Las enseñanzas de un Padre amoroso

Horacio A. Tenorio


“Si comprendemos la importancia de los obstáculos en nuestra vida los llegamos a ver en forma positiva como verdaderos desafíos para enfrentar.”

Estoy agradecido de estar frente a mi Profeta y guía, el presidente Ezra Taft Benson, representante del Señor aquí en la tierra; y ante los Doce Apóstoles, los testigos especiales de Jesucristo.

Dios, nuestro Padre Celestial, nos ama entrañablemente y vela por nosotros en todas nuestras necesidades e inquietudes, siguiendo paso a paso nuestra vida.

El estableció el plan para que nosotros sus hijos viniéramos a la tierra a continuar con el progreso que habíamos iniciado a su lado. En ese entonces, estando con El, teníamos sus enseñanzas, sus consejos y hasta sus regaños, como niños que sus padres guían de cerca para educarlos.

Esos hijos llegaron a un punto tal de conocimiento que el Padre decidió que necesitaban de otra forma y otro medio para seguir progresando sin Su presencia, usando su libre albedrío y tomando sus propias decisiones.

Pero el no tenerle a El presente no quiere decir que nos haya dejado solos. No, El se preocupa por cada uno de nosotros y nos provee de muchas enseñanzas en este tiempo de probación y nos ha proveído de un Salvador y Redentor, un Pastor.

Nos da también la posibilidad de un compañero constante, el Espíritu Santo, y nos da guías tan claras como las Escrituras y las exhortaciones de un Profeta viviente.

Como podéis apreciar, no estamos solos.

El trata de enseñarnos en todo. Multitud de estas enseñanzas podrían venir de cada ser de la creación. La hormiga nos enseña su laboriosidad y trabajo; la abeja, su organización y previsión.

Tenemos también enseñanzas en las flores, las plantas y en toda la naturaleza; basta solamente adentrarnos en enciclopedias y libros de texto y descubrimos un sinfín de cosas maravillosas de esa obra grandiosa de nuestro Padre Celestial. Todo esto nos puede ayudar en cierta forma a guiar nuestra vida por el camino mas correcto. Pero las enseñanzas mas importantes, además de las Escrituras, las recibimos de situaciones y vivencias propias, que son las mas importantes porque nos afectan directamente y en forma personal. Por ejemplo un viaje a tierras extrañas, un nuevo trabajo, una carrera, un llamamiento en la Iglesia, etc. Sin embargo, de todas las situaciones, las que mas nos enseñan son las llamadas pruebas, desafíos, sufrimientos y problemas. Es cuando, si somos perceptivos al Espíritu y tenemos fe, vemos la mano de Dios en una atención especial a cada uno de sus hijos.

Los problemas son una parte muy importante de nuestra vida. El Señor los pone en nuestro camino para que los venzamos no para que nos venzan, para que los desmoronemos, no para que nos desmoronen. Cada vez que vencemos un desafío, progresamos en experiencia, seguridad en nosotros mismos y fe.

La carrera de cien metros con obstáculos se desarrolla en una pista plana en la que se colocan vallas para que los competidores salten sobre ellas; no son para que el corredor llegue frente a la valla y se detenga; no son para que se desanime y regrese; no son para que se estrelle contra ellas. Lo interesante y bonito de esa competencia es saltar sobre las vallas, vencer los obstáculos.

Si comprendemos la importancia de los obstáculos en nuestra vida, los llegamos a ver en forma positiva como verdaderos desafíos para enfrentar.

Los jóvenes aprenden esto en la misión, y he visto a varios decir en su testimonio al terminar su misión: “¡Benditos problemas!”

Los desafíos son verdaderas oportunidades de bendiciones y estas se ganan venciéndolos con fe y estando alerta para percibir lo que el Espíritu y el Salvador nos quieran enseñar.

Muchas personas se quejan o murmuran cuando llegan las pruebas, las enfermedades, los accidentes, la perdida de trabajo, las muertes, etc., y dicen: “Por que a mi? Eso no es justo”, o se deprimen tanto que su vida sufre un desquiciamiento del cual les es difícil reponerse.

Otra razón de las pruebas es lo que nuestro Padre nos enseña en Doctrina y Convenios:

“Y es menester que el diablo tiente a los hijos de los hombres, o estos no podrían ser sus propios agentes; porque si nunca tuviesen lo amargo, no podrían conocer lo dulce.” (D. y C. 29:39.)

Hace poco tiempo nuestra familia tuvo una oportunidad de ser enseñada. Fue una prueba dolorosa que se convirtió en una dulce experiencia. En diciembre pasado tuvimos la bendición

de reunirnos mi esposa y yo con nuestras tres hijas; la mayor, casada, vive en el estado de Delaware, en los Estados Unidos, y fue a visitarnos con su esposo y sus tres hijitos; el mas pequeño, llamado David, de quince meses, es también el menor de nuestros cuatro nietos. Fueron días hermosos e inolvidables. Como familia disfrutamos grandemente y fue una buena oportunidad para conocer mas a David, a quien sólo habíamos visto cuando nació. David, el niño de carácter mas dulce, mas bueno que he conocido, nunca lloraba, ni siquiera cuando tenia dolor o estaba enfermo; era independiente pero muy cariñoso. Es un espíritu especial. Terminaron esos días juntos y la familia de mi hija regresó a su hogar; dos días después de haber llegado, en forma trágica, David tuvo que ser internado en un hospital y a las cuatro horas murió.

Mi esposa y yo viajamos de inmediato para estar con nuestros hijos en ese trance tan difícil. Volamos toda la noche y fue penoso para mi esposa y para mi hablar del asunto; así es que pasamos horas de vigilia con nuestros pensamientos y oraciones. No sabia cómo podía consolar a nuestros hijos, que decirles, si yo mismo sufría profundamente. Así es que ore mucho a mi Padre amoroso para que me ayudara. Las respuestas llegaron una a una y en el momento indicado, cumpliéndose las palabras que dicen: “Aprende de mi y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi espíritu; y en mi tendrás paz.” (D. y C. 19:23.)

Llegamos a la casa de nuestros hijos y ellos se encontraban desconsolados; sufrían intensamente y ese dolor no les permitía ver los propósitos y enseñanzas de lo ocurrido. Ellos son fieles miembros de la Iglesia, pero como jóvenes nunca esperaban algo tan impactante.

Mi esposa y yo compartimos las respuestas que teníamos, y ellos, al entenderlas y aceptarlas, empezaron a recibir aun mas respuestas, mas enseñanzas, lo que llevó paz a su corazón.

“De cierto, de cierto te digo: si deseas mas testimonio, piensa en la noche que me imploraste en tu corazón, a fin de poder saber tocante a la verdad de estas cosas.

“¿No hable paz a tu mente en cuanto al asunto? ¿Que mayor testimonio puedes tener que de Dios?” (D. y C. 6:22-23.)

E1 ambiente de dolor y sufrimiento cambió, dejando lugar a sentimientos espirituales.

Me admiró ver cómo nuestros hijos pasaron el trance del sepelio con tranquilidad y dulzura. Mostraron gran fortaleza y aun ellos consolaban a familiares y amigos.

¿Cómo fue posible esta transformación casi increíble?

Fue posible al darnos cuenta de que Dios vive y nos ama como un Padre y E1 no desea que nos suceda daño alguno; que si David se fue, es porque como espíritu tan especial no tuvo necesidad de permanecer mas tiempo aquí; que a David lo necesitan mas en otro lugar que en este; que fue una bendición conocerle y tenerle en la familia; que no le hemos perdido, que podremos verle; que debemos recordar con placer los momentos que pasamos con el; que el nos enseñó lo que es ser puro y limpio delante de Dios y es un ejemplo para nosotros; que debíamos poner nuestras vidas en la perspectiva correcta para ser dignos de volver a verle. Nos hizo pensar en la vida a través del velo y se nos enseñó a reconocer lo que es verdaderamente importante en esta vida y en la venidera: conservar nuestras familias unidas eternamente.

¡Cuantas bendiciones, cuantas enseñanzas! Cómo cambiamos y progresamos en esos días. Cuanto agradecemos a nuestro Padre Celestial esta experiencia.

Unos cuantos días después de que David partiera, mi hija supo que estaba embarazada nuevamente. ¡Cuanto amor de nuestro Padre! Y mas enseñanzas.

Testifico que nuestro Maestro, nuestro Pastor, es Cristo, nuestro mejor amigo que aclara todas nuestras dudas, cura nuestras heridas y convierte nuestros dolores en dulces experiencias. Lo digo en el nombre de Jesucristo. Amen.