Punto de vista: Tomar decisiones

  • 21 noviembre 2012

“Cada uno de nosotros ha venido a esta tierra con todos los medios necesarios para tomar decisiones correctas”. —Presidente Thomas S. Monson, presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Existen esos raros momentos cuando una fotografía de deportes se convierte en una imagen trascendente.

Consideren la clásica fotografía en blanco y negro de un joven Mohammed Ali de pie junto a Sonny Liston en el suelo, a quien acababa de ganar; la foto de Lou Gehrig con su enfermedad terminal despidiéndose con elegancia dentro del estadio de los Yankees lleno de gente; o, tal vez, la imagen del veloz Michael Jordan corriendo y saltando hacia la canasta

Hay otra fotografía, menos conocida que las de deportes, que pertenece a esa colección inmortal. Esta fotografía capta a un par de jugadores de softball de un colegio universitario que toman la decisión correcta en un momento decisivo en un juego importante. Los nombres de los atletas en la foto no les resultarán familiares a la mayoría de los seguidores de deportes, pero las acciones de esas mujeres jóvenes enseñan una lección eterna.

El 26 de abril de 2008, Sara Tucholsky, estudiante de último año en el equipo de softball de la Universidad de Oregón del Oeste, entró en el cajón del bateador durante las primeras entradas del juego contra el rival Central Washington. La competencia era importante para ambos equipos. Se arriesgaban a perder la oportunidad de jugar en las eliminatorias.

Sara, una jugadora de baja estatura, golpeó la pelota con tal destreza que fue a parar por encima de la valla izquierda del campo. Entonces sucedió lo inesperado. Sara por error, no tocó la primera base durante su primera carrera por el paso hacia la base. Cuando volvió para tocar la bolsa, pisó mal, lo que ocasionó que se desgarrara un ligamento principal de la rodilla derecha.

Sara cayó al suelo en medio de un gran dolor, y era incapaz de seguir la carrera que se requería alrededor de las bases. Sus compañeras de equipo no podían hacer nada para ayudarla. Los árbitros, que malinterpretaron la reglas del juego en un momento tan extraño, declararon que se sancionaría a Sara si llamaba a alguien de su equipo para ayudarla a terminar las bases. Si lo hiciera, no se contaría su carrera.

Pero no se dijo nada que prohibiera recibir ayuda de una jugadora del equipo contrario. Sin dudarlo, la jugadora de primera base del Central Washington, Mallory Holtman, quien se enfrentaba a su último juego en el equipo si perdían, escogió ayudar a su oponente para que consiguiera los puntos que se había ganado en toda justicia. Mallory, junto con su compañera Liz Wallace, tomaron con cuidado a Sara y la llevaron a lo largo del paso hacia la base. Se detuvieron en cada bolsa, desde la primera base hasta el plato de home, para que Sara pudiera tocar las bases de conformidad con las reglas.

Era el primer home run de su carrera universitaria.

“Gracias, chicas”, dijo Sara con alivio y gratitud.

“Mandaste la pelota por encima de la valla”, respondió Mallory. “Te lo mereces”.

El equipo de Sara siguió hasta ganar el partido y el Central Washington no avanzó a las eliminatorias. Un reportaje del partido en la revista Sports Illustrated señaló que Mallory, una ferviente contrincante, lloró después de perder.

Un fotógrafo aficionado tomó por sorpresa lo que se cree que es la única imagen de las tres jóvenes y su trayectoria compartida por la línea de bases (esa foto ha aparecido en miles de vallas de publicidad para promover el espíritu deportivo). El video clip que hizo uno de los padres de una jugadora con referencia a la inspiradora trayectoria hasta el home run se publicó en YouTube. Ha registrado casi 700.000 visitas.

¿Quién habría imaginado que un juego de softball entre dos pequeños colegios universitarios ofrecería un momento imperecedero de buena voluntad que se celebraría en todo el mundo? ¿Por qué parecía que las acciones espontáneas y desinteresadas de un par de jóvenes atletas impresionara a tantas personas?

Tal vez haya una apreciación natural, incluso divina para aquellos que hacen lo correcto, una afirmación consoladora que viene simplemente de hacer lo recto. El albedrío para tomar esas decisiones es un don de Dios.

“Cada uno de nosotros ha venido a esta tierra con todos los medios necesarios para tomar decisiones correctas”, dijo el presidente Thomas S. Monson durante la Conferencia General de octubre de 2010. “El profeta Mormón nos dice: ‘…a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal’”.

El Salvador ejerció el albedrío y desinteresadamente escogió ofrecer Su vida perfecta para ayudar a cada uno de nosotros a romper las cadenas del pecado y la muerte. Y mediante Su vida perfecta, Él nos enseñó que cuando escogemos hacer lo correcto, se preserva nuestro albedrío y nuestras oportunidades aumentan.

En su discurso “El albedrío: Esencial para el plan de la vida”, dijo el élder Robert D. Hales, del Quórum de los Doce Apóstoles: “Job perdió todo lo que tenía, pero eligió permanecer fiel y ganó las bendiciones eternas de Dios. María y José eligieron seguir la advertencia de un ángel de huir a Egipto, y se preservó la vida del Salvador. José Smith eligió seguir las instrucciones de Moroni y tuvo lugar la Restauración, como se había profetizado. Cada vez que escogemos venir a Cristo, tomar Su nombre sobre nosotros y seguir a Sus siervos, progresamos a lo largo del sendero a la vida eterna.

“En nuestra jornada terrenal, es útil recordar que lo opuesto es también verdadero: Cuando no guardamos los mandamientos ni los susurros del Espíritu Santo, se reducen nuestras oportunidades; nuestras facultades para actuar y progresar disminuyen”.

En su discurso durante la Conferencia General de octubre de 2011, el élder Randall K. Bennett, de los Setenta, sugirió cuatro preguntas que nos pueden ayudar a evaluar nuestras decisiones y sus consecuencias.

  • ¿Busco orientación divina mediante el estudio de las Escrituras, meditándolas y orando a diario?
  • ¿Escojo seguir el consejo de los profetas vivientes de Dios?
  • ¿Busco la guía del Espíritu Santo a diario en lo que escojo pensar, sentir y hacer?
  • ¿Busco constantemente la forma de ayudar, servir o ayudar a rescatar a otras personas?

Que cada uno de nosotros sea guiado en nuestras decisiones.