Punto de vista: ¿Temor o fe?

  • 18 enero 2013

“Es bueno sentarse y entrar en comunión con uno mismo, llegar a comprenderse y decidir en ese momento de silencio cuál es su deber hacia la familia, la Iglesia, la patria y… los semejantes”. —Presidente Thomas S. Monson

En el diccionario bíblico Bible Dictionary dice: “La primera consecuencia del pecado de Adán fue que tuvo miedo (Génesis 3:10). El pecado destruye el sentimiento de confianza que un hijo de Dios debe sentir en un amoroso Padre; por el contrario produce un sentimiento de vergüenza y culpabilidad. Desde la Caída, Dios ha enseñado a los hombres a no temer, pero con la penitencia de pedir perdón con plena confianza de que lo recibirán” (Bible Dictionary, “Fear”).

Una de las cosas más hermosas del Evangelio es la paz. Si somos humildes, nos arrepentimos y obedecemos los mandamientos, no debemos temer.

Pero ¿qué hay de los pasajes de las Escrituras que nos dicen que debemos temer a Dios? Hay ejemplos de todos los libros canónicos. “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor” (Salmos 2:11). “Y respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condenación?” (Lucas 23:40). “Y ahora bien, amados hermanos míos, quisiera que recordaseis estas cosas, y que labraseis vuestra salvación con temor ante Dios; y que no negaseis más la venida de Cristo” (Alma 34:37). “Porque así dice el Señor: Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin” (D. y C. 76:5). “El temor del Señor cayó sobre todas las naciones, por ser tan grande la gloria del Señor que cubría a su pueblo” (Moisés 7:17).

Una vez más, el diccionario bíblico aclara la diferencia entre los dos temores que se mencionan en la Biblia: “Debe tenerse cuidado y hacer una distinción entre los dos usos diferentes de esta palabra. A menudo se habla del ‘temor de Jehová’…; también se describe como el temor del Señor… En esos pasajes temor equivale a reverencia, respeto, adoración y, por eso, es una parte esencial de la actitud mental que debemos tener para con el Dios Santísimo. Por otro lado, se habla del miedo como algo indigno de un hijo de Dios, algo que ‘el perfecto amor echa fuera’”.

“El temor es lo opuesto a la fe”, dijo el presidente Boyd K. Packer en la Conferencia General de abril de 2004. “Si la verdadera doctrina se entiende, ello cambia la actitud y el comportamiento. El estudio de la doctrina del Evangelio mejorará el comportamiento de las personas más fácilmente que el estudio del comportamiento humano” (véase “No temáis”, Liahona, mayo de 2004, pág. 79).

El presidente Thomas S. Monson enseñó: “¿Cómo hallamos la fe?… Es bueno sentarse y entrar en comunión con uno mismo, llegar a comprenderse y decidir en ese momento de silencio cuál es su deber hacia la familia, la Iglesia, la patria y… los semejantes” (“Honor Thy Father and Thy Mother”, charla fogonera para catorce estacas de BYU, 3 de diciembre de 1978).

Hablando sobre la necesidad de tener fe para formar una familia en los últimos días, el élder Quentin L. Cook, del Quórum de los Doce, dijo: “Sé que muchos están preocupados por la crianza de sus hijos en estos tiempos difíciles y de aumentar la fe de ellos. Cuando mi esposa y yo íbamos a comenzar una familia en el área de la Bahía de San Francisco, teníamos la misma preocupación. En un momento crítico, el élder Harold B. Lee, que en ese entonces era miembro de los Doce, aconsejó a los miembros de nuestra estaca que podíamos criar a nuestros hijos en rectitud si:

“1. Seguíamos al profeta.

“2. Establecíamos el verdadero espíritu del Evangelio en nuestro corazón y en nuestro hogar.

“3. Éramos una luz entre los que vivían a nuestro alrededor.

“4. Centrábamos nuestra atención en las ordenanzas y los principios que se enseñan en el templo” (“Vivan por fe y no por cobardía”, Liahona, noviembre de 2007, pág. 72).

Las consecuencias del miedo pueden literalmente evitar que avancemos. El temor como una herramienta del adversario puede detener nuestro progreso. Puede privarnos de la educación, la experiencia y el destino. El temor puede mantenernos toda la noche en vela, pero la fe nos proporciona una cama cómoda y relajante, una cobija y una almohada. Pablo, mientras se encontraba en Roma, escribió a Timoteo estas palabras: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor, y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).

Al describir el sentimiento de temor que inundaba su vecindario cuando era niño a causa de enfermedades como varicela, sarampión y paperas, el presidente Packer dijo: “No podíamos ponernos barreras dentro de casa ni quedarnos escondidos para evitar esos espantosos contagios. No teníamos más que ir al colegio, o al empleo y a la Iglesia: ¡a la vida!” (“No temáis”, pág. 78).

El fracaso en llevar a cabo nuestra misión en la vida a causa del temor es real. Debemos estar siempre alerta para seguir adelante cuando el Espíritu nos dirige hacia lo desconocido. La única manera de vencer un miedo es pasando por él. No sirve de nada pasarle al lado, ni arriba ni abajo. El presidente Monson dijo: “No importa qué llamamiento tengamos, no importa qué temores o ansiedades tengamos, oremos y después vayamos y actuemos, recordando las palabras del Maestro, a saber Jesucristo, que prometió: ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’ (Mateo 28:20)”.

“¿Quién de nosotros puede decir que no ha sentido temor?”, escribió el presidente Gordon B. Hinckley en la revista Liahona de febrero de 1985. “No sé de nadie que se haya salvado completamente de esto. Algunas personas, por supuesto, experimentan el miedo a un nivel mucho más alto que otras. Algunos son capaces de elevarse por encima de él con rapidez, pero otros quedan atrapados, son derribados por él y vencidos. Sufrimos temor al ridículo, temor al fracaso, temor a la soledad, temor a la ignorancia. Algunos le temen al presente, otros al futuro. Algunos llevan la carga del pecado y darían casi cualquier cosa por librarse de esas cargas, pero temen cambiar su vida. Reconozcamos que el temor no viene de Dios; más bien, este elemento corrosivo y destructivo viene del adversario de la verdad y la rectitud. El temor es la antítesis de la fe. Es corrosivo en sus efectos, que llegan a ser mortales” (véase “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía”, Liahona, febrero de 1985, pág. 21).

José Smith experimentó algunas de las pruebas más grandes que cualquier persona jamás haya experimentado en esta dispensación. Podríamos suponer que el temor debe de haber sido su compañero constante; sin embargo, se le ha citado con las palabras que pronunció a su primo George A. Smith: “Nunca se desanimen. Si estuviera hundido en los pozos más profundos de Nueva Escocia, con las montañas rocosas apiladas sobre mí, resistiría, ejercitaría la fe, mantendría el valor, y llegaría a la cima” (en John Henry Evans, Joseph Smith, an American Prophet, 1946, pág. 9).

El presidente Monson dijo: “Escojamos acumular en nuestro interior un gran poder proveniente de la fe que será nuestro más eficaz baluarte contra los designios del adversario; una fe verdadera, la clase de fe que nos mantendrá en pie” (“The Three R’s of Choice”, devocional dado en BYU, 5 de noviembre de 1963).