Primero el hogar

Rex D. Pinegar


“Nuestro Padre Celestial nos organizó en familias con el propósito de ayudarnos o superar con éxito los pruebas y los problemas de la vida … Nuestra familia es nuestro lugar seguro, nuestra fuerza de apoyo, nuestro santuario y nuestra salvación.”

Hace ya varias semanas, en un vecindario cercano al mío, aparecieron docenas de globos amarillos y brillantes flotando sobre las ramas de cada árbol y poste de alumbrado que se alineaban a lo largo de la calle. Era una vista hermosa en ese nublado día de invierno, que emocionaba al espectador que pasaba por esa calle amigable y colorida. A ambos lados del camino se veían los globos meciéndose hasta la cima de la colina donde había un cartel: ¡BIENVENIDO BRIGHAM! Había oído hablar de Brigham Fordham hacía unos pocos meses, cuando me contaron del trágico accidente que dejó paralizado a este joven de dieciocho años. Sólo entonces me di cuenta de que vivía en el vecindario y ele que ese día regresaba del hospital.

Noté la plataforma que habían construido al frente de la casa y pensé en otros cambios que también se habrían hecho para adaptarla a las nuevas necesidades del joven. Habrá cambios para la familia también, pensé; la vida será diferente para todos los de la familia, y también difícil.

Pero lo que los globos amarillos indicaban a Brigham y a todos los que viajaban por esa calle era que él tenia un hogar donde le darían cuidado y donde encontraría el amor y la fortaleza familiar.

Nuestro Padre Celestial nos organizó en familias con el propósito de ayudarnos a superar con éxito las pruebas y los problemas de la vida. Existe también el hogar para bendecirnos con gozo y con el privilegio de las relaciones familiares. Nuestra familia es nuestro lugar seguro, nuestra fuerza de apoyo, nuestro santuario y nuestra salvación.

Nuestros hogares deben ser “el lugar seguro donde puedan venir nuestros hijos en busca de la estabilidad que necesitan en estos días de inquietud y confusión”, dijo el presidente Harold B. Lee (His Servants Speak, comp. por R. Clayton Brough, Bountiful, Utah: Horizon, 1975, pág. 154).

En su libro The Power of the Family, el doctor Paul Pearsall dice que “hay un poder de energía que da el amor, el cual brota de cada círculo familiar durante el gozo de los mejores tiempos y, en particular, en los momentos de dolor de los peores tiempos” (New York, Doubleday, 1990, pág. 354).

Dice además: “No importa cuán grande sea su familia, puede estar formada por sólo uno de los padres o ser la familia más grande del pueblo compuesta por varias generaciones de sus miembros, su trabajo de mantener a la familia unida es la tarea de salvar nuestro mundo” (ibid., pág. 351).

El Señor, por medio de Sus profetas, nos ha enseñado sobre el poder divino y la influencia del hogar.

El presidente Joseph F: Smith dijo:

“No hay sustituto para el hogar. Su fundamento es tan antiguo como el mundo, y su misión fue establecida por Dios desde las épocas más remotas …

“No puede haber felicidad genuina aparte y separada del hogar, y todo esfuerzo que se hace por santificar y preservar su influencia ennoblece a quienes trabajan y se sacrifican por establecerlo … No hay felicidad sin servicio, y no hay servicio mayor que el que convierte al hogar en una institución divina y fomenta y preserva la vida familiar.” (Doctrina del Evangelio, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1939, pág. 293-294.)

La noche del 21 de septiembre de 1989 el huracán Hugo pasó con toda su furia sobre la hermosa ciudad de Charleston, en el estado de Carolina del Sur. Mi amigo Alvie Evans vivía en una casa ubicada en un área baja cerca del agua. Reunió a su familia y se trasladó a un lugar más alto, a la casa de su madre.

Tarde esa noche, los vientos rugieron a su alrededor a una velocidad de 240 kilómetros por hora, arrancando árboles y rompiendo partes de la casa. La tormenta se hizo tan violenta que empezaron a temer por su seguridad física. Alvie, con su esposa e hijos, su madre y sus hermanos y sus familias se arrodillaron en el salón de entrada y oraron humildemente al Señor pidiéndole protección y seguridad.

A la mañana siguiente observaron el desastre. De más de 50 inmensos y fuertes robles que rodeaban la casa de la madre, silo ocho permanecían de pie. Había daños en la casa, en los autos y en la ciudad entera, pero la familia estaba a salvo. El Señor había escuchado las oraciones y los había protegido de la tormenta. Alvie dijo: “No sabia si tendría una casa donde regresar, pero sabía que siempre tendríamos un hogar porque nuestra familia estaba completa y al seguro”.

El presidente David 0. McKay dijo: “No hay nada que sea temporal en el hogar de los Santos de los Ultimos Días” (Conference Report, junio de 1919, pág. 77).

También dijo: “Uno puede tener una hermosa casa con todas las decoraciones que el arte moderno puede brindar y las riquezas comprar. Puede tener todos los muebles y demás cosas que agraden a la vista, y no ser un hogar … Puede ser una cabaña, una carpa, una ruca, pero si se tiene el espíritu adecuado, el verdadero amor de Cristo y el amor del uno por el otro -la madre y el padre hacia los hijos, los hijos hacia los padres, los cónyuges entre sí-se tiene la verdadera vida de hogar que edifican los Santos de los Ultimos Días y que se esfuerzan por establecer” (Gospel Ideals, Salt Lake City, Improvement Era, 1953, págs. 480-81).

Hoy en día las fuerzas del mal amenazan el hogar como jamás lo hicieron antes. Si vuestros hogares van a prevalecer, los padres y los hijos deben dedicarse a los ideales del evangelio que aseguran la presentación del hogar y la familia.

El doctor Pearsall expresa la opinión de que no son las familias las que están fallando, sino que somos nosotros los que le estamos fallando a la familia, porque no hemos aprendido a poner la vida familiar en primer lugar.

También escribe que “nuestra sociedad se está anteponiendo a la familia. Estamos en una bancarrota familiar y hemos dejado nuestro tiempo y esfuerzos en manos de acreedores tales como escuelas, negocios, búsqueda de pasatiempos y otras exigencias institucionales. El problema no está en establecer prioridades, sino en hacer elecciones que resultan difíciles para la familia. Sólo puede haber un primer lugar; ¿está su familia en ese lugar?” Luego hace esta firme declaración: “Les prevengo que si su familia no está en primer lugar, su familia no durará mucho” (Pearsall, pág. 18).

En los hogares donde se mantienen altos ideales y los valores del evangelio, son los padres, no los maestros, los que fundamentan el carácter y la fe en los corazones de los hijos. Si la capacitación que se debe dar en el hogar no se da, ni la Iglesia ni la escuela puede compensar esa pérdida.

En instrucciones recientes que dieron la Primera Presidencia y los Doce, el presidente Thomas S. Monson dijo que “la responsabilidad primordial de edificar testimonios y de lograr que nuestros miembros, incluso nuestros jóvenes, tengan experiencias que fortalezcan la fe yace en el hogar. La Iglesia debe continuar apoyando a las familias que tomen la determinación de hacerlo.” El presidente Monson dijo a 108 líderes del sacerdocio que “hagan un esfuerzo mayor por edificar hogares fuertes centrados en el evangelio”. (Church News, feb. de 1990, pág. 3.)

Para que cumplamos con este importante cometido, se han hecho grandes cambios en el presupuesto de la Iglesia. Con respecto a esto, el élder Boyd K. Packer ha dicho que estos cambios “tienen el propósito de que la responsabilidad de enseñar, de aconsejar y de tener actividades vuelva a recaer sobre la familia, que es realmente a quien le corresponde” (Church News, feb. de 1990, págs. 3 y 7). Habrá menos intromisiones en los horarios de la familia y en sus finanzas. Las actividades de la Iglesia se deberán reemplazar por actividades de familia.

El élder Packer terminó sus instrucciones diciendo: “Es un cambio de rumbo; es un cambio inspirado” (ibid )

Solamente cuando los padres y los hijos trabajan juntos por el mismo objetivo, el de poner el hogar y la familia en primer lugar, se puede preservar el hogar como Dios lo desea.

Hace unas pocas semanas tuvimos la oportunidad de hacer una reunión familiar. Una de nuestras hijas vino desde el Este con su esposo y sus tres niñitos a pasar unos días aquí antes de mudarse a la costa Oeste. Otra hija casada vino desde las afueras de la ciudad con su esposo y con sus cuatro hijos para que nos reuniéramos toda la familia durante un fin de semana.

El domingo por la noche toda nuestra familia se reunió en nuestro hogar solamente para celebrar el estar juntos, “nuevamente todos bajo un mismo techo”, suspiró mi esposa. Ella había planeado un programa especial para esa oportunidad con el tema apropiado: “Recuerdos”. Tenía una grabación de una de nuestras hijas cantando una canción sobre los recuerdos. Había adquirido para cada hijo e hija ejemplares de un libro especial que se refería a ese tema y, para que el recuerdo de ese fin de semana fuera completo, se tomaría una foto familiar. Se había planeado cada detalle minuciosamente. En realidad sería un feliz recuerdo para cada miembro de la familia. ¿O no?

Mientras se escuchaba la hermosa canción, el salón rebosaba de bulla y de risas de nuestro creciente círculo familiar. Los nietos no podían estar quietos. Los más grandes disfrutaban entre ellos también, y todos hablaban al mismo tiempo sobre días pasados o sobre el futuro. Se reían entre ellos y también de las jugarretas de sus hijos, que a esas alturas jugaban a quien aguantaba las cosquillas en el suelo, o metían los dedos en la torta de chocolate. Todo parecía una frustración. … ¡y era divertido!

Y yo no sé qué fue más frustraste o divertido: el programa familiar que terminó casi al empezar, con mi esposa, que quería que el programa fuera algo digno de recordar, que suspirando decía: “¿Para qué tantos preparativos? ¡Nadie está escuchando!” o la fotografía con doce adultos tratando sin éxito de mantener a once niños superactivos e inquietos. ¿Era ésa una celebración familiar? ¿O era un circo familiar? Una cosa sí sé, no era la forma en que mi esposa lo había planeado; ella deseaba que esa reunión familiar fuera algo significativo y memorable.

Pocos días después de que todos se fueron y nuestro hogar volvió a la tranquilidad, nos llegó un pequeño libro. Era un álbum con las fotografías de la familia con una inscripción: “Para mi cálida, querida y divertida familia: que son todos ustedes”. Y una nota especial para mi esposa: “Ahí está ese maravilloso caos, las maravillosas fotos, el maravilloso lugar de reuniones, los maravillosos recuerdos que con tanto amor tú creas cada vez que nos reunimos”.

Y más tarde llegó esta nota de otra hija: “Gracias por esos maravillosos días. Hacía muchos meses que nuestros hijos no se sentían tan felices. Ha sido tan bueno para ellos sentirse tan amados, con un poco de atención extra y tan mimados. Estoy tan contenta de que hayamos estado todos juntos viendo a Clark dar sus primeros pasos y de que él haya empezado a formar esos lazos especiales con los abuelos, tíos y primos tan amorosos. Nuestros hijos no pueden ser más bendecidos al tener ese amor familiar”.

Otra hija escribió lo siguiente:

Si pudieran ver la casa de mis sueños,
Ningún otro sitio sería
Sino donde más feliz me siento:
Ustedes son ese hogar y no lo
Cambiaría.

Dentro de ese “maravilloso caos familiar” obviamente no todo es perfecto. Hay problemas en nuestra familia, relacionados con enfermedades, padres de edad avanzada, escuelas, empleos y otros. Sin embargo, las cargas individuales se pueden alivianar con el poder de una familia unida en amor y apoyo mutuos y en oraciones de fe.

Además de la conocida declaración del presidente McKay: “Ningún éxito puede compensar el fracaso en el hogar”, él también dijo: “La choza más humilde donde el amor prevalece sobre la unidad familiar es de mayor valor para Dios y la futura humanidad que cualquier otra riqueza. En el hogar Dios puede obrar milagros y los obrará” (Mi reino se extenderá, PCSS56G9SEl pág. 111).

Un domingo por la mañana hace algunos años, el presidente Donald Pinnell, actualmente presidente de la Estaca Amarillo, Texas, estaba en la Iglesia, en su rama Tucumcari, cuando repentinamente alguien trajo las alarmantes noticias: “¡Hermano Pinnell, su casa está en llamas!”

El presidente Pinnell rápidamente buscó a sus dos hijos de doce y dieciséis años respectivamente y se dirigió a su rancho. Su primer pensamiento fue hacia su esposa, que había quedado en casa recuperándose de una operación. No supo nada de ella hasta que uno de los carros de bomberos que regresaba se detuvo al verle y el chofer le dijo que su esposa estaba bien.

El presidente Pinnell y su esposa habían construido la casa de sus sueños, una casa estilo español en su rancho que quedaba a unos 80 kilómetros fuera de la ciudad. Era una casa muy linda y un lugar muy agradable para la familia. Al aproximarse a la parte más alta del terreno, pudieron divisar a la distancia el humo de su casa incendiada. Donald Pinell dijo hablando de ese momento:

“Podíamos ver nuestra casa totalmente en llamas y detuve el vehículo en la cima de la colina unos minutos. Dije a mis hijos:

‘Miren eso, pueden pasar toda su vida almacenando los tesoros de la tierra y se pueden sentar sobre una colina para verlas desaparecer entre las llamas, o pueden almacenar tesoros de rectitud y llevárselos con ustedes a la eternidad’”.

Los verdaderos tesoros son nuestras familias y esos atributos divinos y esas cualidades de carácter que se enseñan y aprenden en los hogares centrados en el evangelio.

Que podamos hacer los cambios necesarios en nuestro rumbo para poner al Señor y a nuestras familias en primer lugar y llenar nuestros hogares con esos tesoros eternos, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.