Un Prisionero De Amor

Vaughn J. Featherstone


“Que mejor manera de prepararnos para encontrarnos con Dios que sirviendo en una misión cuando el otoño y el invierno de nuestra vida se aproxima?”

Hermanos, esta noche me gustaría dirigirme a la generación que ya esta entrando en los años de la madurez, a los que ya han servido a Dios, al país y a sus semejantes: una generación de fortaleza, de principios, dispuesta a entregarlo todo y que a pesar de haber hecho cosas maravillosas ha tenido la sabiduría de no vanagloriarse. En este momento se os necesita.

El tema al que me referiré es la obra misional de los matrimonios. La naturaleza de su importancia es tan sublime que el Salvador en Sus instrucciones finales a Sus discípulos dijo:

“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos … yo os elegí a vosotros … para que vayáis … y vuestro fruto permanezca” (Juan 15;13, 16).

Nunca ha habido mayor necesidad que en la actualidad de un ejército de matrimonios maduros que vaya a todos los extremos de esta tierra para retener el fruto de la cosecha, ya que la mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos. Recordad las palabras de Ammón:

“… nuestros hermanos los lamanitas se hallaban en la obscuridad, si, aun en el mas tenebroso abismo; mas he aquí, (cuantos de ellos han sido guiados a la maravillosa luz de Dios! Y esta es la bendición que se ha conferido sobre nosotros, que hemos sido hechos instrumentos en las manos de Dios para realizar esta gran obra” (Alma 26:3).

Imaginad lo que podrían hacer este año miles de matrimonios misioneros, seguidos por toda una hueste mas de ellos en años futuros. Podríamos entrar en los campos de las cosechas para atenderlas, cuidarlas y juntarlas en los graneros para que no se desperdicien. Y de esa manera, las tormentas no las abatirán en el postrer día (véase Alma 26:5–6).

No creo que nuestras pruebas sean como las que tuvieron que soportar los pioneros. A ellos se les mandó abandonar sus posesiones materiales, sus hogares e incluso a sus seres queridos, para ir a tierras secas, desoladas e inhóspitas, dejando por el camino, en tumbas poco profundas sin marcar, a recién nacidos, hijos y compañeros. No hay mente que pueda imaginar los sufrimiento físicos que tuvieron que soportar ni lengua humana que pueda relatar esa triste historia. De las cenizas del sacrificio de tan noble pueblo ha surgido este reino para convertirse hoy en la fuerza mas poderosa del bien sobre la faz de la tierra.

No hay necesidad de abandonar vuestros hogares para siempre, sino temporalmente, para luego regresar y recoger la rica cosecha de una labor fiel. Vuestros hijos y nietos serán bendecidos. De Sión surgirá el poder para hacer el bien. “(Cuan hermosos sobre las montañas son los pies de aquel que trae buenas nuevas; que publica la paz” (Mosíah 12:21).

¿Podéis imaginar mayor servicio cristiano que el de proteger la cosecha?

A los matrimonios misioneros se les envía a las ramas para atender a sus necesidades y para ejercer entre ellas su ministerio. Ellos fortalecen a la Iglesia, levantan las manos caídas y brindan su amor a los filipinos, los africanos, los noruegos, los haitianos y a los polinesios.

Imaginad lo que significa que el Señor verdaderamente os necesite para llevar a cabo Su ministerio en algún país lejano.

Aunque la letra no sea exactamente la misma, quisiera que le pusierais atención a la letra de una canción popular que nuestra generación tal vez recuerde.

Esta noche, lejos de mi hogar me encontraréis,
muy débil para romper las cadenas que me atan,
mas no las necesito para recordar
que soy un prisionero de amor.
Por un mandato solo espero ahora,
de Aquel que en Su mano mi destino esta,
No puedo escapar, pues ya es muy tarde,
soy un prisionero de amor.
¿De que sirve todo el cariño que por
otros sienta, a menos que con ellos pueda compartir Su amor?
Aunque no sean prisioneros de ese amor,
por ser su hermano, compartirlo yo tendré que hacer.
Despierta o dormido, en mis sueños siempre El esta,
de rodillas con humildad le imploro,
mi vida misma de El depende
soy sólo un prisionero de amor.
Soy un prisionero de amor.

Rene de Chardin dijo: “Algún día. después de que hayamos dominado los vientos, las olas, las mareas y la gravedad, conquistaremos para Dios la fuerza del amor; entonces, una vez mas en la historia de la humanidad, el hombre habrá descubierto el fuego”.

Aquellos matrimonios misioneros maravillosos que simplemente aman al Señor y con dedicación aceptan un llamamiento para trabajar en Su obra llegaran a ser también prisioneros de amor, de Su amor divino.

Yogi Berra, un jugador de béisbol y famoso por su sentido del humor, dijo: “Cuando llegues a una encrucijada … síguela”.

Miles de vosotros quizás habéis llegado a una encrucijada.

Es hora de aceptar un llamamiento o de ofrecer vuestro servicio como misioneros.

Una ancianita, dirigiéndose a uno de sus contemporáneos, le dijo:

Puedo adivinar tu edad.

No puedes -contestó el.

Si, puedo -añadió ella-.

Ve, báñate, aféitate, péinate, ponte una camisa limpia con corbata, lustra tus zapatos, y te lo diré.

El ancianito regresó después de una hora. Estaba impecable.

Ahora, ve y ponte contra la pared -le pidió ella.

El lo hizo. Luego le preguntó:

¿Cuantos años crees que tengo?

Ochenta y nueve -le dijo ella.

Es verdad. Pero, ¿cómo lo supiste? -le preguntó el.

Porque me lo dijiste ayer.

Después de examinar al esposo, el médico le dijo a la mujer:

No me gusta su apariencia.

A mi tampoco -respondió ella-. Pero es un padre muy bueno.

Tal vez algunos nos veamos algo viejos, pero si nos arreglamos un poco, quizás no nos veamos tan mal.

Estoy seguro de que os podéis imaginar cuan grande seria la bendición de servir en una rama en Alaska, Barbados, Haití, Nigeria o en Manila. Necesitamos matrimonios misioneros con amor abundante y con un gran deseo de servir, cuya responsabilidad primordial sea la de bendecir la cosecha para que sus frutos permanezcan. La sola experiencia de una vida madura es el requisito esencial para ayudar a otros.

La Navidad, el Año Nuevo y las fiestas patrias no volverán a ser lo mismo después de celebrarlos en el campo misional. Imaginad un arbolito diminuto con pocas decoraciones, villancicos, un humilde apartamento y estando mas enamorados que nunca. El espíritu navideño hará que vuestra humilde pensión parezca un sagrado templo. Pensad en esa caminata en que tomados de la mano, llevando con vosotros la ropa bautismal, os dirigís hacia la capilla donde os espera con paciencia una familia para entrar en cl Reino de Dios por medio de las aguas del bautismo. Entonces veréis la estrella milagrosa, no iluminando a Belén esta vez, sino destellando en los ojos de los humildes conversos. Miráis a vuestra esposa y ella os devuelve esa mirada. Y sin decir nada, pues el silencio es sagrado, sentís en vuestros corazones un gozo infinito.

Los doce o dieciocho meses de vuestra misión serán como un instante, pero los recuerdos duraran por eternidades. Quienes hemos recibido de los dones de Dios tenemos el mandato divino de compartirlos.

El apóstol Pablo pidió a los Efesios que conocieran “… el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:19). Debemos ser colmados de toda la plenitud divina y preguntar, al igual que el apóstol Santiago: “… ¿de que aprovechara si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” (Santiago 2:14).

Y en el ultimo versículo del libro de Santiago, el Apóstol nos da la clave de nuestro servicio: “… sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvara de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados”.

¿Acaso será menor la recompensa para el que presta ayuda, el que recoge y el que cuida? El presidente Harold B. Lee enseñó el principio de que sólo cuando nos entregamos totalmente somos discípulos dignos de Cristo y recibimos otra promesa que transciende nuestra mortalidad. A menudo sufrimos al ver que miembros de nuestra familia abandonan el sendero de la verdad. El versículo 5 de la sección 31 de Doctrina y Convenios nos da una enseñanza clave:

“Por tanto, mete tu hoz con toda el alma, y tus pecados te son perdonados, y tus espaldas serán cargadas de gavillas, porque el obrero es digno de su salario. Por consiguiente, tu familia vivirá”.

Nuestra generación se ha distinguido por la generosidad. ¿Por que entonces no hacerlo una vez mas para que nuestras familias no perezcan?

No podemos imaginar las bendiciones ni las condescendencias de Dios. La promesa es segura: “… Por consiguiente, tu familia vivirá”. Nuestros hijos que están descarriados e incluso los que ya están casados y tienen su propia familia serán los recipientes de grandes bendiciones.

Nuestra generación sobrevivió la depresión, la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea y la de Vietnam. El mundo esta pasando por una época en que lo bueno se ha tornado malo y a lo malo se le considera bueno. Oímos quejas contra lo que para nosotros es precioso y sagrado: la oración y Dios. En todas partes se trata de legalizar la droga, el aborto, la homosexualidad y otras filosofías comprometedoras y falsas. Incluso los mas inteligentes de nuestra generación han caído en las garras de estos engaños. Tal vez no hayamos sido los mejores padres, pero hemos amado a nuestros hijos, esta Iglesia y nuestras tierras, e incluso a la gente de todas las naciones. Alguna de la sangre mas preciosa de esta generación se ha derramado para preservar la libertad y muchos han sido los sacrificios que hemos hecho para dar a nuestros hijos una vida mejor que la que nosotros tuvimos. Esta podría ser otra oportunidad para allegarnos a nuestros seres queridos sirviendo a otros.

El presidente Joseph F. Smith dijo:

“Después que hayamos hecho todo cuanto podamos por la causa de la verdad y resistido el mal que los hombres nos hayan causado, … todavía tenemos el deber de seguir firmes. No podemos darnos por vencidos; no debemos postrarnos. Las causas importantes no triunfan en una sola generación. El valor de la fe consiste en conservarse firme frente a la oposición arrolladora, cuando uno ha hecho cuanto ha podido. El valor de la fe es el valor del progreso. Los hombres que poseen esta cualidad divina siguen adelante; no se les permite estar inactivos aunque quisieran. No son sencillamente las criaturas de su propio poder y prudencia; son los instrumentos de una ley mayor y de un propósito divino” (Doctrina del Evangelio: Sermones y escritos del presidente Joseph F. Smith, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1939, pág. 115).

Nosotros podemos llegar a ser instrumentos en las manos de Dios para llevar a cabo Sus propósitos divinos.

Para muchos, nuestros días ya están contados. Al llegar a esta etapa de la vida, nuestra comprensión espiritual también madura. Los próximos años son para hacer algo grandioso y de importancia para Dios, nuestra religión y nuestros seres queridos. Tenemos que levantar un nuevo estandarte, no un estandarte de libertad sino de amor, para que continúe después de que hayamos salido de este mundo.

¿Que mejor manera de prepararnos para encontrarnos con Dios que sirviendo en una misión cuando el otoño y el invierno de nuestra vida se aproximen?

Somos prisioneros de amor. Venid, mis queridos hermanos; que nuestra generación haga algo grande y noble; uníos a nuestras filas. Marchemos todos y vayamos a la viña para enseñar y llevar bendiciones a las ramas tiernas. Protejamos y bendigamos el fruto de la cosecha. Juntemos las gavillas en los graneros, lejos de las tempestades, a salvo de los torbellinos, en un lugar santo donde la tormenta no pueda penetrar.

Un buen hombre dijo:

“La humildad es el atributo que pone en evidencia la grandeza de un hombre. Y no me refiero a esa humildad que hace al hombre dudar de si mismo. Los grandes hombres son de la curiosa opinión de que la grandeza no esta en ellos sino que se adquiere a través de ellos. Ven lo divino en todas las almas y su misericordia es increíblemente infinita”.

Parece una descripción de nuestra generación. ¿Quien sabe si Dios no nos otorgara a nosotros y a los nuestros lo que nosotros hacemos por los demás? Venid, alzad vuestro pendón en alto y marchad con nosotros al campo misional con un espíritu de amor y bondad.

Meditad y orad juntos. Empezad a prepararos. Nuestra generación puede hacer algo grande por los que siguen. ¿Nos hemos preparado para llevar a cabo este propósito? Que las filas misionales aumenten con matrimonios misioneros de todos los rincones de la tierra para que el fruto permanezca, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.