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Que siempre estemos embarcados en la obra del Señor

- Por la hermana Neill F. Marriott, de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

  • 22 octubre 2013

Los jóvenes pueden participar en “la obra del Señor” en sus hogares y barrios, a medida que se relacionan unos con otros.  © por IRI.

En su discurso final en la reciente conferencia general, el presidente Thomas S. Monson pidió a los miembros de la Iglesia que “siempre estemos embarcados en la obra del Señor” (“Hasta que nos volvamos a ver”).

¿Cuál es la “obra del Señor”? Sabemos que la obra en general del Señor es “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Es la obra de salvación, no sólo para nosotros y para los hijos de Dios aquí en la tierra, sino también para aquellos que han muerto sin el Evangelio.

Si estamos embarcados en la obra del Señor, traeremos salvación a nuestras propias almas. Doctrina y Convenios 4:4 nos promete, “pues he aquí, el campo blanco está ya para la siega; y he aquí, quien mete su hoz con su fuerza atesora para sí, de modo que no perece, sino que trae salvación a su alma”.

Hace algunos años, con el fin de “meter mi hoz”, tuve la oportunidad de compartir el Evangelio. Mi presidente de estaca había invitado a la estaca a compartir el Libro de Mormón con otras personas. Decidí que daría un Libro de Mormón a una persona durante mi siguiente viaje a Luisiana; quería informar de mi obediencia al presidente de estaca. En el avión, me senté al lado de una joven con quien conversé durante todo el vuelo. Cuando fue obvio para mí que ella no era miembro de la Iglesia, pensé: “¡Ajá! Aquí está mi historia de éxito para el presidente de estaca”. Cuando empezamos el descenso saqué de mi bolso un Libro de Mormón, en el cual había estado pensando incesantemente. Le dije con amabilidad: “Me gustaría darle un Libro de Mormón”. Inmediatamente la joven puso las manos delante de su rostro y dijo en voz alta, “¡NO!”. ¡Me sorprendió! ¡Qué vergüenza! Rápidamente puse las Escrituras en mi bolso y dije: “Oh, bueno, es realmente un buen libro”. Ella contestó con firmeza: “No necesito eso”. El avión aterrizó y me alejé lo más rápido posible.

¿Qué había hecho mal? Muchas cosas. Al reflexionar sobre la situación, era obvio que no había seguido el consejo dado en Doctrina y Convenios 4:5: “Y fe, esperanza, caridad y amor, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, lo califican para la obra”. Carecía de cualidades, tanto que no existían en mí. A pesar de que tenía fe y esperanza, mi caridad y amor por la persona que se sentó a mi lado no se desarrollaron, ya que la consideré una oportunidad para mi éxito misional. Mi mira no estaba puesta únicamente en la gloria de Dios, sino en la esperanza de obtener un logro personal. En pocas palabras, mis objetivos “misionales” fueron egoístas, así que el Espíritu no estaba presente.

En la conferencia de octubre, el élder S. Gifford Nielsen nos dio un “plan de juego” en cuanto a cómo llevar a cabo la obra. “Oren pidiendo específicamente que cada día puedan hacer que alguien se acerque más al Salvador y a Su evangelio… Todos los días oren, por nombre, por los misioneros que prestan servicio en su área y por los investigadores que ellos tengan… Inviten a un amigo a una actividad” (“¡Apresuremos el plan de juego del Señor!”). El élder M. Russell Ballard nos instó a “arrodillarnos en oración y pedir al Señor que [nos] bendiga con oportunidades misionales”. Las oportunidades llegarán y fluirán como resultado natural de nuestro amor por los demás. “Simplemente sean positivos, y las personas con las que hablen sentirán su amor” (“Confíen en el Señor”, Conferencia General de octubre de 2013).

¿Cómo la juventud puede estar embarcada en la obra del Señor? Pueden interactuar todos los días con sus compañeros en la escuela, con sus familiares, sus amigos y otras personas. El “interactuar” a diario con los demás puede contribuir fuertemente a la obra del Señor si se hace con fe y “la mira puesta únicamente en la gloria de Dios”.

No olviden que los jóvenes de la Iglesia tienen mucha destreza con la tecnología y pueden ser una fuerza poderosa en la obra del Señor al utilizar los recursos en línea para buscar y encontrar los registros de sus antepasados. La historia familiar proporciona oportunidades misionales que se pueden realizar en nuestros hogares.

El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, nos recordó: “Cuando ustedes fueron bautizados, sus antepasados los contemplaron desde el mundo de los espíritus con esperanza. Quizás, al cabo de siglos, se regocijaron al ver a uno de sus descendientes hacer el convenio de buscarlos y de brindarles la libertad. Cuando se reúnan con ellos, verán en sus ojos ya sea gratitud o una terrible desilusión. El corazón de ellos está ligado a ustedes y su esperanza está en las manos de ustedes” (“Teniendo entrelazados sus corazones”, Liahona, mayo de 2005, pág. 80).

Ya sea en un avión, en una capilla, en los pasillos de la escuela o con una computadora al hacer historia familiar “siempre estemos embarcados en la obra del Señor” y llevemos almas a Él.