Punto de vista: Cristo está en el centro de nuestra vida

  • 7 diciembre 2012

“La Navidad es lo que nosotros hacemos de ella. A pesar de todas las distracciones, podemos asegurarnos de que Cristo sea el centro de nuestra celebración. Si no lo hemos hecho ya, podemos establecer tradiciones navideñas para nosotros y para nuestra familia que nos ayuden a captar y mantener el Espíritu de Cristo”. —Presidente Thomas S. Monson

En una familia una de las historias favoritas llenas de humor durante la Navidad trata de una anciana tía que como tradición enviaba a cada niño una tarjeta con $10. Un año, con el apuro, se le olvidó incluir el dinero. Cada niño recibió una tarjeta vacía en la había una nota escrita a mano: “Ve y cómprate un regalo”.

La historia es divertida porque, sin los $10, la nota tenía un significado totalmente diferente al que pretendía la tía.

Lamentablemente, la historia tiene una aplicación mayor para la gente en general, pero en un sentido opuesto. Al concentrarnos demasiado en los regalos materiales, podemos fácilmente cambiar el significado de la Navidad en maneras que nunca fueron nuestra intención.

La tradición navideña de dar puede ser un poderoso recordatorio de los dones que Jesucristo ha dado al mundo: el arrepentimiento, la resurrección y un camino de regreso a nuestro Padre Celestial. Las Escrituras dejan bien claro que el Salvador logró esto por medio de mucha tribulación, sacrificio y sufrimiento indescriptible, y que decidió hacerlo de forma voluntaria, mucho antes de que comenzara el mundo.

Abraham describe la escena en la que se dio a conocer el plan de salvación y se presentó el concepto de un Salvador.

“Y el Señor dijo: ¿A quién enviaré? Y respondió uno semejante al Hijo del Hombre: Heme aquí; envíame” (Abraham 3:27).

Moisés también lo describe, dejando en claro que Jesús nos salvó no sólo del pecado, sino también del deseo de Satanás de privarnos de nuestro albedrío.

“Y yo , Dios el Señor, le hablé a Moisés, diciendo: Ese Satanás, a quien tú has mandado en el nombre de mi Unigénito, es el mismo que existió desde el principio; y vino ante mí, diciendo: Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra.

“Pero, he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y mi Escogido desde el principio, me dijo: Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:1–2).

Esta increíble disposición a realizar un acto tan extraordinario de amor debe ser la esencia de cualquier celebración conmemorativa de la Navidad. El regalo que Jesús dio el mundo por medio de su Expiación se puede discernir sólo mediante el Espíritu. “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha dado”, escribió el apóstol Pablo (1 Corintios 2:12).

No podemos devolver este regalo. Todo lo que se nos pide es obedecer los mandamientos y de buena gana prestarnos servicio unos a otros.

Puesto en este contexto, la actitud frenética de cada año de comprar el último aparato o actuar agresivamente y de manera descortés para conseguir los artículos rebajados con existencias limitadas, parece que está lejos del enfoque apropiado. También ocurre lo mismo con la práctica de algunas personas, de contraer deudas para comprar regalos que no pueden permitirse.

No hay nada malo en obsequiar regalos que se hayan comprado en las tiendas y que se den con amor y que estén dentro de las posibilidades de cada uno. Pero para una gran parte del mundo, la Navidad se ha convertido en el centro de posesiones mundanas, en lugar de una celebración del nacimiento de Aquel que nos salvó del mundo.

En el reciente Devocional de Navidad, el presidente Thomas S. Monson dijo: “Ustedes y yo hemos visto, durante los últimos días y semanas, lo que ha convertido en los últimos años la comercialización anual de Navidad. Me entristece ver que la Navidad se trata cada vez menos de Cristo y cada vez más de la comercialización, las ventas, las fiestas y los regalos.

“Sin embargo, la Navidad es lo que nosotros hacemos de ella. A pesar de todas las distracciones, podemos asegurarnos de que Cristo sea el centro de nuestra celebración. Si no lo hemos hecho ya, podemos establecer tradiciones navideñas para nosotros y para nuestra familia que nos ayuden a captar y mantener el Espíritu de Cristo” (Devocional de Navidad de la Primera Presidencia, 4 de diciembre de 2011).

En el mismo devocional, el presidente Henry B. Eyring, primer consejero de la Primera Presidencia, dijo: “Los villancicos de Navidad nos recuerdan el regocijo que sentimos cuando supimos que vendríamos al mundo y que se nos daría un Salvador para redimirnos. Algún día los cantaremos con las huestes celestiales”.

Y el presidente Dieter F. Uchtdorf, segundo consejero de la Primera Presidencia, dijo: “Mi corazón se enternece y se llena de calidez al pensar en las dádivas que nuestro amoroso, bondadoso y generoso Padre Celestial nos ha dado: el indescriptible don del Espíritu Santo, el milagro del perdón, la revelación y la guía personales, la paz del Salvador, la certeza y el consuelo de que se ha conquistado la muerte, y muchas, muchas más”.

La tía olvidadiza sin querer dio en el punto clave. Una celebración significativa de la Navidad es algo que sólo podemos hacer por nosotros mismos. Una vez que se haya logrado, sin embargo, puede iluminar el camino para todos aquellos que nos rodean.