Mantengamos sagrado los templos

Gordon B Hinckley


“El entrar en el templo es un privilegio que se gana y no un derecho que se logra en forma automática al ser miembro de la Iglesia.

Hermanos, os recomiendo ceñiros a lo que hemos escuchado de los discursantes de esta tarde. Hemos recibido muchos consejos e inspiración que se aplican a los jovencitos y a los adultos.

En numerosas oportunidades en los años pasados, en estas reuniones del sacerdocio me he dirigido a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico; sin embargo, con el permiso de ellos, en esta oportunidad he decidido dirigirme a los adultos, con la esperanza de que también los jóvenes encuentren algo de valor en el futuro.

Tengo en mis manos dos tarjetas de crédito. La mayoría de vosotros estáis familiarizados con ellas.

La primera es una tarjeta de crédito bancario, la que me permite obtener mercaderías a crédito y luego pagar todas mis compras en un solo lugar. Es algo de valor y que se debe proteger. Si la pierdo y se usa en forma deshonesta, puede causarme una gran perdida y quizás mucha vergüenza. Al aceptarla de mi banco, entro en un convenio y estoy sujeto a obligaciones y acuerdos. Al aceptar la tarjeta, me comprometo a cumplir con las condiciones bajo las que me la dan.

Se extiende sólo por un año y se debe renovar anualmente si se desea seguir disfrutando del privilegio de usarla. No es mía, sigue siendo propiedad del banco. Si no cumplo con mi parte, el banco puede cerrar mi crédito y quitarme la tarjeta.

La otra tarjeta que tengo aquí es la que llamamos recomendación para entrar en el templo. Representa una tarjeta de crédito con el Señor, la que me permite disponer de muchos de sus mas grandes dones. La tarjeta bancaria tiene que ver con las cosas del mundo; la recomendación del templo, con las cosas de Dios.

Para obtener una recomendación para entrar en el templo, el que la recibe también debe demostrar su elegibilidad, y esta se basa en la dignidad personal. Una vez que se otorga, no dura para siempre, sino que se extiende cada año. Mas aun, si el poseedor hiciera cualquier cosa que lo descalifique de este privilegio, se le puede retirar la recomendación.

La elegibilidad para tener una recomendación para el templo no se basa en el valor financiero, no tiene nada que ver con eso. Se basa en el comportamiento personal constante, en la bondad de la vida de uno. No se relaciona con el aspecto monetario, sino con cosas de la eternidad.

La tarjeta bancaria abre las puertas al crédito financiero. La recomendación para el templo abre las puertas a la Casa del Señor. Tiene que ver con la entrada a un lugar santo para hacer una obra sagrada y divina.

Temo que a algunas personas se les ha dado recomendaciones sin estar realmente preparadas para recibirlas; considero que a veces se ha apurado excesivamente a las personas para que entraran en el templo. Los conversos y los miembros que se han reactivado recientemente necesitan una madurez especial en la Iglesia. Deben entender los grandes conceptos del evangelio eterno. Deben haber demostrado durante un periodo considerable la capacidad de disciplinar sus vidas de manera que los haga dignos de entrar en la Casa del Señor, porque las obligaciones que se toman allí son eternas. Por esa razón, hace ya muchos años que la Primera Presidencia determinó que un converso debe esperar un año después del bautismo antes de entrar en la Casa del Señor. Se esperó con ello que durante ese año la persona aumentara su conocimiento, así como su capacidad para disciplinarse, lo que resultaría en dignidad personal. En el año 1833, el Señor reveló al profeta José Smith lo siguiente:

“De cierto os digo, es mi voluntad que se me edifique una casa … para la salvación de Sión.

“Y si mi pueblo me edifica una casa en el nombre del Señor, y no permite que entre en ella ninguna cosa inmunda para profanarla, mi gloria descansará sobre ella.

“Si, y mi presencia estará allí, porque vendré a ella; y todos los de corazón puro que allí entren verán a Dios.

“Mas si fuere profanada, no vendré a ella, ni mi gloria estará allí; porque no entraré en templos inmundos.” (D. y C. 97:10-12, 15-17.)

Este es el lenguaje descriptivo, definitivo y enérgico del Señor con respecto a Su santa casa.

Todos nuestros templos tienen en la fachada esta inscripción: “Santidad al Señor”, a lo cual deseo agregar: “¡Mantened sagrada Su casa!”

Sugiero que cada hombre que posea el Sacerdocio de Melquisedec tome sobre si la responsabilidad de ver que la Casa del Señor se mantenga sagrada y libre de corrupción. Esta obligación descansa primaria e inevitablemente sobre los hombros de los obispos y de los presidentes de estaca. Ellos son los jueces de la dignidad de aquellos que desean entrar en el templo. Además, cada uno de nosotros tiene una obligación: primero, en lo que respecta a su propia dignidad, y segundo, con respecto a la dignidad de las personas a las que el alienta a entrar en la Casa del Señor.

En el pasado, los presidentes de la Iglesia pensaron tan seriamente en este asunto, que era requisito que el mismo Presidente de la Iglesia firmara personalmente cada recomendación. Esto se hizo impráctico con el crecimiento de la Iglesia. Deseo leeros una circular dirigida a los presidentes de estacas y obispos, con fecha 10 de noviembre de 1891:

‘’Estimados hermanos: Se ha decidido que ya no es necesario que las personas que vayan al templo a hacer ordenanzas, envíen sus recomendaciones para que las firme el presidente Woodruff. Solamente se requerirá la firma del obispo y la del presidente de estaca.

“Habiéndose tomado esa decisión, los obispos y los presidentes de estaca entenderán la creciente necesidad de ser cuidadosos para no recomendar a ninguna persona indigna para hacer ordenanzas en los templos.

“(Firman) Vuestros hermanos, Wilford Woodruff, George Q. Cannon, Joseph F: Smith, Primera Presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.” (En James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency of The Church of Jesús Christ of Latter-day Saints, 6 tomos, Salt Lake City: Bookcraft, 1965-75, 3:229.)

En esa época había tres templos de la Iglesia en funcionamiento: el de Saint George, el de Manti y el de Logan. El Templo de Salt Lake aun no se había dedicado. Ahora tenemos cuarenta y tres templos en funcionamiento. Si en 1891 había llegado a ser una gran carga para el Presidente de la Iglesia el firmar todas las recomendaciones, pensad cual seria la situación en la actualidad. Pero cualquiera sea la cantidad y las circunstancias, el otorgar y firmar una recomendación para el templo nunca debe ser algo rutinario.

Este pequeño documento, sencillo en su apariencia, certifica que el portador ha cumplido con ciertos requisitos precisos y mandatorios y es elegible para entrar en la Casa del Señor y participar allí de las ordenanzas mas sagradas que se hayan administrado en la tierra. Esas ordenanzas no sólo tienen que ver con las cosas de la vida, sino con las de la eternidad. Solamente en la Casa del Señor se ejerce la plenitud del sacerdocio sempiterno con una autoridad que va mas allá del velo de la muerte.

Todo lo que sucede en el templo es eterno en sus consecuencias. Allí tratamos asuntos de la inmortalidad, de la eternidad, del hombre y su relación con sus Padres Divinos y su Redentor. Al estar en estos lugares, debemos tener las manos limpias, 108 corazones puros y 108 pensamientos centrados en la solemnidad de la eternidad.

Aquí se enseña el plan de la gran jornada eterna del hombre. Aquí se solemnizan 108 convenios sagrados y eternos. El entrar en el templo es un privilegio que se gana y no un derecho que se logra en forma automática al ser miembro de la Iglesia.

¿Cómo se logra ese privilegio? Por medio de la obediencia a las leyes y a las ordenanzas del evangelio.

Como sabéis, se espera que cada persona que solicita una recomendación para el templo conteste ciertas preguntas especificas para determinar su dignidad. De mas esta decir que debe existir una honradez total de parte de la persona que contesta. Las preguntas no se hacen con el fin de avergonzar, ni debe ser así; se aconseja a los obispos que sean muy cuidadosos ante asuntos personales y delicados. Pero al mismo tiempo, el obispo debe estar seguro de que el solicitante sea digno de entrar en la Casa del Señor.

Algunas de esas preguntas son especificas, como por ejemplo las relacionadas con 108 diezmos y la Palabra de Sabiduría.

Por supuesto que se espera que uno pague el diezmo justo. El pago del diezmo es sencillamente una respuesta fiel a un mandamiento del Señor. Es una señal de obediencia a la voluntad divina. Además, observaciones que se han hecho a largo plazo han demostrado que el pago de un diezmo fiel y honrado es una indicación de fidelidad en otras cosas también.

¿Es necesario el cumplimiento de la Palabra de Sabiduría? Los miembros de la Primera Presidencia han considerado que si. La observancia de la Palabra de Sabiduría se relaciona con el cuidado del cuerpo, el cual el Señor ha asegurado que es en si un templo, un tabernáculo del espíritu. El ha dicho: “Si, el hombre es el tabernáculo de Dios, a saber, templos; y el templo que fuere profanado, Dios lo destruirá” (D. y C. 93:35)

Recuerdo que un obispo me contó de una hermana que fue a pedir su recomendación. Cuando le preguntó si cumplía con la Palabra de Sabiduría, ella le contestó que de vez en cuando tomaba una taza de café. “Espero, obispo, que usted no me impida entrar en el templo por eso”. A lo que el contestó: “Hermana, estoy seguro de que usted no va a permitir que una taza de café se interponga entre usted y la Casa del Señor”.

El diezmo y la Palabra de Sabiduría tratan cosas directas y fáciles de entender. Existen otros asuntos, a veces mas sutiles, pero de gran importancia. Estos afectan nuestra honradez básica, nuestra integridad básica, en el grado en que aceptamos y vivimos las leyes de Dios que se encuentran en las enseñanzas de la Iglesia

¿Sostenemos a nuestras autoridades locales y Generales? No es cuestión de rendir homenaje a aquellos que el Señor ha llamado a presidir, sino que se trata de reconocer que Dios ha llamado al Profeta para estar a la cabeza de Su Iglesia, que ha llamado a otros a trabajar con el a un nivel general y que aquello que ellos apoyan y enseñan viene después de orar y meditar juntos, de buscar la voluntad del Señor, de recibir Su guía y seguirla.

De igual forma, si no existe lealtad hacia el obispo y el presidente de la estaca a un nivel local, tampoco existirá la armonía, habrá recelo y vacilación para servir fielmente, habrá esa clase de división que siempre destruye la fe. Recordemos siempre que ningún Presidente de la Iglesia, ningún Consejero de la Presidencia, ninguna Autoridad General, ningún miembro de la presidencia de la estaca ni del obispado, ni de la presidencia del quórum de élderes está allí porque lo desea ni porque pidió ese privilegio. Cada uno esta allí porque fue “llamado de Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que puedan predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas” (5° Articulo de Fe).

La lealtad al liderazgo es un requisito esencial que deben cumplir todos los que sirven en el ejercito del Señor. “Una casa dividida contra sí misma, no permanecerá” (Mateo 12:25). La unidad es básica y esencial. El Señor dijo: “Si no sois uno, no sois míos” (D. y C. 38:27). El no sostener a aquellos que tienen autoridad es incompatible con el servicio en el templo.

La honradez para con los demás, incluso la obediencia a la ley constitucional, también es un requisito.

“Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.” (12° Articulo de Fe.)

A veces recibimos cartas de personas que abiertamente se oponen al pago de los impuestos, quienes reclaman que sus obispos y presidentes de estaca no les dan la recomendación para el templo a causa de sus actividades. A través de los años de historia de esta obra, ha habido ocasiones en que la Iglesia y sus miembros han estado en contra de la ley del país. En tales oportunidades hemos expuesto nuestra posición en los tribunales. En aquellos casos en que los tribunales han fallado en contra nuestra, aun cuando el fallo haya sido difícil de aceptar, lo hemos aceptado y nos hemos adaptado. La obediencia a la ley, cuando esa ley se ha declarado constitucional, es una obligación para los Santos de los Ultimos Días y, por lo tanto, se transforma en una norma que se debe cumplir para entrar en los templos de la Iglesia.

Siguiendo este mismo criterio, permitidme decir que hemos tomado la posición de que los padres que no cumplan con el sostenimiento financiero de sus hijos, decretado por un tribunal, no pueden esperar el privilegio de entrar en la Casa del Señor. Las Escrituras son directas cuando se refieren a la responsabilidad de los padres hacia los hijos. Cuando hay un divorcio y aumenta la amargura, como pasa generalmente, algunos hombres hacen lo imposible por escapar a esta responsabilidad. Cuando tal caso se transforma en una violación a lo decretado por un tribunal, se transforma también en un acto de desacato contrario a la doctrina y enseñanza de la Iglesia.

La recomendación para el templo que vosotros tenéis, si la habéis obtenido en forma honrada, certifica vuestra dignidad moral. Es inconcebible pensar que un hombre mujeriego o infiel a su esposa se considere digno de entrar en el templo. De mas esta decir que una persona así no debe recibir la recomendación.

Pero existe otro grupo menos notorio sobre el cual deseo hablar. En mi oficina tengo un archivo de cartas que recibo de mujeres que claman por el tratamiento que reciben de sus esposos en el hogar. Cuentan de las actividades de algunos de esos hombres en la Iglesia. Inclusive nos hablan de hombres que tienen recomendaciones para el templo. Y hablan de abuso, ya sea insidioso o abierto. Nos hablan de maridos que pierden la paciencia y gritan a su esposa y a sus hijos. Hablan de esposos que exigen relaciones intimas ofensivas. Hablan de hombres que las menosprecian y las rebajan y de padres que poco saben del significado de la paciencia y no aguantan a sus hijos.

Hermanos, cuando el obispo os entrevista para daros la recomendación para entrar en el templo, no puede profundizar en cosas tan delicadas y personales. Vosotros debéis juzgaros dentro de vuestro corazón y determinar si sois culpables de cualquier practica indigna, impura o de alguna forma perversa a los ojos del Señor.

¡Que especial e importante es la recomendación para el templo! Es sólo un pedazo de papel con un nombre y unas firmas, pero en realidad es un certificado que dice que el poseedor es “honrado, verídico, casto, benevolente, virtuoso” y que cree en hacer el bien a todos “y que si hay algo virtuoso, bello o de buena reputación, o digno de alabanzas’, a eso aspira. (13° Articulo de Fe.)

Y lo mas importante, mas aun que todas las demás cualidades, es la seguridad que tiene el poseedor de una recomendación para el templo de que Dios, nuestro Padre Eterno, vive, que Jesucristo es el Hijo viviente del Dios viviente y de que esta es su obra divina y sagrada.

Hermanos, creo que todos los que poseen una recomendación para el templo satisfacen estos requisitos. Lamento saber, sin embargo, que puede haber algunos que no entran ni deben entrar en la Casa del Señor. Se que es difícil para un obispo negar la recomendación para el templo a un miembro de su barrio que este en el limite con respecto a su comportamiento personal. El rechazo puede ser ofensivo para el solicitante, pero la persona debe entender que a menos que haya una dignidad total, no ganara ninguna bendición, sino que la condenación caerá sobre la cabeza de quien atraviese indignamente las puertas de la Casa de Dios.

Deseo hablar también de otro tema pertinente a los templos. Os recuerdo la absoluta obligación de no hablar fuera del templo de lo que ocurre dentro de el. Los asuntos sagrados merecen una consideración sagrada. Estamos bajo la seria y estricta obligación de no usar el lenguaje del templo ni de hablar de asuntos del templo fuera de el. Yo fui al templo por primera vez hace 57 años. Fue una experiencia diferente de cualquier otra que había tenido en la Iglesia. Un joven conocido mío fue casi en la misma época. Mas tarde utilizó frases del lenguaje del templo en forma frívola y ofensiva; era una traición a una confianza sagrada. Lo he observado con el correr de los años. Una vez fue fiel y ahora se ha alejado de la actividad de la Iglesia y ha olvidado la fe de sus padres. Creo que la mayoría de lo que sucedió se debió a que empezó con esa pequeña irreverencia en lenguaje trivial sobre cosas que eran sagradas.

Por favor, hermanos, no habléis fuera del templo de lo que ocurre en el templo. Mientras estéis en el, podéis hacerlo. Si tuvieseis preguntas, podéis conversar con el presidente del templo o con uno de sus consejeros. Pero cuando salgáis de las puertas de la Casa del Señor, sed fieles a esa confianza sagrada que se os da de no hablar de lo que es sagrado.

El Señor dijo: “Recordad que lo que viene de arriba es sagrado, y debe expresarse con cuidado y por constreñimiento del Espíritu” (D. y C. 63:64). Y luego: “No juegues con las cosas sagradas” (D. y C. 6:19).

Para terminar, deseo repetir que la recomendación que yo tengo y que muchos de vosotros tenéis es algo preciado y maravilloso. Lo hace a uno merecedor de un privilegio exclusivo e importantísimo, el privilegio de entrar en la casa en cuya fachada dice: “Santidad al Señor-La Casa del Señor”. Vivid dignos de servir en esa casa; haced vuestra parte por alejar de la Casa del Señor toda influencia o persona indigna o impura. Disfrutad de su belleza. Disfrutad las maravillas que se hablan allí, la belleza y la bendición de las ordenanzas que se administran en el templo.

A los jóvenes que se encuentran aquí y que todavía no han entrado al templo deseo sugerirles que aprovechen la oportunidad de ser bautizados a favor de los muertos y luego dejen que esa experiencia sagrada sea un sólido cimiento en sus vidas, para que se comporten siempre y en toda circunstancia de tal manera que cuando llegue el momento oportuno puedan solicitar y obtener una tarjeta de crédito del Señor, una recomendación para entrar en Su Santa Casa, y allí disfrutar todas sus bendiciones y privilegios. Y esto lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.