La hermana McConkie comparte su amor por el templo

- Por Marianne Holman, redactora de Church News

  • 9 julio 2013

La hermana Carol F. McConkie, primera consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes, junto a su esposo, Oscar W. McConkie III.  Foto por Ravell Call, Deseret News.

“Disfrutamos del Espíritu a medida que somos dignos de entrar al templo. Esa es la clave para nuestras jovencitas y para todos nosotros”. —Carol F. McConkie, de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Desde chica, Carol Foley McConkie sintió un “gran anhelo por el templo”. Ese ha sido el enfoque que ha guiado a la nueva primera consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes en sus acciones a lo largo de su vida.

Nació el 23 de abril de 1952, en Spokane, Washington; es hija de Williams y Joanne W. Foley. Cuando era pequeñita, los misioneros tocaron a la puerta de sus padres en Wilmington, Delaware, y dieron a conocer el Evangelio a su familia.

Sus padres aceptaron de todo corazón las enseñanzas del Evangelio y se bautizaron seis meses más tarde.

“Sintieron el Espíritu y se convirtieron profundamente”, dijo ella. “Eran firmes en su compromiso y en su fe incipiente, y mis hermanos y yo estamos tan agradecidos por ello. El mejor regalo que mis padres nos dieron fuera de la vida misma es el evangelio de Jesucristo y estamos eternamente agradecidos a ellos”.

De niña, tuvo la memorable experiencia de atravesar el país en tren con su familia para sellarse en el Templo de Manti, Utah.

“Fue una experiencia muy dulce”, contó. “Recuerdo cuánto significó para mi familia. Fue una magnífica experiencia y, a pesar de que yo era muy joven, recuerdo los sentimientos que tuve al estar vestida de blanco y rodeada de la belleza de ese día. Esa experiencia me hizo desear por primera vez que el templo siempre estuviera en mi vida”.

Cuando tenía 13 años, los padres de la hermana McConkie decidieron mudarse con su familia a Arizona. Fue durante sus años de adolescencia que la hermana McConkie aprendió la importancia de asistir a las reuniones de la Iglesia, orar y escuchar al Espíritu.

Mediante las lecciones de una líder fiel de las Mujeres Jóvenes, la hermana McConkie aprendió sobre el templo y obtuvo un testimonio de él, de las familias eternas y el matrimonio celestial, todo mientras sus padres estaban pasando por un divorcio.

“Vi su ejemplo de la manera en que vivía y su relación con su esposo y con sus hijos y el tipo de matrimonio que tenían. Su ejemplo era todo para mí y deseaba ser como ella. Sabía que, a pesar de que no era lo que yo estaba presenciando en mi hogar, era lo que deseaba”.

Ese enfoque en el templo ha guiado toda su vida y se ha convertido en un faro de esperanza en tiempos de pruebas mientras ella y su esposo criaban a su propia familia.

Durante años, la hermana McConkie había planeado estudiar en Utah, pero al orar acerca de adónde ir a la universidad se sentía algo inquieta respecto a irse de Arizona.

Un grupo de hombres jóvenes y mujeres jóvenes de la estaca Bloomington, Utah, se reúnen en los jardines del Templo de St. George, Utah, después de efectuar bautismos y confirmaciones por sus antepasados.

A pesar de que no entendía exactamente por qué tenía que quedarse en Arizona, dijo que “sabía que estaba siguiendo al Espíritu, y sabía que estaba tratando de hacer lo correcto y escuchar lo que el Señor me estaba diciendo mientras buscaba las respuestas a mis oraciones”.

En ese momento, su futuro esposo, Oscar Walter McConkie III, acababa de regresar a casa de su misión en Madrid, España. Mientras estaba orando, él recibió la impresión de irse a vivir con su familia a la casa de misión.

Durante su primer día de clase en la Universidad Estatal de Arizona conoció a Carol Foley. Salieron en citas y se casaron el 22 de diciembre de 1973, en el Templo de Mesa, Arizona; tienen siete hijos. La hermana McConkie obtuvo su licenciatura en educación del idioma inglés.

“El templo realmente ha sido el centro de nuestro matrimonio y de nuestra vida”, dijo la hermana McConkie. “Nos casamos y nuestro apartamento quedaba justo frente al templo. Podíamos mirar por la ventana del frente cada noche y ver la luz que irradiaba del Templo de Mesa”.

Aunque ya no viven directamente en frente de un templo, la familia McConkie ha tratado siempre de mantener el templo cerca de ellos y llevar una vida digna de asistir al mismo.

Ese es el mismo enfoque que la hermana McConkie lleva con ella al comenzar su nuevo llamamiento.

“Es el Espíritu del Señor que nos da el poder para ser testigos y nos da las palabras que debemos decir y cómo decirlo y la oportunidad de influir para bien”, dijo la hermana McConkie. “Realmente nos llega al hacer convenio cada semana en la ordenanza de la Santa Cena para que siempre podamos tener el Espíritu del Señor. Disfrutamos del Espíritu a medida que somos dignos de entrar al templo. Esa es la clave para nuestras jovencitas y para todos nosotros”.