“Escogeos hoy a…”

Hans B. Ringger


“El Señor nos ha prometido quo si escogemos su camino, seremos bendecidos en abundancia e inmensurablemente, de maneras que exceden nuestra comprensión.”

Después de la resurrección de Cristo, los Doce Apóstoles predicaron el evangelio en la ciudad de Jerusalén. El mensaje de ellos llegó al corazón de muchas personas y, tras testificar de la realidad de la resurrección del Señor, les preguntaron: “… Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37).

Desde entonces, esa misma pregunta ha salido de labios de personas de todo el mundo, personas como vosotros y como yo. A diario tenemos que tomar decisiones con respecto a nuestro bienestar físico, emocional y espiritual, así como al bienestar de los que nos rodean. Lo que decidamos hacer se basa en nuestro entendimiento de lo que es bueno y recto para nosotros y procuramos evitar dar pasos en falso y cometer errores. Anhelamos la felicidad y el bienestar.

En mi propia vida, ese anhelo de una vida mas feliz y mas plena me ha llevado a evaluar con mayor esmero lo que decido hacer cada día. Y cuando siento la mayor necesidad de contar con un principio que me guíe es cuando me encuentro en una encrucijada, ya que sin cierta orientación me siento incapaz de seguir adelante sin cejar.

Una cosa es conocer el camino y otra, seguirlo. Algunos quizá luchemos buscando principios guías, algún fundamento en el cual apoyarnos, en tanto que otros que han trazado el plan perfecto nunca hallan la motivación, ni el tiempo ni la valentía para seguirlo. De un modo u otro, nos quedamos estancados por no comprender que la verdadera felicidad proviene de la realización de nuestros planes, creencias y esperanzas.

Creo que el fundamento y la luz guía de todas nuestras decisiones es el Evangelio de Jesucristo y Su mensaje al mundo. Las enseñanzas de Cristo deben estar impresas en nuestros deseos de escoger lo bueno y de ser felices. La vida justa de nuestro Señor debe reflejarse en nuestros actos. El Señor no sólo enseña el amor: El es amor. El no sólo habló de la importancia de la fe, el arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo: El vivió lo que esnifen; su vida reflejó el evangelio que predicó. Hubo y hay una armonía total entre sus pensamientos y sus actos.

Opino que si queremos ser verdaderos cristianos, tenemos que fundamentar nuestras vidas en principios verdaderos, y nuestros actos deben reflejarlo. No creo que podamos escoger que principios son los mas convenientes. No obstante, en esta ocasión, quisiera mencionar los mas gratos para mi y que me han servido en mi empeño de llevar una vida cristiana.

Cuando un hombre preguntó a Cristo que debía hacer para heredar la vida eterna, El le respondió: “Amaras al Señor tu Dios … y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10:27). El amor es la esencia del evangelio y la luz guía de la vida cristiana, que no sólo nos enseña a mirar hacia Dios sino también hacia nuestro prójimo, por lo que debemos dedicar nuestro corazón, alma y mente al Señor y a nuestro prójimo: hombres, mujeres y niños. Pero, ¿que significa eso en realidad? Significa que sigamos la admonición de las Escrituras: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15); significa que vivamos el ejemplo del buen samaritano, que no tenia prejuicios ni excusas, por lo que amó de verdad a su prójimo, recorrió la segunda milla y dio de lo que tenia pese a todas las desventajas, decidido sólo a prestar servicio. En contraste con eso, el apóstol Santiago dijo: “El hombre de doble animo es inconstante en todos sus caminos” (Santiago 1:8). Un antiguo adagio suizo describe la indecisión diciendo:

Con un pie dentro y otro fuera no se esta dentro ni se esta fuera; no se es frío ni caliente, ni redondo ni cuadrado. Pobre, muy pobre y siempre limitado es el indeciso, que no sabe dónde comenzar ni a dónde ir.

El vivir cristiano no pone sus principios en el plano de la indecisión. El Señor nos ha prometido que si escogemos su camino, seremos bendecidos en abundancia e inmensurablemente, de maneras que exceden nuestra comprensión. El vivir cristiano exige decisión y dedicación, una dedicación desprovista de fanatismo y llena de comprensión y de amor; una dedicación que, sin conocer el egoísmo, sabe de nuestras necesidades personales; una dedicación que abarca a todo el genero humano y conserva la mira en el Señor. Es una dedicación que brinda regocijo y que, al mismo tiempo, rara vez carece de aflicción, desilusión e inquietud.

No siempre es fácil escoger hacer lo correcto y algunos luchamos toda una vida por hallar el camino recto. Recordemos que no nos corresponde juzgar a los que se encuentren confusos o no tengan las fuerzas necesarias para cambiar. Lo que ellos necesitan es nuestra comprensión y nuestro apoyo.

Cuando Jesús fue a las regiones de Judea, un joven le dijo: “Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Que mas me falta?” (Mateo 19:20.) Si bien la respuesta de Cristo fue sencilla también fue poderosa: “… anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el ciclo; y ven y sígueme” (Mateo 19:21).

Cristo nos dice eso a todos y no sólo al joven rico que se fue triste. El Señor nos manda dar de nuestras riquezas, sean estas lo que fueren: para algunos son bienes materiales; para otros, tiempo o talentos. Para los que tengan riquezas terrenales, no significa que no disfruten de las comodidades de la vida por las que han trabajado, sino que las utilicen para hacer el bien y las compartan con los necesitados. Pongamos el corazón en prestar ayuda a los que la necesitan.

Pero el dinero solo no aligera las cargas de nuestros semejantes, y muchos vivimos donde el dinero escasea. El mundo tiene necesidad de tiempo y, si tenemos aunque sólo sea una hora libre, somos ricos. Se requiere tiempo para escuchar y consolar, se requiere tiempo para enseñar y animar, así como para alimentar y vestir. Todos tenemos la facultad de aligerar nuestras mutuas cargas y consolar a alguien.

Aunque hay necesitados por todas partes, muchas veces estamos ciegos a las necesidades de los demás o nos dan miedo las personas cuya compañía nos hace sentir incómodos. Si, admiramos a gentes y a organizaciones por los muchos servicios que prestan, y, si, nos regocijamos con los asombrosos cambios sociales que se han verificado hace poco en tantos países. Pero nuestra admiración e interés no bastan; gentes de todas partes del mundo precisan nuestra ayuda. Resolvamos servir ahora aunque ello signifique dejar la comodidad de nuestra casa por un tiempo.

En muchos esos, ni siquiera tendremos que ir muy lejos, ya que en nuestros propios vecindarios hay personas de todas las edades que están desamparadas, desahuciadas y solitarias. No esperemos un mundo mejor, ni gobiernos y sociedades mas perfectos si no estamos dispuestos a hacer nuestra parte.

Echemos una mirada a nuestro alrededor y si no vemos pobreza, enfermedad ni desesperación en nuestro propio vecindario o barrio, entonces busquemos con mayor ahínco. Y recordemos, no tengamos miedo de salir de nuestro círculo social y cultural. Tenemos que desprendernos de los prejuicios religiosos, raciales y sociales, y extender las fronteras de nuestro servicio. El servicio nunca debe ser discriminatorio y rara vez es fácil. ¿Acaso no se juntó Jesús con aquellos que los orgullosos fariseos consideraban indignos? ¿Y no eran esas personas las que mas le necesitaban?

Es cierto que las necesidades del mundo pueden abatirnos y que las injusticias de la vida y los males de la sociedad pueden paralizarnos, pero creo que ninguna causa buena es en vano y que si ayudamos aunque sea a una persona, el mundo es un lugar mejor. Escoged hoy el servicio que prestareis y hacedlo con prudencia. Preparaos para servir de ayuda al prójimo. Hay muchas causas buenas tanto dentro como fuera de la Iglesia. Se necesitan voluntarios que den de su tiempo y talentos a los menos afortunados.

Amar y cuidar a otras personas requiere una decisión y esta debe ser la respuesta a la exhortación del Señor: “… ven, sígueme”; es la respuesta que dieron los Apóstoles a los que les preguntaron: “¿que haremos?” Decir “no puedo” es que la decisión es no; es una decisión que nos quitara la mismísima felicidad que buscamos y, sobre todo, es contraria a la vida cristiana.

Os testifico que sólo estaremos en el servicio de nuestro Dios si nos hallamos en el servicio a nuestros semejantes. (Véase Mosíah 2:17.1 Confío en que tengamos la sabiduría y la determinación de decidir hoy día a quien deseemos servir, y ruego que, junto con el profeta Josué, decidamos: “… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). En el nombre de Jesucristo. Amen.