La resurrección

F. Melvin Hammond

Of the Second Quorum of the Seventy


F. Melvin Hammond
“Gracias a El, a nuestro Salvador Jesucristo, el Hijo de Dios, cada uno de nosotros volverá a vivir, libre de las cadenas de la muerte.”

Mis queridos hermanos, con placer soy portador del amor de mas de 400.000 miembros de la Iglesia del Area Norte de Sudamérica, y de vuestros maravillosos misioneros, mayores y jóvenes. Estos continuamente me dicen: “Elder Hammond, cuando vea a nuestro querido Profeta, dígale cuanto lo queremos. Y cuando hable en una conferencia general, dígales a los santos que nuestro amor por el Salvador esta firmemente unido al de ellos”. Todos ellos son especiales y es un placer cumplir con lo que me han pedido.

En esta oportunidad, quiero hablar en particular a los jóvenes de todo el mundo. Creo que ellos tienen una capacidad especial para entender las cosas importantes. Lo ilustrare con este relato:

Hace muchos años, mi familia y yo estabamos en nuestra noche de hogar hablando de la resurrección. Mientras trataba de explicar sencillamente lo que sucede al resucitar, noté que nuestros niños pequeños me miraban con una expresión de perplejidad en la carita; como disculpándome, murmure algo sobre lo difícil que es entender esas cosas. Lezlee, que tenia cinco años, preocupada al verme en apuros, me dijo: “No te preocupes, papi; yo te entiendo”. Y para demostrar su conocimiento de ese tema del evangelio, se tendió en el suelo y después, con los brazos extendidos y muy rígida, se levantó lentamente, diciendo: “Te despiertas muerto”.

Así que quiero hablaros sobre la resurrección de nuestro Salvador, Jesucristo, porque el domingo de Pascua celebraremos su resurrección de los muertos y todos debemos conocer la historia maravillosa de ese extraordinario acontecimiento.

Era un domingo, temprano por la mañana; sobre la ciudad santa, Jerusalén, todavía se cernía la obscuridad cuando María Magdalena entró en el huerto y se acercó al sepulcro donde hacía poco habían depositado el cuerpo de Jesús de Nazaret.

Hacia apenas dos días, clavado en una cruz de madera, el manso Cristo había entregado el espíritu y la vida mortal había llegado a su fin para el Unigénito del Padre en la carne.

José de Arimatea, que era miembro del Sanedrín pero también discípulo de Jesús, había ido a ver al procurador romano, Poncio Pilato, y le había pedido y recibido el permiso para bajar el cuerpo de la cruz; lo bajaron, y José, con ayuda de Nicodemo (el mismo que había ido una vez durante la noche para hacerle una pregunta importante a Jesús), amorosamente preparó el cuerpo para el entierro según la costumbre judía. Después, los bondadosos hombres colocaron al Maestro en un sepulcro recientemente excavado en una roca, que era de José. Después, se hizo rodar una gran piedra para tapar la entrada y se colocó en ella un sello romano, “no sea”, dijeron los que lo hicieron, “que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de los muertos …” (Mateo 27:64).

Esa mañana, María Magdalena llegó al sepulcro y vio asombrada que alguien había hecho rodar la enorme piedra, y el cuerpo de su amado Jesús no estaba allí. Ella se apresuró para ir a avisar a los Apóstoles de esta nueva tragedia, diciéndoles: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto” (Juan 20:2).

Pedro (el Apóstol principal) y Juan (el Amado) corrieron al lugar y confirmaron lo que María había dicho. En verdad, con excepción de los lienzos con que habían envuelto el cuerpo, el sepulcro estaba vacío. Los dos Apóstoles se fueron a su casa muy tristes [véase Juan 20:3-10].

“Pero María”, que había seguido a Pedro y Juan hasta el huerto, “estaba … llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro” (Juan 20:11). Allí dentro vio a dos ángeles vestidos de blanco. Al verla tan afligida, ellos le preguntaron: “Mujer, ¿por que lloras?” María les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor, y no se dónde le han puesto” (Juan 20:13).

Llorando todavía, María se volvió y a través de las lagrimas vio que había alguien de pie cerca de ella; la persona le preguntó: “Mujer, ¿porque lloras? ¿A quien buscas?” Pensando que quien le hablaba seria el hortelano, ella respondió: “Señor, si tu lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevare”.

Con una voz llena de amor y ternura, E1 pronunció una palabra: “¡María!” La voz era inconfundible: era Jesucristo. Profundamente conmovida, la mujer sólo pudo exclamar: “¡Raboni!”, o sea, ¡Maestro!

Allí estaba El, de pie frente a ella, ¡vivo! ¡Se había levantado de los muertos! ¡No volvería a morir! Su cuerpo perfecto se había unido para siempre con el espíritu. ¡El Cristo eterno vivo nuevamente!

Para el crédito de todas las mujeres buenas y amorosas que hay en el mundo, nuestro Redentor escogió a una mujer, María Magdalena, para ser. el primer testigo terrenal de su resurrección.

Al examinar los hechos que llevaron a la muerte de Jesucristo, tenemos la tendencia a afligirnos por los tormentos que tuvo que sufrir a manos de hombres malvados: los terribles azotes, los clavos que le atravesaron manos y pies, la prolongada agonía de la cruz y, finalmente, su tierno corazón destrozado

por los pecados de la humanidad.

Pero, detengámonos a pensar: ¡El no ha muerto! ¡Ha resucitado! Es las primicias de la Resurrección. Sin El, la vida terminaría para todos al llegar la muerte; y todos iríamos a la tumba y nuestro cuerpo se desintegraría

convertido en polvo para siempre. Pero gracias a El, a nuestro Salvador Jesucristo, el Hijo de Dios, cada uno de nosotros volverá a vivir, libre de las cadenas de la muerte.

A los padres que hayan dejado en la tumba el cuerpo mortal de un hijo querido o una hermosa hija, a todos los que hayan perdido a uno de sus padres o a su cónyuge, arrebatado por la mano implacable de la muerte, os digo: Tened esperanza. Si somos fieles hasta el fin, no estaremos separados de ellos mas que un momento; y luego, ¡ah, la dulzura de esa gloriosa reunión!, porque la tierna misericordia del Señor nos sacara triunfantes de la tumba.

Así que, mis jóvenes amigos de todas partes, al celebrar la Pascua, ¿recordareis la historia de Jesús saliendo del sepulcro como un Ser perfeccionado y glorificado?

¿Recordareis que El hizo posible que todos algún día seamos resucitados y volvamos para vivir en el reino celestial de Dios por la eternidad? Si lo recordáis, comprenderéis el amor que E1 tiene por nosotros y vuestro amor por E1 será cada vez mas profundo.

Este es mi humilde testimonio de la gloriosa resurrección del Señor Jesucristo, que os proclamo humildemente, junto con mi profundo amor por El y por cada uno de vosotros, en el nombre de Jesucristo. Amen.