La pureza precede al poder

Elder M. Russell Ballard

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Elder M. Russell Ballard

Mis palabras se dirigen principalmente a vosotros, los jóvenes del Sacerdocio Aarónico; el tema es la limpieza moral de nuestra juventud. Los líderes de la Iglesia se preocupan tanto por todos los jóvenes que siento gran apremio por advertiros una vez mas sobre las consecuencias de la inmoralidad. Al mismo tiempo, quiero recalcar las grandes promesas que se hacen a los que seáis moralmente limpios.

Sabemos que los jóvenes de la Iglesia están creciendo en un mundo plagado de inmoralidad entre los adolescentes; sabemos también que el pecado sexual ha aumentado muchísimo en los últimos veinte años. Demasiados son los jovencitos, particularmente en los Estados Unidos, que han violado la ley de castidad antes de llegar a los diecinueve años. Lamentablemente, los jóvenes de la Iglesia no son inmunes, y por eso deseo aseguraros que vuestros líderes conocen las dificultades que enfrentáis en la sociedad de hoy. Sin embargo, confiamos en que desarrolléis la fortaleza y la integridad de sobreponeros a estas dificultades y viváis para recibir las bendiciones prometidas a los que se mantengan moralmente limpios.

Recalco que no tenéis por que caer en la trampa de la inmoralidad, ninguno de vosotros, jamas. Cada uno de vosotros tiene que mirar hacia el futuro para entender las consecuencias de sus acciones, tanto buenas como malas. El protagonista de la tira cómica “Ziggy” lo dijo así: “El futuro toma la forma que le dé el pasado … así que ¡cuidado con lo que hagan en su pasado!”

Relatare una experiencia personal para mostrar la importancia de mantener el futuro siempre en perspectiva. Cuando yo estaba en el Sacerdocio Aarónico, asistí con un amigo a la reunión del sacerdocio en este Tabernáculo, y nos pusimos los dos ahí, junto a la escalera, donde no debíamos estar. El presidente George Albert Smith, con su modo bondadoso, nos vio y nos invitó a sentarnos en los escalones. Mientras escuchábamos y observábamos, yo pensaba que jamas volvería a estar tan cerca de este púlpito. Recuerdo que al salir le dije a mi amigo: “Debe ser lindo ser Autoridad General y tener uno de esos sillones grandes para sentarse”.

Ahora, por experiencia propia se, mis hermanos, que en cierto modo los bancos en que vosotros estáis sentados son mucho más cómodos que estos sillones grandes. Ahora bien, cuando poseía el Sacerdocio Aarónico, no tenía idea de que llegaría un día en que seria obispo, presidente de misión, Setenta y más tarde Apóstol. No podemos ver de antemano lo que el Señor nos reserva; lo único que podemos hacer es estar preparados para lo que Él nos requiera. Cada día debemos dirigir nuestras acciones teniendo en cuenta el futuro.

Una de las tácticas astutas de Satanás es tentarnos a concentrarnos en lo presente y olvidarnos de ese futuro. El Señor le advirtió a José Smith que “Satanás [procurará] desviar sus corazones de la verdad, de manera que sean cegados y no comprendan las cosas que están preparadas para ellos” (D. y C. 78:10). “Las cosas preparadas para ellos” son las recompensas prometidas de la vida eterna, las que se reciben como resultado de la obediencia. El diablo trata de cegarnos en cuanto a esas recompensas. El presidente Heber .1 Grant dijo:

“Si somos fieles en guardar los mandamientos de Dios, sus promesas se cumplirán al pie de la letra El problema es que el adversario del alma humana ciega la mente del hombre. Es como si le echara tierra en los ojos y lo cegara con las cosas de este mundo.” (Gospel Standards, págs. 44-45.)

Él nos tienta con los placeres transitorios del mundo para que no concentremos nuestros esfuerzos en aquello que trae gozo eterno. El diablo juega sucio y debemos estar alerta a sus artimañas.

Hace poco hable con varios grupos de jóvenes de Utah y Idaho que me dijeron que algunos de nuestros jóvenes piensan que pueden ser inmorales en su adolescencia y arrepentirse cuando decidan ir a una misión o casarse en el templo; hay muchachos que hablan de la misión como una época en la que se les perdonaran los pecados del pasado; creen que unas cuantas transgresiones ahora no tienen mayor importancia, porque se arrepentirán rápidamente, irán a una misión y luego vivirán felices para siempre. Jóvenes, creedme cuando os digo que esa escena es un burdo engaño de Satanás, un cuento de hadas. El pecado siempre, siempre, terminara en sufrimiento; eso sucederá tarde o temprano, pero sucederá. Las Escrituras nos dicen que se presentaran “con vergüenza y terrible culpa ante el tribunal de Dios” (Jacob 6:9), y que tendrán “un vivo sentimiento de … culpa, dolor y angustia” (Mosíah 2:38).

Un error común es pensar que es fácil arrepentirse. El presidente Kimball dijo que “uno no ha empezado a arrepentirse hasta después de haber sufrido intensamente por sus pecados … Si no ha sufrido, no se ha arrepentido” (The Teachings of Spencer W. Kimball, págs. 88, 89). No hay mas que hablar con alguien que se haya arrepentido sinceramente para entender que el placer momentáneo de una acción inmoral no vale el sufrimiento que acarrea.

Aquellos jóvenes me dijeron que algunos se dejan tentar porque quieren que sus amigos los acepten. En los muchachos, se basará tal vez en una idea errada de la virilidad; en las chicas, quizás sea que piensan que tienen que tener novio. Pero, no deben conseguir la amistad al costo de su virtud y autorrespeto. El rey Benjamin indica que los pecadores retroceden ante la presencia del Señor (véase Mosíah 2:38). Y realmente, los que han sido inmorales también retroceden ante otros como sus amigos, sus padres y familiares, y los lideres de la Iglesia.

Consideremos ahora las grandiosas bendiciones que el Señor ha prometido a los que obedezcan el mandamiento de ser moralmente limpios. Nunca tendréis que arrepentiros de un pecado que no hayáis cometido; aunque parezca obvio, quiero recalcar esa idea. El arrepentimiento es una gran bendición, pero no debéis tratar de enfermaros sólo para probar el remedio. Estaréis mucho mejor si mantenéis vuestra salud espiritual siendo puros. Si os sentís cómodos en la presencia de vuestros padres, amigos y lideres, imaginaos cómo os sentiréis al tener la confianza y aprobación del Salvador.

¿Puede haber una promesa mejor que la de estas palabras del rey Benjamin?: “… quisiera que consideraseis el bendito y feliz estado de aquellos que guardan los mandamientos de Dios. Porque he aquí, ellos son bendecidos en todas las cosas, tanto temporales como espirituales; y si continúan fieles hasta el fin, son reelhi~0los en el eiein, para que allí puedan morar con Dios en un estado de interminable felicidad” (Mosíah 2:41).

Los jóvenes me dijeron que la conciencia limpia aumenta la propia estimación; que sus relaciones con los demás son mejores y gozan de una aceptación positiva de parte de sus amigos; mas aun, algunos afirman que se divierten mucho mas por tener normas elevadas; y no tienen que preocuparse por las temidas plagas que afectan a muchos de los que quebrantan la ley de castidad.

Os daré algunas ideas para manteneros limpios moralmente:

Primero, entended las normas de la pureza moral. El Señor dijo esto respecto a sus mandamientos: “… os doy instrucciones en cuanto a la manera de conduciros delante de mí, a fin de que se torne para vuestra salvación” (D. y C. 82:9).

En otras palabras, los mandamientos son pautas para una vida feliz.

Nuestra juventud esta confusa en cuanto a lo que es la pureza moral. Hay quienes la definen de cierta manera y luego van hasta el límite para ver hasta dónde pueden llegar sin ser inmorales de acuerdo con su definición. Sugiero que se dé vuelta al enfoque.

Hace unos años el élder Hartman Rector, que fue piloto de la Marina por veintiséis años, hizo una interesante comparación. La Marina tenía una regla que decía: “No pilotaras tu avión entre los arboles”. Eso tiene sentido. Para asegurarse de cumplir la regla, él estableció su propia norma: “No pilotaras tu avión a menos de 1.500 metros de los arboles”. Y dijo: “Al hacer eso, era mucho más fácil obedecer la regla de la Marina” (Ensign, enero de 1973, pág. 131).

Con algunas normas no se puede transigir. Si no estáis seguros de cual es la norma de moralidad de la Iglesia, hablad con vuestros padres o con los lideres del sacerdocio. Además, sabréis las normas correctas si seguís las impresiones del Espíritu, que nunca os llevaran a hacer nada que os haga sentir incómodos, impuros o avergonzados. Debéis ser sensibles a esas impresiones, porque vuestras pasiones físicas las pueden enturbiar si no tenéis cuidado.

Segundo, una vez que entendáis las normas, debéis decidiros a obedecerlas; ese cometido es un principio fundamental del evangelio. Las Escrituras enseñan que “no hay nada que el Señor … Dios disponga en su corazón hacer que el no haga” (Abraham 3:17). Vosotros debéis hacer lo mismo; debéis ser como José, que huyó de la esposa de Potifar antes que pecar contra Dios (véase Génesis 39:7-12); debéis evitar la mala conducta moral decidiéndoos firmemente a evitar las situaciones comprometedoras y a ser firmes en lo correcto; debéis tener autodominio y metas elevadas. Exhorto a cada uno de vosotros a estableceros la meta de ser puros, si no lo habéis hecho ya.

Tercero, aunque debéis ejercer el libre albedrío y vosotros sois los responsables de vuestras decisiones, no tenéis por que enfrentar solos la tentación. Hace dos semanas, en una conferencia de estaca, el élder Charles “Chiquito” Grant, excelente Representante Regional, nos contó una experiencia, años atrás, siendo entrenador en el Colegio Ricks, conoció a un hombre que se llamaba Hal Barton, un famoso pescador. Algunas personas le habían advertido que “aunque Barton sabía donde buscar los peces grandes, a menudo se metía en aguas turbulentas para encontrarlos”. La primera vez que fueron juntos a pescar fue en febrero, cuando empezaba el deshielo. Mientras caminaban por el río, Barton señaló una isla a unos cincuenta metros de allí y le dijo: “Ahí es donde pescaremos los grandes”. Hacia mucho frío y aquella era una parte peligrosa del río. Pronto él descubrió que las rocas del fondo del río eran redondas y resbaladizas, y el agua le llegaba a unos centímetros del borde de las botas altas impermeables, lo que quiere decir que era hondo allí, puesto que él mide casi dos metros de altura. Estaba por decirle a su amigo que tenía miedo de cruzar, pero se dio cuenta de que un entrenador de fútbol no puede reconocer que tiene miedo. En ese momento, Barton le dijo: “Para cruzar el agua haremos esto: Mientras yo lo sostengo de un brazo, usted da un paso y se asegura de estar firme; luego usted me sostendrá mientras yo doy un paso. Así iremos atravesando estas aguas revueltas, a pesar de lo resbaloso de las rocas”. Con ese apoyo mutuo, cruzaron el río y pescaron los peces grandes.

Es una magnifica comparación con la forma en que vosotros podéis vivir de acuerdo con las normas morales del Señor. Algunos que han pasado antes que vosotros ya tienen los pies firmes, habiendo vivido las normas y recibido las bendiciones; ellos os sostendrán mientras vosotros atravesáis las aguas turbulentas de la vida. Después, cuando vosotros tengáis los pies firmes en la rectitud, a vuestra vez sostendréis a otros.

Generalmente, el apoyo más importante lo recibís de vuestros padres; las enseñanzas de ellos deben ser una fuerte influencia en vuestra decisión de ser puros. Sin embargo, me doy cuenta de que este es un tema delicado. Os exhorto a iniciar conversaciones con vuestros padres sobre los valores morales de ellos; pedidles que os ayuden a definir las normas que os mantendrán puros.

Buscad también el consejo de los lideres del sacerdocio, especialmente del obispo; él conoce las normas y sabe que enseñaros; tratad de estar con él. Sabed que os hará preguntas directas e inquisitivas. Confiad en él; pedidle que os ayude a entender lo que espera de vosotros el Señor; prometedle que viviréis de acuerdo con las normas morales de la Iglesia. Es vital que tengáis una buena relación con un líder adulto para ayudaros a manteneros dignos. Los asesores del Sacerdocio Aarónico os enseñaran y os darán apoyo y dirección; pedidles guía. Ellos sabrán como ayudaros.

Cuarto, elegid amigos que tengan las mismas normas, sean o no miembros de la Iglesia con ellos, recibiréis influencia elevada y positiva. Los jóvenes con quienes hable me dijeron que la aceptación de los amigos es una fuerte influencia, tanto para el bien como para el mal; si vuestros amigos tienen normas elevadas, es más probable que vosotros también las tengáis. Cuando hayáis establecido lazos fuertes con esos amigos, podréis tratar de influir en los que no estén firmes en cuanto a la moral y ayudarles a entender que la inmoralidad no es libertad.

Quinto, jóvenes, vosotros debéis cultivar la consideración hacia las mujeres de cualquier edad. Las jovencitas me han pedido que os diga que esperan que las respetéis y las tratéis con sincera cortesía; no vaciléis en demostrar buenos modales abriéndoles la puerta, tomando la iniciativa para invitarlas a salir y poniéndoos de pie cuando entran en un cuarto. Creedlo o no, en esta época de “liberación femenina” a ellas les gustan vuestras galanterías.

Por ultimo, buscad la ayuda del Señor, que es la fuente de fuerza espiritual. Si “[invocáis] su santo nombre, y [veláis] y [oráis] incesantemente”, no seréis “tentados mas que lo que [podéis] resistir” (Alma 13:28). En vuestras oraciones diarias debéis pedir sinceramente ayuda para cumplir vuestro cometido de permanecer puros.

Recordad que la pureza precede al poder. El Señor dijo: “… purificad vuestro corazón delante de mí, y entonces id por todo el mundo y predicad mi evangelio a toda criatura que no lo haya recibido” (D. y C. 112:28). Los misioneros descubren esto al principio de su misión y hacen todo esfuerzo por ser dignos a fin de servir con ese poder.

Quiero decir algo a los de vosotros que hayáis violado la ley moral, os ofrezco la esperanza del arrepentimiento. La expiación del Salvador trae el perdón después del arrepentimiento sincero. Naturalmente, sufriréis por haber pecado, pero conoceréis el gozo de recibir el perdón. El obispo os guiará en el proceso de arrepentiros, así que hablad con el lo antes posible. También debéis buscar el perdón divino por medio de vuestras oraciones individuales. Alma dijo: “… no fue sino hasta que implore misericordia al Señor Jesucristo que recibí la remisión de mis pecados. Pero he aquí, clamé a él y hallé paz para mi alma” (Alma 38:8).

Una vez que hayáis abandonado el pecado, no volváis a cometerlo jamas porque “los pecados anteriores volverán al alma que peque” (D. y C. 82:7).

Hago eco de la oración que el presidente Hugh B. Brown pronuncio en este mismo lugar, hace veinte años, cuando la conducta inmoral entre los jóvenes no era tan común como ahora. El oro:

“Padre, ayuda a los jóvenes que nos oyen esta noche para que, cuando lleguen a su casa, se arrodillen y se dediquen a ti; y que sepan, y les prometo que lo sabrán, que con tu ayuda no tienen por que temer al futuro.” (Improvement Era, diciembre de 1967, pág. 92.)

Hermanos, no tenemos por que temer al futuro si obedecemos los mandamientos del Señor y somos dignos de ser sus siervos. Vosotros podéis manteneros puros y prepararos para un futuro feliz. Que el Señor bendiga a cada uno de vosotros para que viva de esa manera, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.