¿Por qué me bauticé?

- Faustino López Requena

  • 7 de Septiembre de 2013

¿Quieres compartir la historia de tu conversión con otros miembros de la Iglesia? Puedes hacerlo enviando tu texto y fotografía a mi_liahona@yahoo.es

Mi padre, Faustino, era ateo (“es”, porque sigue vivo y sigue ateo a sus 92 años). Y me decía: Faustino, no hay Dios ni vida después de la muerte. Eso es lo que aprendió él de su padre, mi abuelo Faustino. Pero Faustino III no podía aceptar aquellas enseñanzas de Faustino I y Faustino II, porque desde niño sentía algo muy diferente, sin saber de dónde venían aquellos sentimientos tan ajenos al ambiente en el que se crió (los arrabales de Madrid), donde la lucha por mantener el cuerpo dejaban poca energía para cuidar del espíritu.

La pobreza hizo que mis padres me inscribieran en un colegio barato, el de los Salesianos de San Blas, de Madrid, donde estudié desde los 12 a los 15 años. Allí me confirmaron que sí hay Dios, y también una vida después de la muerte. Y no sé qué fue peor, si la nada de mi padre o el infierno de los otros padres. Los ejercicios espirituales que hacíamos todos los años me hundían cada vez más en la angustia, sabiendo que cuando yo fuera al cielo, sería un testigo eterno del sufrimiento de mi padre (y creo que de toda mi familia) en el fuego del infierno. Aquel “cielo” se había convertido en una pesadilla.

Y en esas angustias viví, buscando por todas partes un Dios y un cielo diferentes, hasta que en octubre de 1970 (yo tenía 19 años), un compañero de “Preu” me llamó para decirme que había encontrado a dos misioneros mormones, y que había reunido a un grupo de estudiantes amigos para escuchar su mensaje. Me dijo: “Como sé que tú eres una persona religiosa, he pensado que quizá estarías interesado” (todavía no sé por qué supo que yo era religioso, porque no recuerdo que habláramos de religión cuando compartíamos las aulas de la Academia Dobao-Díaz Guerra, de Goya)..

Y en una pensión de la calle Rufino Blanco, cerca de la Plaza de Manuel Becerra, me encontré entre los demás estudiantes, escuchando el mensaje de dos jóvenes estadounidenses, de camisa blanca y semblantes luminosos: Eran los Élderes Hall y Bunnell.

Sentí algo que jamás había sentido, y era como si una voz me dijera: “Aquí tienes tu respuesta”. Aquellos compañeros estudiantes se cansaron enseguida, y me dejaron solo con los misioneros. Allí empezó la aventura más importante de mi vida.

Al Élder Hall lo trasladaron a Barcelona y llegó otro misionero para sustituirlo: el Élder Jackson.

Los Élderes Bunnell y Jackson fueron, pues, mis misioneros, desde octubre de 1970 hasta enero de 1971, en que me bauticé. Esos meses fueron para mí días gloriosos, en los que descubrí al Dios Padre y su Plan de Salvación y Felicidad, dejando por fin atrás al Dios justiciero y cruel que era indiferente al sufrimiento de muchos de sus hijos que se quemaban sin remisión eternamente en el infierno.

En aquella pensión estaba hospedado un joven asturiano, con el que hablaba sobre los misioneros y su mensaje. Durante el tiempo en que investigué la Iglesia, también nos encontrábamos en la capilla de Guzmán el Bueno. Aquel joven se llamaba Marcelino Fernández-Rebollos Suárez. Por tanto, puedo decir que, después de los misioneros, a la primera persona de los que son miembros de la Iglesia hoy que conocí fue a Marcelo.

En mis conversaciones con él, me daba cuenta de que, por diferentes razones, no era fácil para él aceptar el mensaje de los misioneros; pero venció todos los obstáculos y me dio una gran alegría el día que me dijo que había decidido bautizarse, dándome un testimonio de su valentía. ¡Gracias, Marcelo, por tu ejemplo en aquella época en que yo necesitaba amigos que me ayudaran a adaptarme a un nuevo mundo!

En una de las reuniones, “la Tía Lola”, como la llamaban, se me acercó y me dijo: “Ven, que te voy a presentar a mi sobrina”. Y me presentó a Marisol, que durante años fue una amiga muy importante para mí en aquella época. La casa de Marisol fue un lugar de encuentro para los jóvenes de la época. En mi caso, porque yo vivía cerca de ella. Y vecina de Marisol había otra joven que fue, y sigue siendo para mí, otra de mis amigas del alma de aquella época: Merche.

Curiosamente, ellas vivían cerca de la Parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, junto a la Cruz de los Caídos, donde me bautizaron a mí, y donde fui a misa todos los domingos durante años (yo solo).

La hermana Barnes, Merche, Faustino y Marisol, junto a la capilla de Guzmán el Bueno. Días felices que nunca olvidaré.

Después vino Arturo Torres, otro gran amigo de aquellos tiempos felices. Y Antonio Llorente, que me confirmó miembro de la Iglesia, y Paco Ovejero, con su alegría, y con su coche, con el que recorrimos toda España, fortaleciendo a los hermanos, como miembros que éramos del Consejo de la Misión.

Gracias a todos.