“Para seguir a Cristo y recibir las bendiciones del cielo, debemos ser continuamente hacedores de la paz en el mundo, en la comunidad donde vivimos … y sobre todo, en nuestro hogar”.

El domingo pasado, los Santos de los Últimos Días junto con el mundo cristiano, celebramos la Pascua, en la que adoramos a nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, y honramos Su resurrección. También le damos gracias a Dios, y lo hacemos de nuevo durante este día especial de oración, por la liberación de Kuwait y expresamos nuestra esperanza de que en el Golfo Pérsico reine la paz y que las tropas combatientes regresen a sus hogares.

Cuando Cristo nació, los ángeles proclamaron: “En la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lucas 2:14). Mas en los dos mil años que han pasado desde que se hizo esa hermosa proclamación, poca ha sido la paz en el mundo. A pesar de que la guerra en el Golfo ya ha terminado, todavía existe entre algunas naciones una paz insegura y entre otras gran desconfianza. Así como la expiación de Cristo nos salvó de la muerte física y de la espiritual, la paz de la que el Salvador de la humanidad habló es también física y espiritual.

Hoy quisiera hablar de la paz espiritual que Cristo ofreció en el Sermón del Monte, cuando enseñó la hermosa bienaventuranza en cuanto a la paz y los pacificadores. Todo el sermón nos sirve como una guía hacia la perfección y como modelo de los muchos atributos y cualidades que debemos desarrollar al buscar la perfección y la paz que Jesús mismo personifica.

Me gusta pensar en el momento en que se dio el sermón. Me imagino una escena llena de paz y de belleza y en ella veo un atardecer a principios de abril sin siquiera una brisa y las nubes haciendo un hermoso contraste contra un cielo azulado sobre las orillas del Mar de Galilea, donde las suaves olas golpean contra las barcas de los pescadores. A un lado del cerro se ha reunido una gran multitud de personas ansiosas de escuchar; muchas se sientan en el pasto mientras que otras se quedan de pie entre las rocas y las flores que ya han empezado a brotar. Todos prestan atención y levantan sus rostros, cada ojo puesto en el Señor y cada oído escuchando lo que el Salvador dice que tienen que hacer para tener paz en su vida.

Con ternura, Cristo dice:

“Bienaventurados los pacificadores …” (Mateo 5:9). Otro traductor bíblico cita al Salvador diciendo: “Felices son los que hacen la paz …” (The New Testament in Modem English, traducción de J. B. Phillips, Nueva York: The Macmillan Co., 1958, pág. 9; cursivas agregadas). En cualquiera de las dos expresiones, nos concentramos en la fuerza del verbo hacer, refiriéndonos a “hacer la paz” o a “hacedor de la paz”. Para seguir a Cristo y recibir las bendiciones del cielo, debemos ser continuamente hacedores de la paz en el mundo, en la comunidad donde vivimos, en nuestro vecindario y, sobre todo, en nuestro hogar.

En el meridiano de los tiempos, muchos esperaban que Cristo entrara en la política y se opusiera al gobierno romano y ofreciera paz para el pueblo oprimido. Cristo vino y ofreció paz, mas no fue la clase de paz que ellos esperaban, o sea, una paz externa y política, sino una paz interior y personal.

Quisiera relataros un incidente que ocurrió durante la guerra de Vietnam. Muchos estaban convencidos de que los Estados Unidos participaba en una guerra noble y justa. Sin embargo, la opinión publica había empezado a cambiar y algunos opinaban que los Estados Unidos debía retirarse de ese país.

En esa época, Harold B. Lee era el Presidente de la Iglesia. Mientras se encontraba en otro país, en una conferencia de área, le entrevistaron periodistas de la prensa internacional. Uno de ellos le preguntó: “Cual es la posición de su Iglesia con respecto a la guerra?” Para algunos esa pregunta era una trampa y no podría responderse sin que se corriera el riesgo de una mala interpretación. Si el Profeta decía: “Estamos en contra de la guerra”, la prensa internacional podría decir: “¡Que raro!, que un líder religioso este en contra de la posición del país al que esta obligado a apoyar según uno de sus propios artículos de fe”.

Mas si respondía: “Estamos a favor de la guerra”, la misma prensa se hubiera encargado de decir: “¡Que extraño! ¿Cómo puede un líder religioso estar en favor de la guerra?” Esta respuesta también podría traer serios problemas con respecto a la opinión publica, tanto dentro como fuera de la Iglesia.

Con gran inspiración y sabiduría, el presidente Lee respondió como un hombre que conoce al Salvador: “Nosotros, junto con todo el mundo cristiano, detestamos la guerra. El Salvador dijo: ‘… en mi [podéis tener] paz. En el mundo tendréis aflicción’ (Juan 16:33)”. Luego el Profeta citó otro pasaje de Juan: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27). El presidente Lee procedió entonces a explicar: “El Salvador no hablaba de la paz que puede lograrse entre las naciones por medio de la fuerza militar o de las negociaciones parlamentarias. El hablaba de la paz que cada uno puede lograr en su vida cuando obedece los mandamientos y va a Cristo con un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (Véase Ensign, noviembre de 1982, pág. 70).

La historia que escribió la hermana Carole Seegmiller, que habla de la paz que proviene de las Escrituras y que se publicó en la revista Ensign en enero de 1991, es muy dulce y tierna. Quisiera citar algunas partes de ese articulo: “Mi padre decidió que empezaríamos un estudio intensivo de las Escrituras para ayudar a mi hermano Bruce a prepararse para la misión. Su meta era leer el libro completo antes de que el saliera, grabando nuestras voces al hacerlo … y tomaríamos turnos para leer, cada quien leyendo un capitulo …

“La familia terminó de leer el Libro de Mormón en pocos meses … Así que mi padre decidió que leeríamos y grabaríamos los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento. Yo me queje y le dije a mi padre que no veía ninguna razón para grabar, pues podríamos comprar las cintas grabadas profesionalmente y tendrían mejor sonido que las nuestras. Mi padre insistió y me dijo: ‘Carole, algún día estas cintas serán una gran bendición para nosotros’ …

“Empecé a disfrutar el tiempo que pasábamos juntos en familia, y me encantaba cuando papa explicaba algún pasaje. Pronto comencé a sentir la paz que nos proporcionan las Escrituras y poco antes de que Bruce saliera para el Centro de Capacitación Misional, terminamos de leer los cuatro Evangelios …

“Después de que Bruce se fue, me di cuenta de que las cintas le daban a mi padre gran consuelo, pues a menudo las estudiaba, en parte, creo yo, para oír la voz de Bruce, ya que siempre habían sido muy unidos. Algunas noches mi padre se quedaba dormido escuchando las cintas y yo sonreía cuando escuchaba el sonido peculiar de la grabadora al terminarse la cinta …

“Cuando Bruce ya había estado en la misión poco mas de un año, mi padre, silenciosamente murió de un ataque al corazón … Todos, menos Bruce, estuvimos presentes. El había decidido terminar su misión.

“Esa noche, después del funeral … me sentía muy triste. Subí a la habitación de mi padre y sin pensarlo me senté junto a su escritorio. Note sobre el su grabadora, ya bien usada, en la cual había una de nuestras cintas del Nuevo Testamento, que tal vez el había estado escuchando la noche antes de su muerte. Empecé a pasarla hacia atrás, parando de vez en cuando con la esperanza de encontrar solaz al oír la suave voz de mi padre. Entonces escuche su voz diciendo:

‘La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo’ …

“Una y otra vez escuche ese pasaje y sus palabras me envolvieron en un manto de consuelo …

“Esa noche la paz reinó en nuestro hogar … Desde entonces, en repetidas ocasiones he podido disfrutar de la dulce paz del Nuevo Testamento. Para mi ese es su mensaje mas importante” (Ensign, enero de 1991, pág. 27).

Una de las oraciones mas famosas que se conocen es la de San Francisco de Asís, la que nos sugiere que podemos ser instrumentos en las manos del Salvador para llevar paz a otros, y tipifica el verdadero significado de un “pacificador”.

La oración dice así:

Señor, hazme un instrumento de tu paz.

Allí donde haya odio, que yo siembre el amor,

allí donde haya injuria, que yo ponga el perdón,

allí donde haya duda, que yo siembre la fe,

donde haya desesperación, la esperanza,

donde haya sombras, la luz.

donde haya tristeza, la alegría.

Para ser pacificador, es necesario entender que es lo que trae la paz. El apóstol Pablo dijo que era el Espíritu: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz” (Gálatas 5:22). El acercarnos mas al Señor determinara, en gran forma, la clase de paz, consuelo y aumento de fortaleza que sintamos cuando recibimos al Espíritu en nuestra vida.

Mientras me preparaba para esta ocasión, me llamo por teléfono un hombre. Su líder del sacerdocio me había dicho que iba a recibir esta llamada y me pidió que por favor la aceptara. Con desconsuelo el hombre me imploro: “Necesitamos ver a alguien, pues tenemos que encontrar algo de paz en nuestra vida”. Tal vez existan tantas fuentes de tribulación personal y falta de paz en el mundo como existen personas. Es posible que la raíz este en nuestra propia vida o en la de un ser querido, y que las causas sean el pecado, el incumplimiento de los mandamientos de Dios, el egoísmo, el orgullo, la falta de amor, el no estar dispuestos a sacrificarnos por otros o tal vez el ser víctimas inocentes. Sea cual fuere la razón, la solución para encontrar la paz es la misma: Volver a Cristo y seguir Su ejemplo. Su mandato al mar agitado: “Calla, enmudece” (Marcos 4:39), puede también aplicarse a Su influencia pacificadora en nuestra vida mientras nos debatimos en medio de las tempestades que nos azotan.

La paz personal y el nivel de espiritualidad en nuestra vida aumentara a medida que diariamente centremos toda nuestra atención y nuestro estudio en el Salvador, le agradezcamos Su sacrificio expiatorio, nos esforcemos por servirlo trabajando en la obra misional, nos esforcemos por encontrar a Sus ovejas perdidas y a Sus hijos pródigos y los ayudemos para que regresen al redil, tratemos de asistir al templo con la mayor frecuencia posible e investiguemos con mas diligencia nuestra historia familiar. ¿Hay acaso mayor paz que la que se obtiene sirviendo fielmente en la obra misional, siendo un buen pastor y siendo dedicados cuando servimos en el templo?

A pesar de todos los problemas que existen en el mundo, la paz puede inundar nuestros corazones si cada uno de nosotros seguimos al Salvador. Cristo es el sendero de la paz, la verdadera paz, la vida y la fuente de la paz. Anhelad recibir a Cristo, hablad de El, regocijaos en El, predicad Sus enseñanzas, vivid como El quisiera que vivierais y adoradle a El y a nuestro Padre Celestial con todo vuestro corazón, mente y fuerza.

Que la paz este con vosotros en este día y siempre, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.