Un samaritano de los Últimos días

Merlin R. Lybbert


“Debemos estar cerca de esos hermanos y hermanos menos activos para llegar a ser sus verdaderos amigos y apoyarlos y ayudarles mientras sanan espiritualmente.”

Mis queridos hermanos y hermanas, mi alma esta llena de un profundo agradecimiento al reunirnos esta tarde a adorar. En nombre de los miembros de la Iglesia en Asia, donde estamos sirviendo en la actualidad, hago llegar el amor de ese pueblo al presidente Benson y a los demás lideres a quienes ellos conocen, y a todos los miembros de la Iglesia en todas partes del mundo. Es un gozo servir entre ellos.

También expreso mi amor y agradecimiento a mi familia y a mis ancianos padres por su constante apoyo.

Cuando me veo a mi mismo ante la enormidad de la obra que tenemos por delante, me invade un enorme sentimiento de humildad . He llegado a darme cuenta de que la obra de la salvación del genero humano va mas allá de la capacidad humana: Es en verdad la obra de Dios.

Una de las parábolas mas conocidas del Salvador es la historia del “Buen samaritano”. De acuerdo con lo que relata Lucas, un interprete de la ley tentó a Jesús diciendo: “Maestro, ¿haciendo que cosa heredare la vida eterna?” (Lucas 10-25.)

En los tiempos del Nuevo Testamento un interprete de la ley equivalía a un escriba, que era por profesión un estudioso y maestro de la ley, incluso la ley escrita del Pentateuco y “las tradiciones de los élderes” (o Talmud).

Este hombre estudioso pensó que podía poner a prueba el conocimiento que tenia el Señor en cuanto a la ley, o demostrar el suyo. El Salvador

respondió con una pregunta: “¿Que esta escrito en la ley? ¿Cómo lees?” (Lucas 10:26.)

El erudito respondió: “Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo

“Y le dijo [Jesús]: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.” (Lucas 10:28.)

El Señor había hecho contestar la pregunta a la misma persona que la había hecho, para luego aconsejarle que viviera de acuerdo con aquello que el ya sabia. Sin embargo, el erudito no estuvo satisfecho con una respuesta tan sencilla. Lucas dice que el hombre, “queriendo justificarse a si mismo”, hizo otra pregunta al Señor: ¿Y quien es mi prójimo?” Y Jesús le contestó:

“Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le. despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.

“Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.

“Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de el, y viéndole, fue movido a misericordia;

“y acercándose, vendo sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de el.

“Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de mas, yo te lo pagaré cuando regrese.” (Lucas 10:30-35.)

Entendemos mejor esta parábola al recordar que la obra del ministerio en el templo estaba a cargo de la tribu de Leví y el deber del levita era ayudar al sacerdote en los servicios religiosos. De igual forma, la responsabilidad principal del sacerdote era servir de mediador entre su pueblo y Dios al representar a la gente en forma oficial en la adoración y en los sacrificios.

El pueblo de Samaria era una mezcla de israelitas y gentiles, y los judíos los despreciaban. Ni el sacerdote ni el levita quisieron ayudar al hombre medio muerto que estaba en necesidad y pasaron de largo. Fue el samaritano despreciado quien se compadeció de la persona herida. Con cuidado puso aceite en sus heridas, las desinfectó y las vendó, lo colocó sobre su propio animal y lo llevó a una posada donde lo cuidó durante la noche. Luego pagó para que lo cuidaran y le aseguró al posadero que le pagaría todo lo que gastara de mas.

El Salvador preguntó luego al erudito: “¿Quien, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?” (Lucas 10:36.)

El interprete de la ley estaba atrapado en su propia trampa, pero contestó en forma exacta: “El que usó de misericordia con el. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tu lo mismo” (Lucas 10:37).

Esta fue la segunda oportunidad en esta breve conversación en que el Salvador instruyó al interprete de la ley para que viviera de acuerdo con el conocimiento que tenia de los principios.

Supongo que la mayoría de nosotros se ha imaginado esta parábola como un ejemplo que requiere que ayudemos a una persona herida, aunque no la conozcamos, porque esta herida o enferma. La belleza de las parábolas del Señor esta en que pueden tener muchas aplicaciones, razón por la que el valor de lo que enseña es infinito. Me gustaría sugerir que los principios que se enseñan en esta parábola se aplicaran a la actualidad.

Hay muchos hijos de Dios con un espíritu herido o enfermo. Muchos de ellos una vez disfrutaron la hermandad que tenían con los miembros de la Iglesia, pero por una razón u otra ahora están al costado del camino. Son los menos activos entre nosotros. Por lo general sabemos quienes son y nos relacionamos con ellos en diferentes actividades, pero debido a que no están enfermos ni heridos físicamente, nosotros también hacemos a menudo el papel del sacerdote o del levita y “pasamos de largo”.

En esta parábola tan elocuente, Jesús mostró el contraste entre la reacción de dos religiosos respetados y un ciudadano despreciado de Samaria. Aquí existe por lo menos una muy pequeña similitud con un presidente del quórum de élderes, o un líder de grupo de sumos sacerdotes, o un miembro del obispado o un maestro orientador, y el hermano o hermana menos activo que se haya alejado de la Iglesia. Quizás nosotros no los despreciemos, pero a veces no les damos la importancia debida. Cada uno de nosotros puede ser un buen samaritano al tratar con compasión a esos hermanos y hermanas que han quedado a un lado.

Podemos vendar sus heridas espirituales brindándoles el servicio que necesitan, ungiéndoles con el aceite de la amistad y dándoles el bálsamo que cura el alma, que es el genuino amor de hermanos. Podemos llevarlos con nosotros a nuestros hogares y a la Iglesia, dedicarles el tiempo y la atención necesarios para hermanarlos con cariño. E1 buen samaritano pasó la noche cuidando a su amigo herido y permaneció con el hasta que supo que estaba en camino a la recuperación. De igual modo, nosotros debemos estar cerca de esos hermanos y hermanas menos activos para llegar a ser sus verdaderos amigos y apoyarlos y ayudarles mientras sanan espiritualmente.

Esta parábola también nos enseña que quizás sea necesario un poco de sacrificio e invertir nuestro tiempo y dinero. Este tipo de cuidado no se debe dar por obligación, sino de todo corazón. De hecho, aun el intérprete de la ley entendió el espíritu de la enseñanza del Señor al definir al prójimo como “el que usó de misericordia con ó1” (Lucas 10:37).

La mayoría de nosotros tiene a alguien que esta espiritualmente herido o enfermo, medio muerto a la orilla del camino , y que en forma desesperada necesita la ayuda de un buen hermano o hermana de la Iglesia, de un samaritano de los últimos días. Nuestro Profeta nos ha recordado en repetidas oportunidades que el rescatar a los menos activos es uno de los grandes desafíos de nuestro servicio.

Recuerdo una pequeña fábula que escuchó a través de un intérprete, narrada por un presidente de la Escuela Dominical en Hong Kong:

“Un pavo emprendedor reunió a toda la bandada y por medio de instrucciones y demostraciones les enseñó a volar. Toda la tarde disfrutaron graznando y volando, y se emocionaron ante los nuevos panoramas. Después de la reunión todos los pavos se fueron caminando a su casa.”

No es el conocimiento de los principios del evangelio lo que nos da las bendiciones del cielo, sino el vivirlos.

Ruego que cada uno de nosotros desarrolle un corazón receptivo y comprensivo que nos motive a buscar a aquel hermano o hermana menos activo y a ser realmente un buen samaritano de los últimos días. En el nombre de Jesucristo. Amen.