Tradiciones familiares

Perry del Quórum


“La practica de tener tradiciones, que son nuestro gran patrimonio, debe ser algo que toda familia debe tratar de mantener vivo.”

Los profetas nos han enseñado que antes de que el mundo existiese hubo un concilio en los cielos. E1 presidente Brigham Young instruyó a los miembros de la Iglesia en lo siguiente:

“E1 concilio … dijo: ‘Que haya una tierra y que haya un firmamento sobre y debajo de ella’ y fue así. Dijeron: ‘Que haya calor y frío’ y fue así. Dijeron: ‘Que haya primavera y verano, otoño e invierno’ y fue así.

“‘¿Quién redimirá la tierra? ¿Quién se levantará y hará el sacrificio por la tierra y por todas las cosas que en ella haya?’ E1 Hijo mayor dijo: ‘Heme aquí’. Y luego agregó: ‘Envíame a mí’. Pero el segundo, llamado Lucifer, [un] Hijo de la Mañana, dijo: ‘Señor, heme aquí. Rescataré a todos los hijos e hijas de Adán y Eva que vivan en la tierra o que alguna vez vayan a la tierra’. ‘Pero’, contestó el Padre, ‘eso no cumple con todo lo que necesito. Le di a cada uno su libre albedrío; y todos deben utilizarlo para lograr la exaltación en mi reino. Mientras tengan ese poder de elección, deben ejercerlo. Son mis hijos. Los atributos que ves en mí están en mis hijos y deben usar su libre albedrío. Si te comprometes a salvarlos a todos, deberás salvarlos en injusticia y en corrupción’.” (Discourses of Brigham Young, selección de John A. Widtsoe, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1941, págs. 5>54.)

Al venir esos espíritus desde el concilio de los cielos a tomar su “turno en la tierra”, aún desean su libre albedrío, de hecho, están dispuestos a sacrificar su vida por lograr esa libertad. Somos testigos hoy día de acontecimientos importantes en todo el mundo: evidencia de la fuerza que tiene el deseo de libertad del hombre. La historia de la experiencia del hombre en la tierra indica que el deseo de ser libre tiene raíces espirituales.

Existe un deseo innato e irresistible de libertad. Este deseo parece ser más precioso que la vida misma.

Otro deseo que traemos de la preexistencia es el de saber quiénes somos y de dónde venimos, y cuáles son nuestras oportunidades en este gran plan eterno. Las respuestas a estas preguntas sólo se pueden encontrar en el evangelio de nuestro Señor y Salvador.

A1 escuchar los clamores pidiendo ayuda de aquellos que ahora mismo están tratando de vivir con esa libertad que acaban de encontrar y tratan de utilizarla y entenderla, podemos buscar en las Escrituras y leer cómo preparó el Señor a otra nación para que fuera libre.

Las Escrituras registran que Israel había vivido en la tierra de Egipto durante 430 años. Por un tiempo habían prosperado bajo el liderazgo de José. E1 relato dice:

“Y murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación.

“Y los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra.

“Entretanto, se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José, y dijo a su pueblo:

“He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros.

“Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra.” (Exodo 1: 6-10.)

Entonces continúa el relato diciendo que los israelitas fueron puestos en cautiverio y llegaron a ser los esclavos de los egipcios. Se levantó a Moisés, se le capacitó y se le dio la responsabilidad de libertarlos del cautiverio y de guiarlos a su propia tierra prometida. La tarea era difícil, dado que Israel había vivido casi doscientos años en la esclavitud y había aprendido muchas de las prácticas idólatras que prevalecían allí en esos días. Habría sido imposible para Moisés guiar a su pueblo sin la dirección del Señor.

Para reedificar su fe y recordarles quién era su verdadero Dios, se instruyó a Moisés para que estableciera ciertos principios y prácticas entre ellos a fin de que volvieran a la doctrina verdadera. Primero, el Señor les indicó que debían construir un tabernáculo que se trasladaría con ellos a medida que viajaran hacia la tierra prometida. Esa seria una casa de adoración, donde llevarían a cabo sus ritos sagrados y sería para aquellos que estuvieran dispuestos a ceñirse a la ley de Dios.

Cuando los hijos de Israel fueron desobedientes, se les quitó el privilegio de gozar de las bendiciones de tener el tabernáculo. Leemos:

“Y Moisés tomó el tabernáculo, y lo levantó lejos, fuera del campamento, y lo llamó el Tabernáculo de Reunión. Y cualquiera que buscaba a Jehová, salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento.” (Exodo 33:7.)

Cuando los hijos de Israel nuevamente encontraron favor a la vista del Señor, el tabernáculo fue con ellos de un lugar a otro mientras viajaban hacia la tierra prometida. Los guiaba día a día y era su seguridad durante la noche.

Más tarde, cuando llegaron a su tierra, el rey Salomón construyó un magnífico templo en el Monte de Sión, en Jerusalén, donde siguieron disfrutando de una casa oficial de adoración. Israel adoró a Dios en el Templo de Salomón durante 350 años; pero dejaron de ser fieles y la disensión causó conflictos en las tribus. Esto debilitó de tal modo a Israel que cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, les declaró la guerra, los venció, saqueó el templo y lo destruyó. Los israelitas no silo perdieron su lugar de adoración, sino que muchos de ellos perdieron sus hogares porque Nabucodonosor los llevó cautivos a Babilonia.

Además de tener el tabernáculo como lugar de adoración, el Señor les dio Sus leyes escritas en tablas de piedra. Estos mandamientos fueron escritos por la mano del Señor y se guardaron para guía y dirección del pueblo. Los Diez Mandamientos fueron la base de la ley hebrea. Cuatro de ellos tienen que ver con nuestra actitud hacia Dios, y los seis restantes con nuestra actitud hacia nuestros semejantes. La reverencia a Dios fue la base de los Diez Mandamientos. Este fue un fundamento para edificar una sociedad de ley y de orden.

El Señor tuvo otra forma de recordarle a Israel las bendiciones que le había dado. Les hizo establecer costumbres religiosas que se hicieron parte de su vida diaria para que representaran las formas en que podían expresar su fe en Dios. Israel rehusó abandonar esas prácticas aun después de haber sido llevado al cautiverio. Ellos pensaban que el dominio de Dios no estaba determinado por límites políticos ni nacionales, y no renunciarían a su fe aunque tuvieran que sufrir en otras tierras. Se les había quitado el templo, pero todavía tenían su ley y sus costumbres religiosas para adorar a su Dios.

Ahora bien, la mayoría de nosotros no tendrá que ir a ayudar a las naciones a que organicen la libertad que acaban de encontrar, pero todos podemos participar haciendo que la luz de la libertad brille en nuestras almas. Debemos asegurarnos de que, por medio de nuestras acciones, seamos un ejemplo de cómo debemos disfrutar de la libertad.

Siguiendo el modelo que el Señor estableció para el antiguo Israel, nos ha mandado edificar casas de adoración para que tengamos un lugar donde aprender el evangelio. Después de lograr entendimiento, podemos hacer convenio con El de obedecer Su voluntad y, a su vez, recibir las bendiciones que nos ha prometido como resultado de nuestra fidelidad. Tenemos templos, que ahora se encuentran en muchas naciones, donde los miembros dignos pueden entrar para adorar, ser. instruidos y hacer convenios de servir a Dios y ceñirse a su ley.

Desde el principio de la existencia del hombre sobre la tierra, a éste se le ha enseñado que debe obedecer la ley.

“Hay una ley, irrevocablemente decretada en los cielos antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan;

“y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece la ley sobre la cual se basa.” (D. y C. 130:20-21.)

A través de las épocas, los profetas nos han enseñado a ser obedientes a las leyes del Señor, que esas leyes son el fundamento de nuestra existencia aquí y que nos servirán para evitar el caos.

El presidente Wilford Woodruff enseñó en una oportunidad:

“El Dios de los cielos, que creó esta tierra y puso a sus hijos sobre ella, les dio una ley por medio de la cual pueden recibir la exaltación y ser salvos en un reino de gloria. Porque se ha dado una ley a todos los reinos, y todas las cosas están gobernadas por la ley en todo el universo. Cuando una persona obedece una ley, está protegida por esa ley y recibe la recompensa que esa ley le garantiza. Es la voluntad de Dios que todos sus hijos obedezcan la ley mayor, para que reciban la gloria más alta ordenada para todos los seres inmortales. Pero Dios ha dado a todos Sus hijos el albedrío de elegir la ley que obedecerán.” (The Discourses of Wilford Woodruff; selección de G. Homer Durham, Salt Lake City: Bookcraft, 1946, pág. 10.)

Si bien el Señor nos ha designado realizar festividades y celebraciones religiosas para que nos acordemos de las bendiciones que recibimos de El día a día, la práctica de tener tradiciones, que son nuestro gran patrimonio, debe ser algo que toda familia debe tratar de mantener viva.

Debemos arrodillarnos a diario para la oración familiar y debemos estudiar juntos las Escrituras. Debemos observar el día de reposo cada semana asistiendo a las reuniones, en especial a la reunión sacramental, y comportándonos correctamente en actividades apropiadas para el día del Señor. También debemos reunir cada semana a nuestra familia para tener la noche de hogar. Quizás sería conveniente salir con nuestro cónyuge todas las semanas para recordar la gran bendición que representa en nuestra vida. Mensualmente debemos ayunar y pagar nuestros diezmos y ofrendas al Señor. Semestralmente deberíamos hacer que el escuchar los discursos que se dan en las conferencias generales fuera una tradición familiar. En forma anual deberíamos hacer reuniones familiares para mantener viva la gran herencia del evangelio.

Otras tradiciones que deben ser siempre parte de nuestras vidas son el recibir bendiciones del padre y la bendición patriarcal, la preparación misional, la preparación para entrar en el templo, la asistencia regular al templo donde sea posible, y estar juntos como unidad familiar en aquellas oportunidades en que se lleven a cabo ordenanzas sagradas por un miembro de la familia.

Si edificamos tradiciones fuertes en nuestras familias, la luz del evangelio brillará siempre en la vida de nuestros hijos de generación en generación. Esperaremos con ansia ese día glorioso en que estaremos todos juntos como unidades familiares eternas para obtener el gozo sempiterno que nuestro Padre prometió a Sus hijos justos.

Nuestras actividades y tradiciones familiares pueden ser un faro para el resto del mundo, como un ejemplo de cómo vivir para merecer Sus bendiciones y tener paz y armonía hasta el día en que El regrese para gobernar y reinar sobre nosotros.

Esta obra es la obra del Señor. ¡Dios vive! Jesús es el Cristo, el Salvador del mundo, y éste es mi solemne testimonio a vosotros en el nombre de Jesucristo. Amén