Nuestra misión salvadora

Gordon B. Hinckley

First Counselor in the First Presidency


Gordon B. Hinckley
“A todos los de cualquier parte que sobrelleven pesadas cargas por las rigurosas tempestades de la vida, El ha dicho: ‘Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar’.”

Mis amados hermanos, cuan bendecidos somos de tener la oportunidad de reunirnos en paz en estas condiciones cómodas y felices. Al meditar sobre esta Conferencia General de octubre y en los inspirados discursos que hemos escuchado y que seguiremos escuchando, mis pensamientos viajaron a este mismo primer domingo de octubre hace 135 años cuando se realizó una reunión similar en la Manzana del Templo. No teníamos este gran Tabernáculo en esa fecha, sino que nuestros miembros se reunieron en el Antiguo Tabernáculo, un poco mas al sur de aquí. Era el 5 de octubre de 1856. El día anterior había regresado al valle un pequeño grupo de misioneros desde Inglaterra. Habían demorado relativamente poco porque viajaban con animales fuertes y carromatos livianos. Franklin D. Richards era el líder y de inmediato buscaron al presidente Brigham Young. Le dijeron que cientos de hombres, mujeres y niños estaban disgregados a lo largo del sendero que lleva del río Misuri al Valle del Lago Salado. La mayoría de ellos tiraban de carros de mano; eran dos compañías, mas otras dos pequeñas que les seguían con carromatos tirados por bueyes. El primer grupo probablemente estaría en la región de Scottsbluff, a una distancia de 650 kilómetros de su destino, con otros tras ellos. Era octubre y podrían perecer atrapados por la nieve a menos que recibieran ayuda.

Brigham Young no sabia nada de eso; en esos tiempos no había una forma rápida de comunicación: no había radio, ni telégrafo, ni correos. A la fecha él tenia 55 años de edad y, a la mañana siguiente, el día de reposo, se paró ante la gente en el Tabernáculo y dijo:

“Ahora daré el tema y el texto sobre el que hablaran los élderes hoy día … es este: El 5 de octubre de 1856, muchos de nuestros hermanos están en las praderas con sus carros de mano, y probablemente muchos de ellos estarán hasta a mas de mil kilómetros de distancia, y se les debe traer aquí; debemos mandarles ayuda. El tema será: ‘Traerlos aquí’ …

“Esta es mi religión, ese es el dictado del Espíritu Santo que poseo, salvar a esa gente …

“Pediré a los obispos hoy día, y no mañana ni el día siguiente, que preparen 60 tiros de buenas mulas y entre 12 a 15 carretas. No deseo enviar bueyes, sino buenos caballos y mulas. Ellos están en este territorio y debemos traerlos. También necesito 12 toneladas de harina y 40 guías buenos además de los que conducirán las carretas …

“Debo deciros que vuestra fe, vuestra religión y la forma de profesar la religión nunca salvaran vuestras almas en el Reino Celestial de nuestro Dios, a menos que hagáis realidad estos principios que os estoy enseñando hoy. Id ahora y traed a esa gente de las praderas” (en Handcarts to Zion, Glendale, Calif., Arthur H. Clark Co., 1960, págs. 120-121) .

A la mañana siguiente los yunques sonaban en los talleres de los herreros a medida que se herraba a los caballos y se reparaban y cargaban las carretas.

La mañana siguiente, el martes 7 de octubre, “dieciséis tiros buenos que consistían en cuatro mulas cada uno y veintisiete jóvenes fuertes salieron hacia el este con el primer cargamento de provisiones, mientras vigorosamente se trabajaba para enviar otros a seguirlos” (Ibid., pág. 124).

“A fines de octubre, 250 tiros se encontraban en camino a dar ayuda” (Ibid., pág. 125).

Se han dado muchos elocuentes sermones desde los púlpitos de la Manzana del Templo, pero ninguno más elocuente que los que se dieron en esa conferencia de octubre hace 135 años.

Permitidme por el momento dejar esto de lado y retomar la historia desde otra posición.

Hace pocas semanas tuve el privilegio de dedicar un monumento a la memoria de Ellen Pucell

Unthank, que se encuentra en el campus de la Universidad del Sur de Utah, en Cedar City, Utah. Es una figura de bronce, hermosa y atractiva. Se trata de una niñita de nueve años, cuyo pelo vuela al viento, con una sonrisa en su rostro, mirando ansiosa hacia adelante.

Ellen Pucell, como se le llamaba, había nacido en una hermosa región de Inglaterra, con suaves colinas cubiertas siempre de verde césped. Sus padres, Margaret y William Pucell, se habían convertido a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, y desde la fecha de su bautismo en 1837 hasta la primavera de 1856, habían ahorrado cada centavo que tenían para ir a Sión, a la gente de las Montañas Rocosas, en América. Para alcanzar su meta, tendrían que tirar de un carro de mano por 1.600 kilómetros a través de las praderas. Aceptaron el desafío, como lo hicieron cientos de sus amigos conversos.

Margaret y William llevaron a sus dos hijas, Maggie, de 14, y Ellen, de 9, y se despidieron de sus seres queridos para no verlos más. A fines de mayo se embarcaron en Liverpool con otros 852 conversos. La abuela de mi esposa, Mary Goble, de 13 años, era parte de esa compañía, y me gusta imaginar que jugó con esas niñas en el barco.

Después de seis semanas desembarcaron en Boston y tomaron un tren hasta la ciudad de Iowa. Esperaban que sus carros de mano y carretas estuvieran preparados, pero no lo estaban. Hubo una demora seria y desastrosa y no fue sino hasta fines de julio que empezaron su larga marcha, primero a los Cuarteles de Invierno, en la ribera del río Misuri, y desde allí hacia las Montañas Rocosas.

Se asignó a los Pucell a la Compañía Martin de Carretas de Mano. A la familia Goble, antepasados de mi esposa, se le asignó a la Compañía de Carretas Cluff, que seguiría a los carros de mano para darles ayuda si era necesario.

Empezaron el viaje con grandes expectativas. En medio del sol radiante y las tormentas, a través de polvo y barro, viajaron penosamente bordeando el río Platte durante todo el mes de septiembre. El 19 de octubre llegaron al ultimo cruce del río Platte, un poco al oeste de la ciudad actual de Casper, en Wyoming. El río era ancho, la corriente fuerte y el agua traía trozos de hielo flotando. Ya viajaban sin comida suficiente, y valientemente cruzaron las frías aguas. Se levantó una tormenta terrible con fuertes vientos que trajeron nieve, granizo y arena. Al llegar a la otra orilla del río, la ropa se les congeló en el cuerpo. Cansados, congelados y sin fuerzas para ir mas lejos, algunos se sentaron quietamente y, mientras allí estaban, murieron.

La madre de Ellen, Margaret, enfermó. Su esposo la puso en el carro de mano. Ahora subían hacia la divisoria continental, con el camino siempre en subida. ¿Podéis imaginar a esa familia? La madre demasiado enferma y débil para caminar, el padre sumamente delgado y demacrado, luchando por tirar del carro, a medida que las dos niñitas empujaban por atrás. Alrededor de ellos hay cientos en condiciones similares.

Llegaron a un arroyo de aguas heladísimas, y mientras lo cruzaban, el padre resbaló en una roca y cayó. A duras penas llega a la orilla, mojado y tiritando de frío. Mas tarde se sentó a descansar y quietamente falleció con sus sentidos adormecidos por el frío. Su esposa Margaret falleció cinco días después. No sé cómo ni dónde sepultaron sus cuerpos congelados en esa desolada región. Si sé que la tierra estaba congelada y que la nieve estaba amontonada por la ventisca, y que ahora las dos niñitas eran huérfanas.

Entre 135 y 150 personas de la Compañía Martin perecieron en ese camino de dolor y muerte. En esas condiciones desesperadas y terribles, hambrientos, cansados, con ropas delgadas y rasgadas, los encontraron los del grupo de rescate. Al aparecer los salvadores en el horizonte del oeste, haciendo camino en la nieve, se veían como ángeles de misericordia. Y lo eran en verdad. Algunos de los afligidos emigrantes gritaron de gozo. Otros, ya sin fuerzas para gritar, simplemente lloraron y lloraron, sin poder contenerse.

Ya tenían alimentos y ropa más gruesa. Pero el sufrimiento no había terminado, ni terminaría en esta vida mortal. A muchos se les habían congelado las extremidades y la carne gangrenada se les caía a pedazos.

Los carros quedaron abandonados y los sobrevivientes se amontonaron en los carromatos de sus salvadores. El largo viaje de quinientos a ochocientos kilómetros desde aquel lugar hasta este valle fue particularmente lento y tedioso debido a las ventiscas. El 30 de noviembre, 104 carromatos, con su doliente carga humana, llegaron al Valle del Lago Salado, donde ya había llegado la noticia de su arribo. Era domingo. Otra vez los santos estaban reunidos en el Tabernáculo. Brigham Young, de pie ante la congregación, dijo:

“En cuanto termine esta reunión, deseo que los hermanos y las hermanas se vayan a sus casas …

“No habrá reunión esta tarde, porque deseo que las hermanas … se preparen para dar algo de comer a los que habrán llegado y les laven y les atiendan …

“Hallaran que a algunos se les han congelado los pies hasta los tobillos; a otros, hasta las rodillas, y a otros se les han congelado las manos … les pedimos que les reciban como si fueran sus propios hijos y con el mismo cariño que prodigarían a estos” (Handcarts to Zion, pág. 139).

Las dos niñas huérfanas, Maggie y Ellen, estaban entre los que tenían congeladas las extremidades. Las de Ellen eran las mas graves. El médico del valle, haciendo lo mejor que podía, le amputó las piernas inmediatamente debajo de las rodillas. Los instrumentos quirúrgicos eran toscos y no había anestesia. Los muñones nunca sanaron del todo. Pero Ellen se hizo mujer, se caso con William Unthank y dio vida y crió una honorable familia de seis hijos. Desplazándose de un lado a otro con los muñones de sus piernas, ella sirvió a su familia, a sus vecinos y a la Iglesia con fe y buen animo y sin quejarse, aun cuando siempre padeció dolor. Sus descendientes son numerosos y entre ellos hay hombres y mujeres muy preparados y capaces que aman al Señor a quien ella amó, y aman la causa por la que ella sufrió.

Años después, en Cedar City, un grupo de personas, hablando de esa hermana y de otras personas de aquella compañía que tanto había padecido, comenzaron a criticar a la Iglesia y a sus lideres por haber permitido que aquel grupo de conversos emprendieran el viaje estando tan avanzada la estación. Quisiera citar parte de un manuscrito que tengo:

“Un hombre de edad que estaba sentado en un rincón escucho en silencio hasta donde pudo aguantar; entonces se puso de pie y dijo cosas que nadie que las haya escuchado olvidara jamas. Tenia el rostro pálido de emoción, aunque hablaba lenta y pausadamente, pero con gran fervor y sinceridad.

“Dijo algo así: ‘Les ruego que dejen de criticar. Están ustedes hablando de algo que desconocen por completo. Los fríos hechos históricos no significan nada, ya que no dan la debida interpretación de lo ocurrido. ¿Que fue un error enviar una compañía de carros de mano estando tan avanzado el otoño? Sí. Pero yo vine en esa compañía y también mi esposa y la hermana Nellie Unthank a la que ustedes han mencionado. Padecimos más de lo que se puedan imaginar, y muchos hermanos murieron de frío y de hambre, pero, díganme, ¿han oído alguna vez a algún sobreviviente de esa compañía pronunciar palabra alguna de censura? Ni una sola persona de esa compañía ha apostatado ni ha abandonado la Iglesia porque todos los que en ella veníamos tenemos el conocimiento cierto de que Dios vive porque llegamos a conocerle en medio de nuestras aflicciones’” (manuscrito que obra en mi poder).

El que habló fue Francis Webster, que tenía 26 años de edad cuando con su esposa y su pequeño hijo vivieron esa experiencia. El llegó a ser líder en la Iglesia y líder en las comunidades del sur de Utah.

Ahora bien, hermanos y hermanas, he tomado largos minutos para contar esa historia, quizá demasiados. Estamos en octubre de 1991, y ese episodio que ocurrió hace 135 años pertenece al pasado; pero lo he relatado porque es verdadero y porque el espíritu de ese hecho es tan real como esta mañana.

Deseo recordar a todos los que me oigan que las comodidades que tenemos, la paz que poseemos y, lo más importante, la fe y el conocimiento de las cosas de Dios que tenemos, los compraron a un precio muy alto los que nos han precedido. El sacrificio siempre ha sido parte del Evangelio de Jesucristo. Lo más importante de nuestra fe es nuestra convicción de nuestro Dios viviente, el Padre de todos nosotros, y de Su Hijo amado, el Redentor del mundo. A causa de la vida y del sacrificio de nuestro Salvador estamos aquí; gracias a Su sacrificio expiatorio, nosotros y todos los hijos e hijas de Dios participaremos de la salvación del Señor. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). Es por el sacrificio y por la redención que efectuó el Salvador del mundo que el gran plan del evangelio eterno esta a nuestro alcance, por medio del cual los que mueran en el Señor no gustaran la muerte sino que tendrán la oportunidad de ir a una gloria celestial y eterna.

En nuestro estado de desamparo, El nos rescata, salvándonos de la condenación y llevándonos a la vida eterna.

En los momentos de desesperación, de soledad y de temor, El esta a nuestro lado para socorrernos, consolarnos, tranquilizarnos y darnos fe. El es nuestro Rey, nuestro Salvador, nuestro Libertador, nuestro Señor y nuestro Dios.

Hubo algunos que en las elevadas y frías mesetas de Wyoming llegaron a conocer a nuestro Señor en medio de grandes aflicciones como quizá pocos le conocen. Pero a todas las almas atribuladas, a todo hombre y a toda mujer necesitados, a todos los de cualquier parte que sobrelleven pesadas cargas por las rigurosas tempestades de la vida, El ha dicho:

“Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas;

“porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).

Me siento agradecido de que ninguno de los nuestros se encuentre perdido en las tierras altas de Wyoming; pero sé que hay muchos que necesitan ayuda y que merecen que se les salve. Nuestra misión en la vida, como seguidores del Señor Jesucristo, debe ser una misión de salvación. Hay desamparados, hambrientos, destituidos, su situación es obvia. Hemos hecho mucho y podemos hacer mas por ayudar a los que apenas se las arreglan para sobrevivir de un día al otro.

Podemos esforzarnos por fortalecer a los que se han hundido en el fango de la pornografía, de la inmoralidad y de las drogas. Muchos se han enviciado en tal forma que han perdido las fuerzas para llevar las riendas de su propio destino. Se encuentran desdichados y derrotados. A muchos de ellos se les puede ayudar y salvar.

Hay madres y niños que lloran en casas donde se les maltrata. Hay padres de familia que pueden ser rescatados de malvadas y destructivas practicas que sólo acarrean angustia y dolor.

No es por los de los paramos de Wyoming que tenemos que preocuparnos hoy, sino por los que nos rodean en el seno familiar, en nuestros barrios y estacas, en nuestros vecindarios y comunidades.

“Y el Señor llamo SION a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en justicia; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18).

Para edificar esa Sión a la cual los profetas han hablado y de la que el Señor ha hecho una extraordinaria promesa, tenemos que dejar a un lado nuestro destructivo egoísmo. Tenemos que vencer nuestro amor por la comodidad y la holgura, y en el proceso mismo del esfuerzo y de las dificultades, en las mayores aflicciones, llegaremos a conocer mejor a nuestro Dios.

No olvidemos nunca que tenemos el espléndido patrimonio que nos legaron las magnificas y valientes personas que sobrellevaron padecimientos inimaginables y que pusieron de manifiesto un valor increíble por la causa que amaron. Vosotros y yo sabemos lo que debemos hacer. Dios nos ayude a hacerlo cuando haya que hacerlo, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amen.