Días inolvidables

Presidente Thomas S. Monson

Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Presidente Thomas S. Monson

A medida que el año 1990 se aproxima inexorablemente hacia el final, todos los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días pueden detenerse a reflexionar sobre los acontecimientos tan destacados que han ocurrido en nuestra época, en nuestros días y en nuestra vida.

En mayo del corriente, mi esposa y yo estabamos en la histórica ciudad de Berlín. Nos subimos a un taxi y le pedimos al conductor que nos llevara al Muro de Berlín. Cuando vimos que el taxista no emprendía el viaje, le volvimos a decir que nos llevara a la dirección que le habíamos dado. Pero el vehículo se quedó inmóvil y el conductor se dio vuelta para decirnos en un inglés entrecortado: “No puedo; el muro esta kaput, derrumbado”. Entonces nos llevó al Portón de Brandenburgo y vimos su restauración. De allí veíamos de este a oeste, a un Berlín ahora unido, y reflexionamos en lo sucedido una vez que cayó el muro: la creación de nuevas misiones en Polonia, Hungría y Grecia, y otra restablecida en Checoslovaquia. Y ahora se ha reconocido oficialmente la Rama Leningrado en la Unión Soviética. ¿Quién, excepto el Señor mismo, pudo haber previsto estos hechos históricos? Fue él quien declaró: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones” (Mateo 24:14). Indudablemente los fines del Señor están bien a la vista si tenemos ojos para ver y corazones que comprendan y sientan.

Otra bendición transcendente ocurrió el ultimo fin de semana de agosto cuando se dedicó un magnifico templo del Señor en Toronto, Ontario, Canadá. Su gloriosa estampa parece atraer y decir a todo el que percibe su esplendor: “Ven, ven a la Casa del Señor. Aquí encuentran descanso los fatigados y paz el alma”.

¡Y efectivamente muchos lo han visitado! Primero asistieron a la recepción al publico donde presenciaron el interior del templo con reverencia y aprendieron el propósito de su edificación y las bendiciones que nos proporciona el templo. Un visitante describió la belleza del templo con estas palabras: “Este es un centro de serenidad”.

Cuando iba a salir del templo, una niña asiática dijo: “Mama, todo esto es muy lindo. No me quiero ir”.

Una señora sorprendió a uno de los saludadores cuando le dijo: “Me ha impresionado muchísimo lo que he visto. ¿Cómo me hago miembro de su Iglesia?”

Después llegaron los miembros fieles de la Iglesia a las sesiones dedicatorias. Fueron desde Ontario y Quebec. Otros llegaron de las ciudades de los Estados Unidos que son parte del distrito de ese templo. Algunos fueron a Toronto desde las Provincias Marítimas. Ninguno volvió a su casa desencantado.

Un niño que presenciaba la ceremonia de la piedra angular fue llamado por inspiración a tomar una paleta y ayudar a sellar la piedra.

Haciendo acopio de su valor, Dora Valencia, una hermana que había estado cuatro años internada en un hospital de Ontario, cumplió con sus deseos de asistir. Desde la camilla con ruedas en la que la llevaron al Cuarto Celestial, no sólo se inundó del espíritu presente sino que contribuyó con el suyo. Cuando salí del salón, pase por su lado y, al ver su expresión de profunda gratitud al Señor, me incline y le tome la mano. Sentí que el cielo estaba muy cerca.

Coros angelicales elevaron hacia el cielo el espíritu de todos mientras se cantó el hermoso himno Hosanna. Cuando la congregación se unió al coro para cantar “El Espíritu de Dios”, no hubo persona que no se sintiera conmovida.

Los discursantes contaron la historia de la Iglesia en la zona de Toronto, y la hermosa oración dedicatoria de cada una de las sesiones nos llenó de paz. Las palabras de Oliverio Cowdery, referentes a otra época, parecieron cautivar el espíritu de la dedicación: “Fueron días inolvidables”.

Al recordar la historia de la Iglesia del este de Canadá, nos damos cuenta de la emoción de los miembros de la Iglesia al tener un templo en su región.

En abril de 1830, Phineas Young recibió de Samuel Smith, hermano del Profeta, un ejemplar del Libro de Mormón, y unos meses después viajó al norte de Canadá. En Kingston, expreso el que conocemos como el primer testimonio de la Iglesia Restaurada fuera de las fronteras de los Estados Unidos.

El profeta José Smith, con Sidney Rigdon y Freeman Nickerson, visitó Brantford y Mount Pleasant, Ontario, en 1833. Hacia mucho que el Profeta y Sidney no veían a sus familias y se sentían muy preocupados por ellos. En la revelación que ahora conocemos como la Sección 100 de Doctrina y Convenios, el Señor les aconsejó: “De cierto, así dice el Señor a vosotros, mis amigos Sidney y José, vuestras familias están en mis manos y haré con ellas como me parezca bien …

“Por tanto, seguidme y escuchad los consejos que os daré …

“He aquí, tengo mucha gente en este lugar, en las regiones inmediatas; y se abrirá una puerta eficaz … en estas tierras del este.” (D. y C. 100:1-3.)

El Profeta demostró la misma consideración hacia la gente que el Señor les había demostrado a él y a Sidney Rigdon. En su diario habla de ellos de la siguiente manera: “La gente se mostró muy sensible e inquisitiva” y “Oh Dios, sella nuestro testimonio a sus corazones”.

En 1836, Parley P. Pratt fue a Canadá después de una gran profecía dada por Heber C. Kimball en la que el hermano Pratt recibió instrucciones de ir a Toronto. Se le dijo que allí encontraría gente esperándolo, quienes recibirían el evangelio, y que desde allí el evangelio se extendería a Inglaterra, donde se efectuaría una gran obra. En Toronto encontró al presidente John Taylor, a los Fielding y a muchos otros.

En agosto del año siguiente, 1837, el profeta José Smith, con Sidney Rigdon y Thomas B. Marsh, el entonces Presidente de los Doce Apóstoles, visitaron Toronto. Viajaban en diligencia y tenían reunión de noche, iluminándose con velas, en las ramas de la Iglesia. El élder Taylor los acompañaba y dijo después: “Esta fue una oportunidad que disfrute muchísimo. Tuve el placer de conversar con ellos a diario, de escuchar sus consejos y de sacar provecho de la gran inteligencia que irradiaba continuamente del profeta José Smith”.

El narrar estos hechos me hace acordar lo que le sucedió a John E. Page cuando el profeta José Smith lo llamó para ir a una misión a Canadá. “Pero no puedo ir a una misión a Canadá, hermano José”, protestó John E. Page. “Ni siguiera tengo un abrigo.”

“Toma”, le dijo José Smith, sacándose el suyo, “llévatelo y el Señor te bendecirá”.

John E. Page salió de Kirtland, Ohio, el 31 de mayo de 1836, en su primera misión como élder de la Iglesia. Sirvió como misionero en Canadá dos años, y durante ese tiempo viajó mas de 8000 kilómetros, casi siempre a pie, y bautizó a unas 600 personas.

Una de las grandes familias que se unieron a la Iglesia en Canadá fue la de Archibald Gardner. Por su diario, nos enteramos de las experiencias de su familia en Canadá durante el año 1843.

Robert Gardner describe el día de su bautismo. “Nos internamos como una media legua en el bosque para encontrar un arroyo de la profundidad adecuada. Cortamos un circulo en el hielo de medio metro de espesor. Mi hermano William me bautizó y, sentado en un tronco, a la orilla del arroyo, me confirmaron.

“No puedo describir lo que sentí en ese momento y por bastante tiempo después. Me sentía como un niñito y tenia mucho cuidado de lo que pensaba, decía o hacia porque no quería ofender a mi Padre Celestial. Leer las Escrituras y orar en secreto me ocupaba el tiempo libre. Siempre llevaba conmigo un Nuevo Testamento de bolsillo y cuando un pasaje me parecía que apoyaba al mormonismo, marcaba la pagina. Pronto tenia casi todas las paginas marcadas y me era difícil encontrar un pasaje determinado. Nunca me costó creer en el Libro de Mormón. Cada vez que lo tomaba en las manos para leerlo, sentía en el pecho un testimonio ardiente de su veracidad.”

Archibald Gardner agregó:

“Mi madre aceptó el evangelio de corazón en seguida que lo escuchó. Poco después de haberse convertido a la nueva fe, enfermó gravemente, tanto así que se le desahució. Pero ella insistía en que la bautizaran. Los vecinos decían que si la metíamos en el agua, nos acusarían de asesinato, porque estaban seguros de que moriría. De todas formas, la abrigamos bien y la llevamos dos millas en trineo hasta el lugar designado. Allí cortamos el hielo y la bautizamos en presencia de un grupo de incrédulos que había ido a presenciar su muerte. La llevamos a casa y le preparamos la cama, pero ella dijo: ‘No, no necesito acostarme; estoy muy bien.’ Y así era.” (The Life of Archibald Gardner, Draper, Utah, Review and Preview Publishers, 1970, págs. 25-27.)

A través de los años, este mismo espíritu de fe y confianza en el Señor ha continuado. Durante el periodo de 1959 a 1962, mi familia y yo vivimos en Toronto, donde yo serví como presidente de misión. Somos testigos del amor de Dios por los miembros de esa región. Quisiera contaros algunos acontecimientos inolvidables.

Uno de ellos tiene que ver con la familia de Donald Mabey. El hermano Mabey se había mudado con su familia de Salt Lake City a North Bay, Ontario, trasladado por la compañía para la que trabajaba; era élder en la Iglesia, pero no había sido muy activo en los llamamientos del sacerdocio. Tenia unos 35 años y una hermosa familia. La Rama North Bay era una unidad que necesitaba desesperadamente lideres del sacerdocio. Cuando fui a la rama y me di cuenta de lo que sucedía, entrevisté al hermano al hermano Mabey y le dije: “Le extiendo el llamamiento de servir en la presidencia de la Rama North Bay”.

Él me contestó: “No puedo hacerlo”.

Cuando le pregunte por que, me respondió que nunca había hecho algo así.

“Eso no tiene importancia”, le conteste, porque el apellido de él me hizo acordar de la vieja canción que dice “Quizás, quizás, quizás”, y tenia esperanzas de que aceptara.

En efecto, me contestó que sí. En la actualidad es sumo sacerdote y vive cerca de aquí. Toda su familia ha ido al templo y ha recibido las bendiciones que se otorgan allí.

Otra evidencia de fe ocurrió cuando visitamos la Rama Santo Tomas, situada a unos 190 kilómetros de Toronto. Mi esposa y yo habíamos sido invitados a asistir a la reunión sacramental de la rama y a hablarles a los miembros. Mientras manejábamos por una calle con edificios modernos, vimos muchas capillas y nos preguntábamos cuál seria la nuestra, pero no era ninguna de ellas. Nos fijamos otra vez en la dirección que nos habían dado y vimos que se trataba de un edificio destartalado. Nuestra rama se reunía en el sótano, y de los veinticinco miembros que tenia, doce estaban presentes. Las mismas personas dirigían la reunión, bendecían y repartían la Santa Cena, daban las oraciones y cantaban los himnos.

Al final de las reuniones, el presidente de la rama, Irving Wilson, nos preguntó si podíamos reunirnos con él. En esa entrevista me mostró un ejemplar de una revista de la Iglesia y, señalándome una fotografía de una de las nuevas capillas de Australia, el presidente Wilson me dijo: “Esta es la capilla que necesitamos en Santo Tomas”.

Yo sonreí y le respondí: “Cuando tengamos suficientes miembros aquí para mantener una capilla como esa, estoy seguro de que la tendremos “. En ese entonces los miembros locales tenían que contribuir el treinta por ciento del costo del terreno y de la capilla, además de pagar el diezmo y otras ofrendas.

Pero él insistió: “Nuestros hijos están creciendo, y necesitamos esa capilla y la necesitamos ahora”.

Le di esperanzas y animo para que hicieran crecer la rama hermanando y enseñando a los demás. Lo que sucedió después es un ejemplo clásico de la fe, unida al esfuerzo y coronada por el testimonio.

El presidente Wilson me pidió seis misioneros mas para trabajar en Santo Tomas. Cuando llegaron, llamó a todos los misioneros a una reunión en un cuarto de su pequeña joyería. Allí se arrodillaron a orar y le pidió a uno de los élderes que le alcanzara la guía de teléfonos que estaba sobre una mesa cercana. El presidente Wilson tomó la guía y les dijo: “Si algún día vamos a tener la capilla de nuestros sueños en Santo Tomas, necesitamos que un miembro nos haga los planos. Y puesto que no tenemos un miembro que sea arquitecto, tendremos que buscar uno y convertirlo”. Dejó correr el dedo sobre la columna con los nombres de los arquitectos, se detuvo en uno y dijo: “Este es el que vamos a invitar a nuestra casa para que escuche el mensaje de la Restauración”.

Después procedió de la misma manera para elegir plomeros, electricistas y expertos de toda clase. Hizo lo mismo con otros profesionales, porque deseaba tener una rama equilibrada. Se invitaron a las personas a su casa para conocer a los misioneros, les enseñaron la verdad, les expresaron sus testimonios y los convirtieron. Los nuevos conversos repetían el proceso, invitando a otros a escuchar el evangelio, semana tras semana, mes tras mes.

La rama de Santo Tomas creció a pasos agigantados. Al cabo de dos años y medio, habían comprado un terreno y construido una capilla; el sueño se había transformado en realidad. Esa rama es ahora un barrio muy activo en una de las estacas de Sión.

Cuando recuerdo la ciudad de Santo Tomas, no pienso en los cientos de miembros del barrio ni en las muchas docenas de familias, sino que la memoria me lleva a la pequeña reunión sacramental en aquel sótano y a la promesa del Señor: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

Los templos como el de Toronto están construidos de piedra, vidrio, madera y metal. Pero también son producto de la fe y son un ejemplo del sacrificio de los miembros. Los fondos para construir los templos vienen de todos los miembros que pagan diezmos e incluyen las contribuciones de las viudas, los centavos de los niños y los dólares de los obreros, todos santificados por la fe.

Siempre que asisto a la dedicación de un templo, recuerdo a los hermanos Gustav y Margarete Wacker, de Kingston, Ontario. Él fue una vez presidente de la Rama de Kingston. Era alemán y hablaba ingles con mucho acento. Nunca aprendió a conducir un automóvil ni tuvo uno. Era peluquero, y ganaba moderadamente cortando el cabello cerca de la base militar de Kingston. ¡Cómo quería a los misioneros! Se le alegraba la vida cuando le tocaba cortarle el cabello a uno de ellos. Nunca les cobraba. Y cuando ellos insistían un poco, él les contestaba: “Ah, no; es un placer cortarle el pelo a un siervo del Señor”. Se metía las manos en los bolsillos y les daba a los misioneros todas las propinas del día. Si estaba lloviendo, como sucede a menudo en Kingston, el presidente Wacker les llamaba un taxi y los mandaba al apartamento de ellos mientras él, al fin de la jornada, cerraba la peluquería y, a pie, caminaba a la casa, solo, bajo la lluvia torrencial.

Conocí a Gustav Wacker cuando me di cuenta de que su diezmo era mucho mayor que lo que se esperaba de un peluquero. A pesar de que hice lo posible por explicarle que el Señor sólo nos pedía una décima parte, este consejo cayó en oídos atentos pero poco convencidos. Me decía simplemente que le gustaba pagar todo lo que podía al Señor, lo que llegaba a ser un tercio de su ganancia. Su esposa pensaba exactamente lo mismo, y continuaron pagando de esa forma.

Los hermanos Wacker tenían un hogar que era celestial. No tenían hijos, pero consentían a los muchos miembros de la Iglesia que los visitaban. Un líder de la Iglesia muy instruido de Ottawa me dijo: “Me encanta visitar a los Wacker. Salgo de allí con el espíritu renovado y con una mayor determinación de vivir mas cerca del Señor”.

¿Recompensó nuestro Padre Celestial esa fe tan firme? La rama prosperó. Los miembros empezaron a no caber en el local en que se reunían y se mudaron a su propia capilla, moderna y hermosa, para la cual los miembros de la rama habían contribuido mas de lo que les correspondía, a fin de que el edificio embelleciera la ciudad de Kingston. El presidente y la hermana Wacker recibieron contestación a sus oraciones al servir en una misión proselitista en su tierra natal, Alemania, y después una misión al Templo de Washington, D.C. En 1983, una vez que finalizó su misión mortal, Gustav Wacker falleció pacíficamente en los tiernos brazos de su compañera eterna, vestido en su traje blanco, en el Templo de Washington.

Toda esta historia y mucho más me vino a la mente durante los servicios dedicatorios del Templo de Toronto. Recordé las muchas nacionalidades representadas por nuestros miembros allá. Los ingleses, escoceses, alemanes, franceses e italianos predominaban, pero también había miembros de Grecia, Hungría, Finlandia, Holanda, Estonia y Polonia. Ciertamente, Toronto es un ejemplo de la promesa del Señor en Jeremías: “… y os tomaré uno de cada ciudad, y dos de cada familia, y os introduciré en Sión” (Jeremías 3:14). Esto es lo que ha hecho; y desde esta Sión llamada Toronto, ahora sale la palabra en esos idiomas nativos a los países natales de las personas que el Señor ha recogido en Canadá.

Cuando me preparaba para marcharme de Toronto, después de la sesión dedicatoria final, mire hacia los cielos para orar en silencio y agradecer a Dios su cuidado, sus abundantes bendiciones y los días inolvidables. En las alturas del brillante templo blanco, que personifica la pureza y refleja la bondad, esta la dorada estatua del ángel Moroni. Recordé que me habían dicho que, desde esa altura de 32 metros, en un día claro se puede ver hasta la colina Cumorah. Mis ojos se posaron en la familiar trompeta. El ángel miraba hacia Cumorah, su hogar El hermoso Templo de Toronto prepara a todos los que allí entran para que regresen a su hogar, a su hogar celestial, a su familia, a Dios.

Que todos podamos viajar seguros a nuestro hogar eterno, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.