Lecciones de las Escrituras sobre el liderazgo

Spencer J. Condie


“Las circunstancias no siempre tienen que ser las mismas. ¡Los lideres pueden lograr un cambio!”

Deseo extender una cálida bienvenida a los nuevos miembros de la Iglesia que ya no son “extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19).

Dado que muchos de vosotros, conversos recién bautizados, seréis llamados a servir en diferentes llamamientos en la Iglesia, me gustaría compartir algunos breves pasajes de las Escrituras que enseñan sobre el liderazgo.

En la Perla de Gran Precio leemos que cuando se llamó a Moisés para ser un profeta de Dios, fue trasladado a la cima de una montaña desde donde contempló la vista panorámica de todas las maravillosas creaciones de Dios. Jehová le dio una visión de su meta inmediata, que era la de librar “de la servidumbre a mi pueblo” (Moisés 1:26). Luego el Señor le explicó la meta a largo plazo: “Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

En el Libro de Mormón leemos del joven profeta Nefi, que también tuvo una visión en una montaña (véase 1 Nefi 11:1). Una vez que vio la tierra prometida, nadie lo pudo disuadir de construir un barco que lo llevara allá (véase 1 Nefi 17, 18). Una vez que los padres tienen la visión de un hijo vestido con la ropa de misionero o de una hija vestida de blanco en el templo, la noche de hogar, la oración familiar y el estudio de las Escrituras toman el lugar que les corresponde en el hogar. De Moisés y de Nefi aprendemos que un líder debe tener la visión del trabajo que tiene por delante.

Después del gran éxodo de Egipto hacia la tierra prometida, los hijos de Israel fueron gobernados por jueces durante un período de mas de tres siglos (1429 a. C. hasta 1090 a. C.). A estos jueces les sucedieron mas tarde una serie de reyes, siendo el primero Saúl, que fue ungido por el profeta Samuel (véase 1 Samuel 8-10). Durante décadas Saúl contó con el respeto y apoyo del pueblo, pero mas tarde, llevado por el orgullo de su corazón, desatendió el consejo del profeta del Señor. En esas circunstancias Samuel le hizo recordar la época en que era pequeño en sus propios ojos (véase 1 Samuel 15:17) y le esnifen esta lección inmortal: “el obedecer es mejor que los sacrificios” (vers. 22). De la vida de Saúl aprendemos que un líder debe ser humilde r obediente.

A Saúl lo sucedió el rey David, cuyo reino de cuarenta años es considerado por muchos como la Edad de Oro de la historia de Israel. De hecho, Israel se llegó a conocer como la tierra de David. Pero a pesar de su gran habilidad de liderazgo, fue tentado a cometer un gran pecado, el que luego agravó con uno aun mayor. De la vida de David aprendemos que aun los reyes deben ser cuidadosos. Los cargos de liderazgo no nos protegen de la tentación.

Luego de la muerte de David, ascendió al trono su hijo Salomón. Al principio de su reinado, Salomón oró con profunda humildad: “Jehová Dios mío … yo soy joven … da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo” y Dios le dio un “corazón sabio y entendido” (1 Reyes 3:7, 9, 12).

Investido con el Espíritu del Señor, Salomón se convirtió en el instrumento de Dios para edificar el santo templo que Israel había esperado y por el que había rogado por muchas generaciones. Pero con el pasar del tiempo Salomón tomó esposas fuera de Israel “y sus mujeres desviaron su corazón” e “hizo Salomón lo malo ante los ojos de Jehová” (1 Reyes 11:3, 6). De Salomón podemos aprender que el conocimiento y la sabiduría por si solos no califican a una persona para guiar a los demás. Quizás Jacob lo dijo mejor: “pero bueno es ser sabio, si hacen caso de los consejos de Dios” (2 Nefi 9:29).

Después de los cuarenta años del reinado de Salomón, su hijo Roboam fue a Siquem para que le coronaran rey. Buscó el consejo de los élderes con respecto a cómo debería gobernar. “Y ellos le hablaron diciendo: Si tu fueres hoy siervo de este pueblo y lo sirviereis, y respondiéndoles buenas palabras les hablares, ellos te servirán para siempre” (1 Reyes 12:7). El Salvador dio a sus discípulos un consejo similar cuando les esnifen: “Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (Mareos 9;35). Dentro del reino de Dios, guiar es servir.

Sin embargo, Roboam rechazó el consejo de ser humilde y servir a los demás Por el contrario, decidió reinar sobre Israel con mano dura, causando una gran división entre el reino del norte de Israel y el reino del sur de Judá (véase 1 Reyes 12:20).

Durante los siguientes 220 años el pueblo en general dejó de lado los convenios sagrados, alejándose así por las vías del mundo. Luego, un joven de nombre Ezequías empezó a reinar en Judá e “hizo lo recto ante los ojos de Jehová” y “en Jehová Dios de Israel puso su esperanza” (2 Reyes 18:3, 5). Ezequías reunió a los poseedores del sacerdocio de la época y les dijo: “¡Oídme, levitas! Santificaos ahora, y santificad la casa de Jehová el Dios de vuestros padres, y sacad del santuario la inmundicia” (2 Crónicas 29:5). “No seáis como vuestros padres y como vuestros hermanos, que se rebelaron contra Jehová… y servid a Jehová vuestro Dios.” (2 Crónicas 30:7-8.)

En respuesta a este decidido líder, a quien apoyaba el profeta Isaías, “oyó Jehová a Ezequías, y sanó al pueblo” (2 Crónicas 30:20) y “… con fidelidad se consagraban a las cosas santas” (2 Crónicas 31:18).

Del rey Ezequías, así como del rey Benjamin (véase Mosíah 2-5), aprendemos una lección muy positiva de liderazgo: las circunstancias no siempre tienen que ser las mismas. ¡Los lideres pueden lograr un cambio!

La fe en el Señor y las grandes esperanzas pueden causar un gran cambio en el corazón de todo un pueblo.

Uno de los grandes maestros y profetas lideres de Israel fue Esdras, “porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esdras 7:10). Como Santos de los Últimos Días estamos agradecidos por tener un profeta en nuestros días, nuestro amado profeta Ezra Taft Benson, quien, al igual que el Esdras del Antiguo Testamento, se preparó para recibir la palabra del Señor y esta preparado para hacer la voluntad del Señor. Doy mi testimonio de que hoy día existe un profeta viviente en Israel.

Otro gran líder que siempre buscó la guía del Señor fue el profeta José Smith. Su vida ejemplificó lo que Pablo dijo de vivir el evangelio que predicamos (véase 1 Corintios 9:14). Una de las cualidades sobresalientes del Profeta fue su habilidad de delegar y de lograr que aquellos que lo rodeaban aprendieran técnicas de liderazgo. La expedición del Campo de Sión es tan sólo un ejemplo del liderazgo de José, basado en el principio: “Ven, sígueme” (Lucas 18:22). Al desorganizarse el Campo de Sión, el Profeta le dio al recién organizado sumo consejo instrucciones detalladas con respecto a sus llamamientos y luego les dijo: “Si muriese hoy mismo, habré cumplido la gran obra que el Señor puso ante mi” (History of the Church, 2:124). Mucho antes de su muerte, José Smith había capacitado diligentemente a aquellos que continuarían guiando el reino cuando el ya no estuviera con ellos. He aquí otra lección importante del liderazgo: Los lideres están moralmente obligados a preparar a otros para que tomen su lugar en el futuro. Hermanos y hermanas, el cementerio esta lleno de lideres que pensaron que eran indispensables .

Entre los lideres mas justos y eficaces que pisaron la tierra esta Enoc, quien trató en forma persistente de salvar a cada alma.

“Y el Señor llamó SION a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en justicia …

“Y con el transcurso del tiempo, Sión fue llevada al cielo.” (Moisés 7:18, 21.)

Notad la referencia en cuanto a “con el transcurso del tiempo”. Un buen líder debe tener una buena perspectiva y además paciencia. En la sección 107 de Doctrina y Convenios leemos que Enoc “tenia cuatrocientos treinta años cuando fue trasladado” (vers. 49). Hermanos y hermanas, ‘la evidencia es obvia’: lograr la perfección toma mucho, pero mucho tiempo. No obstante, se nos manda ser perfectos, aun como nuestro Padre que esta en los cielos es perfecto (véase Mateo 5:48, 3 Nefi 12:48).

De la vida mas ejemplar de todas, o en otras palabras, la de nuestro Salvador Jesucristo, aprendemos la que quizás sea la lección mas importante. Cuando se encontró ante el mas profundo de los sufrimientos en el Jardín de Getsemaní, oró para que pasara de El la amarga copa, agregando con un corazón manso y humilde: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42; cursiva agregada). Un líder en el reino de Dios debe ser manso y humilde de corazón (véase Alma 37:34).

Ruego que todos los que estamos embarcados en la obra del Señor hagamos Su obra a Su manera, “por persuasión, por longanimidad … mansedumbre y por amor sincero;

“por bondad y por conocimiento puro …

“reprendiendo en la ocasión con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces demostrando mayor amor” (D. y C. 121:41-43). Lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amen.