El arrepentimiento

Neal A. Maxwell

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Neal A. Maxwell
“El arrepentimiento no es una doctrina implacable sino un medio de rescate; y esta a disposición tanto del pecador empedernido como de la buena persona que se esfuerza por mejorar.”

Junto con vosotros, me regocijo con el testimonio y el talento de las nuevas Autoridades Generales.

En los últimos meses, he pensado que debo recalcar la importancia del arrepentimiento, una de las doctrinas mas esenciales y compasivas del Reino. Todos nosotros la comprendemos muy poco y la aplicamos muy poco, como si se tratara sólo de una palabra insignificante. Puesto que Jesús nos ha dicho claramente que clase de hombres y de mujeres hemos de ser -aun como El es (véase 3 Nefi 27:27)-, ¿como lo lograremos a menos que empleemos el arrepentimiento como un medio regular de progreso personal? El arrepentirse es parte del tomar la propia cruz cada día. (Véase Lucas 9:23.) Sin el, es claro que no se podrá “perfeccionar a los santos” (Efesios 4:12).

Además, hay mas individualidad en los que son mas santos.

El pecado, por el contrario, nos priva de nuestra individualidad y nos rebaja reduciéndonos a los apetitos que envician y a los impulsos desenfrenados. Quizás por un breve y fugaz instante de egoísmo el pecado produzca en nosotros la ilusión de individualidad, ¡pero sólo como en los cerdos gadarenos que, gruñendo, se precipitaron en el mar! (Véase Mateo 8:28-32.)

El arrepentimiento no es una doctrina implacable sino un medio de rescate; y esta a disposición tanto del pecador empedernido como de la buena persona que se esfuerza por mejorar.

El arrepentimiento requiere que abandonemos lo malo y nos volvamos a Dios. (Véase Deuteronomio 4:30.) Cuando es preciso efectuar “un gran cambio”, el arrepentimiento cabal exige que giremos en 180 grados y ¡sin mirar hacia atrás! (Véase Alma 5: 12-13.) Al principio, ese giro refleja un progreso en la conducta del plano telestial al plano terrestre; y mas tarde a un plano de conducta celestial. Al dejar atrás los pecados del mundo telestial, nuestras faltas tienden cada vez mas a ser pecados de omisión, lo cual a menudo nos impide consagrarnos por completo al Señor.

El verdadero arrepentimiento no supone el tener una lista de lo que debamos hacer y verificarla en forma mecánica, sino una brida firme que sofrene nuestro yo natural. Cada paso del proceso del arrepentimiento es esencial, y muchas veces se superponen y se refuerzan mutuamente; aunque el éxito del proceso descansa en la determinación interior de la persona, el apoyo de los demás es muy importante.

No puede haber arrepentimiento sin reconocimiento de la falta. Sea porque los hechos la impulsen, por la reflexión o por el recuerdo que la atormente, la persona debe cesar de negar su falta. Como le ocurrió al hijo pródigo que al fin “volvió en si” (véase Lucas 15:22), los primeros rayos de luz del reconocimiento nos ayudan a ver “las cosas como realmente son” (Jacob 4: 13), incluso a distinguir entre la paja y la viga. El momento en que se produce el reconocimiento de la falta es sagrado, y muchas veces en ese instante nos llenamos de vergüenza.

Después de reconocer la falta, el alma se inunda de verdadero remordimiento, el cual es “la tristeza que es según Dios” y no simplemente “la tristeza del mundo” ni “el lamento de los condenados”; es cuando ya no nos deleitamos “en el pecado” (2 Corintios 7: 10; Mormón 2:13). En cambio, el remordimiento falso es como sentir afecto por nuestras fallas, como una contrición ritual en la que lloramos por nuestros errores sin enmendarlos.

Una persona no puede arrepentirse de verdad sin padecer sufrimiento, sin que haya pasado el tiempo suficiente para que se efectúen la purificación y el cambio necesarios. Este paso implica mucho mas que limitarse a esperar a que desaparezca el remordimiento. El sufrimiento, al igual que la adversidad, brinda muchos beneficios. ¡No es de extrañar que el castigo sea muchas veces indispensable para que comience a verificarse un verdadero cambio! (Véase D. y C. 1:27; Helamán 12:3.)

La verdadera contrición en seguida produce evidencias favorables, “frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3:8; véase también Hechos 26:20; Alma 5:54). Con el tiempo, esos frutos se desarrollan y maduran.

El arrepentimiento autentico también comprende la confesión: “Aquella persona confesara el pecado que cometió” (Números 5:7), dice la Biblia. El que tenga el corazón quebrantado no se quedara callado. Una vez que la confesión haya limpiado el alma del pecado, el Espíritu que se había retirado volverá para renovarla.

Ese es el momento en que el apoyo de los que nos rodean es particularmente importante. De ahí que se nos haya mandado cuidar los unos de los otros y que se nos haya dado este consejo: “Levanta las manos caídas y fortalece las rodillas desfallecidas” (D. y C. 81:5). ¿No tuvieron acaso que, “con el transcurso del tiempo”, progresar juntos los ciudadanos de la incomparable ciudad de Enoc? (Véase Moisés 7:21, 68-69.)

Todos los pecados deben confesarse al Señor, algunos hay que confesarlos a un líder de la Iglesia, algunos a los demás y algunos a todos ellos. Y hay ciertas transgresiones que deben confesarse públicamente. La confesión ayuda a abandonar el pecado. Después de pecar publica y excesivamente, no podemos pretender un rescate en privado y rápido, recibiendo sólo “unos pocos correazos” (véase D. y C. 42:88-93).

Con el verdadero arrepentimiento ciertamente se abandona el pecado. “[Arrepentíos], y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina” (Ezequiel 18:30). En su sufrimiento, Korihor confesó: “… también sabia yo que había un Dios”, pero su cambio todavía no era completo (Alma 30:52); de ahí que “… le dijo Alma: Si te fuera quitada esta maldición, de nuevo volveríais a desviar el corazón de este pueblo …” (Alma 30:55).

Por eso, cuando “un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesara y los abandonara” (D. y C. 58:43).

En lugar del desamparo, son necesarios el apoyo y el amor sinceros de los demás para que se lleve a cabo ese doloroso cambio.

También se exige una restitución.

“… habiendo pecado … restituirá aquello que robó, o el daño de la calumnia, o el deposito que se le encomendó, o lo perdido que halló” (Levítico 6:4).

No obstante, a veces no es posible hacer una restitución real, equitativa y tangible, como en los casos en que se ha contribuido a la perdida de la fe o de la virtud de una persona. A cambio de ello, dar ejemplo de absoluta rectitud de ahí en adelante es una forma compensadora de restitución.

En este difícil proceso, es evidente que muchísimo depende de la humildad. El orgullo impide tanto el comienzo como el progreso del arrepentimiento. Hay quienes no logran comenzar a arrepentirse porque están mas interesados en conservar la imagen que los demás tienen de ellos que en recibir la imagen de Cristo en sus rostros (véase Alma 5: 14). El orgullo prefiere una especie de arrepentimiento fácil, que se paga con un pesar superficial. No es de extrañar que los que buscan arrepentirse de esa manera también procuren un perdón superficial en lugar de la verdadera reconciliación con Dios. Así vemos que el verdadero arrepentimiento es mucho mas que tan solo limitarse a decir: “Lo siento mucho”.

En el angustioso proceso del arrepentimiento, acaso pensemos a veces que Dios nos ha desamparado; la verdad es que nuestro comportamiento nos ha apartado de El. Por eso, cuando estamos abandonando el mal pero todavía no nos hemos vuelto totalmente hacia Dios, somos muy vulnerables. No obstante, no debemos darnos por vencidos, sino tratar de alcanzar “su brazo de misericordia” que se extiende hacia nosotros “todo el día” (véase Jacob 5:47; 6:4; 2 Nefi 28:32; Mormón 5:11). A diferencia de lo que nosotros hacemos, Dios no tiene horas de oficina.

En el andar por la fe, no hay nada mas difícil que recorrer el camino del arrepentimiento. Sin embargo, si ejercemos “la fe para arrepentimiento”, podremos apartar los obstáculos del camino y avanzar para suplicar la misericordia de Dios (véase Alma 34:16). La contrición sincera trae consigo una capitulación total. Sencillamente nos rendimos a Dios, preocupándonos sólo de lo que El piense y no de lo que los demás piensen, y le decimos con humildad: “¡Oh Dios! … sea tu voluntad darte a conocer a mi, y abandonare todos mis pecados para conocerte” (Alma 22:18). El abandonar todos nuestros pecados es la única manera de llegar a conocer a Dios.

Por contraste, los que retengan algunos de sus pecados se verán retenidos en su progreso; así también sucederá a los que rehusen aceptar humilde y sinceramente el consejo de los líderes del Señor. El hacer a ellos una confesión parcial de los pecados pone en el pecador toda la responsabilidad de estos. El profeta José Smith dijo: “No debemos ocultar nada” (The Words of Joseph Smith, “ed. Andrew F. Ehat and Lyndon W Cook, Provo, Utah: Religious Studies Center, Brigham Young University, 1980”, pág. 7).

El arrepentimiento, en el que se refleja nuestro progreso, no tiene como único fin el abandono del pecado. Por ejemplo, Moisés era un hombre integro y extraordinario; sin embargo, por su propio bien y por el de su pueblo, tuvo que cambiar su manera de dirigir. (Véase Exodo 18:17-19.) Pero tuvo éxito en su empresa porque “era muy manso, mas que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3). “Bienaventurados los mansos” (Mateo 5:5), porque no se ofenden fácilmente con los consejos ni se fastidian con la amonestación. Si fuéramos mas mansos y humildes, hermanos y hermanas, el arrepentimiento seria algo mucho mas común.

Nuestras deficiencias de conducta indican generalmente una virtud cristiana que no se ha desarrollado, como, por ejemplo, cuando el que no esta acostumbrado a escuchar pone de manifiesto falta de amor o de humildad. En cuestiones de conducta, a todos nos resulta demasiado fácil perdonarnos.

Aun cuando estemos libres de transgresiones grandes, es posible que nos sintamos satisfechos en lugar de esforzarnos por mejorar. Esto le sucedió a Amulek, que mas tarde reconoció su falta, diciendo: “… fui llamado muchas veces, y no quise oír; de modo que sabia concerniente a estas cosas, sin embargo, no quería reconocerlas; por lo tanto, seguí rebelándome contra Dios” (Alma 10:6).

Puesto que el arrepentimiento es importante por ser un principio de progreso, no es de extrañar que el Señor haya dicho a Sus siervos en repetidas ocasiones que lo “que será de máximo valor … será declarar el arrepentimiento a este pueblo” (véase D. y C. 15:6; 14:8; 6:9).

Hay otras cosas que obstaculizan el arrepentimiento, como el que no se nos haya reprendido oportunamente, “en la ocasión”, cuando habríamos tenido menos orgullo y hubiéramos estado mas dispuestos a reconocer la necesidad de cambiar (véase D. y C. 121:43). En esa situación, quizás nos sintamos solitarios pensando que “no hay quien cuide de mi vida” (Salmos 142:4).

O tal vez estemos demasiado llenos de compasión por nosotros mismos, ese caldo de cultivo en el cual el pecado prolifera tan fácilmente, o quizá estemos tan sumidos en el afán de conservar nuestra propia conducta que nos sea imposible cambiarla.

Quizás estemos demasiado interesados en “ [deleitar] la mente carnal” (Alma 30:53), que constante e insistentemente nos apremia a hacer algo en nuestro propio beneficio. También es posible que seamos demasiado inflexibles y nos neguemos a creer en el cambio de los demás. Y. sin embargo, “el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en el permanece el mayor pecado” (D. y C. 64: 9). No podemos arrepentirnos por otra persona; pero podemos perdonarla, negándonos así a mantener cautivo de su pecado a aquel a quien el Señor procura liberar.

Irónicamente, algunos creen que el Señor puede perdonarlos, pero se niegan a perdonarse a si mismos. A veces, el impedimento radica en que no se nos ha enseñado debidamente por que debemos arrepentirnos ni como hacerlo.

Si nos arrepentimos sinceramente, nos aguarda el cumplimiento de ciertas promesas: “Venid luego, dice Jehová… si vuestros pecados fueren … rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).

“Todas las transgresiones que cometió, no le serán recordadas …” (Ezequiel 18:22).

“… y, yo, el Señor, no … recuerdo mas [sus pecados]” (D. y C. 58:42).

Además de las razones anteriormente mencionadas referentes a nuestro arrepentimiento individual, los miembros de la Iglesia tenemos una profecía especial que cumplir, hermanos y hermanas. Nefi la contemplo; dijo que, en una época futura, los del pueblo del convenio de Jesús, “que se hallaban dispersados sobre toda la superficie de la tierra”, tendrían “por armas la justicia y el poder de Dios en gran gloria” (1 Nefi 14:14) Eso se cumplirá, pero solo después de que haya mas miembros que sean mas santos y mas dedicados a Dios.

La letra de uno de nuestros himnos predilectos nos enseña ese concepto:

Venid a Cristo, desconsolados,
Vuestros pesares el llevara;
El os invita al bello puerto,
Donde descanso habrá.
Llamad a Cristo, el os atiende,
Aun en sendas de la maldad;
Con infinito amor os busca,
Y os dará su verdad.

(Himnos de Sión, 196.)

Hermanos y hermanas, no tenemos necesidad de confundir los nublados parciales con la obscuridad total. La Luz Expiatoria del mundo la ha dispersado. Por el bien de todos nosotros, el perfectamente admirable Jesús fue perfectamente consagrado a Dios. Jesús dejó que Su voluntad fuera totalmente “absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:7). Si vosotros y yo deseamos venir a Jesús, también tenemos que entregarnos a Dios del mismo modo, sin retener nada. Si lo hacemos, el cumplimiento de otras maravillosas promesas nos aguardará.

El profeta Mormón dice que Jesús nos espera con “los brazos abiertos para recibir[nos]” (Mormón 6:17); pero el impenitente y el incapaz de consagrarse al Señor no conocerán jamas el gozo supremo e infinito que describió Mormón, el cual en verdad sabia lo que decía, de “ser recibido[s] en los brazos de Jesús” (Mormón 5; 11).

Que Dios nos ayude a todos y a cada uno a vivir de tal manera que algún día merezcamos vivir ese glorioso momento, es mi oración por mi mismo y por todos nosotros, en el santo nombre del Gran Redentor, nuestro Señor Jesucristo. Amén.