuvo su testimonio del Libro de Mormón por primera vez a los 12 años, no se imaginaba lo que le esperaba. Apenas un año más tarde, observó a populachos quemar heno, vio a líderes de la Iglesia untados con brea y plumas, y arriesgó su propia vida para salvar las páginas de las Escrituras de los hombres que estaban destruyendo la oficina de imprenta. Pero su fe la sobrellevó.
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Una hija dispuesta y obediente
Después de que Brigham Young pidió a sus hijas que se vistieran de forma menos extravagante, su hija Zina voluntariamente respondió al quitar los volados de sus vestidos. Cuando un joven al que conocía le dijo que ahora parecía que llevaba harapos, Zina no se desanimó. En los asuntos de la fe, tenía mucho en común con otra Zina valiente, su madre.
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Un testimonio en el corazón de una niña
Como una joven que vivía en una casa de tres pisos cómoda en Nueva York, Zina Huntingon pensaba que la vida era un poco aburrida. Entonces un día regresó a casa y encontró un nuevo libro extraño en la ventana, y su vida nunca sería la misma.
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Un testimonio del Salvador
No fue una reunión sacramental común y corriente que Genevieve Johnson, de 12 años de edad, escuchó a un apóstol hablar acerca de su extraordinaria visión del Señor Jesucristo, y sintió que su propio testimonio del Salvador ardía intensamente dentro de ella.
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Un testimonio de la virtud
Ya sea que vivan en grandes ciudades, en aldeas escandinavas o pequeños pueblos rurales, como Moroni, Utah, las miembros de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de las Mujeres Jóvenes en la década de los años 1880 crearon sus propios periódicos manuscritos. En cada ejemplar, escribieron anécdotas, sermones, poesías y compartieron su testimonio. Lena Jensen, una miembro del Barrio de Moroni, Estaca Sanpete, compartió su testimonio de la virtud en el periódico manuscrito del barrio titulado The Young Ladies Advocate.
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Elvira Stevens Barney

Elvira Stevens Barney nació el 17 de marzo de 1832. “Cuando tenía doce años de edad, Elvira escuchó el Evangelio que predicaba un élder mormón y, desde ese día, todos los días oraba en secreto hasta que el Señor le dio un testimonio que dejó a su corazón satisfecho.

“Elvira se bautizó en 1844 y fue con sus padres a Nauvoo, donde su padre falleció tras una breve enfermedad, el 4 de octubre. El mes de enero Elvira y su madre se estaban preparando para el viaje a través del desierto, procesando maíz, etc.;su madre, vencida por el trabajo arduo, el dolor y el agotamiento, falleció el día 6 de ese mes. Su granja, bienes, etc. se vendieron, y los cinco hijos recibieron diez dólares cada uno para usarlos en su viaje al oeste. Elvira se separó de su hermano gemelo, a los catorce años de edad, con lágrimas en los ojos y nunca lo vio otra vez. Él murió seis años después. Llevaron a Elvira a unos ocho kilómetros a través de la pradera y allí pasó el invierno entre extraños. No había ningún niño con quien juntarse, nadie que sintiera ternura por el corazón solitario y dolorido de esta niña huérfana” (“Dra. Elvira S. Barney”, en Representative Women of Deseret, compilado por Augusta Joyce Crocheron, Salt Lake City, UT: J. C. Graham & Co., 1884, págs. 76–81).

En 1846, los primeros miembros de la Iglesia dedicaron el templo de Nauvoo. Al igual que Elvira Stevens, muchos de los Santos ya habían cruzado el río Misisipi y salieron de Nauvoo para comenzar su viaje a Winter Quarters. “Algunos de los que ya están en el camino a Winter Quarters regresaron para la dedicación, y una de los que lo hicieron fue Elvira Stevens, de 14 años de edad. Después de quedarse huérfana en Nauvoo y viajar al oeste con su hermana y su cuñado, Elvira cruzó el Misisipí tres veces para asistir a los servicios [dedicatorios], y fue la única miembro de la compañía de carromatos que lo hizo. ‘El poder celestial era tan grande’, escribió: ‘entonces crucé y volví a cruzar para beneficiarme de ello, tan joven como era’. Elvira aún no había recibido las ordenanzas del templo, pero el poder espiritual de la edificación misma y las circunstancias de su dedicación se mantuvieron como prominentes recuerdos de su… vida en Nauvoo” (Carol Cornwall Madsen, en sus propias palabras: la historia de Nauvoo y de las mujeres, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1994, pág. 23).

Años más tarde, Elvira escribió acerca de su experiencia en la parte trasera de una tarjeta postal que representa al templo de Nauvoo en 1846 y, posteriormente, cuando se había quedado en ruinas.

“El templo aparece como lo vi por última vez en 1846. Salí de allí después de regresar tres veces a través del río Misisipí (la única persona de nuestra compañía que se dirigía hacia el oeste) para ser testigo de la dedicación, los días 1, 2 y 3 de mayo de 1846, entonces sólo con 14 años, una huérfana. El poder celestial era tan grande que entonces crucé y volví a cruzar para beneficiarme de ello, tan joven como era”. —Elvira Stevens

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Mary Elizabeth Rollins

Otoño, 1830
Kirtland, Ohio

“Un gran número de los residentes de Kirtland aceptó el bautismo. Mi madre y yo también, en el mes de octubre de 1830. Hubo una reunión esa noche, y nos enteramos de que el hermano Morley tenía el Libro [de Mormón] en su posesión, el único en esa parte del país. Fui a su casa, justo antes de que la reunión comenzara y pedí ver el libro; el Hermano Morley lo puso en mi mano, y al verlo sentí tal deseo de leerlo, que no pude abstenerme de preguntarle que me permitiera llevarlo a casa y leerlo mientras él asistía a la reunión. Él dijo que sería demasiado tarde para que lo llevara después de la reunión, y otra cosa, apenas había tenido tiempo para leer un capítulo él mismo, y tan sólo unos pocos hermanos lo habían visto, pero rogué tan fervientemente por él que por fin dijo: ‘Jovencita, si traes este libro a casa antes de desayunar por la mañana, te lo puedes llevar’. Me amonestó que tuviera mucho cuidado y que me asegurara que no le ocurriera nada malo.

“Si alguna persona en este mundo fue perfectamente feliz en posesión de un tesoro preciado, así estaba yo cuando tuve permiso para leer el libro tan maravilloso… Todos tomamos turnos para leer hasta muy tarde en la noche y tan pronto como hubo suficiente luz para ver, yo estaba en pie y había aprendido el primer versículo del libro. Cuando llegué a casa del hermano Morley, habían estado despiertos sólo un corto tiempo. Cuando yo le entregué el libro, comentó: ‘Me imagino que no habrás leído mucho’. Le mostré hasta qué punto habíamos leído. Estaba sorprendido y dijo: ‘No creo que me puedas decir ni una palabra del libro’. Entonces recité el primer versículo, y también un resumen de la historia de Nefi. Él me miró sorprendido y dijo: ‘Hija, llévate el libro a casa y termínalo, yo puedo esperar’.

“Alrededor del tiempo en que terminé el último capítulo, el profeta José Smith llegó a Kirtland… El hermano Whitney llevó al profeta José Smith a nuestra casa y le presentó a los más mayores de la familia (yo no estaba en el momento). Al mirar alrededor de él vio el Libro de Mormón en el estante y les preguntó cómo había llegado hasta allí el libro. Él dijo: ‘Le envié ese libro al hermano Morley’. Mi tío le contó cómo lo había obtenido su sobrina. Él le preguntó: ‘¿Dónde está su sobrina?’. Mu fueron a buscar y cuando me vio me miró tan fervientemente, que casi sentí miedo. Después de un minuto o dos vino y puso sus manos sobre mi cabeza y me dio una gran bendición, la primera que yo había recibido, me regaló el libro y dijo que le daría otro al hermano Morley”.

—Mary Elizabeth Rollins

Otoño de 1831
Independence, Misuri

Después de salir de Kirtland, Mary Elizabeth, de 13 años de edad, se mudó con su madre, su hermano y su hermana a Independence, Misuri.

“Las amenazas contra nuestra gente eran terribles, estábamos demasiado unidos para agradar a los habitantes de Misuri, y no creían en nuestra religión, o en nuestra manera de hacer negocios; [tampoco] nosotros creíamos en la esclavitud… Pronto un populacho se reunió en el pueblo y prendieron fuego al grano del pueblo, y a la pila de heno en el jardín del obispo Partridge. Todos fueron destruidos. Entonces empezaron con las casas, a romper las puertas y las ventanas con piedras. Una noche, se reunieron muchos y apedrearon nuestra casa, la cual estaba construida con troncos, y el frente de ladrillo. Después de romper todas las ventanas, comenzaron a arrancar el techo de la parte de ladrillo, en medio de terribles juramentos y aullidos que eran terribles de escuchar; de repente salieron y todo estaba tranquilo. Poco después, vi al obispo Partridge con brea y plumas, así como al hermano Charles Allen.

“El populacho renovó sus esfuerzos nuevamente al derribar la imprenta, un edificio de dos plantas, y al sacar a la familia del hermano Phelps de la parte inferior de la casa y poner sus cosas en la calle. [La chusma] sacó unas hojas grandes de papel y dijeron: ‘Aquí están los mandamientos mormones’. Mi hermana Caroline y yo estábamos junto a la cerca observándolos; cuando hablaron de los mandamientos decidí conseguir algunas de las hojas. Mi hermana me dijo que si yo iba, ella también iría, pero dijo: ‘Nos van a matar’. Mientras la chusma estaba ocupada en un extremo de la casa, corrimos y recogimos todas las hojas preciosas que pudimos. Los hombres nos vieron y ordenaron que nos detuviéramos, pero corrimos lo más rápido que pudimos. Dos de los atacantes nos persiguieron; cuando vimos un hoyo en la cerca, pasamos y entramos a un maizal muy grande, pusimos las hojas en el suelo y las cubrimos con nuestro cuerpo. El maizal tenía aproximadamente un metro y medio o más de altura, y era muy denso. Ellos nos buscaron por mucho tiempo y llegaron a estar muy cerca de nosotras, pero no nos encontraron. Cuando estábamos seguras de que habían parado nuestra búsqueda, intentamos encontrar el camino fuera del campo, el maíz era tan alto que no podíamos ver a dónde ir… Pronto llegamos a un viejo establo de troncos que parecía que no se había utilizado durante años. La hermana Phelps y sus hijos llevaban hierba entre los brazos para acomodarla en un lado del establo y poner encima sus camas. Ella me preguntó qué era lo que llevaba, y yo le dije; entonces ella tomó los papeles, lo cual nos hizo sentir muy mal. Los encuadernaron en libros pequeños y me enviaron uno, el cual atesoro grandemente”.

—Mary Elizabeth Rollins

(Autobiografía por Mary E. Lightner, Utah Genealogical and Historical Magazine, tomo 17, 1926, págs. 193­–196.)

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Zina Young Card

Cuando Zina Young oyó a una campana convocándola a una reunión en el salón de la casa del León, puede que pensara que nada inusual estaba a punto de ocurrir. Pero lo que su padre, el presidente Brigham Young, dijo probablemente le sorprendió. Pidió a sus hijas adolescentes que fueran mejores ejemplos a los demás al renunciar a algo muy preciado para ellas: los volados y volantes que hacía que sus vestidos estuvieran a la moda.

Zina era una niña artística que disfrutaba del teatro y de actuar. ¿Por qué tuvo ella el valor de abandonar sus hermosos volantes? Zina nos dio la idea de por qué respondió obedientemente cuando escribió acerca de su vida como una de las hijas del profeta:

“El presidente Young fue simplemente, tan tierno, tan noble, y a sus hijos, sus madres les enseñaron a obedecerle implícitamente. Pero sus normas eran muy pocas. El tiempo para la instrucción y asociación con él ocurría cuando llegaba la noche y él tocaba la antigua campana de oración para reunir a toda la familia para la oración en la espaciosa sala. ¡Oh, esas oraciones! Parecía como si él hablara cara a cara con Dios. Han sido un vínculo que ha unido a la familia con una santidad y devoción que rara vez se encuentran… Él solía hacer que sus niños cantaran y bailaran para él. Tenían un maestro de música, maestro de baile y una institutriz, ya que apreciaba la formación académica e hizo todo en su poder para dar a todos los miembros de su familia la oportunidad de recibir conocimiento, progreso y cultura”.

—Zina Young Card

(“A Biographical Sketch of the Life of Zina Young Williams Card. Salt Lake City, Utah, 26 de marzo de 1930, Biblioteca de Historia de la Iglesia, colección de Zina Card Brown, MS 4780, Box 5, Fd. 14, It. 1, págs. 2–3.)

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Zina D. Huntington Young

Zina Young pudo haber heredado parte de su valor para seguir el consejo del profeta de su valiente madre, Zina D. Huntington Young.

“Un día, de regreso de la escuela, vi el Libro de Mormón, ese libro extraño, de nuevo, puesto en el umbral de la ventana de nuestra sala de estar. Fui a la ventana, lo recogí y la dulce influencia del Espíritu Santo lo acompañaba a tal grado que lo abracé contra mi pecho en un momento de entusiasmo y susurré mientras lo hacía: ‘Esto es la verdad, la verdad, ¡la verdad!’”.

(“How I Gained My Testimony of the Truth,” The Young Woman’s Journal, abril de 1893, pág. 318.)

Como mujer joven, Zina tuvo muchas notables experiencias espirituales, entre ellas, como lo prometió su bendición patriarcal, presenciar la ministración de ángeles:

“Una vez vi a ángeles vestidos de blanco que caminaban encima del templo de [Kirtland]. Fue durante una de nuestras reuniones mensuales, cuando los santos estaban en el templo para adorar. Una niña pequeña vino a mi puerta y maravillada me llamó, exclamando: ‘¡La reunión está encima del centro de reuniones!’. Me fui a la puerta y allí vi los ángeles en el templo, vestidos de blanco, cubriendo el techo de principio a fin…

“Cuando los hermanos y hermanas llegaron a casa por la tarde, hablaron del poder de Dios que se manifestó en el templo ese día y de la profecía… Se dijo… ‘Que los ángeles descansaban encima de la casa’”. (Tullidge, Women of Mormondom, pág. 207.)

Otra vez en el Templo de Kirtland, Zina y su hermana Presendia escucharon a ángeles cantar:

“Mientras la congregación… oraba, ambas oímos, desde un rincón del cuarto sobre nuestras cabezas, un coro de ángeles que cantaban hermosamente. Eran invisibles, pero miríadas de voces angelicales parecían estar unidas en el canto de alguna canción de Sión, y su dulce armonía llenó el templo de Dios”. (Tullidge, Women of Mormondom, pág. 208.)

Cuando el profeta José Smith reveló que los santos debían dejar Kirtland e ir a Misuri, la familia de Zina dejó todas sus posesiones. De este cambio, Zina dijo: “Nos dejó desnudos como una oveja esquilada”. En 1839, la familia se mudó Commerce, Illinois, donde la familia entera enfermó con cólera:

“En los próximos días, fueron arruinadas nuestras posibilidades, nuestra madre muerta, todos nosotros enfermos y nuestras cosechas echándose a perder, asfixiadas por las malas hierbas… Nadie asistió al funeral [de nuestra madre], excepto John y William. Estaba tan enferma que casi no me daba cuenta de nada… Estábamos en condiciones pésimas y no había nadie que se lamentara por nosotros, excepto Dios y Su profeta …

Durante un tiempo, Zina estaba inconsolable con la muerte de su madre. Y luego otra experiencia espiritual confirmó su fe. Cuando caminaba por la sala, con el corazón casi roto con soledad, oyó la voz de su madre:

“Zina, cualquier marinero puede navegar en un mar liso, cuando las rocas aparezcan, navega a su alrededor”.

Zina exclamó:

“Oh, Padre Celestial, ayúdame a ser un buen marinero, que mi corazón no se quebrante en las rocas de la aflicción”.

Una dulce paz embargo el alma de Zina, y nunca más dio lugar a tal pesar desgarrador.

(“Mother”, The Young Woman’s Journal, enero de 1911, pág. 45.)

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Genevieve Johnson Van Wagenen

“Nunca olvidaré una reunión sacramental en el Barrio 1 de Provo. Tenía unos doce años de edad entonces. El apóstol Melvin J. Ballard era el discursante y compartió su testimonio. Verdaderamente fue una experiencia espiritual. Su testimonio le encantó al público. Habló de ver al Salvador. Lloró cuando contó cómo el Salvador le tomó en Sus brazos, y lo besó, lo abrazó y lo bendijo. Y cuando el apóstol Ballard besó los pies del Salvador vio las marcas de los clavos.

“Me senté embelesada y cautivada, porque yo realmente sentí el Espíritu del Señor en la reunión. El apóstol Ballard era un maravilloso solista. Después de hablar, cantó ‘Yo sé que vive mi Señor’. Las lágrimas caían por sus mejillas mientras cantaba y por las mías también. Me sentí muy cerca de mi Salvador. Yo sabía que su testimonio era verdadero. Deseaba vivir para que también pudiera estar en la presencia de mi Salvador”.

—Genevieve Johnson Van Wagenen

El élder Melvin J. Ballard escribió la experiencia como sigue:

“Recuerdo una experiencia que tuve hace dos años y que testificó a mi alma la realidad de Su muerte, de Su crucifixión y de Su resurrección; fue algo que nunca olvidaré. Se las cuento esta noche, jóvenes y señoritas, no con el espíritu de vanagloriarme, sino con un corazón y un alma agradecidos porque sé que Jesús vive, que gracias a Él los hombres pueden lograr la salvación y que no podemos pasar por alto esta bendita dádiva que nos ha otorgado como el medio para aumentar nuestro grado de espiritualidad, y como preparación para llegar a Él y ser justificados.

“Yo estaba trabajando en la obra misional en la reservación india Fort Peck… y una noche tuve una visión en la que me encontraba en aquel sagrado edificio, el templo. Después de mucha oración y regocijo, se me informó que tendría el privilegio de entrar en uno de los cuartos para encontrarme con un glorioso Personaje. Al pasar por la puerta, vi, sentado sobre una plataforma elevada, al Ser más glorioso que mis ojos hayan visto jamás, o que yo hubiese podido concebir que existiera en todos los mundos eternos. Al acercarme para ser presentado, se puso de pie, caminó hacia mí con los brazos extendidos y, con una sonrisa, pronunció suavemente mi nombre. Así viviera un millón de años, jamás olvidaría Su sonrisa. Me tomó entre Sus brazos y me besó, me oprimió contra Su pecho y me bendijo hasta que sentí ¡como que se me derretía la médula de los huesos! Cuando hubo terminado, caí a Sus pies, y mientras los bañaba con mis lágrimas y besos, vi las marcas de los clavos en los pies del Redentor del mundo. El sentimiento que experimenté en la presencia de Aquel que tiene todas las cosas en Sus manos, de tener Su amor, Su afecto y Su bendición fue tal que si yo pudiera recibir aquello de lo cual apenas saboreé un poco, ¡daría todo lo que soy y todo lo que espero llegar a ser por volver a sentir lo que sentí aquella vez!”.

(Véase “Mujeres Jóvenes, Manual 3”, pág. 7.)


Lena Jensen

Mis queridas hermanas,

Tratemos de ser virtuosas. No hay nada que nos traerá una recompensa mayor que la virtud. Si somos virtuosas y puras en los ojos de nuestro Padre Celestial, Él derramará Sus bendiciones sobre nosotras. Decidamos en nuestra mente ser virtuosas y puras ante los ojos de nuestro Dios, para que cuando elijamos un compañero para la vida podamos ser para él una mujer virtuosa, aunque no podamos ofrecer otra cosa, porque la virtud es mejor que las riquezas.

Mis queridas hermanas, ¡cuán bendecidas somos si tan sólo vivimos como debemos! El Señor ha dicho que recibiremos aquello que pidamos con fe, pero, ¿cómo podemos tener fe si no vivimos de modo que el Señor pueda estar complacido con nosotras?, ¿y cómo puede estar el Señor complacido con nosotras si no somos virtuosas, puras y santas? Debemos cultivar las facultades que nuestro Padre Celestial nos ha dado para que cuando se nos llame para salir de esta etapa de acción, podamos dejar un buen nombre, digno de que ser recordado por mucho tiempo, y que Dios se pueden decir: ¡Bien, buen siervo y fiel, entra en mi gloria y vístete de rectitud! Que éste sea nuestro destino feliz, es la oración de su hermana y amiga,

Lena Jensen

The Young Ladies Advocate, editado por Mary A. Fletcher, con fecha el 31 de marzo de 1884 (Se ha añadido puntuación con propósitos de claridad).

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