“Llamados al servicio”

Thomas S. Monson

Second Counselor in the First Presidency


Thomas S. Monson
“No hay nada que sobrepase lo que sentimos al reconocer que hemos estado al servicio del Señor.”

No se puede contemplar la vasta congregación de hombres reunidos en este histórico Tabernáculo ni visualizar la infinidad de grupos que se encuentran en otras partes del mundo sin sentir vuestra fortaleza, reconocer vuestra fe y saber de vuestro poder espiritual; me refiero al poder del sacerdocio.

Todos conocemos el hermoso relato de Mateo que dice: “Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores.

“Y les dijo: Venid en pos de mi, y os haré pescadores de hombres.

“Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron” (Mateo 4: 18-20).

Hermanos, también nosotros hemos sido llamados como pescadores de hombres, obreros en sentimos al reconocer que hemos y mejorar a los hombres y traer a todos a Cristo. Nuestra alma se conmueve al pensar en estas palabras: “Somos hoy llamados al servicio, a dar testimonio de Jesús. Vamos a un mundo en tinieblas para proclamar la luz”. (Himnos, No. 161.) El llamar a otra persona para servir no es cosa insignificante; tampoco lo es recibir ese llamamiento. El presidente Spencer W Kimball decía a menudo: “Que no haya en esta Iglesia llamamientos hechos a la ligera”. Un llamamiento debe ir precedido de meditación y oración ferviente. Como dijo el Señor: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (D. y C. 18:10). Algunos de vosotros habéis sido llamados para servir a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Estos preciados muchachos vienen en todos los tamaños con disposiciones diferentes y distintos orígenes. Vosotros tenéis el privilegio de conocerlos personalmente, y de motivar y dirigir a cada uno en su busca de cualidades necesarias para poder recibir el Sacerdocio de Melquisedec, ir a una misión, casarse en el templo, y tener una vida de servicio y un testimonio de la verdad. No olvidemos que un muchacho es la única substancia que se conoce de la que se puede hacer un hombre. No se sabe lo que vale un muchacho, habrá que esperar y ver; pero todo hombre de carácter noble muchacho alguna vez fue. Es esencial que los que sirven a la viña para edificar a los muchachos estos jóvenes tengan una actitud de comprensión hacia ellos. Son jóvenes, moldeables, entusiastas y están llenos de energía; pero a veces cometen errores. Recuerdo una reunión en la que la Primera Presidencia y los Doce considerábamos un error que había cometido un joven misionero. El tono de la reunión era severo e inclinado a la critica, cuando el élder LeGrand Richards dijo: “Hermanos, si el Señor hubiera querido poner una mentalidad de cuarenta años en un cuerpo de diecinueve, lo habría hecho. Pero no lo hizo, sino que colocó una cabeza de diecinueve años en un cuerpo de esa edad, por lo que nosotros debemos ser un poco mas comprensivos”. El ambiente del grupo cambió, el problema se resolvió y pasamos a otros asuntos.

Los años del Sacerdocio Aarónico son años de crecimiento; son años para madurar, aprender y desarrollarse; son años de altibajos emocionales en los que el consejo prudente y el buen ejemplo de un líder inspirado pueden hacer maravillas y elevar caracteres.

Las reuniones de los quórumes proveen a vosotros, los asesores y obispados, la oportunidad ideal para enseñar y capacitar a estos jóvenes en el conocimiento del evangelio y en el servicio dedicado. Sed ejemplos dignos de emulación. La juventud necesita menos críticos y mas modelos que imitar. “Enseñaos diligentemente”, dijo el Señor, “y mi gracia os acompañará” (D. y C. 88:78).

Estos jovencitos, muchos de los cuales se encuentran aquí, tienen gran interés en los deportes; la Iglesia lo reconoce y, mediante las actividades deportivas, les provee la oportunidad de participar. La enorme inversión monetaria que con ese fin ha hecho la Iglesia en instalaciones, con el objeto de que sea de beneficio para todos, los acerca, los hermana y les da la posibilidad de desarrollar sus aptitudes deportivas. No obstante, si se hace mas hincapié en ganar que en dar participación a todos, estas metas no se alcanzaran. Los jóvenes tienen interés en jugar, no en quedarse sentados, y nosotros somos responsables de darles la oportunidad de hacerlo.

Cuando yo era joven, el equipo de básquetbol del Barrio Veinticinco de la Estaca Pioneer se componía de diez muchachos. Nuestro inteligente líder decidió que no pondría a jugar só1o a los cinco mejores, dejando a los otros cinco como suplentes para jugar de vez en cuando, sino que formó dos grupos en los cuales la edad y las habilidades se equilibraban; uno de los grupos jugaba en el primer y tercer tiempos, mientras que el otro jugaba en el segundo y el cuarto. No se trataba de que compitieran los jugadores buenos con los regulares, sino de una situación en la que la moral del equipo era elevada, el tiempo de juego equitativo y los partidos se jugaban y ganaban con la actitud apropiada. En ninguna competencia auspiciada por la Iglesia debería tenerse sentado a ningún jugador durante todo el partido.

El Escultismo es otro programa de interés para ellos. Se ha hablado mucho de el en los medios de comunicación últimamente. Deseo afirmar que el apoyo de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días a dicho programa no ha disminuido en lo mas mínimo. El presidente Spencer W. Kimball dijo que la Iglesia promueve el programa Scout “y tratara de proveer la dirección que mantenga a los muchachos cerca de su familia y de la Iglesia, a medida que ellos desarrollan las cualidades de carácter, estabilidad y buena ciudadanía que el programa fomenta … Permanecemos fuertes y firmes en nuestro apoyo a esta gran organización y de la Promesa y la Ley que lo representan” (Ensign, May 1977, pág. 36).

El presidente Ezra Taft Benson lo calificó de “programa noble”, diciendo que “edifica el carácter, no só1o de los muchachos, sino también de los hombres que los dirigen” (… So Shall Ye Reap, Salt Lake City: Deseret Book, 1960, pág. 138).

Hermanos, si hay una época en que se necesiten con apremio los principios del Escultismo, esa época es la nuestra. La generación presente se beneficiara mas que ninguna otra al mantenerse físicamente fuerte, mentalmente alerta y moralmente limpia.

Hace unos años, una habilidad desarrollada por el Escultismo salvó la vida de un familiar mío. Craig Dearden, el hijo de mi sobrino, que tenía once años, completó los requisitos para recibir el premio de natación; el padre no cabía en si del orgullo y la madre lo beso cariñosamente cuando lo recibió; los presentes estaban lejos de imaginar el impacto que tendría el hecho de haberlo ganado. Mas tarde, ese mismo día. fue Craig el que vio un bulto obscuro en la parte profunda de la piscina y fue el quien, sin ningún temor, se zambullo para ver lo que era, saliendo en seguida con su hermanito menor Scott, que estaba inerte y con la piel de color azulado. Recordando los primeros auxilios que había aprendido y practicado con los Scouts, Craig y otros presentes hicieron lo que se les había enseñado. De pronto, se escuchó un gemido, luego un respiro, un movimiento, y al fin el niño volvió en si. ¿Tendrá importancia el Escultismo? Preguntádselo a los padres y la familia de aquel cuya vida se salvó gracias a los conocimientos de un Scout.

Entre vosotros hay muchos que son miembros de obispados, de sumos consejos y oficiales en los quórumes del sacerdocio. Habrá veces en que vuestra labor parezca agobiadora y el desanimo os invada. Nuestro Padre Celestial ha inspirado vuestro llamamiento y desea que tengáis éxito. De su Hijo Amado, nuestro Salvador, oímos estas palabras: “Por tanto, oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vuestro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparezcáis sin culpa ante Dios en el ultimo día. De modo que, si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra” (D. y C. 4:2-3).

En una revelación al profeta José Smith, el Señor aconsejó: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes. He aquí, el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta” (D. y C. 64:33-34).

Por medio de la oración humilde, la preparación diligente y el servicio fiel tendremos éxito en nuestros llamamientos. Hay poseedores del sacerdocio que tienen el don de llegar al corazón del menos activo, de renovar su fe y reavivar el deseo de volver al redil; dad a esos hermanos una asignación en la que utilicen esta cualidad. Otros tienen la habilidad de trabajar con los jóvenes, de ganarse su respeto, de fortalecerlos para que venzan la tentación, y de guiar con amor a estos espíritus selectos en su recorrido por el sendero que los llevara a la vida eterna. El Señor escuchara vuestras oraciones y os guiara en vuestras decisiones, porque esta empresa en la que estamos embarcados es Su obra.

Varias veces he dicho que no hay nada que sobrepase lo que sentimos al reconocer que hemos estado al servicio del Señor y que El nos ha permitido el privilegio de ayudar a que se cumplan Sus propósitos-

Todo obispo podrá testificar de la inspiración que se recibe en los llamamientos de la Iglesia; muchas veces, el llamamiento parece ser mas para el beneficio del que lo desempeñe que de aquellos a quienes enseñe o dirija.

Cuando era obispo, me preocupaban los miembros inactivos, que no asistían, que no tenían oportunidad de servir. En eso iba pensando un día mientras pasaba por la casa donde vivían Ben y Emily, un matrimonio de edad ya avanzada. Los achaques y dolores de la vejez los habían obligado a disminuir la actividad y quedarse en su casa, aislados, apartados, cortados de la corriente de relación con otras personas.

Ese día sentí la inconfundible impresión de detenerme en su casa a visitarlos, aun cuando estaba en camino a una reunión. Era una tarde de sol. Me acerqué y llamé a la puerta, y Emily salió a abrir. Al reconocerme, exclamó: “¡Obispo! Todo el día estuve esperando oír sonar el teléfono, pero ha sido en vano. Esperaba que el cartero me trajera una carta, pero solo trajo cuentas. ¿Cómo sabia usted que hoy era mi cumpleaños?”

Le conteste: “Dios lo sabe, Emily, porque El la ama”.

Ya sentados en la sala, les dije: “No se por qué sentí la inspiración de venir, pero nuestro Padre Celestial lo sabe. Arrodillémonos a orar y preguntarle”. Así lo hicimos y recibí la respuesta. A Emily, que tenia una voz hermosa, le pedí que cantara en cl coro e incluso que c antara u n so lo en la conferencia de l barrio que se aproximaba; a Ben le pedí que hablara a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico y les contara una experiencia que tuvo en la que fue protegido por prestar atención a las impresiones del Espíritu. Ella cantó y el habló; la gente se alegró con su regreso a la actividad, y desde ese día hasta el día de su partida de este mundo, raramente faltaron a una reunión sacramental. El Espíritu habló y se le escuchó; se le comprendió y hubo corazones conmovidos y vidas que cambiaron para mejorar.

Como lideres del sacerdocio descubrimos pronto que parte de nuestro trabajo, aunque no quede anotado en ningún registro, es de vital importancia. Visitar a la familia de los miembros de los quórumes, bendecir a los enfermos, ayudar a un miembro en un trabajo o consolar a los que han perdido a un ser querido son todos sagrados privilegios del servicio del sacerdocio. Es cierto que quizás no queden registrados, pero, esto es mas importante: quedan grabados en el alma y llenan de gozo el corazón. Además, el Señor los conoce.

Si nuestra carga parece pesada o los resultados de nuestros esfuerzos son desalentadores, recordemos las palabras del presidente Kimball cuando alguien lo elogió por la constante devoción con que cumplía su llamamiento a pesar de su avanzada edad; el dijo: “Mi vida es como mis zapatos: para gastarla al servicio del Señor” (Ensign, dic. de 1985, pág. 41).

Confío en que todos los jóvenes que me escuchan estén preparándose para ser misioneros al servicio del Señor. El élder ElRay L. Christiansen solía decir: “La misión es el molde en el que tomara forma su vida”. Preparaos para servir con dignidad, con la mira puesta en la gloria de Dios y en Sus propósitos. Nunca sabréis que magnitud ha tenido la influencia de vuestro testimonio y vuestro servicio, pero volveréis con el regocijo de haber respondido a un llamado para servir al Maestro; tendréis para siempre el amor de aquellos a los que lleven la luz de la verdad; los serviréis con vuestras enseñanzas, vuestro ejemplo será una guía para otras personas; vuestra fe inspirara valor para enfrentar los problemas de la vida.

Os daré un ejemplo. Cuando fui por primera vez a Checoslovaquia, acompañado por el élder Hans B. Ringger, mucho antes de que la hora de la libertad llegara, conocí a Jiri Snederfler, nuestro líder en esa época de obscuridad, y a Olga, la esposa. Fui a su casa en Praga, donde se reunía la rama. En las paredes del cuarto en el que nos reunimos había varias laminas del Templo de Salt Lake. Le dije a la hermana Snederfler: “Su esposo debe de sentir mucho amor por el templo”. Y ella me contesto: “Yo también, yo también”.

Nos sentamos a comer, y después la hermana trajo un tesoro para mostrarnos: un álbum con las fotos de los misioneros que habían estado allí en 1950, cuando un edicto del gobierno hizo cerrar la misión. A medida que nos las mostraba, pagina por pagina, decía: “Buen muchacho; buen muchacho”.

El hermano Snederfler ha sido un valiente líder de la Iglesia en Checoslovaquia, siempre dispuesto a darlo todo por el evangelio. Cuando llego el momento propicio para que pidiéramos que se reconociera oficialmente a la Iglesia, las autoridades gubernamentales, que entonces eran comunistas, dijeron: “No manden ni a un alemán, ni a un estadounidense ni a un suizo; manden a un checoslovaco”. La situación era peligrosa, porque el admitir que se era un líder de la Iglesia en esa época en que la religión estaba prohibida podía terminar con el encarcelamiento de la persona. No obstante, el hermano Snederfler recibió el llamamiento de ir ante el gobierno, declarar que era el líder de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días en toda Checoslovaquia y solicitar el reconocimiento oficial de la Iglesia. Mas tarde me dijo que había sentido miedo y les había pedido a todos los hermanos de la Rama de Praga que oraran por el. A Olga, la esposa, le dijo: “Te quiero. No se cuando volveré ni si volveré; pero amo el evangelio y debo seguir a mi Salvador”.

Con ese espíritu de fe y devoción, el hermano Snederfler fue a ver a los oficiales de gobierno, reconoció ante ellos que el era el líder de la Iglesia allí y que había ido para solicitar que se restableciera el reconocimiento que la Iglesia había gozado muchos años antes. Mientras tanto el élder Russell M. Ballard había estado trabajando incansablemente para lograr esta meta tan deseada. Un tiempo después recibió la buena noticia: “Su Iglesia es oficialmente reconocida otra vez en Checoslovaquia”. Con cuanta alegría fue a dar a su esposa y a los otros valientes miembros la noticia de que otra vez podrían ir los misioneros a ese país y que la Iglesia volvería a ser en ese país un refugio en donde la gente podría adorar a su Dios libremente. Aquel fue un día feliz para Checoslovaquia.

¿Y donde están hoy Jiri y Olga Snederfler? El mes pasado aceptaron el llamamiento de ser respectivamente el presidente y la mentora del Templo de Freiberg, Alemania, al que asisten miembros fieles de la Iglesia provenientes de su propio país, de Alemania y de otras naciones vecinas. Estas dos almas santas se encuentran día tras día en la Casa del Señor que tanto quieren.

¿Y que paso con Richard Winder, uno de los misioneros a los que la hermana Snederfler señaló diciendo: “Buen muchacho”? Es actualmente el Presidente de la Misión Checoslovaquia, Praga, respondiendo al llamamiento para que el y la esposa fueran a reabrir la obra en aquel país.

Estas palabras del Señor están dirigidas a los Snederfler, a los Winder y a todos los que responden de buena gana al sagrado llamamiento de servir

“Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en justicia y en verdad hasta el fin.

“Grande será su galardón y eterna será su gloria” (D. y C. 76:5-6).

“Dios nos da sus ricas bendiciones;
somos hijos del eterno Rey.
Alabamos su divino nombre;
damos gracias por su ley.
Prestos, todos prestos, cantaremos en unión.
Listos, siempre listos, entonemos la canción.
Todos cantaremos nuestro alegre son triunfal.
Dios nos da poder; luchemos en la causa celestial”.

(Himnos, No. 161.)

Que se nos encuentre siempre sirviendo fielmente, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.